CUBA EN GARCÍA LORCA
Es difícil decir algo nuevo sobre Federico García Lorca, porque sus breves pasos en la tierra —breves, pero de profunda huella— han sido ya contados y solo cabe situarlo en su hora y en su clima histórico.
No conozco el libro para el que estoy haciendo este trabajo, pero conozco a la autora, y sé que no escribe en vano; pese a las previsibles dificultades, ella saldrá airosa de su empeño.
De lo que no estoy tan segura es de salir yo del mío con igual suerte, pues por difícil que sea el papel del historiador, siempre cuenta con diferentes escenarios donde moverse sin tener que dejar nada al azar o a la imaginación.
Menos ha de dejarlo quien solo debe hablar de sus experiencias personales, cuidándose de no invadir otros planos ajenos a ellas. Evidentemente, su espacio será mucho más limitado, pues de otro modo lo suyo ya no sería un testimonio, y justamente un testimonio es lo que me pedido Nydia Sarabia.
No quiere un prólogo, que generalmente solo sirve para alabanza del autor; no quiere un juicio crítico, por ecuánime que este sea.
Ella, historiadora sobria y responsable, no necesita más que un testimonio.
Y si es a mí a quien lo pide, se debe solo a que yo soy, hasta donde sabemos, la única persona que queda viva entre las que aquí conocieron y trataron a Federico García Lorca, y en todo caso la única también en condiciones de ofrecer lo que ella solicita.
Teniendo en cuenta estas razones es que me he puesto a la tarea y lo primero que debo. aclarar es que mi trato con el famoso poeta, si bien ininterrumpido durante el tiempo que permaneció en Cuba, nunca fue tan estrecho como el que mantuvo con mis tres hermanos. Diferencias en los caracteres y resquemores en el oficio. como se ha dicho luego, impidieron una verdadera camaradería entre los dos. Porque él era alegre y yo melancólica; él, indisciplinado y yo metódica; él, fogoso, entusiasta, yo comedida, de manera que salvo el amor a las bellas letras, nada podía unirnos.
Dejo en claro este punto para que no se espere de mí revelaciones importantes.
Puedo decir cosas que se saben y cosas que no se saben, pero todas muy simples, muy caseras, que solo por relacionarse con él pueden suscitar algún interés.
Han transcurrido ya casi sesenta años de aquellos bellos días de nuestra juventud, pero creo que aun no me falla la memoria. Y todavía puedo ver a Lorca como lo vi aquel día del primer encuentro, sencillo, sonriente, desenvuelto, tendiendo una mano que era ya de amigo.
Los ojos y ese modo de estrechar la diestra ajena fueron lo primero que en él me impresionó. Daba la mano como si diera el corazón con ella.
Los ojos eran lo único hermoso que había en su persona física, sin que por esa afirmación deba entenderse que el resto era desagradable.
Ni agradable ni desagradable. Simplemente no había en él otro rasgo digno de atención: se le pudiera describir por ausencias; no era alto ni bajo, ni delgado ni grueso, ni blanco ni trigueño o moreno como dicen allá. Pudiéramos solo sugerir que su rostro tenía un tinte oliváceo, tal vez el el mismo que gustaba de poner en su gente gitana.
Hablaba un buen español y no recuerdo que lo hiciese con ese acento regional de los pueblos del sur. Recuerdo, sí, una voz más bien grave y en verdad arrebatadora cuando decía sus propios versos.
Era sencillo en el vestir, tan ajeno a las extravagancias como despreocupado de la moda, aunque no al punto de parecer desaliñado.
Usaba corbata de lazo, costumbre que no sé si copiaba de mis hermanos o eran ellos los que la copiaban de él. No era lo corriente, pues en una época en que todos llevaban corbata, se prefería siempre la de nudo. Gustaba de cantar coplas de su tierra, acompañándose él mismo al piano, y lo hacía con bastante gracia.
Para cualquier trance difícil, tenía la palabra ingeniosa y ágil: en una ocasión permití por broma hacer unos versos imitando el estilo suyo tan particular, como si dijéramos una caricatura de sus versos; y mis hermanos, por divertirse a costa de los dos, se los mostraron a pesar de mis protestas, pues sinceramente me apenaba la idea de haberlo ofendido; cuando inesperadamente le oigo decir fresco y tranquilo: .
