UN CLÁSICO: GARCÍA LORCA

No bastan veinticinco años para medir cabalmente el significado de un creador literario, si con su obra supo absorber y trasmutar la mejor tradición cultural de su pueblo. Tal es el caso de Federico García Lorca, cuyo abominable asesinato se recuerda hoy universalmente. Pero sí pueden hacerse algunas consideraciones tentativas sobe la esencia de una grandeza acatada en las más diversas latitudes.

     El conocimiento personal no es indispensable para hacer juicio acertado sobre un escritor excepcional, pero a veces ofrece caminos sorprendentes para explicar las razones de su magnitud. Hay gentes que son su obra misma, fluyendo sin estorbo ni disimulo. Fu el caso de García Lorca; por lo que un trato demorado con su gracia entregaba luces íntimas válidas para anotar una singularidad de largo alcance. Tratemos de darle cuerpo a esta sospecha.

     Conocí al gran poeta andaluz en su momento mejor. En 1930 Federico vivía un tiempo estelar. Muy joven, en la cercanía de los 30 años, se mostraba como una fuerza erguida, bullente, inagotable, inviolable a la declinación y el agotamiento. Era un muchacho —y ya había en esto una marca de su tamaño—, saludable y bullicioso, ebrio de vida y de canto. Un contacto breve con él dejaba la sensación que puede ofrecer un árbol lozano, un río encrespado, una mañana luminosa. Era, en verdad, una naturaleza fluyente amarrada a su tierra, pero ansiosa de todos los vientos.

     El diálogo con Federico —que pasaba por las estaciones de la charla poblada de imágenes inesperadas y alusiones irónicas a la copla vieja, siempre recién nacida en su voz y en su guitarra—, daba cuenta exacta de una personalidad leal e inusitada, de una presencia decidida a no morir del todo. Nunca he podido leerlo después sin hacerlo en su voz, en su gesto, en su acento. Porque oírle decir sus poemas era descubrir su don hondo y liberado, voluntariosamente nacional y, por ello, dueño de todas las alturas. Esa pena con garbo y aire, esa sorpresa genuina (que estremecía al mismo poeta), esos terrores de larga vida y gesto infantil, esa resonancia con lo íntimo y lo desconocido, esa sintonía con gentes y ademanes—, todo lo que hace de su poema y de su teatro una encarnación duradera y feliz, estaba en su decir grave y querencioso, en aquella comunicación que cada quien imaginaba nacida para su atención.

     El modo nuevo, libérrimo, genialmente arbitrario a veces, de Federico, levantó en la Cuba de 1930 el ceño asustado de escritores maduros, muy presos de las maneras transitadas. Las gentes de mejor sensibilidad recibieron con avidez sorprendida el verso inesperado, y le adivinaron la calidad y la hondura a través de su resonancia popular y de aquella conexión de raíz con lo nuestro que lo hacía pronto materia entrañable. Por ello se dio el caso, no repetido después, de que un escritor en la etapa ascendente y con lenguaje inusual, fuese recibido en nuestra isla como un valor cumplido, de estatura incambiable. Porque es lo cierto que nuestros mejores hombres del año 30 ofrecieron al muchacho presuroso y alegre un homenaje de escritor clásico.

     Creo que en el obligado recuento realizado ahora en el aniversario de su monstruoso sacrificio, la condición de clásico se le confirma y se le ahonda a Federico García Lorca. Cuando  Pierre Vilar le concede preeminencia universal sobre sus contemporáneos no hace sino señalarle un lugar junto a Manrique y a Góngora, junto a Quevedo y a Lope, sus padres legítimos. Hijo de aquella originalidad de tierra y sangre, de gama y bramido, de relámpago y cielo, de rosa y blasfemia, García Lorca está al nivel de sus elocuentes progenitores. Como ellos, es un hombre de pie en medio de una llanura remordida de encontronazos sangrientos; como ellos, es un hombre en pelea contra sí mismo, pero de cara a su contorno agresivo. La sobriedad sentenciosa y puntual de Jorge Manrique —“nuestra vida son los ríos”—, está en el poema de Federico. Y la magia secreta, luz y sombra, del racionero de Córdoba. Quevedo, quizás el escritor más encarnizadamente español, muestra su humor renegrido y su aire soberano en el romance y en el teatro del autor de Yerma. Lope de Vega le regala aquel entendimiento y gusto de lo popular que es claridad permanente en la obra de nuestro amigo genial.

