“LA CASA DEL ALIBI[1]

Cuando podemos ver un fragmento de tiempo como futuridad que desde el pasado nos apunta, en esa especie de relámpago que huye de los relojes, sentimos el escalofrío y el privilegio de estar en el futuro. Ser el futuro de un pasado no es un goce retrospectivo ni mucho menos nostálgico, sino el descubrimiento de un presente que es el imán profundo de la memoria. Si la memoria queda fuera de esta experiencia, ya que se trata de un encuentro en que el azar parece haberla sustituido, no por ello deja de volver sobre unas huellas en las que vive el aliento de la esperanza.

     El domingo 8 de diciembre de 1985 me fue dado encontrar, o recibir como la más inesperada y deseada de las epístolas, un poema desconocido de Lezama, escrito treinta y dos años atrás.[2] El centro irradiante de ese poema, captado en ondas cuya velocidad parecía preceder a la lectura, era la resurrección histórica de José Martí. A su primera ávida recepción tenían que seguir otras de más ahondado desciframiento.  La memoria volvía sobre unas huellas saturadas por ese fervor de futuridad que fue la brasa de Orígenes.

     El 28 de enero de 1950, en una de sus “Coordenadas habaneras”, Lezama hablaba de Martí, no como nombre cumplido para el homenaje y la reverencia, sino como necesidad en nosotros de “justificar el surgimiento de su germen, como si lo igualáramos a la semilla que necesita de su tierra”. Tener la semilla y no tener la tierra, era una diana insuperable en su polivalencia. Para que no quedaran dudas de que esa tierra que no teníamos era también la historia, Lezama precisaba: “Pues poder justificar que su nacimiento tenía que ser entre nosotros, podría justificar de una vez la avivadora posibilidad de una historia y la solución de la forma de nuestros estilos posibles”. Clarividentemente quedaba vibrando su flecha: “Celebrar la aparición de su aliento, de su soplo sobre el mundo exterior, manera de dejar la huella para su reconocimiento y resurrección”.

     El lebrel ligero de la memoria, más alebrestado que alejado por el azar, no abandona ya esa huella que fue dejando la palabra lezamiana, cada vez que tocó ese “continuo viviente de permanente respiración” que sigue siendo para nosotros, como “materia de salvación y gracia, fuego volante que traspasa las mil interpretaciones”,[3] la persona y el verbo de José Martí. Al llegar el año de su centenario, crucial para la historia de la patria, comprendemos hoy, desde el futuro hecho posible y vivo, que también lo fue para la obra del mayor poeta de la imaginación que hemos tenido. De la imaginación como testigo y servidora de la imagen; de la imagen como sentido totalizador, en sus momentos más radicales y germinativos, del conocimiento poético.

     En su respuesta al artículo[4] que mi padre escribió sobre Analecta del reloj[5] en 1953, Lezama le decía, revelando ese vértigo al que la búsqueda de sentido había llevado cada sílaba de su discurso temporal:

Sorprendo frases, actitudes, situaciones, donde lo irreal y lo real, lo sorprendente y lo reiterado, tienen el mismo valor indiferente, tomando tan solo relieve por un fruncimiento momentáneo, por mirarme fijamente, o por quererlas aprehender cuando se escurrían. Leo esta frase: diez mil mastines tienen que ser alimentados, se me subraya y me llama, y ya me doy cuenta que me pertenece poéticamente. Visito una oficina y oigo: “Dígale a Calderón, que le  entregue los sobres a la Srta. Avellana”. Quedaban para mí un calderón y una avellana, dispuestos a integrarse y a desaparecer en las primeras rondas de un “ballet” ligero. Me sorprendían en su llegada, porque todavía no poseo el logos, el sentido poético en cuyo ámbito se aclaren y sitúen.[6]

     La búsqueda de ese logos poético —que en aquella respuesta, velándose con su habitual ironía, confesaba serle “tan necesario como la numismática o las excursiones por el desierto, los cables soterrados o el ceremonial inglés”— era la vocación solitaria de aquel personaje, Oppiano Licario, cuyo retrato, pasión y muerte nos dedicara a Fina y a mí en el número 34 de Orígenes.[7] Los diez mil mastines de la carta a mi padre (11 de julio de 1953) van a reaparecer en esas páginas fechadas entre agosto y septiembre del mismo año, pero lo importante ahora es subrayar los temores que el autor atribuye a la madre de Licario, conversando con su hermana:

