Una manera de reconstruir, de volver a soldar, de mezclarse la imagen del cuerpo que se despereza y acude con la ceniza que se volatiliza, que se consume sin tregua, devolvían por la eternidad a Céspedes. Una frente cuadrada, como en el centro de su cuerpo; donde las decisiones no parecen mostrar pliegues, fisuras, huellas ya hoy vagarosas, unos ojos indeclinables, una cabellera rígidamente gobernada, y en la otra mirada del contraste, una mano fina y en extremo nerviosa empuñando un espinazo de manjuarí, un ácana entregada por los jefes secretos, con empuñadura juramentada, con la eternidad. germinativa del carey.
Su señorío recorre las más tesoneras reglas de la polarización y de la abundancia de detalles. Su señorío, es decir, el dominio de un cotidiano azar que se asoma para dejarse acariciar y del día en que se excepciona para ejercer su soberanía sobre las ruinas exteriores, los detalles colmados por la cólera y el desdén, las consagraciones que pretende y las que rehúsa. Ha corrido un zorro con la nobleza escocesa y la opulencia misteriosa de los Highlanders. Allí, como en un siempre agrandado por los caracoles de venatoria, su señorío se expande, se muestra ligero y preciso, con toda la nobleza del ojo en acecho. Lo rodean aquellos barones para rendirle su admiración y su sorpresa. Impulsándose, en la suprema prueba de la velocidad con alas, ha sido preciso. Su disparo, el final de la venatoria y la contemplación de los reflejos del zorrillo, que se aprieta los dientes ya sanguinolentos. Es la prueba bizarra, el torneo con preciosas exclamaciones y las damas añorantes con gajos en los terciopelos.
La exultante riqueza de su señorío a veces tropieza, por escondite muy secreto, ingobernable, con las mismas tachaduras, rectificaciones que le cuelga al español en las barbas. Su señorío, aún presionado por la majestad a la española, decide entrar bajo palio en Bayamo. Aunque la prueba es cabal y el estilo queda a salvo, comprende con rapidez nuestra que está en la obligación de inaugurar una nueva tradición, donde todo es como una fiesta, un lujo de la amistad, una frase imprevisible. Ahora se muestra sobre su alazán, un tanto aislado, pero rodeado de sonrisas, de vecinos, que inclinan la cabeza y le dejan el paso para que su señorío se expanda en la otra dimensión que surge, el señorío que se rebela y busca otra sangre y un nuevo misterio.
Teme mostrarse con la gente más cercana por la sangre excesivamente íntimo, por temor reverencial. Esta es una frase excepcional, hay que esperar a que llegue Martí para ver frases como esa saltar con mucha más frecuencia.[2] Nos podemos decidir a repasarla innumerables veces y nos queda como el secreto de una vida. Es la clave de su señorío y de su rebelión, de su primitividad germinativa y de su total dominio doméstico. Recibe una fotografía con los mellizos que ha tenido con Ana de Quesada.[3] “El niño, dice, tiene toda la cabeza del asesinado Oscar.[4] La niña revive en ella todas las facciones de mis hijos; de suerte que mirándola a ella, los veo a todos: de ninguno le falta alguna línea”. Ve en uno de ellos, la reaparición del hijo muerto y en la otra toda la vida, el resumen de su familia. Los muertos reapareciendo en el mismo coro y la semejanza coral, el parecido que les da la pinta para ser reconocidos en la eternidad. El señorío de la revolución de 1868, es la rebelión de una inmensa familia, los bautizos y la muerte en la vecinería. Una visita que termina en una inmensa excursión por el bosque, seres errantes que al llegar la noche, se introducen en los árboles y hacen provisión de rocío. Es un interminable parentesco y en el campo todos vuelven a reconocerse como una dinastía de primos. Cuando llegan los de otras provincias, los vínculos de la sangre se aflojan, los jefes de cada tribu, pudiéramos decir, se desconocen y no interpretan las piedras encendidas en un espacio indescifrable.
“Vivo en una choza o a la intemperie. Como lo que me dan, aunque sean los reptiles más inmundos. Ando vestido y calzado de una manera grotesca, pero honesta. No tengo necesidades”. Su señorío ha llegado ya al número de oro, a la prueba irrecusable. Saltando de monte a cabaña, ha persistido en algo que es como su misterio. Se sigue interrogando y cada año el bosque lo va atrayendo y espesándose más con él al centro. Ha salido de las opulentas salas bayamesas, entre velones y bandejas, con insinuaciones y violines, mientras las luces oscilan y la noche marca su definitiva franja. Allí, en la entrevisión de las luces, queda el bosque nocturno, un pedazo grande para la casa, que lo tienta, de peregrinaciones y relámpagos. Mira por las persianas y ve la cargazón de las retretas isabelinas trasladadas al bosque, purificadas, sin bustos y entretelones. Es la otra gente, están al lado del río, soltando cohetes, cantando, con lazos azules en los guitarrones, caracoleando preguntón el caballito atrabiliario. Es la alegría nueva que se ejercita en purgarse por el sufrimiento ancestral.
