“Puedo decir que es la mejor entrevista porque no la hice”

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Cuando me hablaban de él, Rebeca Murga y Lorenzo Lunar, lo confundía con Fernando Claudín. El político español. Después supe que no, que se trataba de Víctor Claudín. El escritor, el periodista, el amigo. Ese nombre, también, me resultó familiar. Conversando con él recordé por qué: había leído entrevistas y artículos suyos en las revistas Camp de l´Arpa y El Viejo Topo. Pensando, de pronto y con seguridad, que se trataban del otro, del político.

     Nos encontramos para pasar los cuatro el día y almorzar en el Mercado Los Mostenses. Desde que nos conocimos no paramos de hablar. Rebeca sabía que no íbamos a dejar de hacerlo. No sé por qué meandro de la conversación llegamos a Julio Cortázar y a una entrevista que le hizo en 1983. De ahí, a empezar a hablar de libros y de escritores sólo había un paso. Ambos lo dimos al frente.

     “Yo estaba trabajando con distintas revistas en España y, una de las cosas que más me gustaba hacer, era entrevistas. A través de no recuerdo cuál medio, contacté con la editorial para hacerle una entrevista a Cortázar, al cual ya conocía bien. Lo había leído.

     Me citó en el Hotel Suecia, que está muy cerca de El Retiro. Le hice la entrevista. Parece que conectamos. Como ya no tenía más entrevistas concertadas, seguimos charlando un par de horas. Un tipo muy sencillo, muy llano, agradable y cercano. Que no tenía prisa y le gustaba conversar. Yo tenía un afán muy grande por descubrir a la gente que me interesaba y a los escritores que me gustaban (y él en particular para mí era uno de los grandes). A él también le interesaba lo que yo le contaba. La juventud, qué planteamiento tenía la juventud en España en ese tiempo. Yo había nacido en el cincuenta y cuatro. Tenía 27 años.

      La entrevista salió en el Diario de Navarra, el 14 de noviembre de 1981. Se llamó “Con Julio Cortázar: combatiente y escritor de lo fantástico”. Recuerdo que al final me dijo que “la novela que en ocasiones piensa está motivada por un sueño que últimamente se está repitiendo a menudo y que consiste en fórmulas matemáticas, una especie de pesadilla científica que no se explica porque siempre ha estado alejado de los números”.  

     Había leído desde Rayuela hasta el Libro de Manuel. Muchos relatos. Eran de lo que más me gustaba. Son esos momentos que uno guarda ya para siempre.

     Me dedicaba a hacer periodismo cultural y entrevistas con escritores. Nunca tuve la afición de pedir que me dedicaran libros hasta bastante después. No llevé ninguno ese día. Le hice también una entrevista a Onetti (“Dejemos hablar al caos”, se llamó), metido en la cama con la botella de whisky muy cerca. A Doris Lessing, a personajes importantes. Entonces no pensaba en las firmas. Pensaba en aprovechar el contacto con cada uno de ellos. Luego sí. Aunque tampoco. Ahora ya tengo montones de libros firmados, sobre todo por los colegas que voy conociendo.

     Por ejemplo, a Miguel Delibes le hice varias entrevistas. Trabajé en un programa de televisión. Me regaló montones de sus libros. Todos me los quería dedicar. La verdad es que no tenía mucho interés. Por supuesto, de alguien que quise mucho, con el que compartí muchas cosas y que fue uno de los que presentaron mi primera novela: Manuel Vásquez Montalbán. En distintas épocas. De los latinoamericanos, con el que más relación tuve fue con José Donoso. A mí me gustó mucho y nos hicimos bastante amigos. Quiero ahora recordar, si me dedicó algún libro… Creo que no… A mí lo que importa es la relación que tenido con ellos. Raúl Guerra Garrido, que fue premio Nadal. Isaac Montero, que fue mi jefe y el director del programa de televisión. Juan Marsé…

     Durante un tiempo yo trabajé con una agencia (que sigue existiendo), la dirigía entonces Manu Leguineche, uno de los grandes periodistas de este país. Era Colpisa. Hacia una la sección “Un Autor”, donde hablaba de un escritor o lo entrevistaba.

     Empecé cinco carreras universitarias y no terminé ninguna. Primero, filosofía y letras. Luego (como salí medio emigrante a Alemania), allí empecé ciencias de la educación, a distancia. Cuando volví empecé psicología. Luego me cambié a periodismo, porque me trasladé Barcelona y la dejé porque a todos mis profesores yo les daba trabajo. Trabajaba en una revista entonces importante: Camp de l´Arpa. Mi quinta carrera fue filología germánica. Algunas, dos asignaturas aprobadas. Otras, ni acabar el curso. Otras, dos años.

