…SU SUAVIDAD DE HIERRO INDOBLEGABLE
Pensando en Fina y queriéndola mucho. Ella lo sabe
En “Azules”, la primera parte de las Visitaciones,[1] Fina incluye un poema que titula “Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre”,[2] calzado por una breve cita de Plácido, “Cuba, Cuba…”. A nuestra isla, pues, dedica Fina esos versos, que incluyen —como segunda línea— la frase que encabeza hoy mi texto. Vale para Cuba y, por concentración de esencias, vale para Fina. Como para ella valen también las expresiones del primer verso: “Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre”. Si no recuerdo mal, fue nuestro Lezama quien se refirió a ella como “paloma acerina”.[3] Coincidencias en la sustancia del retrato, logrado solo con trazos que, a primera vista, podrían parecer contradictorios, pero que encuentran su armonía bien articulada en la existencia concreta de esta mujer cubana, no fácilmente repetible: tan casera y tan trabajadora y estudiosa; deliciosa conversadora y buscadora del silencio; extremadamente tierna y tan fuerte; discreta y tan audaz; razonable al estilo del Padre Varela y, como él, tan religiosa, cubana de entraña y tan cosmopolita de meollo, no de campanillas y viajes intrascendentes… Podría continuar mi rosario de pinceladas contrastantes —como Renoir en alguno de sus retratos impresionistas— y, como casi siempre sucede, al final, me quedaría corto: no lograría una imagen nítida de su realidad, deslumbrante e inflamada, en ese su estilo de pasar inadvertida, de pasar sin ser notada.
¿Existe algún secreto que podría dar razón de su ser más entrañable? Pueden sostenerse explicaciones que nos aproximan, pero —de acuerdo con una de las acepciones que tiene esta palabra— no son secretas, aunque sí “misteriosas” y esta podría ser otra de las acepciones de “secretas”. Están tocadas por el misterio luminoso que conlleva su persona pero, en cuanto aproximaciones, no son secretas. Todos las conocemos; aun aquellos que no han tenido el privilegio de la amistad cercana de Fina. Ella misma nos las ha revelado en su obra. Entiendo que las razones de Fina, esas que nos permiten una difuminada aproximación a su misterio personal, están de tal modo articuladas o más bien imbricadas cada una de las otras, que resulta difícil establecer una jerarquía entre ellas. Al menos yo no me atrevo a establecerla. Creo que solo podría hacerlo la misma Fina y, quizás, Cintio.
Menciono en primer lugar —por algún filamento hay que empezar en el tejido interior— las razones de la poesía. En el ensayo “Hablar de la poesía” nos dice que “[…] Si la poesía era distinta que la vida, era también su secreto […]” y también “Solo la poesía tiene el secreto de la fidelidad al ser y saber atravesar las lindes sin destruirlas como la luz al cristal”. Eliseo Diego, su amigo y herano, por muchas razones y no solo por haber sido el esposo de Bella,[4] la hermana de Fina, en la presentación de Visitaciones, escribió:
Una frontera muy sutil separa a la literatura de ese otro orden del espíritu donde, sin enterarse mucho de sí mismos, el arte y el ser se confunden. Por él es que se ha movido siempre Fina García Marruz, tal como avanzaba por la feria la joven de la balada irlandesa, cuyo simple paso iba orientándolo todo a la poesía.
No abundo más: Una de las aproximaciones a la razón del ser de Fina es la poesía entendida y vivida según su modo personal, coincidente en ello con su esposo Cintio y con quien nutre tantas raíces comunes, José Martí, nuestro mayor maestro de poesía y de tantas cosas que en la poesía confluyen y que, según su propia expresión, en el verso encuentran su salvación.[5]
Sostengo también, como irrenunciable aproximación al misterio personal de Fina, las razones de su Fe católica. Pero de la Fe encarnada en su propia identidad con el talante místico de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz y de los que no ignoran la carnalidad, pero que tampoco desconocen la potencia ascensional del espíritu humano, fecundado por la Gracia acordada con la libertad responsable de la criatura que, desnuda de arrogancia, se adhiere filialmente a la Iglesia. Le tomo a Fina el título de otro de sus poemas para afirmar, con ella, que sabe bien en qué consiste eso de calibrar “el peso de las cosas en la luz”.[6] Por eso Fina ha podido conocer las razones de la elección de Pedro, escribir su ensayo sobre el Libro de Job[7] —que tardó tanto en publicar, llevada quizás por el pudor religioso que siempre la acompaña y que yo respeto y no quisiera violar—, su texto no superado sobre Sor Juana Inés de la Cruz,[8] su reflexión sobre Teresa y Teresita, que siempre nos conduce a la plegaria —“Madre Teresa, ampáranos lo débil y que después tu hija nos ampare lo fuerte”[9]— y tantos y tan buenos versos de explícito o de sutil contenido católico —“quién fuera como el fuego que está siempre”[10]— que me resulta imposible mencionar. Ayúdeme la propia Fina, de nuevo, a cerrar esta clave o aproximación con algunos versos de sus “Sonetos del penitente”:
Qué tengo en la memoria comparable
a ese instante en que alzando la cabeza
poco a poco hacia ti, los animales
ojos del rostro antiguo me tornaste
dibujando por vez primera en ellos
el rayo humano! […]
[…] cordero hallado
queriendo aún zafarse, el sacro limo
de sus patas atadas que al abismo
no pueden irse ya, el humanado
