GARCÍA LORCA, LA ALEGRÍA DE SIEMPRE
FRENTE A LA CASA MALDITA
La eticidad unamuniana y la sangre que García Lorca logró trasladar a los mitos de su estirpe, son dos de las voces más universales que España aportó a lo que va de la secularidad. La frenética eticidad unamuniana, que Curtis en nuestra época solo le encontraba par en la de Bernard Shaw, pervive con sus gritos y sus demandas perentorias en el fondo de su raza. La visibilidad de los mitos de la cuenca mediterránea, unida a la gracia voluptuosa incrustada por los árabes en la España sureña, unida también a una intuición vivaz y rápida de los símbolos occidentales, hicieron de los aportes lorquianos una fácil imantacion para la curiosidad que siempre ha despertado la española piel de toro. Tuvo la dicha que la viviente visibilidad de sus mitos se le rendía en plenitud y gloria. Producto de una fulguración en una tradición extremadamente delicada y potente, la penetraba, regalo de sus duendes consejeros, cuando la masa harinosa se sobredoraba.
Su misma sentencia poética parecía cortada por los dominios de la extensión de un ojo helénico, o al menos del helenismo que pasó por el sur peninsular. La mano parece que termina su trabajo, en la proyección de una luz que dicta su soberanía, sobre un cuerpo que la sombra bate, pero no destruye, donde la invasión de la noche sirve de fondo para que las figuras se muevan impulsadas por los dictados de la flauta. La sangre lo impulsaba, pero el ojo que rige las edificaciones concluidas, le prestaba consejos para que la piedra pudiese reproducir los trayectos de la brisa. La agitación que rige la percepción inmediata de las cosas, le prestaba la grácil curva de sus movimientos, no su caída convulsa, ni su delirio intraducible. El helenismo y la romanidad, un poco más atrás que los jardines árabes en Granada, recorren su sentencia poética, aportándole dominios en la luz, leyes universales, y ese temblor del cuerpo que parece absorber trágicamente los reflejos del misterio de los sentidos.
Las profundamente enmarañadas raíces de lo hispano, al mismo tiempo que los carros de emigraciones que había recorrido la piel de su secreta fuerza, las observaba como un garzón errante, que detrás de un árbol, ve todos los desfiles retadores pasar a la expresión de sus ensoñaciones. En la cita concurrente a su metáfora, generalmente coinciden el remolino de la sangre con la claridad del espíritu. Una impulsión y una detención, sangre y espíritu. En él la sangre es poderosa y el espíritu es delicado. Sin embargo, el turbión de la sangre jamás va más allá de la visibilidad del espíritu. La sangre tenía que remansarse, para que el espíritu ejercitara sus medios de apoderamiento de mitos y conjuros. Las categorías de pensamiento y sensibilidad del mundo occidental, hacían de los paseos de este Orfeo por lo infernal instantáneo, meros acopios para la gravedad del canto y la sorpresa de sus unificaciones.
La tradición fue para él, como en la célebre frase sobre la libertad, un don, pero fue también una conquista. Sabía que cuando la tradición venia ya rendida, había que avivarla acariciando su tejido sutilísimo, sus ingredientes de inapresable vivacidad. Como sucede siempre en una gran tradición, hay una suma de los contrarios, una convergencia de las más soterradas y opuestas voces. Como sucede siempre en una gran tradición, hay una suma de los contrarios, una convergencia de las más soterradas y opuestas voces. Como las más afinadas cuerdas del culto marfil, no se extinguen, sino van a subsumirse en las guitarras callejeras. Y también, lo contrario, como los aforismos, las destrezas de la aguja, los acarreos de lo ancestral, los exorcismos de las brujas, pasan a ser contrapunteadas por un pulso que las ordena y las rige, de acuerdo con un peine métrico para el ritmo universal.
