GRACIAS

Pasión por Cuba y por la Iglesia, el título de su estudio biográfico sobre el padre Félix Varela, sintetiza las motivaciones esenciales de monseñor Carlos Manuel de Céspedes, las de una silenciosa obra que ha abierto ámbitos de luz en nuestra cultura, no la del alboroto y los incesantes aniversarios, sino la que secretamente nos empalma con los días fundadores del Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana.

     Si su nombre y apellido nos remontan a lo que José Lezama Lima llamó nuestro “señorío fundador”, resumido en la gentil inclinación del Padre de la Patria, ya en la encerrona de San Lorenzo, ante una señora negra esclava que detuvo su paso con majestuoso porte, no menos agradecemos su fervoroso entusiasmo, de pie en la penumbra de un palco del Teatro Nacional, aplaudiendo el último giro de la emblemática Alicia Alonso.

     Una cierta medievalidad habanera se salva siempre, rodeada de un parco iluminismo que no nos permite olvidarnos de las páginas purpúreas de San Agustín, ni de la vehemente indignación de San Basilio el Magno con los ricos, ni del órgano claudeliano del Aquinatense, cuando, cerrado de negro como embajador distinto de una modernidad distinta, monseñor Carlos Manuel de Céspedes llega, se sienta y tan intensa como delicadamente nos escucha.

     ¿Qué tenemos que decirle? Nada sino gracias. Gracias por sus lecciones de profunda cubanía, gracias por su catolicismo capaz de abrazar con las Cartas a Elpidio en el pecho a José Martí, gracias por su mirada de estudio y bondad, gracias a su pasión por Cuba y por la Iglesia.

Cintio Vitier

Tomado de Opus Habana. Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, junio-octubre de 2006, no. 30, p. [71].