     Esa fidelidad de raíz con la naturaleza y los modos de su pueblo es lo que sustenta la inmortalidad de García Lorca. Pero, y he aquí una cuestión de mucha enjundia, ningún clásico lo es si no salta las bardas de su recinto nacional, impulsado por vientos de novedad poderosa. Federico es la progenie y su tiempo, la tradición en vacaciones, la historia saliéndose de sí misma. Por esta razón, su novedad asombra sin irritar y su tono inusitado se recibe como un atrevimiento en que todos ponemos las manos.

     ¿Y por dónde estará la esencial novedad, lo que trae Federico a una literatura grande, pero siempre amenazada por sus duros garfios voluntariosos? Difícil es decirlo en un comentario al paso; pero creo que en un desarrollo dilatado de la cuestión tendríamos que ofrecer mucho espacio al modo en que la vieja elocuencia definidora del Romancero se viste de luces modernas en la imagen inesperada y certera, en la anchura del campo en que lo popular asienta sus reales. Porque hay que anotar en García Lorca la victoria de haberle ganado nuevas tierras al aliento de su pueblo. Nunca, hasta él, la palabra consabida y reiterada de las canciones primitivas de España alcanzó vuelo tan libre y alto. A eso se debe, sin duda, que lectores no españoles, al leer a Federico en sus idiomas, alcancen la sustancia vieja y novísima de sus versos. Es de mucho interés el modo en que nuestro gran poeta enjuicia en sus poemas a los extranjeros, a los ingleses, a los franceses, a los estadounidenses; no es ajeno, por su universalidad raigal, a ningún gesto no español, pero levanta contra lo de afuera el ánimo peleador que no admite sumisiones. Recuérdese su verso sencillo y fiero: “Aquí somos otra gente…”. Y este grito de entraña histórica, es el que entienden bien todos los hombres.

     Por otros caminos supera García Lorca lo español, sin dejar de obedecerlo. Parece averiguado que ninguna literatura muestra, como la de España, tan definida capacidad para darnos lo misterioso y lo terrorífico. Es posible que vista la cosa en su fondo encontrásemos que se trata de una de las hazañas del realismo hispánico. Quevedo es, en esta cuerda, el gran modelo. Su don de miedo teológico es inmedible; su poder para imaginar monstruos, impasable. Español por los cinco costados, el hombre de la Política de Dios, construye sus monstruos con pedazos humanos, con lo que le ha ido dejando en las manos la querella de sus vecinos y rivales; su medida de invención es tanta que sus criaturas contrahechas espantan por su humanidad desesperada y atraen por el envés familiar de sus voces. Solo un realismo sin fondo puede engendrar una irrealidad tan cercana.

     García Lorca posee el poder quevediano de evocar gentes y mundos muy distantes de lo presente; pero tal poder se ejerce en Federico por vías situadas a distinto nivel. El misterio y el terror —hijos, como en Quevedo, de los jugos de la inmediata realidad—, rondan, atisbando, toda la escritura de Federico. Hay en su obra como un trasfondo impalpable, pero presente, como un velo de hilos que nacen de la sombra y vuelven a ella. El terror, gran criatura de García Lorca, se produce por alusiones sobrias y eficaces (“¿Has oído ladrar, hermano, un perro asirio…?”), (“En la casa donde hay un cáncer…”), y queda el lector preso de un embrujo que se alarga en él por los caminos de su propia imaginación. El poeta, niño terrible, echa a jugar la verdad y la mentira, la sangre y el sueño, lo cercano y lo inasequible. Y este juego peligroso, tan expuesto al artificio estéril, solo pueden jugarlo los artistas de tamaño entero.

