CARTAS DE MARTÍ

Historia de la caída del Partido Republicano en los Estados Unidos y del ascenso al poder del Partido Demócrata.—Antecedentes, transformaciones y significación actual de los partidos.—Resumen, con este asunto, de todos los detalles y consideraciones que pueden explicar de una manera definitiva como clave para sus movimientos futuros, la política norteamericana.

Nueva York, marzo 15 de 1885.

Señor Director de La Nación:

Yo esculpiría en pórfido las estatuas de los hombres maravillosos que fraguaron la Constitución de los Estados Unidos de América: los esculpiría, firmando su obra enorme, en un grupo de pórfido. Abriría un camino sagrado de baldosas de mármol sin pulir hasta el templo de mármol blanco que los cobijase; y cada cierto número de años, establecería una semana de peregrinación nacional, en otoño, que es la estación de la madurez y la hermosura, para que, envueltas las cabezas reverentes en las nubes de humo oloroso de las hojas secas, fueran a besar la mano de piedra de los patriarcas los hombres, las mujeres y los niños.—El tamaño no me deslumbra. La riqueza no me deslumbra. No me deslumbra la prosperidad material de un pueblo libre, más fuerte que sus vecinos débiles, aislado de rivales peligrosos, favorecido con la cercanía de tierras fértiles necesitadas de comprarles sus productos, y al que afluye, al amor de la libertad y a la facilidad para el trabajo, lo que tiene de más enérgico y emprendedor la Europa sobrancera de habitantes, lo que tienen de más puro y entusiasta los partidos humanitarios de las naciones que no han roto aún la cáscara del feudo.

     Los nombres no me deslumbran, ni las novedades, ni los brillantes atrevimientos, ni las colosales cohortes; y sé que de reunir a tanta gente airada y hambrienta de pueblos distintos que no se abrazan en el amor a este en que no nacieron y cuyo espíritu no llevan en las venas, ni del miedo a la vida, acumulado en ellos por los padecimientos heredados y los propios sacan otro amor y cuidado que no sean los de sí,—sé que de reunir a tanta gente egoísta y temerosa, ha sucedido que la República esté en su mayor parte poblada de ciudadanos interesados o indiferentes, que votan en pro de sus intereses, y cuando no los ven en riesgo no votan, con lo que el gobierno de la nación se ha ido escapando de las manos de los ciudadanos, y quedando en las de grandes traíllas que con él comercian. Sé que las causas mismas que producen la prosperidad, producen la indiferencia. Sé que cuando los pueblos dejan caer de la mano sus riendas, alguien las recoge, y los azota y amarra con ellas, y se sienta en su frente. Sé que cuando los hombres descuidan, en los quehaceres, ansias y peligros del lujo, el ejercicio de sus derechos, sobrevienen terribles riesgos, laxas pasiones y desordenadas justicias, y tras ellas, y como para refrenarlas, cual lobos vestidos de piel de mastines, la centralización política, so pretexto de refrenar a los inquietos, y la centralización religiosa, so pretexto de ajustarla: y los hijos aceptan como una salvación ambos dominios, que los padres aborrecían como una afrenta.

     Sé que el pueblo que no cultiva las artes del espíritu aparejadamente con las del comercio, engorda, como un toro, y se saldrá por sus propias sienes, como un derrame de entrañas descompuestas, cuando se le agoten sus caudales. Sé que a esta nación enorme hacen falta honradez y sentimiento.—Pero cuando se ve esta majestad del voto, y esta nueva realeza de que todo hombre vivo, gritón o auriteniente—forma parte, y este monarca hecho todo de cabezas, que no puede querer hacerse daño, porque es tan grande como todo su dominio, que es él mismo; cuando se asiste a este acto unánime de voluntad de diez millones de hombres, se siente como si se tuviera entre las rodillas un caballo de luz, y en los ijares le apretásemos los talones alados, y dejásemos tras de nosotros un mundo viejo en ruinas, y se hubiesen abierto, a que lo paseemos y gocemos, las puertas de un universo decoroso: en los umbrales, una mujer, con una urna abierta al lado, lava la frente rota o enlodada de los hombres que entran.

     A los que en ese universo nuevo levantaron y clavaron en alto con sus manos serenas, el sol del decoro; a los que se sentaron a hacer riendas de seda para los hombres, y las hicieron y se las dieron; a los que perfeccionaron el hombre, esculpiría yo, bajo un templo de mármol, en estatuas de pórfido. Y abriría para ir a venerarlos, un camino de mármol, ancho y blanco.

    

     No se ven bien las maravillas cuando se está dentro de ellas. Las colosales figuras, los colosales hechos, solo a distancia adquieren sus naturales proporciones, y se enseñan en su conjunto y hermosura.

     ¿Qué sabe el gusanillo que anda en las entrañas, de la majestuosa beldad del cuerpo humano? Por un canal se entra; en una celda se aloja; cae, como la langosta sobre los sembrados, sobre todo un tejido: ¿qué sabe él, luzbelillo ocupado en transformar la viña, de las amables líneas del cuerpo en que carcome,—de los mandatos amorosos, veloces y brillantes como rayos de estrellas, que van de un cuerpo a otro,—del velo de luz en que, como el sol a la tierra en la mañana envuelve el enamorado a su querida; ni qué sabe del toldo de rosas a cuya sombra se abrazan y adormecen?

     Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos. Desde mayo, antes de que cada partido elija sus candidatos, la contienda empieza. Los políticos de oficio, puestos a echar los sucesos por donde más les aprovechen, no buscan para candidato a la presidencia aquel hombre ilustre cuya virtud sea de premiar, o de cuyos talentos pueda haber bien el país, sino el que por su maña o fortuna o condiciones especiales pueda, aunque esté maculado, asegurar más votos al partido, y más influjo en la administración a los que contribuyan a nombrarlo y sacarle victorioso.

     Una vez nombrados en las Convenciones los candidatos, el cieno sube hasta los arzones de las sillas. Las barbas blancas de los diarios olvidan el pudor de la vejez. Se vuelcan cubas de lodo sobre las cabezas. Se miente y exagera a sabiendas. Se dan tajos en el vientre y por la espalda. Se creen legítimas todas las infamias. Todo golpe es bueno, con tal que aturda al enemigo. El que inventa una villanía eficaz se pavonea orgulloso. Se juzgan dispensados, aún los hombres eminentes, de los deberes más triviales del honor. No concibe nuestra hidalguía latina tal desborde. Todavía asoman, detrás de cada frase, las culatas de aquellas pistolas con que años atrás, y aún hoy de vez en cuando, se argumentaba acá en los diarios en época de elecciones. Es un hábito brutal que curará el tiempo. En vano se leen con ansia en esos meses los periódicos de opiniones más opuestas. Un observador de buena fe no sabe cómo analizar una batalla en que todos creen lícito campear de mala fe. De plano niega un diario lo que de plano afirma el otro. De propósito cercena cada uno cuanto honre al candidato adverso. Desconocen en esos días el placer de honrar.

     Las elecciones llegan, y de ellas ve solo el transeúnte las casillas en que se vota despaciosamente, las bebederías en que se gasta y huelga, las turbas que se echan por las calles a saber las nuevas que va dando el telégrafo a los boletines de periódicos. Se ve aturdir, escamotear, comprar, falsear el voto. Se ve a extranjeros naturalizados votar por su interés especial en daño de los de la tierra que les da porción en su hacienda y en su gobierno. Se palpa el peligro de dar autoridad en el país a los que no han nacido en él, y no lo aman, aunque se reconoce la justicia de que cada uno de los que ha de llevar las andas al hombro, dé su voto sobre el peso de las andas. Se vive de mayo a noviembre viendo ruindades, y en disgusto y alarma. Pero por sobre ellas, y con todas ellas ante los ojos, queda en la mente, sacudida de asombro, un respeto comparable solo al de quien viera tambalear sobre su quicio un mundo, inclinarse de un lado al abismo, irse ya todo sobre él, y reentrar de súbito en su puesto. Conmueven, obrando a la vez, diez millones de hombres. El que los ha visto, en esta hora de faena, siente que la tierra está más firme debajo de sus plantas: y se busca sobre las sienes la corona. Este es el inevitable hecho épico. Brilla, entre la revuelta y oscura campaña, como en un cielo gris brillaría una gran rosa de bronce encendida.

     Campaña ninguna presidencial fue tan enmarañada, trascendental y significativa como la que dio el triunfo a Grover Cleveland. De lejos, no se distingue tal vez más que el hecho de bulto: la victoria del Partido Demócrata; y se supone, con error, que implica un cambio decisivo en la opinión y tendencias del país. De cerca, se observa el peligro, punto menos que inevitable, de dejar la política del país, que en las naciones libres, no es ya más que la manera de conducir honradamente sus intereses, en manos de una casta de empleados ociosos que no los poseen. De cerca se observa cuán difícil es, luego que ha sido descuidado por la gente proba, recobrar el ejercicio del poder político. De cerca, se ve que el cambio no ha sido esencial y durable, sino ocasional y como de prueba: y se ve lo que puede, con una sacudida de hombros, un puñado de gente honrada.

     Nada más, nada más que esto, un puñado de gente honrada ha dado el triunfo a Cleveland. Mil votos menos, entre diez millones de votantes, y el Presidente hubiera sido un hombre impuro y funesto, un sofista brillante, hubiera sido Blaine.

     Cuello a cuello fueron hasta el último instante en la carrera Blaine y Cleveland: y por muchos días después de la elección no se supo de veras si había de ostentar en el actual período la Casa Blanca, el piñón, símbolo de los republicanos, o el gallo democrático. Garfield por los republicanos y Hancock por los demócratas contendieron por la presidencia hace cuatro años: es verdad que esta vez votaron 468 000 electores más por Cleveland de los que entonces por Hancock, pero también por Blaine votaron 393 000 más que por aquel discreto, sufrido, buen Garfield. De un solo Estado de los 36 que tiene la República dependía la victoria de uno u otro candidato: del estado de Nueva York.

     El que lo obtuviese ganaba la Presidencia: nada más que por mil votos ganó el estado, su propio estado en que gobierna, Cleveland. No en vano, indomable y airoso, no se confiesa vencido Blaine por su adversario, sino por la casualidad; y con sutil conocimiento de los odios y miedos de su pueblo, los azuza todos, los hila en cuerpo de doctrina en un discurso de habilidad admirable, y hace de ellos cartel de batalla con que se propone guiar a su hueste de aquí a cuatro años al gobierno perdido.