Teresa y Teresita
A tus dos niñas, Mario
Dice el Maligno: Alabemos la reciedumbre de Teresa contra el melindre de la Niña de los Ángeles.
Después ensalcemos el granito de arena que quiso hacerse nada para que todo lo obrara Dios, y así demostraremos la inanidad del Castillo y sus Moradas.
Burlémonos de lo burlable: el rosa edulcorado de la nube pintada para confundirlo con el rosa viviente de las murallas de Ávila,
y así hasta el fin, para enfrentar Teresa a Teresita, para echar a pelear la fortaleza y la debilidad,
como si lo fuerte y lo breve no dictaran los yambos de las olas, los tumbos del corazón,
como si no ofendiera al Padre que prefiramos a una de sus hijas,
como si las dos no reposaran, despiertas o dormidas, defendidas o inermes en el pecho del Amor.
Teresa dice: “la pobreza ¡da una honraza!”[1] y remienda su vieja capa.
Monta en una mula, camino de las Fundaciones: la de San José, idilio de parcos instrumentos de música, la de Malagón,
la fundación de Medina del Campo, con las bromas gruesas de los arrieros y la caravana llegando de noche a la casa destartalada,
como ladrones llegan, como titiriteros de Dios, partiendo a la hora del alba hornaza de pan.
Contra el ojo tapado de la Condesa de Éboli, las plantas descalzas de Teresa,
madre del Castillo, madre de Castilla, madre de toda castidad, alumbrando la única casta legítima.
Contra la silla de Felipe en el Escorial de escoria, el pie llano de Teresa recorriendo la santidad de los caminos.
Así el palacio construido en el páramo se enfrenta al Guadarrama en el azul, de igual a igual.
Muerta hace siglos, todavía el aire de Ávila, el espacio de Ávila son los más puros de la tierra por ella,
y se anda sobrecogido por su pueblo donde todas las mujeres se llaman Teresa, Teresa la luz, Teresa el polvo, el morir Teresa.
Pueda dormir en paz la pobre anciana después del rudo trabajo, pueda dormir en paz la madre Teresa que a todos nos tiene en su regazo,
la mujer fuerte que nos amuralló lo real para que no entraran las legiones infernales del vano escrupulillo y la apariencia turbadora,
la Madraza que advierte “de devociones a bobas nos libre el Señor”, su robustez absorta en la delicadeza del agua,
Teresa que se ríe llamando a San Juan “mi Senequita” y con su “fraile y medio” acomete la Reforma,
no con la rebeldía sino con la obediencia, no desde afuera denunciando sino desde adentro reparando lo dañado,
Santa de la materia, obediente hasta hacerle higas a la visión adorable,
Teresa que reforma obedeciendo, que reforma contentándose con lo poco y con su risa espanta los demonios.
La reliquia y el púlpito de su dedo advierten la corrupción, sermonea la sortija ennegrecida,
pero como en el fiero[2] repique del corro flamenco, sus huesos desnudos palmean la gloria.
He aquí a su más pequeña hija, Teresita, de su recia encina brotada como del tronco ancho la delicada flor.
He aquí a Teresita que por parecerse más a María, sufre ser vista entre almibaradas nubes de mentira, alejada a pura plegaria.
No piensa en ser descabezada por los moros: cree que salvaría un alma si pudiera recoger un alfiler del suelo por amor.
Ella está en el secreto, y no quiere oír decir que la Virgen no padeció dolores, no quiere oír hablar de su madre con elogios de pomposo devocionario:
“La Reina que opaca con su fulgor las estrellas del cielo…” pues ¿qué madre opacaría el fulgor de sus hijos?
Antes bien se ocultaría para que ellos brillasen mejor, Madre y no Reina.
Ama su vida ordinaria, su participación en lo común, como el más levantado misterio.
Calla al que quiere inventarle perfecciones a Cristo de acuerdo con su pobre medida,
al que dijo que el niño sopló en el taller de José las palomitas de barro y salieron volando.
No quiere oír decir que su familia partió en vuelo sobrenatural a Egipto,
sino atenerse a la sencillez de las Escrituras, que no permite suponer que no pasaran grandes trabajos,
los trabajos de una familia pobre como las otras, que soportó el frío y la escasez.
Desde niña desoye la humildad demoníaca, “no pretendas ser santa” y quiere ser santa, pues le parece tan sencillo.
Recuerda el “sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” y piensa que un Padre no nos pidiera cosas imposibles.
La santidad como precepto desnuda nuestra traición indecible, nuestra admiración a los santos, como la más sutil artimaña del Diablo.
