CORRESPONDENCIA PARTICULAR PARA

EL PARTIDO LIBERAL[1]

Sumario.― Exhibición en New York de los pintores impresionistas franceses.― Historia y fuerza de la escuela.― Los vencidos de la luz.― La venta de Morgan. El arte en Nueva York.― Impresiones de la Exhibición.― Filiación de los impresionistas.― Los pintores naturalistas.― CourbetManetCorot.― Velázquez.― Goya.―  Estética y tendencias de los impresionistas.― Influjo moral de la escuela.―La mujer y el ternero de Roll.― El baile de Roberto de Degas.―El órgano[2] de Lerolle.― El fifre[3] de Édouard Manet. ― MonetPissarroCaillebotteMontenardHuguet.― Espíritu de la escuela.― El remador[4] de Renoir.

Nueva York, 30 de junio [de 1886].

Señor Director de El Partido Liberal:

La tierra tiene su aire, y el espíritu tiene su libertad. Se conoce lo sano de un alma en la necesidad que siente del calor. En estos pueblos fríos se entran por el espíritu atribulado los apetitos de arte, con el ímpetu con que fortalecida por las nieves se abre en flores la tierra en primavera. El arte es la nobleza del espíritu. Ahora hay en Nueva York un admirable espectáculo: la exhibición más completa de los cuadros de la escuela impresionista que se ha visto hasta ahora:[5] Manet con sus crudezas, Renoir con sus japonismos, Pissarro con sus brumas, Monet con sus desbordamientos, Degas con sus tristezas y sus sombras.

     Ninguno de ellos ha vencido todavía. La luz los vence, que es gran vencedora. Ellos la asen por las alas impalpables, la arrinconan brutalmente, la aprietan entre sus brazos, le piden sus favores; pero la enorme coqueta se escapa de sus asaltos y sus ruegos, y solo quedan de la magnífica batalla sobre los lienzos de los impresionistas esos regueros de color ardiente que parecen la sangre viva que echa por sus heridas la luz rota: ¡ya es digno del cielo el que intenta escalarlo!

     Esos son los pintores fuertes, los pintores varones, los que cansados del ideal de la Academia, frío como una copia, quieren clavar sobre el lienzo, palpitante como una esclava desnuda, a la naturaleza: solo los que han bregado cuerpo a cuerpo con la verdad, para reducirla a la frase o al verso, saben cuánto honor hay en ser vencido por ella!

     La elegancia no basta a los espíritus viriles. Cada hombre trae en sí el deber de añadir, de domar, de revelar. Son culpables las vidas empleadas en la repetición cómoda de las verdades descubiertas. Los artistas jóvenes hallan en el mundo una pintura de seda, y con su soberbia grandiosa de estudiantes, quieren un artesano de tierra y de sol. Luzbel se ha sentado ante el caballete, y en su magnífica quimera de venganza, quiere tender sobre el lienzo, sujeto como un reo en el potro, el cielo azul de donde fue lanzado.

 

     Al olor de la riqueza se está vaciando sobre Nueva York el arte del mundo. Los ricos para alardear de lujo; los municipios para fomentar la cultura; las casas de bebida para atraer a los curiosos, compran en grandes sumas lo que los artistas europeos producen de más fino y atrevido.[6] Quien no conoce los cuadros de Nueva York no conoce el arte moderno. Aquí está de cada gran pintor la maravilla. De Meissonier están aquí los dos Napoleones, el mancebo olímpico de Friedland,[7] el hombre pétreo de la retirada de Rusia.[8] De Fortuny está aquí La playa de Pórtici, el cuadro no acabado donde parece que la luz misma, alada y pizpireta, sirvió al pintor de modelo complaciente: ¡parece una cesta de rayos de sol este cuadro dichoso![9] Aquí se vendieron por cantidades pasmosas en el remate de la galería de Morgan,[10] obras riquísimas de ese arte joyante y barbilindo con que seducen a las gentes profanas los artistas hábiles. Solo los fuertes aman lo que es. Un Jules Breton, una procesioncilla, sentida y suave, de niñas de pueblo que van a recibir la primera comunión,[11]―se vendió en más que los cuadros de Gérome, que tienen la consistencia y luces del acero; de Millet, que halló lo hermoso de la fealdad y la tristeza; de Delacroix, que pintaba sus tigres como si él lo fuese; de Fromentin, el caballero del espíritu y de la pintura; y de Fortuny, el sabio de la gracia, una orla de oro!