—Pues no sé porqué se alarma tanto Dulce María,si eso es lo mejor que ella ha escrito.
Me sentí en el caso del burlador burlado.
Nunca le oí hablar de política, lo cual sí es detalle muy interesante si se tiene en cuenta todo lo que se ha dicho luego acerca de su militancia.
No la estoy negando; incluso pudiera admitir que sentara plaza en ella, una vez llegado a una España turbulenta, sacudida entonces por un vendaval de pasiones encontradas.
Solo me limito a exponer lo que le oí y lo que no le oí. Creo que así debe ser un testimonio.
He dicho que era de carácter alegre, pero algunas veces le acometían extraños miedos: estando en perfecta salud, temía morir de cáncer y a la menor alteración de su organismo —una mala digestión, un ligero dolor de cabeza se echaba a temblar pensando que ya tenía el cáncer encima.
Se resignó —él tan inquieto— a pasar una semana hospitalizado, solo para que le extirparan todas las verrugas del cuerpo, que por cierto eran muchas. Decía que así tapaba las rendijas por donde podía colarse la obsesionante enfermedad.
Era un enamorado de: Cuba y lo era de verdad; quiero decir que lo era sin pretensión de halagos a los cubanos, que por otra parte, sin necesidad de ser halagados, de igual forma le correspondían.
Más de una vez se le oyó decir que el pueblo más hospitalario del mundo era el cubano; que las mejores frutas del mundo eran las cubanas y que, en fin, las mujeres más hermosas del mundo eran las mulatas cubanas.
El viaje a Santiago de Cuba fue tan cierto como otras escapadas matanceras que hacía con Enrique,[1] menos conocidas que aquella y así se lo dije hace muchos años a Nydia, muy interesada a la sazón en saberlo. Ese viaje que por alguna razón desconocida quiso hacer solo, dio lugar a casi una polémica.
Pero mi hermana conservaba una pequeña efigie de la Virgen del Cobre que él le trajo como recuerdo de aquella excursión.
Y ya que hablo de mi hermana, conviene aquí dejar otro punto aclarado: sabida es la gran amistad que hubo entre Federico y Flor, tan parecida ella a él en el carácter y en hacer caso omiso de la opinión del mundo. Fue a ella a quien envió el original de Yerma, hoy guardado en el Patrimonio Nacional.
Este envío habría de constituir una de las últimas disposiciones del poeta, pues se lo encargó a su amigo el musicólogo don Adolfo Salazar en vísperas del día en que ambos abandonarían Madrid, Salazar rumbo a Cuba, él rumbo a la muerte.
Esta amistad de Lorca con mi hermana, como suele suceder entre personas de distinto sexo, afines en edad y gustos, dio pie a que se pensara alguna vez en la posibilidad de un romance entre los dos.
Pero ella lo negó siempre, aun a mi misma y hasta parece que le molestara que se aludiese a tal posibilidad. Un día que se lo mencionaron le oí responder que era propio de gente vulgar confundir una amistad tan limpia y tan bonita con un idilio cinematográfico.
No fue el manuscrito de Yerma el único original lorquiano que quedó en casa.
El Público, otro inédito supuestamente perdido hasta hace poco, se lo regaló el autor a mi hermano Carlos Manuel, de quien decía que era el mejor poeta entre los cuatro.
Esca apreciación me parcela muy singular, pues cuando se hablaba de nuestras facultades líricas, el binomio era siempre Dulce María‒Enrique, Enrique‒Dulce María.
Carlos Manuel tenla su verdadera personalidad en la música; y en cuanto a Flor, no la tomábamos en serio todavía. Nos divertían sus ocurrencias y sus travesuras, pero para todos seguía siendo la Beba, la bebita, la benjamina de la casa.
Pero bien, él decía que era Carlos Manuel y le regaló el manuscrito de su última obra, la titulada El Público.
Debo confesar ahora que ninguno de nosotros apreció mucho el regalo. Otras obras de él nos entusiasmaban —a mi particularmente Doña Rosita 1a Soltera—, pero la verdad es que El Público nunca fue entendido, ni siquiera por el obsequiado.