Cualquier posición asumida por el verso español, inmediatamente se impregna de su contrario. Un afán de penetración, en sucesivos riesgos, lo lleva a la escala de Jacob del verso. Del octosílabo acentuado en agudo, que es el verso más fácil de nuestra poesía, al octosílabo asonantado. Pero después sentirá el deseo de penetración por el ritmo en el verso que le sigue, engendrándose el soneto endecasílabo, con todo el refinamiento aportado por la gaya scienza florentina. La copla misma se hace culta. La asimilación del verso popular por los poetas de la manera culta y oculta, era una necesidad del donaire y de la frecuencia, en la desenvoltura, como la maravilla de “Aquel árbol que mueve sus hojas —algo se le antoja”—, de Diego Hurtado de Mendoza, que representa en la prosa la influencia de la mayor brevedad latina, por lo que Menéndez y Pidal llega a la siguiente conclusión: “La diferencia entre el mester de clerecía, se escalonaba en transiciones y poetas como el Arcipreste de Hita usaban los metros de clerecía para fines juglarescos”. Así la poesía culta y la popular vivían de sus interrelaciones entre una forma alcanzada y un a sustancia, madera y médula, que se extiende.
La primera profundidad que debe haber tocado su adolescencia, fue el rezumo total del cuerpo aportado por el cantaor. Como por una de esas metamorfosis propias de las eras fabulosas, la hoguera se transmutaba en un hilo extraído del laberinto del cuerpo. Como ese hilo, con todo el misterio del cuerpo, servía para cumplimentar una metafísica del espacio, siguiendo la soberanía de la visión. Cuando evoca al cantaor Franconetti, lo ve italiano y flamenco, uniendo la miel de Himeto con la tradición del limón meridional. Si recuerda a Juan Breva, la otra muralla del aliento, lo entresaca no tan solo de los limoneros, sino también de la sal de Ulises. En esos grandes maestros de la voz gimiente, ve ecos y desdoblamientos de los grandes símbolos y de sus hachazos a la muerte. Su misma voz al alzarse en el recitado, cobraba una entonación grave y como la de una campana golpeada por un badajo de madera fina y fuerte. Casi todas las palabras que escribió, al llevarlas al recitativo, estaban arraigadas en su memoria. La seguridad de su lectura y de su recitación, nacía de un moroso repaso de cada una de sus palabras, hasta que dueño de ellas las fijaba, les prestaba la exacta extensión de su aliento, les daba la elevación de un dominado cimborrio. La seguridad de su voz en el recitado le prestaba un gracioso énfasis, un leve subrayado. La voz entonces se agrandaba, abría los ojos con una desmesura muy mesurada y su mano derecha esbozaba el gesto de quien reteniendo una gorgona la soltase de pronto. El recuerdo de los cantaores estaba en el grave entono de su voz, en la convergencia del gesto y del aliento, en todo su cuerpo, que parecía entonces dar un incontrastable paso al frente. Recuerdo aún, desde mi adolescencia, los acentos con los que evocó la muerte de Góngora, y al final citando los versos de Cervantes al cordobés, como iba dejando caer, en una mezcla de cobre y arena que era tan de su gusto, “aquel agradable, aquel bienquisto, aquel agudo, aquel sonoro y grave, sobre cuantos poetas Febo ha visto”, rayando las palabras, convirtiéndolas en una llave para reavivar las cenizas del gran racionero.
La voz que suma todo el cuerpo y el recuerdo, la sombra del agua en el Generalife, son los ruidos sagrados que llegan a su costado como una fatal marea exigente. La voz del lamento se imponía indubitable, recta y aguda, como la columna de un sueño. Pero luego venía la voz de la lejanía, hecha a la gota y al batir del agua por los peldaños. Agua que se nos entrega, no la intensidad brusca de la lamentación, sino un tiempo voluptuoso, que se extiende desde el sueño a la muerte. La casa de los califas, magia contra lo temporal, agua rodada, estelar pereza, sombra entre el árbol y el río, agua finísima, que iguala la tierra con el cuerpo en su penetración silenciosa, columnillas ligeras y esbeltas como patas de gamo, brinco del rocío por los arrayanes de la muere, que se despereza y se adormece de nuevo, aconsejada por la eternidad del agua a la sombra. De pronto, el Nocturno del Generalife, de Falla, y García Lorca, absorto, pone un dedo en la fuente que mana y corre.