     Y el cuadro que alcanzó segundo precio, no fue tampoco ningún lienzo robusto de maestros magnos o jóvenes atletas; no fue un bufón[12] de Zamacois, que saca la cabeza a casi todos los pintores modernos; no fue un oficial de Detaille, un oficial abanderado, de cuello enjuto y ojos secos,[13] que es todo él triste y grandioso como la derrota de la Francia; sino un cuadro de Vibertque pinta cardenales picarescos y canónigos de buen vivir, mucho rojo en mucho blanco, mayordomos que saben el pescado que place a monseñor, sotanas negras que sonríen mientras hacen como que oyen lo que platican en la sala vecina las sotanas encarnadas. Ah! pero este cuadro, si no merecía todo su precio, era, por lo menos, una lección profunda: todo lleno de heridas, bello como una luz que sube al cielo, contaba un sacerdote misionero su campaña de almas a las túnicas lisas y relucientes de los sacerdotes de ciudad, que le oyen distraídos y de mal humor, como oyen al deber siempre los que no cumplen con él.[14]

     Pero toda aquella colección de obras maestras, con ser tan opulenta y varia, no dejaba en el espíritu, como deja la de los impresionistas, esa creadora inquietud y obsesión sabrosa que produce el aparecimiento súbito de lo verdadero y lo fuerte. Ríos de verde, llanos de rojo, cerros de amarillo, eso parecen, vistos en montón, los lienzos locos de estos pintores nuevos. Parecen nubes vestidas de domingo: unas, todas azules: otras, todas violetas: hay mares cremas; hay una familia verde; hay hombres morados: algunos lienzos subyugan al instante. Otros, a la primera ojeada, dan deseos de hundirlos de un buen puñetazo; a la segunda, de saludar con respeto al pintor que osó tanto; a la tercera, de acariciar con ternura al que luchó en vano por vaciar en el lienzo las hondas distancias y tenuidades impalpables con que suaviza el vapor de la luz la intensidad de los colores.

     Los pintores impresionistas vienen ¿quién no lo sabe? de los pintores naturalistas, de Courbet, bravío espíritu que ni en arte ni en política entendió―de más autoridad que la directa de la naturaleza; de Manet, que no quiso saber de mujeres de porcelana ni de hombres barnizados; de Corot, que puso en pintura, con vibraciones y misterios de lira, las voces veladas que pueblan el aire.―De Velázquez y Goya vienen todos,―esos dos españoles gigantescos: Velázquez creó de nuevo los hombres olvidados:[15] Goya, que dibujaba cuando niño con toda la dulcedumbre de Rafael,[16] bajó envuelto en una capa oscura a las entrañas del ser humano y con los colores de ellas contó el viaje a su vuelta.―Velázquez fue el naturalista; Goya fue el impresionista. Goya ha hecho con unas manchas rojas y parduzcas una Casa de locos y un Juicio de la Inquisición[17] que dan fríos mortales: allí están, como sangriento y eterno retrato del hombre, el esqueleto de la vanidad y la maldad profunda! Por los ojos redondos de aquellos encapuchados se ven las escaleras que bajan al infierno. Vio la corte, el amor y la guerra, y pintó naturalmente la muerte.

 

     Los impresionistas, venidos al arte en una época sin altares, ni tienen fe en lo que no ven, ni padecen el dolor de haberla perdido. Llegan a la vida en los países adelantados donde el hombre es libre. Al amor devoto de los pintores místicos, que aun entre las rosas de las orgías se les salía del pecho como una columna de humo aromado, sucede un amor fecundo y viril de hombre, por la naturaleza de quien se va sintiendo igual. Ya se sabe que están hechos de una misma masa el polvo de la tierra, los huesos de los hombres, y la luz de los astros.[18]

     Lo que los pintores anhelan, faltos de creencias perdurables por que batallar, es poner en el lienzo las cosas con el mismo esplendor y realce con que aparecen en la vida. Quieren pintar en el lienzo plano con el mismo relieve con que la naturaleza crea en el espacio profundo.[19] Quieren obtener con artificios de pincel lo que la naturaleza obtiene con la realidad de la distancia. Quieren reproducir los objetos con el ropaje flotante y tornasolado con que la luz fugaz los enciende y reviste. Quieren copiar las cosas, no como son en sí por su constitución y se las ve en la mente, sino como en una hora transitoria las pone con efectos caprichosos la caricia de la luz. Quieren, por la implacable sed del alma, lo nuevo y lo imposible. Quieren pintar como el sol pinta, y caen.

