CARTAS DE MARTÍ
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Sabe que el Norte está aún receloso del Sur, y que la administración democrática, por tener en el Sur la gran masa de sus partidarios, y por obediencia a su espíritu y programa, ha de ser benévola con el Sur: lo que Blaine, hábil para manejar a los hombres por sus pasiones, anuncia, seguro de que ha de suceder, y de antemano explota.—Desentrañemos, pues, porque está llena de enseñanzas, la elección de Cleveland.
Y si antes se pregunta quién es él, diremos que es un caballero del pueblo, y aunque joven, uno de aquellos americanos viejos de mano de hierro y ojo de águila, que no pone ya las botas sobre la mesa, pero que tiene aún puestas las botas. Tiene los desdenes, la penetración, la ingenuidad, la audacia, la dureza, la nativez del pueblo en que ha nacido. Viene del mercader y del explorador. Viene del puritano y del volcador de los fardos de té.[1] Tiene el ojo puesto adelante, como quien está decidido a llegar.
Tiene la inocencia poderosa de los caracteres primarios, que salen derechamente de la Naturaleza, y deben menos a los hombres que al influjo de su propia originalidad, y a su aptitud para domarlos, mezclando hábilmente la astuta sumisión con que se les halaga al desembarazado desdén con que se les atrae y sujeta: que los hombres y las cosas, esquivos para quienes los solicitan, se apegan, por vil esclavitud instintiva, a quien quiere deshacerse de ellos.[2] Los grandes hombres necesitan ser coquetas. Fácil es, sirviendo a intereses o preocupaciones poderosas, subir a grandes puestos, a ser como antifaces o portavoces de las fuerzas que encumbran; mas ¿cómo no admirar, cuando se sabe lo desamparada y sola que anda la honradez, a quien no llega al triunfo en virtud de complicidad con los defectos de los hombres, sino contra ellos? ¿Quién está en el fondo de los pueblos, como en el fondo de los hombres, que, a despecho de ellos mismos, y con voz determinada e imponente, aconseja al oído lo que en las horas de peligro deben hacer, y los echa por el camino de la salvación, en temporáneo arrebato de virtud, que los sostiene y levanta cuando están al borde ya de la caída? El ángel no visita a Cleveland; lo sublime no se estruja y mantiene en agonía la mente; su espíritu tiene la solidez y llaneza de sus almuerzos: pan y mantequilla, y ancha lonja de carne, y sendo té. Tan sencillo es a veces que parece pueril: pero pensando en él, aunque no fuese más que por el ajuste del hombre a la situación en que adviene, se asoma a los labios—¡qué elogio!—el nombre de Lincoln, que es de los que cuando aparecen, alivian e iluminan. ¿Qué hacen los pueblos que no levantan grandes templos a los redentores de los hombres; y colocan en nichos sus estatuas,[3] y componen con ellos un santoral nuevo, y se reúnen en los días feriados a comentar las virtudes de los héroes? ¿Por Iglesia, claman? ¿Por Iglesia que reemplace a la que se va? ¡Pues he ahí la Iglesia nueva!
Hay dos clases de triunfo: el uno aparente, brillante y temporal: el otro, esencial, invisible y perdurable. La virtud, vencida siempre en apariencia, triunfa permanentemente de este segundo modo. El que la lleva a cuestas,[4] es verdad, tiene que apretarse el corazón con las dos manos para que de puro herido no se le venga al suelo: que tan roto le ponen los hombres el corazón al virtuoso, que si no lo corcose y remienda con la voluntad, saltará deshecho en pedazos más menudos que las gotas de lluvia. Solo en los momentos de agonía suprema, a que conduce a los pueblos fatalmente la prescindencia de la virtud, acuden los hombres con grande homenaje y alabanza a ella, dispuesta siempre a salvar en la hora de tribulación a los que la olvidan, y no bien se ven por la virtud sacados del apremio, la acusan de gazmoña y estorbosa y de importuna y excesiva, y le empiezan a roer los pies, y la derriban.
Los hombres gustan de ser guiados por los que abundan en sus propias faltas. Véase cómo se apegan con más ardor a las personalidades viciosas, brillantes, que a las personalidades puras, modestas. Solo en las épocas de crisis, el instintivo conocimiento del gran riesgo y de su incapacidad para librarse de él, les hace aceptar a los grandes honrados. La pureza, de que en lo general carecen, les irrita. En las faltas del que los gobierna, ven como la sanción de las suyas propias. Por una mentirijilla de la conciencia, creen que exculpándolos, se exculpan. Pues que sus pecados no estorbaron al gobernante para llegar a su alto puesto, no es tan malo el pecar, que el mundo condena y premia. Todos los que han pecado, tienen simpatía secreta por los pecadores. No hay como caer en error para aprender a perdonarlo. Ni hay insolencia mayor que la de la virtud, que con su cara austera, sus vestidos humildes y sus manos blancas, va haciendo resaltar por la fuerza del contraste, las villanerías y mañas criminales de la gente, que cuando la virtud no está cerca no aparecen de tanta fealdad, como que, por tenerlas todos por igual, en nadie sobresalen: así es que, en cuanto la virtud asoma, los caminos se quedan sin piedras, porque todos dan sobre ella.