Sin embargo, algunas escenas quedaron grabadas en nuestra imaginación, por insólitas y disparatadas. Sé que algunos me tendrán estas palabras por blasfemias, pero a mi edad me considero con licencia para decir lo que siento.
Pues bien, entre esas escenas a me me refería antes, nos leyó una en que el disparate era casi genial; situada en los años futuros, la humanidad se enfrentaba a un pavoroso problema: no sabía qué hacer con tantos viejos que habían llegado a poblar el mundo, pues los inventos modernos retardaban por décadas y décadas la hora en que normalmente debieran desaparecer. Ante esta situación verdaderamente crítica, se decidió fabricar una alta torre por el estilo de la Babel, con el propósito de almacenar allí a los ancianos en espera de que la naturaleza cumpliera su deber con ellos, pero, entre tanto, sacándolos de la circulación, recogiéndolos donde estorbaban a la gente útil y en fin, librándose en alguna forma de ellos.
Recientemente y en ocasión de estrenarse El Público en Madrid —según dicen, con mucho éxito—, me visitó un periodista español interesado en el asunto.
Hombre joven, cordial, conocedor del tema, quería saber todo lo que yo pudiera contarle acerca de dicha obra. Le relaté entonces lo poco que recordaba de ella, porque en realidad era poco, y cuando llegué a la escena de los viejos, con gran asombro mío lo vi regocijarse entusiasmado: según me explicó, esa era precisamente la escena cuya falta se notó en el borrador utilizado para el estreno de El Público.
Cosas de la vida.
Debo decir ahora que el manuscrito ofrecido por Lora a mi hermano fue destruido por él mismo.
Como también se sabe —porque nuestras interioridades nunca han podido permanecer mucho tiempo ignoradas— Carlos Manuel, al comienzo de los años cuarenta, perdió la razón y nunca más la recuperó.
Y así fue como en un arrebato de locura dio fuego a todos sus papeles y el manuscrito de El Público, así como sus propios originales, versos, cuentos, partituras, fueron consumidos por las llamas. Muy poco pudo salvarse del desastre, y aún viven testigos que lo presenciaron.
Este lamentable suceso ocurrido hace tantos años, salió a luz hace poco, pero no para contarlo como fue, sino para atribuirme con solapada malicia la destrucción de ese documento que gustarme o no me gustara, ya pertenecía a la literatura universal.
De tal infundio tuve que defenderme públicamente en un diario de Madrid, porque era allí donde circulaba el insidioso rumor.
Perdóneme Nydia si aprovecho estos comentarios para desmentirlo una vez más.
De todos modos, el episodio no es ajeno al protagonista de que se trata.
Hace poco recibí la visita de Ian Gibson, el apasionado y apasionante biógrafo de Federico García Lorca.
Su último libro sobre el poeta —que tuvo la amabilidad de enviarme desde España con Miguel Barnet— ha sido, según me dicen, el mayor éxito registrado en varios años en los círculos literarios de Madrid.
Ian Gibson es joven todavía y no pudo conocer a su biografiado; ya puede suponerse la sed con que se acerca a cualquier fuente —aunque sea un hilo de agua— donde crea poder beber algunas gotas sobre un tema en que de todos modos ya es maestro.
—¿Cómo era Lorca?— fue lo primero que me preguntó. Le dije más o menos lo que acerca de su persona digo aquí.
Pero él insistió. No se daba por satisfecho, quería saber más.
Por fin saltó la pregunta clave.
—Y usted que tuvo la suerte de verlo día a día, ¿no pudo observar nada de especial en su aspecto?
Yo sonreí y pude contestar sin faltar a la verdad:
—No observé nada: absolutamente nada.
(La Habana, 2 de mayo de 1988)
Tomado de Dulce María Loynaz: Estudios Literarios, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1993, pp. 151-156.
Otros textos dedicados a Federico García Lorca en este sitio web:
– Juan Marinello: “Un clásico: García Lorca”, Lunes de Revolución, La Habana, 21 de agosto de 1961, no. 119, pp. 3-4.
– José Lezama Lima: “García Lorca, la alegría de siempre frente a la casa maldita”, Lunes de Revolución, ob. cit., pp. 5-6.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Enrique Loynaz (). Véase Dulce María Loynaz: “Enrique Loynaz, un poeta desconocido”, Ensayos literarios, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1993, pp. 59-76.

