CARTAS DE MARTÍ
...continuación 3...
¡Qué repartir, como canonjías, a hombres ineptos los puestos mejores! ¡Qué distribuir, en gastos confusos, los ingresos sobrantes! ¡Qué contratar a escandalosos precios, correos que no existían y buques que a la primera caldeada zozobraban! ¡Qué dar destinos, con perjuicios de los más dignos y probos, a los que tenían valedor de uno u otro sexo, o habían puesto manos serviciales en los manejos oscuros de las elecciones! ¡Qué acumular, con promesas secretas y compromisos inmorales, sumas enormes en las campañas presidenciales para vencer a los demócratas! ¡Qué prometer a los empleados la permanencia en sus oficios, si ayudaban con su óbolo al fondo electoral, y por él al mantenimiento del partido en el gobierno! ¡Qué ir entregando, ley a ley, a los capitalistas y asociaciones poderosas, las tierras de la Nación, y hasta sus derechos, en pago, estipulado previamente, de los subsidios cuantiosos que para asegurarse en el poder recibía el partido de monopolios y bolsistas en horas apuradas! ¡Qué responder cínicamente, con acusarlos de amigos enmascarados de la rebelión, a las acusaciones de sus adversarios, y de la gente mejor de su propio partido, a quien el espectáculo de tan atrevida corrupción había forzado ya a salir de su silencio!—¿quién deja a la libertad sin vigilancia? ¿quién no sabe que por cada paloma que nace, nacen como tamaño de tres palomas de gusanos? En las elecciones ¡qué comprar los votos o cambiarlos en las urnas, o rebajarlos en las listas, cuando era menester! En las asambleas menores de los Estados que eligen los diputados a la Convención que ha de designar el candidato del partido a la Presidencia, ¡qué excluir, con anatema de traición, a los que se negaban a votar en el interés de los políticos de oficio!
En las Convenciones mismas, a la hora de elegir ya el candidato, ¡qué desdeñar a los prohombres de reputación acrisolada, por aquellos de reconocidas faltas, que merced a ellas mismas pudieran, con menos escrúpulos, asegurar en la elección, más votos, y en el poder, más empleos, y provechos! ¡Y qué venderse los diputados de la Convención a este o aquel postulante a la candidatura; bien por dinero, bien por la promesa de un buen puesto, en caso de triunfo!
Una tienda abierta, donde se mercadea por los rincones el honor, han venido a ser las convenciones, un tiempo gloriosas, en que los delegados del partido en cada estado se reúnen cada cuatro años a elegir su candidato para el primer empleo de la Nación. Toda una delegación se compraba con unos cuantos millares de pesos, así, como esta suerte de delegados para serlo, había comprado, siempre de mala manera, en la asamblea menor del estado, el nombramiento en virtud del cual podían luego en la convención nacional vender su voto. Y dinero para estas compras de delegaciones oscilantes, jamás faltaba, por haber tanta enorme corporación, y tanto atrevido empresario, interesado en el triunfo del candidato que, en recompensa de estos anticipos, ha prometido estar a su servicio. Así, como de un templo profanado, se retiraron de la última convención las gentes blancas del partido.
Pregonábase como calamidad nacional, y como el triunfo del Sur, la vuelta al poder del Partido Demócrata, con lo que se tenía segura la adhesión de los estados del Norte.
Por desamor a la publicidad, o por no aparecer en ella del brazo con los logreros, manteníanse apartados de los negocios públicos los hombres mejores, y por indiferencia los que no tenían especial interés en ellos. De manera que, seguros del triunfo y de la impunidad, puede decirse, de acuerdo con las declaraciones escritas y habladas de los republicanos más notables, que no había abuso público, violación, fraude, cohecho, rapiña, robo, que el Partido Republicano no cobijase o atentara.
En las elecciones, sustituían las papeletas democráticas por las republicanas, o aumentaban estas a su sabor, o falseaban los recuentos. En los estados, desaparecían en bolsas privadas los dineros dispuestos para atenciones públicas. En Washington, compraban los ministerios el apoyo de los representantes en ambas Cámaras con empleos y pensiones para sus recomendados: a cada senador y representante estaban reservados, para distribuir entre sus favorecidos, cierto número de empleos, “y en muchos casos” —dice el honrado MacVeagh, miembro que fue del gabinete de Garfield—“los hombres a quienes se reserva este privilegio, y las mujeres nombradas en virtud de él (que ya se sabe que en los Estados Unidos muchos empleados son mujeres), viven lejos de la protección y las trabas de sus hogares”.
En la Secretaría de la Guerra, todo eran cajas rotas, y “cuentas dobles”, y forrajes para caballerías imaginarias. En la de lo Interior, no podía entrarse sin tropezar con los agentes de la camarilla de pensiones, de fondos Indios, de Distribución de Terrenos, de cuyo valor, una vez concedidos a la camarilla, iba una buena parte en pago a los que habían asistido en asegurar la concesión. En la de Correos, al contratista encausado por percibir subsidio efectivo por servicios falsos, concedíansele nuevas contratas. En la de Hacienda, ladrón de billetes del tesoro llegó a haber tan poderoso que cuando uno de los secretarios quería indignado poner mano sobre él, otro Secretario había, cuando no más de uno, que abogaba por el ladrón, y lo salvaba. En la de lo Exterior ¿no hubo toda una misión labrada, faz a faz de una guerra, en la esperanza de obtener el reconocimiento de una inmoral reclamación privada, pretexto, si no a ganancias viles o a protectorado inmerecido y abusivo, a dandismos y calaveradas diplomáticas, indignas de una nación honrada y grave?[6]
Fuéronse, al fin, con tan grandes abusos, despertando la indignación y energía de los miembros más sanos y menos ostensibles del partido, y primero en los consejos privados, y luego, aún a la callada, en las luchas eleccionarias, y por fin abiertamente en la Convención que nombró a Blaine,[7] y en la campaña en que fue vencido, publicaron su determinación de purificar su partido deshonrado, o apartarse de él. Los apellidaron fariseos, petimetres y traidores.