Para el poder, sobre todo, es mal camino la virtud. Los hombres no siguen sino a quien los sirve, ni dan ayuda, a no ser constreñidos, sino en cambio de la que reciben. La autoridad que por su condición de ciudadano en un pueblo de gobierno electoral, o de persona de influjo, reside en ellos, la regatean y escatiman mucho. Todo hombre es la semilla de un déspota; y no bien le cae en la mano un átomo de poder, ya le parece que tiene al lado al águila de Júpiter, y que es suya la totalidad de los orbes. Por eso en estos pueblos en que la autoridad reside, cuando no es en cada ciudadano, en cada capataz de ciudadanos, de que hay cuentos, el que aspira a ganar voluntades tiene que rebajar tanto la suya, que no se sabe cómo se pueda, con grandeza de alma, soportar las vergüenzas que acarrea la conquista del poder. El corazón honrado se revuelve a la vez contra los que humillan, para prestar su apoyo, y contra los que en espera de él se humillan.
Pero el que, cuando necesita del influjo de un capataz de votos, inquiere, antes de procurarlo, cuál es su pasión, para halagársela; o su precio, para pagárselo; o su vanidad, para acariciársela; o el puesto que apetece, para empeñárselo; el que, con mayor apego a sí que a su pueblo o al pueblo humano, afloja en la defensa de lo que mantiene, o lo abandona, o lo defiende con más brío, según acomode a aquellos de quienes ha menester para lograr el mando;—el que, sabedor de que la razón es de suyo, como que está convencida de su justicia, confiada y desdeñosa, y la preocupación impresionable y activa, opone a la razón de sus contendores cuanta preocupación, odio o cizaña encuentra a mano;—el que no ve en sus capacidades intelectuales una misión de abnegada tutela de las capacidades inferiores, sino un instrumento eficaz para perturbarlas y dirigirlas en provecho propio;—el que usa para sí lo que no recibió de sí, y no pone en la humanidad, sino que la corrompe y confunde;—el que no ve a los hombres como hermanos en desgracia a quienes confortar y mejorar, aun a despecho suyo, sino zócalo para sus pies, sino batalla de orgullo y de destreza, sino la satisfacción de aventajar en ardides y fortuna a sus rivales;—el que no ve en la vida más que un mercado, y en los hombres más que cerdos que cebar, necios a quienes burlar, y a lo sumo fieras que abatir;—el que del genio tiene lo catilinario, cesáreo y luzbélico, y no lo humanitario y expansivo;—el que, como lisonja suprema a los hombres, cae en sus faltas y se vanagloria de ellas,—ese tendrá siempre la casa llena de clientes, y entrará en los combates seguido de gran número de partidarios. Blaine es ese.
Ocupados los unos en fabricar riquezas; privados muchos, en la batalla por el pan del día, del bienestar que hubiera podido moverles a ver con celo por el buen gobierno que ha de conservárselo; y abandonados todos, por la sordidez que trae al ánimo esta vida precipitada, suntuaria y avariciosa; la política, aunque jamás desamparada de eminentes y pulcros servidores, fue aquí quedando por gran parte, en manos de los políticos ambiciosos, los empleados que les ayudan para obtener puestos o mantenerse en ellos, los capitalistas que a cambio de leyes favorables a sus empresas apoyan al partido que se las ofrece, los extranjeros que votan al consejo de sus intereses y pasiones, y los leales partidarios que, encariñados con las glorias pasadas o las ideas añejas, recuerdan solo la cosa pública, con consecuencia mal entendida, los días en que las elecciones les ofrecen oportunidad de ejercitar su autoridad y confirmar su fe.
Las grandes almas, modestas y vergonzosas de suyo, solo consienten en salir de sí cuando corren la humanidad o la patria un grave peligro, el cual afrontan con pasmoso denuedo, y con pecho ciclópeo, para volver después, ganada la batalla y asegurada la victoria, al dichoso rincón donde se goza de la aprobación interior y el cariño de algunas gentes buenas. Apenas hay para estas almas martirio mayor que el de confundirse necesariamente en la hora de la batalla con los logreros, negociantes y fanáticos que, como la lepra a la piel sana, se pegan a las grandes ideas, y son a veces lo que se ve más de ellas. Magnífico fue el turgimiento[5] de la gente honrada, cuando el Sur, exagerándose sus fuerzas y derechos, se mostró al fin decidido a apartar de la del Norte la fortuna de sus Estados esclavistas: y a la luz del cadalso de John Brown, apareció, cuál con la palabra, cuál con el bravo pecho, cuál con el don de toda su fortuna, aquel inagotable ejército del Norte.
