“LA CASA DEL ALIBI

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     Tampoco estarán de más, como preparación y ambientación de la lectura, un par de observaciones, derivadas de mi trabajo “Martí y Darío en Lezama”.[31] La primera es que, antes del triunfo revolucionario, Lezama ve a Martí como “el indescifrado”[32] (fragmento que no alcanza su totalidad) y como nuestra máxima fuerza (latente) de “impulsión histórica”.[33] Esas dos miradas pueden sintetizarse en una, coincidiendo, por cierto, con el sentir del pueblo de Cuba: Martí era la imagen incumplida de la patria. Por otra parte, la casa vacía, “como pompeyana”,[34] descrita por Martí en su Diario de campaña a la salida de Santiago de los Caballeros, fue sentida por Lezama, según puede verse en “La dignidad de la poesía” (1956) como la prefiguración nefasta de su muerte, y no solo de su muerte física.[35] Dicho en otras palabras: Martí va a entrar, por la frustración de los objetivos de la guerra que él preparó, en su muerte histórica, en la casa vacía de la patria. La casa del alibi, por tanto, es la absoluta contrapartida gnóstica de esa vaciedad, pero también nace, in extremis, de ella misma. Asumiéndola y visualizándola entrañablemente, en el poema aparece como pobre casa campesina (su frente: “una columna de yerbas y de humo”), si bien “se imanta con los cuatro imanes cardinales y la serpiente sumergida”, Ouroboros, la serpiente universal, que, según los gnósticos, “camina a través de todas las cosas”. No es ya la casa mística de San Ignacio, animada por escenas mentales fijas, sino la casa del que dijo: “Yo vengo de todas partes, / y hacia todas partes voy”:[36] la casa, ya lezamianamente martiana, de la pobreza gnóstica, donde una puerta se abre hacia dentro para el abrazo cariñoso y otra se abre hacia fuera, soplando su frío “en lentísimos cuchillos”. Cariño y frío: contradicción ya clásica en las esencias de lo cubano. Casa dual del amor y de la muerte; no de la contemplación extática, sino de la promesa que la imagen hace a la historia. Centro de la batalla del espíritu.

     Finalmente, no puede eludirse el hecho de que en el cénit del Año del Centenario se verificó el asalto al Cuartel Moncada; que el jefe de aquella acción proclamó a José Martí como su “autor intelectual”, y que en su autodefensa dijo del Apóstol traicionado: “Pero vive, no ha muerto […] hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la Patria”.[37]

     Leamos ahora el poema, tratando de retener, por oscuro que parezca o sea cada uno de los elementos concurrentes a su imagen mayor, que es, sin duda, la de un advenimiento, la de una alegre llegada; y después será el momento de ofrecer algunas referencias indispensables y los comentarios que su texto nos ha suscitado, sin que ello suponga la pretensión de agotar sus sentidos y lecturas posibles. En un punto sí creo estaremos todos de acuerdo: la futuridad de este poema tiene en nosotros su destinatario, porque nosotros somos su futuro, la visibilidad de su profecía. Lo que no significa que en nosotros termine, sino que, una vez más y siempre, como quería Licario, con nosotros puede volver a empezar.

