CORRESPONDENCIA PARTICULAR PARA

EL PARTIDO LIBERAL

...continuación 2

     ¿Cómo saldremos de estas salas, afeadas por mucha figura sin dibujo, por mucho paisaje violento, por mucha perspectiva japonesa,[21] sin saludar una vez más a tanto cuadro de Manet, que abrió el camino con su cruda pintura a esos desbordes de aire libre, sin detenernos ante el Marceau[22] conmovedor de Jean Paul Laurens, el Órgano de Lerolle, con su sobrehumano organista, ante los cuadros resplandecientes de Renoir, ante los de Degas, profundos y lúgubres, ante aquel Estudio asombroso de Roll, recuerdo de la leyenda de Pasiphae, de donde emerge una poesía fragante, plena y madura como las frutas en sazón?

     El Estudio es un gran lienzo húmedo y franco: Una mujer desnuda se relame en un ternero. Allí corren el sol y la vida. De cerca, todo es manchas, pastos, corrientes de aire, rastros lechosos, entortamientos y montes de pintura. De lejos, se le ve al ternero un belfo admirable, apretado como de quien concentra en sí lo que le place, humeante, húmedo, los ojos los tiene satisfechos, medio cerrados, misteriosos, apagados, tiernos. La mujer, casi caída, con la mano izquierda aprieta el belfo grueso contra su rostro encendido y dichoso, y apoya en el ijar la derecha descuidada. La luz da a grandes manchas sobre su hermosura, una hermosura humana con las treinta bellezas latinas: el pie es firme, la cintura viva, breve los ornamentos del busto, la cabeza rubia. En el fondo la selva complaciente, que da una sombra amiga. A un lado y otro, una flor blanca. El suelo herboso, revuelto, estropeado.

     El baile de Roberto de Degas repugna al principio. ¿Eso es arte, esa mancha negra? Sí, eso es arte: porque de ahí, según se va mirando, surgen cabezas humanas, tipos conocidos, la historia banal y sombría de todas las noches y sin que haya color rojo, se siente la sangre. No es nada: el cuadro cabe en una mano. Es la primera fila de lunetas, que asiste al baile de Roberto el Diablo. Tres, seis cabezas surgen de la sombra en la parte baja del cuadro. Cada una es un vicio! Son las que van a ver de cerca. Este cerdoso y abrutado; el otro repleto, como el que tiene a quién ver en la escena: otro, un vejete picaresco, de labios belfudos, cejas espesas, ojos centelleantes, cabellera revuelta: otro es un bello mozo; allá en el fondo, como columnas de humo, las sombras danzan.

     ¡He aquí El órgano famoso de Lerolle que todo New York ha venido a ver! El asunto es moderno, y la pintura sincera y suelta; pero no se ve el desdibujo y amasamiento de color de los impresionistas, a bien que tampoco se ve el sobretajo y acicalamiento de los pintores de elegancia. Representa este lienzo vastísimo el coro de una iglesia protestante.  Se ve el fondo lo que no se ve: la iglesia que oye. Una joven, de pie en el coro, canta. Otras, sentadas como en arrobamiento, la oyen. Detrás del organista, están en pie tres figuras de hombre de notable verdad. Pero lo excelso del lienzo es la cabeza luminosa del organista. Se eleva de él la unción. Le cubre las mejillas enjutas una barba poco frondosa. Tiene los ojos como cargados de pensamientos celestiales. La frente es hermosísima, hinchada hacia las sienes, levantada sobre las cejas, ya casi calva entre ambas entradas. Y ¡qué manos, que parecen que tocan el cielo!