     Pero el espíritu humano no es nunca fútil, aun en lo que no tiene voluntad o intención de ser trascendental. Es por esencia, trascendental el espíritu humano. Toda rebelión de forma arrastra una rebelión de esencia. Y esa misma angélica fuerza con que los hijos leales de la vida, que traen en sí el duende de la luz, procuran dejar creada por la mano del hombre una naturaleza tan espléndida y viva como la que elaboran incesantemente los elementos puestos a hervir por el Creador, les lleva por irresistible simpatía con lo verdadero, por natural unión de los ángeles caídos de la existencia,[20] a pintar con ternura fraternal, y con brutal y soberano enojo, la miseria en que viven los humildes.

     ¡Esas son las bailarinas hambrientas! ¡Esos son los glotones sensuales! ¡Esos son los obreros alcoholizados! ¡Esas son las madres secas de los campesinos! ¡Esos son los hijos pervertidos de los infelices! ¡Esas son las mujeres del gozo! ¡Así son, descaradas, hinchadas, odiosas y brutales!

     Y no surge de esas páginas de colores, incompletas y sinceras, el perfume sutil y venenoso que trasciende de tanto libro fino y cuadro elegante, donde la villanía sensual y los crímenes de alma se recomiendan con las tentaciones del ingenio, sino que de esas mozuelas abrutadas, de esas madres rudas de pescadores, de esas coristas huesudas, de esos labriegos gibosos, de esas viejecitas santas, se levanta un espíritu de humanidad ardiente y compasivo, que con saludable energía de gañán echa a un lado los falsos placeres, y procura un puesto en la tierra para los deformes y los desgraciados.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Ante los reiterados errores cometidos por el corrector del periódico El Partido Liberal, Martí decide escribirle una breve nota a su amigo mexicano Manuel Mercado, el 1ro de julio de 1886, para pedirle encarecidamente que vele por su crónica: “Una sola palabra egoísta, para rogarle que influya porque me corrijan atentamente esta correspondencia, que he escrito con cariño, como si solo hubiera de leerla V.—”. [OCEC, t. 24, p. 336. (N. del E. del sitio web)].

[2] El ensayo de órgano.

[3] Le Fifre. (El pífano).

[4] Almuerzo de remeros.

[5] Esta crónica con algunas modificaciones se publicó después en La Nación, de Buenos Aires, el 17 de agosto de 1886 bajo el título “Nueva York y el arte. Nueva exhibición de los pintores impresionistas” (OCEC, t. 24, pp. 91-95). Véase también la referencia a esta exposición en “Los trabajadores se apaciguan”, La Nación, de Buenos Aires, 19 de junio de 1886. [OCEC, t. 23, pp. 131-134. (N. del E. del sitio web)].

[6] Referencia a varios cuadros del pintor francés Adolphe Bouguereau, exhibidos en el Hoffman House Bar. El más admirado era Ninfas y sátiros.

[7] Friedland, 1807.

[8]  Campaña de Francia, 1814.

[9] Esta obra al igual que El encantador de serpientes ejerció una particular fascinación en José Martí. Consúltese lo que sobre la misma, el Maestro escribió en las crónicas “Mariano Fortuny”, “El millonario Stewart y su mujer” y “El arte en Nueva York”, publicadas en The Sun, Nueva York, el 27 de marzo de 1881, en El Partido Liberal, México, el 12 de noviembre de 1886 y en La Nación, de Buenos Aires, el 22 de junio de 1887. Véanse en OCEC, tt. 7, 24 y 25, pp. 405-406, 285-286 y 272-273, respectivamente. (N. del E. del sitio web).

[10] José Martí se refiere también a esta “colosal venta” (OCEC, t. 24, p. 92) de obras de arte en su crónica “La revolución del trabajo”, publicada en La Nación, de Buenos Aires, el 7 de mayo de 1886. Véase en OCEC, t. 23, pp. 93-99. (N. del E. del sitio web).

[11] La primera comunión.

[12] Bufones jugando Cochonnet.

[13] El portaestandarte.

[14] El misionero.