II

La casa del alibi

Respondedme ¿está reciente, recién sacudida
     y recién nacida la casa del alibi?
La casa que siempre ofrece la cara de una
     columna de yerbas y de humo,
pero que sabemos que se imanta con los
     cuatro imanes cardinales y la serpiente
     sumergida.
La casa del alibi, donde el saludo apretando
     el hombro se iguala con la puerta abierta
     hacia dentro,
y la fulminante crecida de los clavos por
     el paredón tiene el ceremonial
de la capa que allí se cuelga y el bulto traído
     por el viento que le presta sus piedras.
Pues José Martí fue para todos nosotros
     la última casa del alibi,
que está en la séptima luna de las mareas,
     y la penetran los ejércitos y se deshace
     penetrándonos.
No le arredra ver la suntuosa pesadumbre
     del primer signo del cadmeo, que
     significa buey,
ni los exquisitos movimientos egipcios del
     rostro del gato, que se descifra
     en el doble,
y que está también en las paredes de la casa
     del alibi, en el signo del reverso
     de la mano,
pero él ha llegado a los alrededores, sin
     miedo a la no interrupción de los
     emidosaurios
y a los excesos de la pitahaya y del colibrí;
amarra alegremente su pequeño caballo
     en el tronco de aceite y de cuerpo,
y penetra en la casa: encuentra la reciente
     ceniza de las recientes humaredas;
y el pequeño caballo está quieto, pues sabe
     que la mano que lo traía
ha penetrado con su alegría en la casa
     del alibi.
Se ha burlado majestuosamente de las varillas
     cayendo como granos de arroz,
y del soplo de la puerta coronada, abierta
     hacia afuera, soplada en lentísimos
     cuchillos,
pues la brevedad de su mano mide
     incesantemente la distancia de la puerta
     hasta el símbolo.
Las evaporaciones de lo vegetativo en el
     sueño le han revelado que un solo
     ideograma
significa pelambre, pellejo, piel, despellejar
     y desollar; y las resueltas asociaciones,
que al lado de un bambú, hay que pintar una
     golondrina.
La brevedad de su mano ha recorrido
     la oscura suntuosidad de los correajes,
con la sobresaltada decisión de un
     fragmentario desfile para firmar
     en el concilio,
pero ahora el trotón permanece cerca de la
     montura sin que las correas lo detengan,
y penetra de nuevo en la casa del desierto,
tan injustificada como para Job la lluvia
     donde no hay poro vegetal.
Pero sabe que quien huye de la escarcha
     se encuentra con la nieve,
y sabe que él tiene que llegar hasta allí, y que
     el cenital
de la casa se alcanzará en su vaciedad
     con lunas bajamar.
El primer desierto es el del rasguño en la
     piedra, se toca así la primera risueña
     absurdidad,
la mano toca el armonio[38] de inapresable
     pequeñez y el vuelco de sus sones y ojos
cae como la cascada que el pez desaloja para
     enterrarse en el movimiento.
Es la desmandada risa ante el zumbante
     sombrero planetario y el consejo
que llega: colocarse los hijos gatunos
     en el sombrero.
El segundo desierto es la vuelta para
     alcanzar la cámara,
donde el rey y la reina sonámbulos
     hierven sus semillas,
y el encorvado suspicaz proclama su
     insensatez de testigo
y el risueño cumplido que cumple su
     delicadeza con el amarrado caballo,
pagándola en muerte cercana, poniéndose en
     sitio de palma que arrebata[39]
al caballo, ahora los tres enigmas vuelan
     y embiste Nadión.
En el desierto el tercer método es la cascada
     congelada,
a la salida el hombre criollo esgrime
     un larguísimo pelo de caballo,
lo divide en los cuatro peldaños que levantan
     cuatro lombrices
y la vida canturreando en el alto vegetal
     del cabello.
Así pudo él deslumbrarse postrero, el criollo
     macheteando en cuatro
el larguísimo pelo de caballo. Después van
     llegando los caminos
con huellas de caballos y los corredores
     peldaños. Es aquí cuando el rasguño
deja pasar el viento como voz, en el
     reconocimiento de los parapetos de
     Anfión.
Su justa permanencia indescifrada sigue en
     sus memoriales enviados a un rey
     secuestrado,
en sus cartas de relación nos describe para
     su primera secularidad una tierra
     intocada,
—et caro nova fiet in die irae—,
tomará nueva carne cuando lleguen la
     desesperación y el temblor y la justa
     pobreza.[40]
El dialéctico frenético que gime una ausencia
     de telos,
sabe por él la humedad naciente de la
     placenta mortal;
el que resguarda sus sílabas de violín y el
     nadismo de su cabellera bermeja,
y el espejo de cartón acariciado por los
     estiramientos del humo retomado
     y volcado,
tienen ya que saber que el mejor está allí
     y en el claro desdén de las previas
     antologías órficas.

  [1953]

III

     El período que se inicia con la frustración de la república martiana, es interpretado por Lezama en este poema como una marcha por el desierto, semejante a la que evoca el libro del Éxodo en el Antiguo Testamento (libro básico para la hoy llamada Teología de la Liberación). La primera etapa de esa marcha, en el camino de la poesía, es lo que él llama “el rasguño en la piedra” —la piedra opaca, estéril, no fundacional, de la seudorrepública—. Recuérdese que, en la “señal” más políticamente agresiva de Orígenes, al cumplirse sus diez años en 1954, Lezama concluía: “podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación”.[41] Esa nueva modulación, en efecto, podía provocar una “risueña absurdidad”, la liberación compensatoria de la poesía: el pez saltando en la cascada, “la desmandada risa” de la hipérbole, “los hijos gatunos” encaramados en “el zumbante sombrero planetario”,[42] esa loca alegría de inspiración anagógica. Después del triunfo revolucionario, en su página sobre “Ernesto Guevara, comandante nuestro” (Casa de las Américas, enero-febrero de 1968, no. 46), Lezama escribirá: “Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío”.

     La segunda etapa en esa marcha por el desierto es, en el poema, el descenso a la zona subterránea de las fuerzas germinativas. En su alegato anticolonialista “Pensamientos en La Habana” (La fijeza, 1949), Lezama había escrito: “Como quieren humillarnos les decimos / the chief of the tribe descended the stair case. // Nos recorremos / y la nueva sorpresa nos da los amigos / y el nacimiento de una dialéctica. // Mi vergüenza, los cuernos de imán untados de luna fría, / pero el desprecio paría una cifra / y ya sin conciencia columpiaba una rama. / Pero después de ofrecer sus respetos, / cuando bicéfalos, mañosos correctos / golpean con martillos algosos el androide tenorino, / el jefe de la tribu descendió la escalinata”.[43]

     La tercera etapa, es el enfrentamiento con “la cascada congelada”,[44] último dominio de lo informe y negativo, de la detención y enfriamiento de la historia, de la nada y nadie, de ese monstruo hueco y arremetedor al que llama Nadión.