     Oh! No nos iremos de la sala sin decir adiós al Fifre de Manet. Manet pintó como Velázquez; luego, desembarazándose más, pintó sus figuras como si emergiesen de la sombra, como un color fresco, de claridad pasmosa, sin esmalte; después, pintó masas y efectos, sin dibujo, y con la misma gradación de acabamiento en el lienzo con que alcanzaría verlas un espectador en la naturaleza: lo que está cerca, trabajado como el acero: lo que está lejos, como se ve, como una mancha. “El pintor, decía él, no puede pintar sino lo que ve, y cómo lo ve”. El Pífano es un chicuelo en ropa militar, fresco como una manzana de noviembre. Los ojos son un pasmo. Sopla su pífano con brío de novicio. Surge la figura de cuerpo entero del fondo gris, y está pintada con los colores crudos de la ropa de milicia. El rostro, parece hecho de rosas y de leche. Tiene cara de ángel este pilluelo de cuartel. El pantalón colorado, con franja azul, le cae sobre las polainas blancas que visten el rudo zapato. La chaquetilla azul, con botones dorados. Y el gorro es rojo y azul, y de una picardía que mueve a risa. La figura se impone, y parece que conquista.

     Los Renoir lucen como una copa de borgoña al sol: son cuadros claros, relampagueantes, llenos de pensamiento y desafío. Hay un Seurat que subleva: la orilla verde corta sin sombra, bajo el sol del cenit, el río algodonoso: una mancha violeta es un bañista; otra amarilla es un perro: azules, rojos y amarillos se mezclan sin arte ni grados.[23] Los Monet son orgías. Los Pissarro son vapores. Los Montenard ciegan, de tanta luz. Los Huguet, que copian el mar árabe, inspiran amistad hacia el artista. Los Caillebotte son de portentoso atrevimiento: unas niñas vestidas de blanco en un jardín, con todo el fuego del sol; una nevada deslumbrante e implacable;[24] tres hombres arrodillados, desnudos de cintura arriba, que cepillan un piso, al lado de uno el vaso y la botella.[25]

     ¿Cómo contar, si hay más de doscientos cuadros? Estos exasperan; aquellos pasman; otros, como La joven del palco,[26] de Renoir, enamoran como una mujer viva. Este monte parece que se cae: ese río parece que nos va a venir encima. ¿No ha pintado Manet un estudio de reflejo de invernadero, tres figuras de cuerpo entero en un balcón, todo verde?[27]

     Pero de esos extravíos y fugas de color, de ese uso convencional de los aspectos transitorios de la naturaleza como si fueran permanentes, de esa ausencia de sombras graduadas que hace caer la perspectiva; de esos árboles azules, campos encarnados, ríos verdes, montes lilas, surge ante los ojos, que salen de allí tristes como de una enfermedad, la figura potente del remador de Renoir, en su cuadro atrevido: Remadores del Sena.[28]―Las mozas, abestiadas, contratan favores a un extremo de la mesa improvisada bajo el toldo, o desgranan las uvas moradas sobre el mantel en que se apilan, con luces de piedras preciosas, los restos del almuerzo. El vigoroso remador, de pie tras ellas, oscurecido el rostro viril por un ancho sombrero de paja con una cinta azul, levanta sobre el conjunto su atlético torso; alto el pelo, desnudos los brazos, realzado el cuerpo por una camisilla de franela, a un sol abrasante.[29]

José Martí

El Partido Liberal, México, 20 de julio de 1886.

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2012, t. 24, pp. 75-82.

JM: “Exhibición en New York de los pintores impresionistas franceses”, El Partido Liberal, México, 20 de julio de 1886, OCEC, t. 24, pp. 75-82.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[21] Claude Bochet-Huré lo califica de “japonesismo que consiste en aplastar la perspectiva para obtener un cuadro sin profundidad, a la manera de las pinturas chinas y japonesas. Este procedimiento formaba parte de los pertrechos impresionistas, y los Goncourt, en particular, lo habían hecho pasar a su prosa”. [“Las últimas notas de viaje de José Martí”, Anuario Martiano, La Habana, Sala Martí, Biblioteca Nacional José Martí, 1969, no. 1, p. 31. (N. del E. del sitio web)].

[22] La mort de Marceau.

[23] Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte.

[24] Vista de los tejados (efecto de nieve).

[25] Les Raboteurs de parquet.

[26] La loge.

[27] El balcón.

[28] Almuerzo de remeros.

[29] Véase David Leyva González: “Los pintores impresionistas”, Notas de un poeta al pie de los cuadros, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2016, pp. 199-204.