Es un agua peinada, de jardines. Granada se achica golosamente, para defender la magia recortada del jardín árabe. Es el jardín breve, de espejo contra sombra, de fiesta en cristales limitados a la delicia verbal, del canónigo Soto de Rojas, que abre y relaciona paraísos y jardines en la opulencia de un avasallador barroco frutal. “Arcos y mesas de jazmines”, “paredes de naranjos y jazmines”, cubren las mansiones que se van desenvolviendo ante el viajero goloso de que sus sentidos estrenen el paso del caracol por la blandura de la fruta. Soto de Rojas guía el paseo lorquiano por los jardines granadinos, pero el canónigo Espinosa le regala en su Fábula del Genil, apuesto río, escondidas hamadriadas en acecho de los donceles nadadores, pintados lagartos que no asustan a los bañistas decididos a luchar contra el estío. “Ni a las Napeas que en su orilla cantan —dice la estrofa de Pedro de Espinosa, ya en el siglo XVII—; los pintados lagartos las espantan”. El lagarto lorquiano que toca el piano o usa delantal, tiene una húmeda raíz mitológica de lánguido río sevillano.
Pero no solo la delicadeza inteligente de los jardines granadinos, o el tiempo medido por los juegos de agua del Generalife, estuvieron convocados por la poesía de García Lorca, acudieron la sangre y la muerte y la sangre de la muerte. Y el jinete que le entregó aquella flor sombría, que solo podemos tocar cuando estamos ya en lo invisible, pues este poeta que como los cipreses y los chopos granadinos, necesita de la tierra para articular su poesía, al ser llevado a la tierra sin límites de una tumba sin nombre, regresa a todos los triunfos naturales, chopos, alberca, ruidos del agua, que le regalan para siempre un acento indefinido a los recursos particulares de su voz.
Su amigo, el torero Ignacio Sánchez Mejía, está frente al toro con un lazo negro entre los cuernos, toro que busca despiadadamente su sangre, para amigarse con su muerte. En el poema que le dedica, Lorca se enfrenta con el gran mito de su raza: el toro negro, el de la muerte, y la ofrenda de la sangre. Aquí el toro tiene la posibilidad de sacrificar y eso le presta la inmensa presencia del azar acumulado. El hombre también tiene la posibilidad de darle muerte a la muerte. De ver su triunfo cotidiano sobre la muerte, con fanfarrias y colores bermejos, pero ve también como la muere lo espera, lo cuida y lo bruñe. El toro de cuernos de oro que empitonó la ingle del torero, no pudo destruir el símbolo de su figura ante la muerte. “Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza”, como los rostros de las interminables galerías, levantadas en el traspatio de la muerte, en las viviendas romanas, aseguraba la trágica unidad de ciertas familias para permanecer con sus signos y amarguras en la cita de la sucesiones. La Roma andaluza, la de la gravedad y la sentencia, que se enfrenta al toro negro en el sacrificio de los mejores. Esa calidad dorada por el estío excesivo, que como el trigo sobrevive a la rueda quemante de las estaciones. Queda también, con el torero desangrado en el mágico círculo de la sobrevivencia, “la madurez insigne de tu conocimiento”, la lección del garbo majestuoso, que no se perdió ni aun en la muerte, con sus pisadas duras y su devorador rechazo.
En esos momentos de llanto por Ignacio, el torero senequista, al evocar Lorca la flor de la calavera, no sé por qué me atrevo a situar ahí, su simpatía por muchos sones y conjuros de nuestra tierra y principalmente por nuestros reales negros. Entre nuestros mitos para defenderse de Ikú, la muerte, la casa entera, por medios de todos sus animales se prepara para rechazarla. Al fin llegó, con presencia de esqueleto, y todos los animales se sintieron temblar. Pero el gallo dio un paso al frente y empezó a combatir a la muerte, soltando una pluma entre los huesos de su brazos. La muerte se asustó al contemplar la pluma del gallo y, con una ligereza que ella no pudo igualar, abandonó la casa sombría. (Véase el desarrollo de este mito en El Monte, la excepcional obra de Lydia Cabrera).