Se va aislando para la muerte, su destino lo va retocando. Ya está en un hondón y no sabe quién lo acecha y quién lo quiere. Continúa en su paseo señorial, revisando lo conversado, el amor y la dama del ajedrez. Son la gente inmovilizada entre el río y el espinazo calizo, escasos de parla, que le sonríen y le buscan. Gustan de su sobremesa y lo aprietan del brazo. Allí no puede llegar nadie y estallan las fiestas de los inmovilizados. Retroceden ante el río y duermen en las laderas del café. Por todas partes, una soledad y un aroma, diríamos una soledad aromosa. Allí no tropezará con el cúmulo de insensateces que le han querido hacer trampa y enredo. Allí lo amigan, lo pasean. Frente al bohío una mesa, el tablero, la cabalgata del alfil. ¡Cuidado que el caballo va a saltar un roquero! Extiende la cartilla y bailan los gnomos de diamante. ¿No es la cartilla un ajedrez que no abandona su encantamiento? Le enseña la cartilla a unos y con otros juega al ajedrez. Cercano a la muerte, gana más hilado su señorío. El misterio del alfabeto ha sido recorrido, ya la torre cuida al rey. Suenan disparos. Arrastrado por un caballo entra en Santiago. Pertenece a los que han penetrado muertos en la ciudad prometida. Su hijo va recogiendo los cabellos, que al ser arrastrado, han quedado con su sangre en las rocas. Su historia entre las rocas.
Tomado de Cuba, La Habana, octubre de 1968, núm. especial, no. 78, pp. pp. 18-19.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] “[…] mientras una porción reacia e ineficaz, la porción menos eficaz, del señorío cubano antiguo, se acorrala, injusta y repulsiva, contra este pueblo nuevo de cultura y virtud, de mentes libres y manos creadoras, otra porción del señorío cubano, mucho más poderosa que aquella, ha vivido dentro de la masa revuelta, ha conocido y guiado su capacidad, ha trabajado mano a mano con ella, se ha hecho amar de la masa, y es amado; ¡y hoy rodaría por tierra, mente a mente, mucho menguado leguleyo que le negase la palabra superior a mucho hijo de esta alma-madre del trabajo y la naturaleza! En Cuba no hay duelo entre un señorío desdentado y napolitano y el país, de suyo tan moderado como desigual, en que, con la pura esperanza de la libertad suficiente, se reúnen por el respeto del esfuerzo común, los hombres del campo y de la esclavitud y del oficio pobre, conscientes ya de sus derechos y del riesgo de exagerarlos, con todo lo que hay de útil y viril, de fundador y de piadoso, en el antiguo señorío cubano. Del alma cubana arranca, decisivo, el deseo puro de entrar en una vida justa, y de trabajo útil, sobre la tierra saneada con sus muertos, amparada por las sombras de sus héroes, regada con los caudales de su llanto. La esperanza de una vida cordial y decorosa anima hoy por igual a los prudentes del señorío de ayer, que ven peligro en el privilegio inmerecido de los hombres nulos,—y a los cubanos de humilde estirpe, que en la creación de sí propios se han descubierto una invencible nobleza. Nada espera el pueblo cubano de la revolución que la revolución no pueda darle. Si desde la sombra entrase en ligas, con los humildes o con los soberbios, sería criminal la revolución, e indigna de que muriésemos por ella. Franca y posible, la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma, y perecerá sin ella. Esa esperanza, justa y serena, es el alma de la revolución”. (JM: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”, Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894, no. 108, p. 2; OC, t. 3, pp. 140-141).
“Hay siempre en él la cifra de su señorío, un estilo magistral para las riquezas y para mantener la historia despierta y en relumbre. Cuando se rebela comienza por sacrificar riquezas, cuando muere comienza por sacrificar las posibilidades de todo vivir. Cuando muere, su señorío y su estilo, su pasión de jerarquías y ordenamientos, se avivan y se aclaran, como un metal hecho espada, como una espada hecha bastón de mando”. (José Lezama Lima: “[Carlos Manuel de Céspedes]” (1950), Revelaciones de mi fiel Habana, compilación y notas de Carlos Espinosa Domínguez, La Habana, Ediciones Unión, 2010, pp. 140-141).
[2] José Lezama Lima: “[En José Martí culminaron…]”, “Prólogo a una antología” (Antología de la poesía cubana, La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1965, 3 t., t. I, pp. 41-42), La cantidad hechizada (1970), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), pp. 315-319.
[3] Ana de Quesada y Loynaz (1843-1910).
[4] El 29 de mayo de 1870, su hijo Oscar fue hecho prisionero por las tropas españolas. El Capitán general Antonio Fernández y Caballero de Rodas conmina a Céspedes a abandonar la lucha por la independencia de Cuba, a cambio de respetarle la vida. Céspedes fue tajante en su respuesta: “Dígale al general Caballero de Rodas que Oscar no es mi único hijo: soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución”. El 3 de junio del propio año, Oscar es fusilado. Por esa histórica razón, hoy los cubanos llaman a Carlos Manuel de Céspedes: El Padre de la Patria.