vellón del ojo que tornaste amante![11]
Y que el punto final sean los clamores interrogantes de la poetisa que ha querido siempre escribir con el silencio vivo,[12] pero “¿De qué silencio eres tú silencio? / ¿De qué voz, qué clamor, que quién responde? / Abismo del azul, ¿qué hacemos en tu seno, / hijos de la palabra como somos?”.[13] Es posible que Fina haya encontrado algunas migajas de respuesta y que permanezcan todavía algunos huecos, esa intemperie de la que solo seremos librados en el cara a cara, más allá de la muerte temporal, en la fruición de la Luz y de la Vida. En ese saber cargar airosamente —Fe, Esperanza y Caridad—, con el Misterio del Otro, sin paralizaciones estériles, reside el talante genuinamente católico.
Añado las razones de la Amistad, de la que Fina —y Cintio— han hecho un verdadero culto, en lo que, me parece, comparten su actitud con los que han pasado a ser identificados como el más genuino grupo Orígenes. He tenido la fortuna de conocer a casi todos y de tratar de bastante cerca a algunos de ellos y, en eso, coinciden. Podían distanciarse en estilos poéticos, en gustos literarios, musicales o plásticos, en orientaciones filosóficas y hasta en opciones existenciales, pero nada les ha apagado el recíproco cariño fraterno, la llama del culto a la amistad, la condición de ser, cada uno, dimidium animae[14] del otro, según la definición ciceroniana[15] de la amistad, en el tratado que le dedica, su De Amicitia.[16] En ello me han recordado siempre, sin eludir las diferencias —circunstancias y personas distintas—, al grupo que se reunió en torno a Jacques[17] y Raïssa Maritain.[18] Recordemos el precioso libro Las grandes amistades,[19] de Raïssa, en el que aborda esta clave, entrelazada con la Fe y los meandros filosóficos de los amigos. Pero todo eso ocurría en Francia en los años veinte, treinta, cuarenta, o sea, unos cuantos años antes de que naciera Orígenes y se desplegara la amistad entre sus componentes. Evidentemente, la amistad no se ha limitado a los miembros de tal grupo; nunca los he percibido cerrados a abrir el círculo de los amigos entrañables. De eso doy fe: del cariño y de la lealtad insobornable, a toda prueba. El apunte martiano, “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve”,[20] referido precisamente al amor de amistad —Martí en cultivarla fue Maestro— ha sido norma y camino y búsqueda de coherencia irrenunciable con las razones anteriormente mencionadas, las de la poesía y las de la eticidad católica.
No por casualidad, dejo para el final de este comentario lo que, a mi entender es la razón de las razones, el cantar de los cantares, del misterio de Fina. Me refiero —ya lo saben— a su relación con Cintio. Poetisa, católica y cultivadora de amistades podría haber sido sin Cintio, pero lo habría sido de otro modo, con otro estilo. No sería, creo, la Fina que conocemos como distinto habría sido el estilo de Cintio sin Fina a su vera, sombreándose el uno a la otra y la otra al uno. Tampoco él sería, según mi opinión, el Cintio que hoy conocemos. Nunca he sido testigo de una nucleación semejante. Como “comunión lírica y existencial”[21] fue calificada por un ensayista nuestro con ocasión del Premio Nacional de Literatura a Fina en 1990. Y es atinada la referencia, pero esa y cualquier otra en esa línea está por debajo de la realidad percibida. Cada uno es cada uno; las individualidades se respetan, pero —¡Dios mío!— qué grado de comunicación y de comunión. A veces la luz que ambos proyectan es tan cercana e intensa, que las fronteras se deslizan y difuminan, sin que la identidad se confunda ¿En dónde están en ese caso las fronteras entre lo que es cada uno y lo que hace cada uno? Agitur sequitur esse, decían los latinos: el actuar sigue al ser. Hemos conocido, en Cuba y en otras latitudes, parejas muy identificadas en su ser y en su quehacer. Frecuentemente, han crecido estos árboles floridos en el ámbito de la literatura, pero no conozco algo semejante en tal grado. Quizás, por las referencias literarias, pues no los conocí personalmente, pensaría analógicamente en Peter van der Meer de Walcheren[22] y Cristina,[23] su mujer. O en Jacques y Raïssa Maritain. A Jacques lo escuché en conferencias, pero nada más; no lo conocí de veras. La analogía me viene porque además del hecho matrimonial y del emparentamiento de la sensibilidad artística y filosófica, se da en estas tres parejas una cierta manera de ser y existir poco frecuente e indefinible y, simultáneamente, un desarrollo místico de la Fe, menos frecuente aún y mucho más difícil de definir. Solamente analogo las situaciones, no las homologo. Las personas son irrepetibles en su intimidad definidora de las esencias. Con la acción de gracias en las yemas de los dedos termina estas líneas. A Dios que nos ha regalado estos seres para que jalonen nuestra existencia y confieran sombra a nuestras oquedades e intemperies; a ellos mismos, a Cintio y a Fina porque son como son y hacen lo que hacen y nos han permitido compartir su riqueza interior, cual la pretiosa margarita[24] de la parábola evangélica. En un nivel personal, mucho y bueno les debo, y siempre les estaré reconocido, pero no es este el momento para esas confesiones.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Fina García Marruz: Visitaciones, La Habana, Ediciones Unión, 1970.