Un día Lorca oyó de uno de aquellos cantaores, una sentencia memorable: todo lo que tiene sonidos negros, tiene ángel. La misma expresión, sonidos negros, había nacido cuidada y profundizada por los ángeles. Tener sonidos negros, es decir, espejo de reverso, cabello a dos cortes. Cuando Lorca logró su estribillo “Iré a Santiago”, está lleno de esa teoría, que aun en una contradanza nuestra reaparece descompuesta, donde la alegría busca la muerte y la muerte comienza a gemir, a pedir que la vean más de cerca. “Iré a Santiago, en un coche de agua negra”, el coche que sigue al sol al desaparecer en la línea del horizonte. Ahí Lorca intuyó que el prodigio de nuestro pueblo es, trágicamente, tener sonidos negros, como el caer de una cascada sombría detrás de las paredes donde se lanzan al asalto los cornetines del bailongo.
Cuando Lorca apareció en la poesía española, la dominación de la ausencia, la interminable blancura, el diamantino eje de invisibles estructuras, de Juan Ramón Jiménez, trazaba un ámbito de dominada gracia serena, absoluto blanco coronado de nardo vertical. La poesía se volvía sobre la identidad de su desnudez, todo lo que fuera peso contingente o regalada metáfora, hecha a su circunstancia o llaneza de aleluyas cotidianas, quedaba borrado. El poema se lograba consiguiendo una identidad con el uno en su absoluteza de rechazo, quedaban por los contornos sones errabundos, bultos apretados por la cintura sudorosa, pero sin rostro dibujado. Bosque todo de nieve, figuras blancuzas con largas rayas escarchadas, nunca teñidas por las embestidas de la sangre del toro negro de la muerte o las lamentaciones ante la cerca de piedra. “En el nardo infinito, dice un poema de Lorca, dedicado a J. R. Jiménez, —nieve, nardo, salina— se heló su fantasía”. El surtidor de la sangre en su ofrenda, chocaba con una fantasía que a fuerza de buscar la unidad de la blancura, lograba unos cristales helados. Pero la llegada de ese lorquiano chorro sanguíneo, saltaba sobre la plaza de España, con su ruedo de taberna con ahogados visitadores, barajas de reyes y de sapos, mezclas de arlequines y turrones, jardines donde conversan con interminable satisfacción, Scarlatti y Manuel de Falla, rodeado de las alondras del voluptuoso canónigo Soto de Rojas, en su cámara de mimbres y platabanda, al lado del paraíso.
Ya Lorca había alcanzado que su poesía adquiriese la suficiente fuerza sutil, como para recorrer al laberinto de los mitos que más lo tentaban. Era necesario que llevase lo que había alcanzado a la gran casa del teatro español, por donde entraban y profundizaban la estancia, toda la frustración de una palabra dicha por el hombre español y universal. La muerte y el final de la casa, la desolación en la imposibilidad de desprender la criatura, la vergüenza que enfurece a la costumbre, todo lo que era acento mordido por los amargos, se irguió en su teatro de llamas vivas. Entonces fue cuando de una casa maldita, salieron unos enmascarados de azufre y rabos endemoniados, comenzando a darle hachazos a ese cuerpo que había exhalado una voz poderosa y delicada, tan llena de embriagada alegría, como de una amargura de pozo fabuloso. Pero como de una costumbre profunda, su voz hecha canto se eleva, ardido caduceo, sobre las cenizas de la casa maldita.
Tomado de Lunes de Revolución, La Habana, 21 de agosto de 1961, no. 119, pp. 5-6.
Otros textos dedicados a Federico García Lorca en este sitio web:
– Juan Marinello: “Un clásico: García Lorca”, Lunes de Revolución, La Habana, 21 de agosto de 1961, no. 119, pp. 3-4.
– Dulce María Loynaz: “Cuba en García Lorca”, Estudios literarios, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1993, pp. 151-156.