     Desde luego que todo juego de luces y sombras queda sorprendido al fin por la presencia de la muerte. Fue adivinación considerable de Antonio Machado dar la palabra a la muerte en el poema en que llora el asesinato de Federico. La muerte es, en efecto, en el verso y en el teatro del poeta de Granada, un amor evocado sin descanso. Está en su canto a la vida, en el ademán del torero, en el intento del conspirador, en el charol de los guardias civiles, en las angustias obstinadas de sus mujeres, en la ansiedad de sus adolescentes y en el gesto frágil, abortado, de sus personajes grotescos. También como Quevedo, el polo inmantador del desangramiento ofrece vida poderosa y duradera a sus mejores encarnaciones.

     Con esa carga preciosa de tradición y pueblo, de misterio y de horror, de gracia y de muerte, llega Federico a la escena española. No afirmamos cosa desbordada al decir que el gran creador lírico llevaba camino de sacar el teatro de su tierra del prolongadísimo colapso que ha sufrido por siglos. No porque estimemos que hay en la farsa lorquiana obra de similar altura a las de Lope, Calderón, Moreto, Tirso o Alarcón, sino porque en lo que nos dejó está la sustancia de un teatro grande y pleno, el de más calidad de cuantos hayan asomado la cabeza del XVI a nuestro tiempo. Todo lo que es enraizamiento en las viejas montañas y novedad de ley poderosa está en el tablado de Federico. Sus personajes son los de sus poemas, pero contrastados, entrelazados, sangrados, en una afilada realidad española, cercada siempre del viento del pueblo, del misterio envolvente, de los grandes miedos telúricos, de las claras esperanzas andadoras. Gran teatro, de lo mejor de nuestro día, de lo mejor del tiempo futuro. Porque los personajes escénicos de García Lorca poseen tanta riqueza de realidad y de sueño, de vida y de muerte, que mañana, quizá en su primer cumple-siglos, estarán ganado en hazaña cideana, las más altas victorias.

     Y todo esto, el lirismo más puro y válido de su generación y el teatro más logrado de su tiempo español, quedó roto, despedazado por las balas de la barbarie franquista. Nada tan profundo y simbólico como este crimen sin sentido ni remisión. Federico García Lorca era una expresión soberana de su pueblo, un triunfo del ingenio español, una fuerza en firme ascenso, una de las personalidades más sorprendentes y singulares de su tiempo europeo. Fue asesinado en el instante en que su vuelo cobraba fuerza invencible, en el momento mismo en que le bullían en la gracia de la frente creaciones de materia definitiva. No pudieron matar su genio, más visible ahora que el día terrible de su muerte; pero cortaron los tallos ansiosos de mil floraciones magnas.

     Al recordar en este aniversario al gran amigo muerto, debemos reiterar nuestra decisión de hacerle un homenaje a la altura de su obra. No puede ser otro que le de combatir, con su misma voz de pueblo creador, contra los verdugos de España. No está lejana la liberación del gran pueblo de Federico García Lorca. Cuando veamos brillar en él una llama que no renunciará más a su dominio, habrá alzado el vuelo un genio nacional que enseñó en Cervantes su nivel y su fuerza. En la culminación de sus logros estará la voz vieja y nueva —inmortal—, de Federico García Lorca.

Juan Marinello Vidaurreta

 Tomado de Lunes de Revolución, La Habana, 21 de agosto de 1961, no. 119, pp. 3-4.

Otros textos dedicados a Federico García Lorca en este sitio web:

– José Lezama Lima: “García Lorca, la alegría de siempre frente a la casa maldita”, Lunes de Revolución, La Habana, 21 de agosto de 1961, no. 119, pp. 5-6.

– Dulce María Loynaz: “Cuba en García Lorca”, Estudios literarios, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1993, pp. 151-156.