Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre
Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre,
su suavidad de hierro indoblegable,
su desmoche a las plantaciones de lo secular,
su vivir, como el pájaro, en el instante.
La maderita débil de sus juguetes y paredes,
lo ralo de sus conjuntos y lo desértico de su pecho,
la palma sin sombra en el sol de su pobreza real.
La forma como vacía la esperanza y la torna lejanía,
su sobrepasamiento burlón y corto
de las afirmaciones enfáticas, aunque ligeras, de lo diario,
su amor a la extravagancia y rareza personal,
su petardismo y alborote,
el poco fondo de su manoteo
y la lejanía inalcanzable de sus ojos.
Su ingravidez de papalote en lo azul,
la forma como el valor irrumpe y cambia el ritmo en el cajón,
su diablo con el diente de oro y el enigma
de lo que no tiene enigma y se sonríe.
Sus ángeles de mentira con un ala de verdad,
sus santos de clavo en el escaparate y membrana de mariposa,
el revés de su gracia en el desconocimiento,
el revés de su danzante intrascendencia,
brisa que se arremolina en ciclonera,
soplo suave que luego barre y deja el sol de la intemperie.
Lo insondable de su irresponsabilidad
capaz de originar la chispa que incendie el universo
sin ningún plan previsto,
la imposibilidad de culpar la culpa de ese rostro
que sonríe a la nada y habla de su madre con cariño.
“Su ligereza de colibrí, su tornasol, su mimbre”. Voz de Fina García Marruz.
Tomado de Azules, Visitaciones (1970), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. 1, pp. 181-182.
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