Su alta perfección desanima nuestro débil coraje, aunque algo consuela que podamos ser, por una vez, tan sinceramente modestos:
“Nuestras alas son débiles para tal vuelo, excusadnos!”
Pero la pequeña niña arguye con la sutileza de un teólogo: no es la altura ni la dificultad del vuelo lo que te será notado
sino como dijera el santo Juan de la Cruz “el aire de tu vuelo”, lo que levanta, aún corto, una brisa de amor.
He aquí que no hay excusa. Desanímate si tienes altos méritos propios y no caes como los niños que se echan en los brazos del padre.
Ejercítate en actos pequeños de virtud que irán fortaleciendo tu flaqueza, porque nadie puede intentar de golpe lo más alto y difícil,
aunque no es lo difícil lo que importa, no le es difícil aromar al naranjo, verdear a la esmeralda.
Si doblo con cuidado una capa, alguien no se distrae en los Oficios.
Si camino de la casa al jardín sin cuidarme de mi invalidez, no desfallecerá el misionero en Alaska.
Si sonrío a la que me odia puedo curar la lengua de un leproso.
No tengo un céntimo ¡qué porvenir! Nadie agradece ¡qué bienaventuranza!
Si soy desconocida y despreciada creo temblar de dicha; el santo no oyó mi oración y por eso lo amo ahora mucho más.
Las ruedas del coche nocturno paran en seco ante ese abismo: he ahí la causalidad ignorada por los sabios, la ley, la audacia, el vuelo de amor,
Teresa rodeada de sus fundaciones como un escudo bordado de torres: y Teresita cuyas manos son bastante pequeñas para pasar tras las rejas que guardan las reliquias.
Teresa sobreponiéndose a las tentaciones y Teresita pasando por debajo de ellas como cuando de niña pasó entre las patas del caballo plantado a la puerta del jardín.
Después de la santidad heroica, la santidad que puedan seguir las almas pequeñitas, después de las hazañas sublimes, el soportar las nimias nadas de lo diario.
La ñoña sonrisa de la beata que asiste a la agonía puede ser tan terrible como el guiño burlón de la Condesa de Éboli leyendo la relación de los éxtasis.
Teresa espantando los demonios y Teresita haciendo sonreír a los ángeles, la Fuerte sostenida por todas las apariciones y la débil rehuyendo toda visión,
para que aprendiéramos de la una y de la otra, y el arco se complete con la lira y toda enemistad de lo alto y lo bajo concierte el acorde del órgano,
las dos hundiendo sus sufrimientos en lo oculto como el dedo del músico oscuro en el laúd.
Madre Teresa, ampáranos lo débil y que después tu hija nos ampare lo fuerte.
Nuestra debilidad retrocede ante la fuerte varonía de los mártires acompañándote en tu tránsito.
Nuestra fortaleza escarnece los detestables diminutivos de “la pelotica del Niño”, “la florecilla del Señor”,
hijos irreconocibles de tus recios mimos de madraza, nosotros que no podríamos soportar el más pequeño de sus sufrimientos mortales,
la miel de sus horas amarguísimas para siempre escondidas en la faz velada en la Pasión.
Las novicias esperaron la lluvia de rosas, los menudos milagros.
Una monja oyó cantar pájaros a una hora del todo desusada.
Todo muy propio de la imagen que quisiste mostrarnos a qué tan alto precio.
Una sola advirtió que, a la hora de la muerte, su rostro se llenó de pronto de una extraña majestad.
Fue solo por un instante: después volvió a ser la Niña de los Ángeles, cuyo camino podrían seguir las almas pequeñitas.
Ya todo sucedía en otro sitio cuyo rastro buscarían en vano la campanada de los maitines, la tristeza del Ángelus, la enloquecedora alegría del somatén.
Tomado de La tierra amarilla, Visitaciones (1970), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. 1, pp. 411-417.
Poemas de Fina García Marruz en este sitio web.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] “la verdadera pobreza trae una honraza consigo que no hay quien la sufra”. [Santa Teresa de Jesús: Camino de perfección (1566), Burgos, España, Editorial Monte Carmelo, 2014].
[2] Debe entenderse que el adjetivo “fiero” como ha señalado la propia Fina en relación a la obra de José Martí, tanto en prosa como en verso, es usado “en el sentido de vehemente, no de feroz” y “de una fidelidad a toda prueba”. Véase FGM: “Venezuela en Martí” (1981), Temas martianos. Tercera serie (1995), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 102; y “La guerra sin odios”, El amor como energía revolucionaria (1973-1974), Albur, órgano de los estudiantes del Instituto Superior de Arte, núm. especial, La Habana, mayo de 1992, p. 145.