[2] Fina García Marruz: “Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre”, Azules, Visitaciones, Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, 2 t., t. 1, p. 181.
[3] “[…] Fina cierra este desfile de amores, tocando el tambor de la ternura. Aunque, por supuesto, en las antípodas de su calavera, es el temperamento ardiente que nadie pueda imaginar: su caldo fue aderezado con noble perejil, ruedas de limón, jengibre iconoclasta, kilogramos de dulzura, la suavidad culinaria del lápiz labial y una pimienta de exportación, contenida y explosiva. Sus páginas escritas producen el arrobamiento de quien lee auténticas y cercanas ondas expansivas, decoradas con los colores de sus banderas”. “[Solo el poeta logra exagerar sin pisar la raya de lo falso”, en Félix Guerra: Para leer debajo de un sicomoro. Entrevistas con José Lezama Lima [1965-1976], prólogo de Roberto Manzano e ilustraciones de Amilkar Feria, La Habana, Sureditores, 2013, p. 105).
[4] Bella García Marruz (1921-2006).
[5] “¡Verso, nos hablan de un Dios / Adonde van los difuntos: / Verso, o nos condenan juntos, / O nos salvamos los dos!” (JM: “XLVI”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 353).
[6] Fina García Marruz: “El peso de las cosas en la luz”, Visitaciones, Visitaciones (1970), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. 1, p. 206.
[7] Fina García Marruz: “Los amigos de Job”, El orden del homenaje, Madrid, Ediciones Huso, 2018, pp. 243-298.
[8] Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695). Fina García Marruz: “Sor Juana Inés de la Cruz” (1973), Hablar de la poesía, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1986, pp. 139-217.
[9] Fina García Marruz: “Teresa y Teresita” (1955), La tierra amarilla, Visitaciones (1970), Obra poética, ob. cit., t. 1, p. 416.
[10] Fina García Marruz: “Quién fuera como el fuego que está siempre”, Ánima viva, Visitaciones (1970), Obra poética, ob. cit., t. 1, p. 318.
[11] Fina García Marruz: “Sonetos del penitente” (1955), Ánima viva, Visitaciones (1970), Obra poética, ob. cit., t. 1, p. 320.
[12] Fina García Marruz: “Quiero escribir con el silencio vivo” (1968), Ánima viva, Visitaciones (1970), Obra poética, ob. cit., t. 1, p. 321.
[13] Fina García Marruz: “¿De qué silencio eres tú silencio?”, Ánima viva, Visitaciones (1970), Obra poética, ob. cit., t. 1, p. 312.
[14] Expresión latina: “La mitad del alma” o “la mitad del ser”.
[15] Referencia a Cicerón; Marco Tulio Cicerón (106-43 a.n.e.).
[16] Expresión latina: “Sobre la amistad”.
[17] Jacques Maritain (1882-1973).
[18] Raïssa Maritain (1883-1960).
[19] Raïssa Maritain: Les Grandes Amitiés, Desclée de Brouwer, 1949.
[20] “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver”. (JM: “Cuaderno de apuntes no. 18” [1894], OC, t. 21, p. 419).
[21] Waldo González López: “Fina García Marruz: “El secreto de la vida”, Bohemia, La Habana, 28 de diciembre de 1990, pp. 15-17.
[22] Peter van der Meer de Walcheren (1880-1990).
[23] Christine van der Meer de Walcheren-Verbrugghe (1876-1953).
[24] En latín, “perla de gran precio o valor”. (Mt, 13, 45-46).