Me temo —continuó la madre, ya un poco sofocada—, que cuando algo muy desagradable le ocurra —quería decir, cuando yo me muera—, vaya a dar a una casa de huéspedes, donde lo burlen y lo juzguen un excéntrico candoroso. [… ] Lo considerarán una víctima de la alta cultura, como existen esas víctimas de las novelas policiales, que prefieren entrar en sus casas por la ventana. Y los domingos, en el hastío de las cuatro de la tarde, en el café de la esquina, lo bautizarán con el grotesco de Aladino de la filología […][8]

     El patetismo ironizado de las palabras de la madre de Licario, refleja una encrucijada vital (secretamente vinculada con la circunstancia nacional) que Lezama conjura mediante la catarsis de este capítulo, en el que anticipando en doce años el final de Paradiso, su más encumbrado y trágico alter ego sueña que muere tan lezamiana y cervantinamente, acompañado por transparentes alusiones —“sintió como el rumor de una caballería que corría hacia las aguas y allí se deshacía en gritos indescifrables”— y por cariñosas despedidas:

[…] su madre disfrazada con la capa de agua de su hermana, con el sombrero y el cubrezapatos mojados por el aguacero de la hora de compras, y la vieja criada, que se había puesto un almohadón por delante ceñido por unos cordeles, dando graciosas palmadas como en un palaciano ritual egipcio. Se reían la madre y la vieja criada en aquella primera aparición, de medianoche: A dormir, a dormir, repetían desde la voz antifonaria hasta el susurro, y volvían a reírse como danzando en su cansancio.[9]

     Se duerme así el niño sabio, salvado de las befas circundantes y del lugar común del complejo edípico (Non Oedipum. Non Oedipum, son sus últimas palabras), cumpliendo “esa orden alegre”[10] que lo reintegraba al coro familiar.

     A partir de esta catarsis, Lezama podrá entrar en las más vastas y vertiginosas, pero también en las más estructuradas estancias de su Zugos, como lo demuestra “Introducción a un sistema poético”,[11] ensayo terminado en marzo del 54. El año clave, sin embargo, sigue siendo el anterior. Allí estaba el misterioso enero convocando. En medio de las ruinas de la seudorrepública (“Parecía, en efecto, que el Apóstol iba a morir en el año de su Centenario”),[12] Orígenes prepara silenciosamente, al margen de los simulacros oficiales,[12] su modesto tributo, con la buena compañía de Gabriela Mistral,[14] María Zambrano,[15] María Rosa Lida,[16] Alfonso Reyes,[17] Francisco Romero,[18] Vicente Aleixandre,[19] Vicente Barbieri,[20] Luis Cernuda,[21] Jorge Guillén,[22] Eduardo González Lanuza.[23] Es entonces cuando debió escribirse este poema que ahora sale a la luz y del cual pasaron algunos pasajes incandescentes a la página introductoria de aquel número de Orígenes, página que, ella sola, fue el mayor homenaje y, sobre todo, el fogonazo profético que entonces nadie podía entender.[24] No se trataba ya de las artes adivinatorias de Oppiano Licario, que le permitían precisar el nombre del perro que acompañaba a Robespierre en sus paseos por Arras, la estatura de Luis xiv o la medida de los labios del diablo, sin contar sus juegos de salón con los sonetos relojeros. No se trataba ya de la ironía, sucedáneo del destino y buscadora de un logos inabarcable, sino del destino mismo como ausencia de telos, que era nuestra orfandad mayor. Se trataba, en suma, de lo inaudito, de entrar a tientas en el espejo oracular, casi diríamos nostradámico, donde la nebulosa de una imagen —la del “reconocimiento y resurrección” histórica de José Martí— se dibujaba con puntas imantadas por un suceso inminente y desconocido. Así surgió este poema que el poeta ocultó, pensamos, como algo que excedía demasiado a la circunstancia inmediata, y que tal vez lo turbó como algo que excedía también a lo que suele esperarse de un poema, aunque sea del autor de “Noche insular: jardines invisibles” o “Doce de los órficos”.