     Como narrador empecé a los catorce años. Por una historia de amor. Mi primera historia de amor platónica. Mi padre era topógrafo y todos los veranos hacia trabajo de campo. Nos llevaba con él. No teníamos dinero para ir de turistas a ningún sitio. Aquel verano fuimos a un pueblo de Navarra, Santesteban, y me enamoré perdidamente de una chica. Solamente me acuerdo de cuando subíamos en bicicleta por una carretera y yo, sin aliento, le trataba de decir cosas bonitas y de recitarle poesías. Vi que no era poeta, no estaba hecho para la poesía. Aquel día empecé a escribir una novela en un cuaderno. Varios capítulos. Fue mi primer intento de novela. No me acuerdo mucho porque tampoco guardo aquel cuaderno.

   Había hecho, como periodista, cosas en alguna publicación de barrio. Cuando regresé de Alemania, al empezar psicología, un compañero que era de El Escorial, pero que vivía en Madrid para poder estudiar, me presentó a un amigo suyo con el que compartía la habitación. Al cabo de los meses, ese compañero de mi amigo, se tiró desde el viaducto de Segovia. Escribí un artículo recogiendo ese hecho y lo mandé a publicaciones. Algunos periódicos o revistas me contestaron y una, Ozono, me publicó el artículo. A partir de ahí ya me disparé. Me acogieron en la redacción y luego ya empecé a trabajar con Triunfo, El Viejo Topo, muchas de las revistas de aquella época. Sin ser periodista tampoco. En esa época no se estudiaba periodismo. Los periodistas eran todos de hecho. Se hacían en la redacción, escribiendo. Llegó un momento en que las asociaciones de la prensa acogieron a los que llevábamos ya determinados años trabajando. Desde entonces tuve carnet de prensa. Nunca me ha valido… He escrito en montones de sitios, montones de diarios, he dirigido medios y nuca me ha hecho falta.

   En las entrevistas lo que yo quería era dar a conocer al personaje de verdad. No quería ir en contra, ni a favor ni nada, quería tratar de buscarle. Hay una entrevista que no conseguí hacer, cuando estaba trabajando en la televisión, fue a Borges. Venía a Santander a dar una charla y me trasladé allí con el equipo. Lo manejaba entonces un personaje que yo conocía, Juan Cueto. Estaba más o menos gestionada pero al final, no. Esa entrevista me la preparé mucho. Yo había leído algunas cosas. No tantas. Me preparé una entrevista que, siguiéndola, fuera una especie de relato de Borges. Puedo decir que es la mejor entrevista porque no la hice. Posiblemente aquella fantasía mía no hubiera ido a ninguna parte. Esa es la idea que conservo de aquello. Lo que hacía siempre era meterme en el personaje y tratar de sacarle su verdadera esencia.

   Hay otra entrevista que a mí me causó un impacto tremendo porque fue la más dura que yo he hecho. Una mujer republicana que estuvo exiliada mucho tiempo. Fui a hacerla a su casa, en noviembre de 1984. Salió primero su hermana, después ella. Era una mujer muy seria, muy seca. Nos sentamos y le hice la primera pregunta. Automáticamente se hizo un silencio tremendo.

   -“No. Así no. Eso es una representación. Yo no me represento. No. Si hago teatro represento Antígona, como ya hice, pero no hago teatro de mí. No, no insista. Yo pienso, y si le digo algo es que responde a mi pensamiento”.

   Estrepitoso silencio otra vez. Cuando pasó un minuto, pues, reciclé todo mi pensamiento y le hice la segunda pregunta. Le entró bien. Y empezó a hablar. Me contestó y ya pude seguir haciendo la entrevista. Era una mujer fantástica. Muy intensa. Entre literaria y filósofa. Me quedé en lo que creía que a ella podría interesarle más.

     Era María Zambrano”.

   Seguimos hablando, los cuatro, toda la tarde. Sin parar. Buscando, infructuosamente, el edificio donde me quedé la primera vez que vine a España: San Vicente Ferrer, 65. 4ta. Izquierda. Obviamente cambié el número: 53. Ahí me tomaron una foto equivocada.

Madrid, España, 12 de agosto de 2026