     Pero Martí, aparentemente muerto en la casa vacía, por su fuerza poética de impulsión histórica también había entrado (y con esa visión anticipada comienza el poema) en “la casa del alibi”, que es la casa (la tierra) prometida, donde no solo, según vimos, “lo irreal se vive como real”, sino donde, además, “la imaginación puede engendrar el sucedido”. En su búsqueda, oscuramente, tenía que ir la poesía sumergida, que desciende con la imagen de aquella promesa, armada de esa “carga de eticidad”, de esa resistente fineza indígena, “característica de todos los intentos nobles del cubano”, que para Lezama estaba cifrada en la expresión del Descubridor ante el pelo de las indias: “seda de caballo”.[45] Es con esa “resistencia sedosa y fina” con la que se hacen, a limpios machetazos desdeñosos de la circunstancia, los peldaños del descendimiento a los orígenes.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[32] “Los recuerdos de esos diarios nos sorprenden, como si Martí buscase también en él mismo una equivalencia donde lo sagrado, su misterio como potens, engendrador de lo posible, tuviese un asidero risueño, una compañía de paseo matinal, pues parece intuir que como eco de la nobleza sagrada de la inmolación, que es la etruria que ya señalé en Góngora, no podrá ser descifrado”. (“La dignidad de la poesía”, ob. cit., p. 62; Tratados en La Habana, ob. ob., pp. 542-543).

[33] “Secularidad de José Martí”, ob. cit., p. 4.

[34] “hay una casa como pompeyana, mas sin el color, de un piso corrido, bien levantado sobre el suelo, con las cinco puertas, de ancho marco tallado, al espacioso colgadizo, y la entrada a un recodo, por la verja rica, que de un lado lleva por la escalinata a todo el frente, y del fondo, por una puerta de agraciado medio punto, lleva al jardín, de rosas y cayucos: el cayuco es el cactus:—las columnas, blancas y finas, del portal, sustentan el friso, combo y airoso”. (Diarios de campaña. Edición anotada, ob. cit., p. 24).

[35] “La dignidad de la poesía”, ob. cit., pp. 61-62; Tratados en La Habana, ob. cit., pp. 400-401 y 542-543, respectivamente.

[36] JM: “I”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, Poesía completa. Edición crítica, La Habana, Letras Cubanas, 1985, t. I, p. 235; OCEC, t. 14, p. 299.

[37] “Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!” (La Historia me absolverá, ob. cit., p. 97).

[38] Primera versión: “un órgano”.

[39] Lectura dudosa.

[40] “Entre las mejores cosas de la Revolución cubana, reaccionando contra la era de la locura que fue la etapa de la disipación, de la falsa riqueza, está el haber traído de nuevo el espíritu de la pobreza irradiante, del pobre sobreabundante por los dones del espíritu. El siglo xix, el nuestro, fue creador desde su pobreza. Desde los espejuelos modestos de Varela, hasta la levita de las oraciones solemnes de Martí, todos nuestros hombres esenciales fueron hombres pobres. Claro que hubo hombres ricos en el siglo xix, que participaron del proceso ascensional de la nación. Pero comenzaron por quemar su riqueza, por morirse en el destierro, por dar en toda la extensión de sus campiñas un campanazo que volvía a la pobreza más esencial, a perderse en el bosque, a lo errante, a la lejanía, a comenzar de nuevo en una forma primigenia y desnuda. Sentirse más pobre es penetrar en lo desconocido, donde la certeza consejera se extinguió, donde el hallazgo de una luz o de una vacilante intuición se paga con la muerte y la desolación primera. Ser más pobre es estar más rodeado por el milagro, es precisar el animismo de cada forma; es la espera, hasta que se hace creadora, de la distancia entre las cosas. Las inmensas lentitudes de la extensión, que se hace creadora por la ley del árbol, son sorprendidas por el estilo de la pobreza, en una fulguración, donde la realidad y la imagen están perennemente a la altura de la mirada del hombre pobre. La suerte que se echa sobre los pobres, vista por quien más tenía para ver, gana de antemano el número sagrado y la batalla con la tumultuosa prole plutónica”. [“Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (Siglos xviii y xix)” (1966), La cantidad hechizada (1970), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), p. 37].

[41] José Lezama Lima: “Diez años en Orígenes. Advertencia”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1954, año XI, no. 35, pp. 65-66; Imagen y posibilidad, ob. cit., p. 191.

[42] “La casa del alibi”, ob. cit.

[43] José Lezama Lima: “Pensamientos en La Habana”, La fijeza, La Habana, Ediciones Orígenes, 1949, pp. 37, 41 y 42, respectivamente.

[44] “La casa del alibi”, ob. cit.

[45] Véase José Lezama Lima: “A partir de la poesía” (1960) y “Prólogo a la Antología de la poesía cubana“ (1964), La cantidad hechizada (1970), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 37-64 y 261-319, respectivamente.