     “Lezama”, hemos escrito, “tenía un concepto nutricional y acrecedor de la lectura. Leer para él era una forma de escribir, y cuando escribía era como si intentara leer otro texto indescifrable”.[25] Un ejemplo de este dinamismo en espiral de la lectura lezamiana, muy propensa a sacar de contexto un punto escogido con fines creadores propios, lo hallamos en los pasos dados para llegar a lo que él llama “la casa del alibi”. Siguiendo la pista que él mismo nos ofrece (“Ver L. Guillet, p. 217”), después de buscar, no del todo infructuosamente, en el libro de este autor sobre Dante,[26] hallamos la cita en cuestión en otro libro suyo: El arte religioso de los siglos xiii al xvii: historia artística de las órdenes mendicantes (Buenos Aires, Argos, 1947). En las páginas 216 y 217 de esta obra, a propósito de los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, Gillet reproduce un comentario nada menos que de Hipólito Taine, extraído del último tomo de Los orígenes de la Francia contemporánea, en el cual leemos:

Obtiene así [el practicante del conocido sistema ignaciano] el espectáculo completo, preciso, casi físico, al cual aspira, llega al alibi, a la transposición mental, a esa inversión de los puntos de vista donde el orden de las certidumbres se trueca, donde las cosas reales parecen vanos fantasmas, donde el mundo místico parece la realidad sólida.

     Como se ve, lo que más atrajo a Lezama en este comentario, en sí mismo poco novedoso, fue precisamente la palabra alibi que por su etimología latina significa “otro lugar”. En su primera versión, la del apunte que precede al poema, nos dice que el alibi es el estado de los místicos católicos (no nombra a San Ignacio) “donde lo irreal se vive como real, donde los estados mentales se convierten en el gran teatro del mundo”, ampliando su radio fuera de las “escenas” sagradas a que se circunscribe en los Ejercicios…, y por tanto secularizándolo hasta hacerlo coincidir, en principio, aunque lo diga en lenguaje calderoniano, con todo el espacio histórico. Dando otro paso decisivo, ya en “Secularidad de José Martí”[27] (presentación del número de Orígenes dedicado al Centenario), el alibi es para Lezama el estado místico “donde la imaginación puede engendrar el sucedido, y cada hecho se transforma en el espejo de los enigmas”.[28] De la pura contemplación se ha pasado, pues, aunque sea especulativamente, a la posible acción germinativa de la imagen, de tal modo engendradora en el mundo de los hechos, que a cada hecho real puede, a su vez, convertirlo en espejo de nuevos enigmas. Simultáneamente introduce la noción de “espacio hechizado”, que le servirá poco tiempo después para emparentar el Diario de campaña[29] de Martí con la Casa de los Duques en el Quijote.[30] Pero de lo que se trata ahora es del alibi como “casa” a la que llega alegremente Martí como imagen capaz de engendrar hechos redentores en la historia. Si recordamos el punto de partida —el comentario de Taine a los Ejercicios espirituales de San Ignacio—, podremos medir la potencia dialéctica, transformadora, esencialmente subversiva, de una lectura cuyo objetivo es siempre la alteridad del texto. Estas consideraciones previas nos parecen útiles para empezar a leer el misterioso poema sin título que, por lo apuntado y por la totalidad de su contenido, nombramos “La casa del alibi”.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Véase el anexo “Apuntes para la presentación de ‘La casa del alibi’ en la Casa Museo José Lezama Lima, el 17 de diciembre de 1995”.

[2] Me sorprendió este hallazgo mientras examinaba los papeles de Lezama contenidos en el sobre de la Biblioteca Nacional José Martí donde se guarda el manuscrito del último capítulo de Paradiso, en cuya edición crítica trabajo actualmente. Allí estaban esas tres hojas sueltas, numeradas, algo rotas o chamuscadas por los bordes, haciéndose las invisibles todavía detrás de “Oppiano Licario” e “Introducción a un sistema poético”. En el dorso de la segunda hoja se lee: “Tendrá que quedarse ciego”, y debajo tres rúbricas diferentes.

[3] Todas las citas anteriores proceden de “Sucesiva o coordenadas habaneras”, Tratados en La Habana, 61, Universidad Central de Las Villas, 1958, pp. 287-288. Puede consultarse también “[El nacimiento de José Martí]” (Diario de la Marina, 28 de enero de 1950), Revelaciones de mi fiel Habana, compilación y notas de Carlos Espinosa Domínguez, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2010, pp. 146-147.