Astros tienen los cielos, y la tierra: como un astro refulge el cadalso de John Brown. Jesús murió en la cruz, y este en la horca. Luego de muertos los hombres, vacíanse, sin carne y sin conciencia de su memoria, en la existencia universal: en remolinos suben; camino al Sol caminan; dichosamente bogan; mas si se hallaran los hombres después de muertos, que no han de hallarse, andarían de la mano Jesús y John Brown.
Tales se van poniendo los humanos, que como no tenga éxito común la vida de un apóstol, se avergüenzan de que se sepa que lo admiran, y el loarlos mismo viene a ser de mal gusto. ¡Pues al primer grupo de estrellas que se descubriese, bien pudieran llamarle John Brown!
Entonces, al peligro, acudió lo más granado de la gente del Norte; y el mejor de todos fue aquel zanquilargo, bolsicorto y labirraso de mirada profunda y ojos tristes; aquel que no vino de negociantes, pastores, ni patricios, sino de la Naturaleza y la amargura; aquel de vestir burdo y alma airosa, el buen Abe Lincoln. Ellos, en incontrastable exabrupto, no crearon solamente un partido, al organizar el republicano, sino que volvieron a crear la Nación. Fueron cruzadas nuevas, y Wendell Phillips su Pedro el Ermitaño. Se entraron por todas las ciudades. Asaltaron todas las plataformas. Hablaban desde un púlpito en las iglesias, desde un barril en las plazas, desde un caballo en los caminos. Ni una aldea sin prensa; ni un día sin peroración; ni una estancia sin su misionero. Cubrieron toda su tierra, y salieron de ella a conmover a las ajenas. Así quedó el Partido Republicano establecido: como el mampuesto de la libertad humana.
Mas luego que venció el Norte, y quedó en el poder como símbolo de la Unión el partido formado para defenderla, y fuera del poder como causante del disturbio, el Partido Demócrata dominante en los Estados rebeldes, miró apenas la República, deslumbrada por la victoria y la colosal prosperidad que vino de ella, en los detalles de la cosa nacional, cuyo manejo juzgó premio oportuno de los que la habían salvado. Diose fervientemente el Norte a la elaboración de la riqueza. Cumplido su deber, fueron volviendo a sus hogares y quehaceres los hombres generosos que solo al gran peligro consintieron salir de su humildad. Quedó el Partido Republicano en manos de aquellos que, ya por cariño a sus victorias, ya por odio a sus enemigos, ya por temor de que resucitasen, ya por beneficio propio, tenían un interés más directo en mantenerlo organizado y poderoso. Y como la victoria pudre, comenzó inmediatamente después de ella la descomposición. El manifiesto de la libertad humana llegó a convertirse en una casa de agios.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Alusión al hecho conocido como Boston tea party, cuando un grupo de colonos disfrazados de indios asaltaron varias embarcaciones en ese puerto, en diciembre de 1773, y arrojaron sus cargas de té al mar en protesta por el impuesto británico sobre esa mercadería.
[2] Véanse apreciaciones similares en torno a Abraham Lincoln, Ulysses S. Grant y John A. Rawlins, en OCEC, t. 22. Véase también la semblanza sobre Ralph Waldo Emerson, publicada en La Opinión Nacional, de Caracas, el 19 de mayo de 1882 (OCEC, t. 9, pp. 308-339); y las crónicas “Un poeta. Walt Whitman” y “El poeta Walt Whitman”, publicada en El Partido Liberal, de México, el 17 de mayo de 1887 y en La Nación, de Buenos Aires, el 26 de junio de 1887. (OCEC, t. 25, pp. 274-289 y 290-305, respectivamente). (Nota modificada ligeramente por el E. del sitio web).
[3] Ideas similares a estas alentaron su poema XLV de los Versos sencillos, más conocido por su primer verso: “Sueño con claustros de mármol…” Véase en OCEC, t. 14, pp. 350-351.
[4] Obsérvese la coincidencia de esta idea con el poema “Yugo y estrella”, de Versos libres, en que la luz se identifica con la virtud. Véase en OCEC, t. 14, pp. 142-143.
[5] Así en La Nación. Parece un neologismo derivado de “turgencia” para indicar hinchazón o abultamiento, como metáfora por reunión o agrupación compactada. La lección de OC, t. 10, p. 190 es “surgimiento”.

