La invención de un colapso

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En la penumbra de una sala de cine, mientras Matt Damon (Odiseo, el de la mirada milenaria) pronuncia la palabra que no debería pronunciar, se produce un pequeño cataclismo intelectual. Penélope pregunta si aquellos que asolan el mundo conocido son los «pueblos del mar». Y el héroe, en lugar de responder con el silencio o con el nombre de una tribu real, confirma. Son ellos. La Edad del Bronce, dice, está colapsando.

     El problema, como ha señalado algún espectador, no reside en la licencia histórica. El cine puede tomarse libertades, y la Odisea es un poema sobre el regreso, no un tratado de arqueología. Los griegos antiguos eran mucho menos exigentes con la literalidad de los mitos que el público contemporáneo.

     El problema es más sutil. Es el problema de la profecía autocumplida, del lenguaje que, al nombrar un fenómeno, lo convierte en realidad. Odiseo no habla como un rey micénico que intuye el fin de su mundo; habla como un historiador del siglo xix que ha leído los jeroglíficos de Medinet Habu y ha acuñado una categoría para ordenar el caos.

     El concepto «pueblos del mar» no existió en boca de los invasores, ni siquiera en la de las civilizaciones que los enfrentaron. Fue Emmanuel de Rougé, a mediados del siglo xix, quien, al transcribir las inscripciones del templo funerario de Ramsés iii, decidió agrupar bajo esa denominación a una confederación de pueblos que los textos egipcios describían, con su proverbial retórica, como «procedentes de las islas en medio del mar».

     La etiqueta se adhirió a la historia como una concha a un casco de bronce. Y Nolan, con la audacia del narrador que todo lo absorbe, la introduce en el diálogo de sus personajes, cometiendo el anacronismo más exquisito. Los propios actores del colapso hablan con el lenguaje de quienes, tres mil años después, intentarían explicarlo.

     Pero hay más. La película sugiere una profecía. Los Pueblos del Mar llegarán, y traerán destrucción. Odiseo, en un giro de lucidez trágica, comprende que él y sus hombres, los vencedores de Troya, son esos pueblos. No invasores desconocidos, sino una horda de guerreros griegos que, tras la caída de Ilión, se convierten en el azote errante del Mediterráneo.

     La profecía se cumple porque alguien la enuncia y la encarna. Es una idea poderosa, aunque históricamente problemática, porque sugiere una identidad entre los aqueos y los peleset o los denyen que la erudición considera plausible, pero lejos de probada. Barry Strauss, el historiador, ha llamado a los micénicos «los vikingos de la Antigüedad», pero la arqueología muestra que los pueblos del mar representados en los relieves de Medinet Habu no son una flota unificada de talasócratas, sino más bien una masa heterogénea que llegó tanto por tierra como por mar, con carros y familias enteras. No eran una armada, eran una migración forzada.

     El error de Nolan, si es que puede llamarse error a una elección narrativa deliberada, es el mismo que ha guiado la interpretación positivista del colapso de la Edad del Bronce durante décadas. Es convertir un proceso complejo, multicausal y oscuro en una historia de invasiones violentas.

     Los Pueblos del Mar se convirtieron en el chivo expiatorio perfecto. Su origen incierto y su desaparición abrupta de los registros los dotaron de un aura mítica, la de los hunos del Mediterráneo, que llegaron, destruyeron y se esfumaron. La inscripción de Medinet Habu describe cómo «ningún país podía sostener el envite, desde Hatti, Qode, Carquemish, Arzawa y Alasiya, todos aniquilados de golpe […] Sus tierras se asemejaban a aquellas que nunca habían llegado a existir».

     Los arqueólogos encontraron ciudades quemadas, palacios derruidos, y encajaron las piezas en el relato de una devastación total. Pero el colapso no fue un instante, fue una agonía. Ramsés iii no logró derrotar a los invasores en una batalla final; el proceso de asentamiento de los filisteos en Canaán se prolongó durante décadas, mientras el Imperio egipcio se retiraba lentamente del Levante.

     Y es aquí, en esta grieta entre el relato épico y la evidencia material, donde late el verdadero núcleo del problema. La historia nos la contamos para domeñar el miedo. En la película de Nolan, Odiseo habla de un nuevo amanecer, de la reconstrucción futura de la civilización sobre las cenizas de la anterior. Es la promesa de un nuevo siclo, de una Edad del Hierro que sucederá al Bronce, de los asirios levantándose sobre los babilonios, de los helenos ocupando el espacio vacío que dejaron los micénicos. Pero la transición histórica es un palimpsesto de ruinas superpuestas, no un relato de progreso lineal. Un cambio de era no es un amanecer, es un eclipse. No es una epifanía, es una asfixia.

     La historia, como los mitos, se repite con la persistencia de un motivo musical. Pero quien haya aprendido a leer entre líneas sabrá reconocer, en la melancolía de un rey que se exilia para no contaminar su reino, en la certeza de que el fuego que destruyó Troya se extenderá hasta consumir el mundo, una metáfora de la vida real. Una vida, quizás, en la que la profecía de los pueblos del mar no habla de bárbaros que llegan por mar, sino del fin de una era que se experimenta desde dentro, como un desgarro, un cambio de piel que duele porque no se sabe si la criatura que emergerá tendrá la forma de una nueva civilización o la de una herida mal curada.

     Como Odiseo, nuestra era busca un final que redima el viaje. Pero el colapso de la Edad del Bronce nos enseña que los finales son siempre retrospectivos, y que los «pueblos del mar» son, en el fondo, el nombre que damos a aquello que nos excede y nos destruye. Son la invención necesaria para nombrar el miedo.

     La película de Nolan, con todos sus anacronismos, acierta en algo esencial. No importa quiénes eran esos pueblos. Importa la certeza de que, cuando un mundo se acaba, los que lo habitan ya no son sus protagonistas. Son apenas sus últimos escribas, intentando descifrar la lengua de un colapso que siempre llega, como los invasores, desde el horizonte.