[4] Medardo Vitier: “De José Lezama Lima”, Valoraciones I, Universidad Central de Las Villas, 1960, pp. 248-252.

[5] José Lezama Lima: Analecta del reloj. Ensayos, La Habana, Ediciones Orígenes, 1953.

[6] José Lezama Lima: “Carta a Medardo Vitier”, La Habana, 11 de julio de 1953, La amistad que se prueba, estudio introductorio, transcripción, notas, cronología y bibliografía de Amauri Gutiérrez Coto, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010, p. 70. (Cartas cruzadas entre José Lezama Lima, Fina García Marruz, Medardo Vitier y Cintio Vitier).

[6] Ibíd, pp. 21-22; Paradiso, La Habana, UNEAC, Contemporáneos, 1966, p. 569; Paradiso, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), p. 804.

[7] José Lezama Lima: “Oppiano Licario”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, año X, La Habana, 1953, no. 34, pp. 18-46.

[8] Ibíd, pp. 21-22; Paradiso, La Habana, UNEAC, Contemporáneos, 1966, p. 569; Paradiso, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), p. 804.

[9] Ibíd., p. 46; ibíd., p. 605; ibíd., p. 854.

[10] Ídem; ídem; ibíd., p. 855.

[11] José Lezama Lima: “Introducción a un sistema poético”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1954, año XI, no. 36, pp. 35-58; Tratados en La Habana (1958), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), pp. 8-53.

[12] Fidel Castro Ruz: La Historia me absolverá (1953), La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2001, p. 97.

[13] Los “simulacros oficiales” fueron los del gobierno de Batista, en cuyo marco, no obstante, se produjeron algunos aportes honrados y valiosos. Cf. mi libro Ese sol del mundo moral: para una historia de la eticidad cubana, México, Siglo XXI, 1975, pp. 146-147.

[14] Gabriela Mistral: “Almuerzo al Sol”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, no. 33, pp. 5-6.

[15] María Zambrano: “Fragmentos”, Orígenes, ob. cit., pp. 8-13.

[16] María Rosa Lida de Malkiel: “Argenis, o de la caducidad en el Arte”, Orígenes, ob. cit., pp. 14-28.

[17] Alfonso Reyes: “Marginalia”, Orígenes, ob. cit., pp. 31-32.

[18] Francisco Romero: “Apócrifo del Apócrifo”, Orígenes, ob. cit., pp. 33-34.

[19] Vicente Aleixandre: “Comemos Sombra”, Orígenes, ob. cit., pp. 35-36.

[20] Vicente Barbieri: “Hay un hombre”, Orígenes, ob. cit., pp. 39-40.

[21] Luis Cernuda: “Retrato de Poeta”, Orígenes, ob. cit., pp. 41-43.

[22] Jorge Guillén: “…Qué van a dar en el mar”, Orígenes, ob. cit., pp. 58-61.

[23] Eduardo González Lanuza: “Pudiera ser”, Orígenes, ob. cit., pp. 62-63.

  • En este número de Orígenes colaboraron además:
  • Dulce María Loynaz: “Poemas sin nombre”, Orígenes, ob. cit., p. 7.
  • Fina García Marruz: “Mañana de Enero” y “A Keats”, Orígenes, ob. cit., pp. 29 y 30, respectivamente.
  • Emilio Ballagas: “Cielo Sombrío”, Orígenes, ob. cit., pp. 37-38.
  • Eliseo Diego: “Versiones”, Orígenes, ob. cit., pp. 44-46.
  • Eugenio Florit: “Mi Martí”, Orígenes, ob. cit., pp. 47-48.
  • Samuel Feijóo: “Fantasma convenido”, Orígenes, ob. cit., pp. 49-55.
  • Roberto Fernández Retamar: “Los ruidos y la tarde”, Orígenes, ob. cit., pp. 56-57.
  • Ángel Gaztelu: “Versos patrios a Martí”, Orígenes, ob. cit., pp. 64-66.
  • Lorenzo García Vega: “Gallo”, Orígenes, ob. cit., pp. 67-71.
  • Alcides Yznaga: “El barrio y el hogar”, Orígenes, ob. cit., p. 72.
  • Fayad Jamis: “Cuerpo del delfín”, Orígenes, ob. cit., pp. 73-77.
  • José Lezama Lima: “Doce de los órficos”, Orígenes, ob. cit., pp. 78-84.
  • Aldo Menéndez: “El huesped inesperado”, Orígenes, ob. cit., p. 85.
  • Pedro de Oráa: “Esta la tarde”, Orígenes, ob. cit., pp. 86-88.
  • Justo Rodríguez Santos: “Galope inacabado”, Orígenes, ob. cit., pp. 89-95.
  • Octavio Smith: “De ‘Interiores’”, Orígenes, ob. cit., p. 96.
  • Cintio Vitier: “Ofrecimientos”, Orígenes, ob. cit., pp. 97-100.
  • Humberto Piñera Llera: “Jorge Santayana”, Orígenes, ob. cit., pp. 101-107.
  • Mario Parajón: “Nota sobre Hedda Gabler”, Orígenes, ob. cit., pp. 108-115.

