ANEXO

Apuntes para la presentación de “La casa del alibi”

en la Casa Museo José Lezama Lima, el 17 de diciembre de 1995

Larousse: “La luna efectúa su revolución alrededor de la tierra (revolución sideral) en 27 días y un tercio, pero su revolución sinódica (mes lunar) se realiza en 29 días y medio a causa del desplazamiento de la tierra alrededor del sol. […] Es a la atracción de la luna combinada con la del sol, que se deben las mareas”.

     “Revolución sinódica: tiempo que emplea un planeta para volver a estar en conjunción con el sol”.

     Lezama: “Pues José Martí fue para todos nosotros la última casa del alibi, / que está en la séptima luna de las mareas, y la penetran los ejércitos y se deshace penetrándonos”. Subrayado de C.V.

     La “séptima luna” solo puede aludir al séptimo mes: Julio. Más adelante dice: “y sabe que él tiene que llegar hasta allí, y que el cenital / de la casa se alcanzará en su vaciedad con lunas bajamar”. Subrayado de C.V.

     Todo esto parece demasiado para ser anterior al 26 de Julio. El hecho, además, de terminar el poema refiriéndose a “las previas antologías órficas”, que indudablemente son Diez poetas cubanos (1948)[1] y Cincuenta años de poesía cubana (1952),[2] parece indicar que el poema se escribió después del 26 de Julio del 53, más como testimonio transfigurado al lezámico modo[3] que como vaticinio, aunque algo de esto siempre tenga en su impulso hipertélico. De ser así, la relación con “Secularidad de José Martí” puede ser inversa a la que yo suponía, a saber, de “Secularidad” saltaron algunas líneas hacia el poema posterior. Ya sospechaba yo esta posibilidad cuando preguntaba: “¿Antes o después de qué batalla se escribió este poema?”, y en el párrafo final del trabajo, en que hablo de “testimonio profético”. Por todo ello al reeditarlo preferí cambiar el título “Hallazgo de una profecía” (Casa de las Américas) por “‘La casa del alibi’”.

     Por otra parte, nunca dije, como supone inexactamente Lourdes Rensoli en nota a un valioso ensayo, que este poema fuese profecía del “régimen actual” de Cuba, sino, en todo caso, profecía o testimonio lezamiano del fracasado Asalto al Cuartel Moncada. Para negarlo sería necesario mostrar otra interpretación o sostener que al “dialéctico frenético que gime una ausencia de telos” no le importaba la finalidad histórico-poética, ni el sentido de lo que escribía, y que le daba lo mismo aludir a “la séptima luna” que a la primera o a la octava, y que el adjetivo puesto a mis antologías (“previas”) no las refería a ninguna fecha inmediatamente posterior, etc., etc.

     Las alusiones finales a C.V., por lo demás, son literales:

1) “el que resguarda sus sílabas de violín”: en efecto, nunca quise tocar el violín delante de él, cosa que varias veces me reprochó con su ironía cariñosa;[4]

2) “y el nadismo de su cabellera bermeja”: se refiere a estos versos de “Tesoro” en El hogar y el olvido (1949): “un recelo como un vicio fascinante iba creciendo a mis espaldas y al volverme sólo vi / la doncella de flamígero cabello arrodillada en el desván…”. / “Sus visiones se completan vanamente”. (En este mismo poema se habla de “el violín que chirría de aquel niño en el cuarto como una flor despedazada”);

3) “y el espejo de cartón acariciado por los estiramientos del humo retomado y volcado”: alude a “Un placer” (dos sonetos del mismo libro, dedicados al placer del tabaco) donde se lee: “¡Súbito espejo / a más vergel de oro, impenetrable…!” Y allí también se dice que la combustión del tabaco “ardiendo con mi carne me despoja / (cifra de la fruición y la amargura: paño, león, esfinge) de sentido”.

     Curiosamente El hogar y el olvido, título y libro de que habla despectivamente en una carta publicada por José Rodríguez Feo (todos conocimos las ocasionales intemperancias de su lenguaje conversacional), le interesó tanto que tres veces alude a él en las líneas finales de “La casa del alibi”, y en la segunda lección de La expresión americana (1957) me hace el honor inverosímil de situarlo en el banquete criollo barroco, entre las platerescas peras del Anónimo aragonés y el café a la turca celebrado por Juan Sebastián Bach. Allí otra vez el segundo soneto de “Un placer”, con “el enigmático e imprescindible tabaco, traído al convite por uno de los nuestros de más ganada y sosegada gloria poética, nuestro querido testimoniante Cintio Vitier” (Ob. cit., p. 42). Releyendo ahora la décima-dedicatoria con que nos regaló este libro, quizás su último verso quiere borrar con secreta cortesía toda oculta inconsecuencia: “Haber conocido a Fina / y haber a Cintio tratado, / es estar enamorado / del misterio que se afina. / ¿Es la sangre que confluye? / Es el eco que refluye, / buscando un cuerpo, una brisa, / una lección con su oro, / la antiestrofa con su coro, / sabia disculpa o sonrisa. / Los quiere muchísimo, / J. Lezama Lima. / Oct. y 1957”. Siempre su delicadeza era su triunfo.

Cintio Vitier

Tomado de Obras 4. Crítica 2, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 450-452.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Diez poetas cubanos (1937-1947), antología, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Ediciones Orígenes, 1948.

[2] Cincuenta años de poesía cubana (1902-1952), ordenación, antología y notas de Cintio Vitier, La Habana, Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, Ediciones del Centenario, 1952.

[3] Cintio Vitier: “Al lezámico modo”, Poemas de mayo y junio (1988), Obras 10. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, p. 87.

[4] Cintio Vitier realizó durante varios años estudios de violín con Cándido Faílde, Gustavo Lamothe y Juan Torroella, en Matanzas y en La Habana. Su más alta aspiración artística era llegar a ser un músico virtuoso (no le alcanzaron sus manos muy pequeñas), como sí pudieron lograrlo sus hijos, Sergio y José María, el mayor orgullo de sus padres, según manifestaron, más de una vez, Cintio y Fina, quien recordaba que Lezama bromeaba con Julián Orbón acerca de que Cintio siempre decía que era músico, pero nadie le había oído tocar nunca el violín. Sin embargo, la vez que a petición del propio Orbón empuñó el arco para tocar “el único y cubanísimo cuarteto que él [Orbón] escribió”, este quedó tan gratamente impresionado que le confesó a Lezama: “Cintio domina el violín… Puede tocar como primer violín en la Sinfónica…”. [“Iluminaciones 3: Cintio y Fina, a propósito del premio ‘Pablo Neruda’. Entrevista de Rosa Miriam Elizalde” (17-03-2007). Disponible en: www.cubadebate.cu].

Véase Cintio Vitier: “Violín”, Luz ya sueño (1938-1942), Obras 8. Poesía 1, y “Sonata primavera”, Epifanías (2004), Obras 10. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, pp. 69 y 279, respectivamente.