TESORO
I
Él viene a hacer el lecho, y huye.
La piedra está pasando por la noche mientras huye
seguro del terror que lo acompaña como una piedra inmóvil.
Detrás de la pared está su alma, y su león perdido
que al mirar es tosco y puro; él nombra como un sabio,
como un niño en una costa devorada por la nieve, y canta,
seguro de su lecho, de la piedra. Se detiene para ver
los paños historiados que demoran en la vida
la paz de las mujeres, la humedad
de un árbol tan robusto como el humo. Están alzando
las límpidas cucharas a la boca, y el contorno
es tan desordenado y leve, tintinean los cuchillos la alegría de los viejos
que aún pueden masticar igual que el viento sopla (ellos piensan
que están solos hacia abajo, hacia los hijos
más oscuros) y la orquesta
estremece el cartón hasta los huesos. Aquí mira como un barco,
dobla como un buey el cuello más pesado que la vida entre sus ojos
amigos de la paz, de lo que huye, mira como un niño
al que serenamente borran las mentiras más atroces. Ellos pasan
por la nieve diurna mientras oye
no solo el casto chapaleo de las grutas verdinosas,
no solo el grito y los silbidos, el insulto de las flores,
no solo el aire shakesperiano sino el alma detrás de la pared
y el león irreprimible que la mira. Detrás de la pared rosada
del almacén a medio realizar por el hollín y por la paz de las mujeres,
detrás del espesor que expulsa
una brevedad inmensa de alegría está seguro
de su lecho y de su alma, pero huye (se demora
para ver el río, los barriles
verdinosos), ya no puede soportar la nieve de sus dedos en la vida
ni el paladar oculto y deslumbrante de los viejos. Huye.
II
Por las sagradas carreteras voy oyendo
el piano de mi amigo, su desértico mirar.
El círculo de la lámpara es el círculo de la nieve
y la voz del padre se alza detrás de los tumbos violetas de las
nubes,
detrás de la playa absorta de las risas de los hijos que se llaman
en la dulzura de la lámpara perdida.
Pero un sabor terriblemente seco no es posible para mí,
una ausencia tan hermosa como la casta luna
cuando miro por encima de los nombres no es posible para mí,
se va a morder el musgo de las tejas el deseo mendicante,
a qué negarlo, y brama igual que el viento
que no sabe la gloria que lo envuelve.
Que está creciendo la tiniebla de las flores,
a qué negarlo, que las puras carreteras van entrando en el hogar
y el hogar en el círculo de nieve, oh sobremesa
dorada en las familias, oh iracundia
del mendigo que pasaba con su crítica de flores agudísimas,
oh flor de orgullo, tú, más verde que la noche!
En la isla, en lo invisible, en el desierto,
el piano de mi amigo, su desértico mirar!
Yo voy cantando rencoroso, yo me inclino con el alma de rocío
para ayudar al padre a que demore la más suave carcajada en la
negrura
de sus ojos más salvajes que la arena,
el humo de la sopa como un oro hasta mi alma.
Supongamos que yo vuelvo y me reciben como a un hijo,
que yo huyo de mi casa y me recuerdan como un astro,
que yo no puedo ser y estoy temblando en el jardín.
Esto no impide mi alegría, ni mis tardes.
Paseo por gloriosos naranjales, vuelvo al círculo nevado:
¿pero un manjar caliente no es posible para mí?
Un cabello solo no es posible para mí,
yo soy lejano y así elevo una verdísima flor a los espejos,
oscuro y así miro una desértica dulzura hasta los ángeles,
por las sagradas carreteras voy soñando que no sueño,
que toco unos guijarros, que no sueño, que es el aire,
que sacude el aire las empapadas hojas en el recodo frío!
III
Ya ves que está saliendo el gris como una hoja de entusiasmo,
que el absorto paredón irregular con chorreado rosa cumple,
añoso de perdida lucidez en el momento en que los ojos anuncian
una jarra.
Ya ves que al grito de la yerba se suma la lejanía del mantel,
su estilo generoso apacigua la Ciudad en escarchados horizontes
que enardecen a la llama y al manjar, atando los deseos en esfinge
delicada.
Una atadura más robusta que el recuerdo acrece tu pueblo junto al río,
el carbón y la desdicha con ásperos rubores cierran los patios
deslumbrantes,
en la tierra y en la noche un hacha oscura centelleando,
un patio oscuro y único, y un Ángel. ¿Aceptas ese rostro que viene
indivisible,
parecido al follaje ceniciento a pesar de los profundos aguaceros
y a la vez sombrío por la forjadura de los nombres que en la sala
estoy tocando?
Ya ves que la sala también vuelve y está ardiendo un dulce rato
en las telas del niño que se ríe en una sala ya vacía,
y el jinete general lo borra en parte, aferrándose al piano como a
ráfagas
que enormemente unidas con el buey, con la lectura y el dorado
tamarindo caen.
Ya ves que sí, que todo existe y que tu canto vuelve a la tabla en la
inmensidad mojada
y tu mirar al Ángel, y el olvido golpea con la hoja gris aquel espejo.
IV
Ah, pero es preciso que yo abra las puertas de mi hogar a los que
vienen de otras tierras,
yo soy el imposible de sus manos y ellos se hunden en mí como en
la primera mañana del otoño.
La humedad está nombrándoles mi dicha y mis palabras son como
la zarza que arde indestructible
para ellos que no pueden soportar el propio fuego, la quemadura
de sus ojos en el aire cristalino
de la primera mañana del otoño. Uno dice: “allá en la tierra de mi
alma el color puro de la luna
está en los ojos de las madres retorcidas por la envidia bajo celestes
maldiciones, sus hijos las entregan al olvido
y en el olvido ellas trabajan castigadas por el sol que da de frente,
recogiendo la cosecha como un astro más remoto,
lunarmente nos herían y cuidaban desde la cuna hasta el sepulcro,
sepultadas por nosotros
en la tierra del olvido, allá lejos, en mi patria”. Y otro dice: “como
un tonto preguntaba
con la voz manchada por el vino quién yo era y la bondad de cada
cosa era la jarra de mi tacto,
un recelo como un vicio fascinante iba creciendo a mis espaldas y
al volverme solo vi
la doncella de flamígero cabello arrodillada en el desván…” Sus
visiones se completan vanamente,
podemos avivar la brasa y conversar hasta que todo se deshaga y
continúe,
los esposos fríamente se han besado como las nubes más furiosas
de noviembre,
tú quieres oír los astros, yo el violín que chirría de aquel niño en el
cuarto como una flor despedazada,
tú quieres oír los juramentos medievales en la niebla de las flores,
yo el caño, yo el alero cristalino,
ay, por qué es preciso que yo abra las puertas y el velado tesoro de
mi hogar a los que vienen de otras tierras
y mi hogar es imposible y ellos se hunden en mi vida como en la
primera mañana del otoño?
Tomado de El hogar y el olvido (1946-49), La Habana, Ediciones Orígenes, 1949, pp. 7-15; Obras. Poesía 1, compilación, prólogo y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2007, pp. 197-201; Vísperas (1938-1953), prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2007, pp. 197-201.