     Véase el texto “Martí en Orígenes”, de Lina Rosa Ferradás Peñarroche, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000, no. 23, pp. 115-135.

[24] “Todo Orígenes se hizo para que un día pudiera aparecer ‘Secularidad de José Martí’, la página más hermosa, más grande y más interminable escrita en la República. La que más nos compromete. Su perenne profecía”. (C. Vitier: “Palabras de apertura”,

Coloquio Internacional Cincuentenario de Orígenes, Casa de las Américas, La Habana, junio de 1994, Obras 4. Crítica 2, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, p. 502).  Sigue diciendo Cintio que “María Zambrano […] escribió la segunda página más esencial de Orígenes, ‘La Cuba secreta’, que injertó en nuestra oscuridad su vocación de aurora”.

“[…] era un sobrecogimiento que nos producía la figura de Martí […] él nos interesaba más que todo, pero no nos atrevíamos a hablar de él. Para hablar de él tuvimos la necesidad de ese silencio, primero. Silencio, digamos, de preparación, que no acabó nunca en el caso de Lezama. Sin embargo, todas las cosas que Lezama escribió de Martí son importantes, son esenciales; las que escribió sobre la poesía, centro de su meditación en esos ensayos no dedicados absolutamente a Martí. // Sin embargo, creo que el tema esencial de Orígenes es Martí, aquel hombre del cual no escribíamos […] Ese silencio solamente se rompió en el 53, cuando sale esa página de Lezama […] ‘Secularidad de José Martí’, que fue lo más importante que apareció en Orígenes en sus doce años. Una verdadera revelación del Martí nuestro. // […] Lezama descubrió, reveló en esa página tan breve el Martí que podríamos llamar generacional […] Lezama decía que la única generación a la que debíamos aspirar a pertenecer era la de José Martí […] // Él presenta allí a Martí, fundamentalmente, como nuestra máxima impulsión histórica”. (Cintio Vitier: “José Martí y la crítica de participación”. Entrevista de Patricia Ramos, La Gaceta de Cuba, La Habana, julio-agosto de 2018, no. 4, pp. 5‑6).

[25] Cintio Vitier: “Martí y Darío en Lezama”, Casa de las Américas, La Habana, septiembre-octubre de 1985, no. 152, p. 5.

[26] En la edición francesa de esta obra (1941), en efecto, encontré una cita de la mística inglesa Evelyn Underhill, en la que, refiriéndose a la condición espiritualmente nómada del ser humano, explica: “C’est le désir de l’évasion, la soif d’alibi, d’étre ailleurs, qui le pousse á la recherche de l’Eldorado, du Paradis, d’une Jérusalem céleste”. Evidentemente no es esta acepción la que sirve a Lezama como punto de partida para su propia elaboración del concepto, según se verá enseguida.

[27] José Lezama Lima: “Secularidad de José Martí”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, no. 33, pp. 3-4.

[28] Puede verse también en Imagen y posibilidad, selección, prólogo y notas de Ciro Bianchi Ross, La Habana, Letras Cubanas, 1981, p. 197. (El subrayado es de Cintio Vitier).

[29] JM: Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2014.

[30] José Lezama Lima: “La dignidad de la poesía”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1956, año XIII, no. 40, p. 51; Tratados en La Habana, ob. cit., pp. 400 y 523, respectivamente. Pasaje comentado en “Martí y Darío en Lezama”.