Con ocasión del nombramiento del candidato, y la lid electoral que le siguió, se acentuaron, y quedaron definidas las tendencias que en sigilo habían venido dividiendo al Partido Republicano, y ya antes, por haber de preceder en la feroz contienda humana alguna sangre a toda obra fructífera, habían venido a producir, exaltando un cerebro desatinado,[8] la muerte de Garfield. Los bandos eran dos. Los unos mantenían descaradamente que, por encima de toda otra consideración, estaban el interés del partido y el beneficio de sus miembros; que la Unión era propiedad natural de los que la habían sacado en salvo; que al vencedor pertenecen los despojos de la victoria; que los empleos, concesiones y dignidades deben ir a pagar los servicios prestados para mantener en el poder al partido que los concede; que no es censurable, sino lícito, colectar de los empleados públicos, pagados con dinero aprontado por toda la Nación, sumas destinadas a mantener en el Gobierno a uno de los partidos que se disputan su gobierno, y en cambio de este auxilio queda obligado a mantener en sus destinos a los contribuyentes, convertidos en sus cómplices, y a proteger o disimular sus abusos. Los otros, hijos en espíritu de los monumentales fundadores de la República, tachaban ese programa de abominable y vicioso; y si bien dispuestos a conservar viva la organización republicana, como símbolo aún necesario de la Unión ayer amenazada, como partido moderador y principalmente doméstico, como represor juicioso de la excesiva influencia seccional y extranjera que parece notarse en el Partido Demócrata, compuesto en gran parte de los electores del Sur y de muchos de Irlanda y Alemania, —preferían, sin embargo, la disgregación temporal, si no definitiva, del partido, o la fusión tal vez de la mejor parte de él con la más elevada y doctrinal de los demócratas, a contribuir con su complicidad al mantenimiento del Gobierno de la Nación en manos de una agresiva caterva de logreros tenaces.
¿Cuál era la nuez de este poder colosal; la clave de esta máquina enorme; la valla puesta a los mejores esfuerzos de la gente sana del partido; el obstáculo a toda tentativa de su moralización y reforma, sino la facultad de distribuir entre sus auxiliares los empleos y propiedades públicas? ¿Qué agentes más perspicaces y celosos puede tener un partido que aquellos que le deben su subsistencia, y que sin él, habituados ya al bienestar fácil, y la holganza, se verían reducidos a la desconsideración y la miseria? Eran, pues, los propagandistas y servidores del partido, no sus secuaces sinceros que, como que se dan sin paga, gustan de hacer sentir su influjo, sino aquellos otros dependientes de él para subsistir y medrar, y a quien altos ejemplos y el deseo de sostenerse en plácida fortuna incitaban para lograr influjo con que servir a su partido en la época electoral, a las complicidades y dispensaciones ilícitas que permite el ejercicio de una autoridad benévolamente vigilada.
Tardó mucho en parar mientes en esta corrupción la mayoría del país descuidado. A la masa común, y aun a la entendida, parecía peligroso devolver el gobierno a los demócratas, en cuyos consejos se suponía aún predominante el espíritu del Sur. Y como a la guerra, bajo los republicanos que la ganaron, había sucedido prosperidad casi maravillosa, patriotismo e interés se juntaron para mantener la confianza en el partido vencedor, que a pesar de sus desaciertos y abusos, resultaba acreditado por la abundancia de las cosechas, la cuantía de las sumas que entraban en el país en retorno de ellas, y la aplicación de esta riqueza sobrante a la creación de industrias que parecían prósperas, porque aún era bastante a consumir sus manufacturas el mercado doméstico, al que el exceso de lo que exportaba sobre [lo] que importaba permitía pagar sin gran quebranto el precio inmoderado a que por el alto derecho de introducción de los artículos europeos, se vendían los productos rivales americanos.
En pos de la enorme guerra vino la enorme confianza, y la riqueza que ciega y arrebata, y lo atrae todo a sí en el afán de gozarla y el miedo de perderla; de lo que, mientras a sus extraordinarias empresas se daba con verdadero frenesí el país deslumbrado, se aprovecharon las aves de rapiña para anidar en el árbol nacional, hasta que al fin fue innegable y visible que la larga permanencia en el poder de hombres que a su sombra habían perdido ya la costumbre, y la capacidad acaso, de más honroso modo de vivir: la seguridad de una constante victoria; la práctica de emplear los dineros nacionales en sus gastos de partido; la intimidad con negociantes que, hacen pagar caro los servicios que prestan, habían, a la vez que pervertido sus móviles, hecho insolente y descarado al partido gobernante, que con prácticas, cuando no con leyes, venía cercenando al país los medios de sacudírselo y reemplazarlo por sus opositores: por lo cual, en cuanto sintió el país el yugo sobre el cuello, lo echó, de un solo vuelco, abajo.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[6] Referencia a la reclamación de J. C. Landreau, respaldada por James G. Blaine en su condición de Secretario de Estado, en 1881, sobre supuestas propiedades en el Perú durante la Guerra del Pacífico. Véase la Nota final “Guerra del Pacífico”. (OCEC, t. 22, pp. 337-338).
[7] James G. Blaine fue nominado candidato presidencial para las elecciones de 1884 por la Convención del Partido Republicano, efectuada en Chicago.
[8] Referencia a Charles Julius Guiteau.