[15] “[…] Velázquez, el pintor de hombres en el tiempo en que otros artistas pintaban santos”. [“Mariano Fortuny”, The Sun, New York, 27 de marzo de 1881, OCEC, t. 7, p. 401. (N. del E. del sitio web)].

[16] Rafael Sanzio. En el artículo “Artistas españoles”, publicado en The Hour, Nueva York, el 1ro de enero de 1881, Martí recuerda que “en Zaragoza, […] se conservan con religioso fervor los primeros dibujos al creyón rojo de Goya, dulces y tiernos como los bosquejos de Rafael”. (OCEC, t. 7, p. 377). En la novela Lucía Jerez, que se publicó originalmente en El Latino-Americano, en Nueva York, bajo el nombre de Amistad funesta, entre el 15 de mayo y el 15 de septiembre de 1885, Martí hace referencia a “un dibujo de Goya, con lápiz rojo, dulce como una cabeza del mismo Rafael”. (OCEC, t. 22, p. 263). Años más tarde, en una carta a su amigo uruguayo Enrique Estrázulas, fechada, presumiblemente, en Nueva York, el 19 de febrero [de 1889], Martí vuelve a referirse al hecho de que “Goya […] hacía cabezas con lápiz rojo a lo Rafael, que he visto en su cartera de niño en Aragón”. (OCEC, t. 31, p. 232). (N. del E. del sitio web).

[17] Auto de fe de la Inquisición.

[18] Nótese la similitud temática con la siguiente idea expresada en la crónica “El poeta Walt Whitman” publicada El Partido Liberal, de México, el 17 de mayo de 1887: “Ya sobre las tumbas no gimen los sauces: la muerte es ‘la cosecha, la que abre la puerta, la gran reveladora’: lo que está siendo, fue y volverá a ser: en una grave y celeste primavera se confunden las oposiciones y penas aparentes: un hueso es una flor. Se oye de cerca el ruido de los soles que buscan con majestuoso movimiento su puesto definitivo en el espacio: la vida es un himno: la muerte es una forma oculta de la vida: santo es el sudor y el entozoario es santo: los hombres, al pasar, deben besarse en la mejilla: abrásense los vivos en amor inefable: amen la yerba, el animal, el aire, el mar, el dolor, la muerte: el sufrimiento es menos para las almas que el amor posee: la vida no tiene dolores para el que entiende a tiempo su sentido: del mismo germen son la miel, la luz y el beso: en la sombra que esplende en paz como una bóveda maciza de estrellas, levántase con música suavísima, por sobre los mundos dormidos como canes a sus pies, un apacible y enorme árbol de lilas!”. Véase en OCEC, t. 25, p. 279. “Tortura la ciencia, y pone al alma en el anhelo y la fatiga de hallar la unidad esencial, en donde, como la montaña en su cúspide, todo parece recogerse y condensarse. Emerson, el veedor, dijo lo mismo que Edison, el mecánico. Este, trabajando en el detalle, para en lo mismo que aquel, admirando el conjunto. El Universo es lo universo. Y lo universo, lo uni-vario, es lo vario en lo uno. La naturaleza ‘llena de sorpresas’ es toda una. Lo que hace un puñado de tierra hace al hombre y hace al astro. Los elementos de una estrella enfriada están en un grano de trigo. Lo que nos mantiene sobre la tierra está en la tierra”. [“Novedades de New York”, El Partido Liberal, México, 5 de marzo de 1887, OCEC, t. 25, p. 180. (N. del E. del sitio web. El subrayado es nuestro].

[19] En una crónica publicada, en La América, en Nueva York, José Martí, al respecto de los impresionistas, escribe: “Dijérase que esta escuela, noble por lo sincera, ha cometido solo un error de distancia, aunque no acaso de lógica. Hace sus cuadros tales como la escena representada en ellos se vería a la distancia necesaria para que los objetos tuviesen el tamaño con que se les representa; y no los hace, como es de uso y de mayor razón, en atención a la distancia en que deben ser vistos”. (“Exhibición de arte en New York para el pedestal de la Estatua de la Libertad”, La América, Nueva York, enero de 1884, OCEC, t. 19, p. 22).

[20] Así en El Partido Liberal; a todas luces una omisión. En La Nación dice: “por natural unión de los ángeles caídos del arte con los ángeles caídos de la existencia”.