Me lo crucé una tarde en el centro de Montevideo. Hacía un frío viento que se te metía en los huesos y te dejaba sin palabras. Eran dos mesitas las que tenía con libros y revistas viejos. Y algunos discos (o acetatos, como las llaman ahora).
Como es obvio ahí me detuve. No puedo evitar hacerlo. Puede ser el puesto, el tendido, más humilde y desabastecido del mundo y ahí me detengo. No solamente para ver si algo me está esperando o me sirve sino por un deber moral. Un deber de compañero librero. He conocido así a seres excepcionales que me han brindado su amistad y confianza. Y también, no puedo negarlo, de cuando en cuando alguna cosita. Le compré dos. Una edición del Inventario de Mario Benedetti profusa y apasionadamente anotado por su anterior propietario y una revista Marcha dedicada a la iglesia latinoamericana. Era un sábado. Me/nos dijo que nos viéramos al día siguiente en la feria del domingo de Tristán Narvaja, Allá nos encontramos. Nos reconocimos ya como viejos cómplices y empezamos a conversar en medio de un día en que el sol dudaba si salir o no y la gente que pasaba, se detenía, miraba y preguntaba cuánto costaba un libro.
“Mi nombre es Gustavo Pérez. Librero, aquí en la feria de Tristán Narvaja, que es emblemática, por lo menos treinta años. Mi padre fue librero, vendía a plazos. De la época en que las familias, los profesionales, los abogados recibían al vendedor de libros. Vendía los libros de la editorial Aguilar. No tengo otro oficio. Mi edad: post-sesenta.
Acá en Montevideo la venta de libros es muy parecida en cualquier parte de la ciudad. Vos y yo nos conocimos en el centro. Lógicamente, Tristán Narvaja es una feria que tiene más de 100 años. Mucha gente viene para acá. Tengo público que está continuamente. Es una ciudad pequeña y no hay mucha diferencia.
El género que más me gusta leer es la crónica. Para mí el más grande, el que más he disfrutado, es Manuel Vicent. El español. Acá en Uruguay no hay muchos cronistas buenos. A la salida de la dictadura, en los ochenta, estuvo Manuel Flores Silva, en esos semanarios que aparecían en ese momento, con una brizna de libertad. Hacía grandes crónicas.
La crónica es una pintura. Una pintura en la que vos, en una página, mostrás una época, un individuo o algo que está pasando en el momento. Y vos tenés nada más que una página, o menos… Sos un pintor. Un pintor en letras. Y a mí me escampa eso.
Un libro para mí… Hoy hay mucha comunicación audiovisual, pero un libro antes era acercarte a otras vivencias, a otro mundo paralelo, a otras experiencias… Encontrarte con la palabra, hoy cuando todo el mundo habla nada más con las cincuenta palabras que están en la televisión o en los medios mediocres. Te alimenta, te muestra que la palabra está. Hay millones de palabras y te podés expresar, luego, de muchas maneras diferentes.
Ser librero, para mí, es una forma de vida, hoy, en este siglo veintiuno, en el que no hemos destruido absolutamente nada al planeta, no estamos vendiendo ni armas nucleares, ni compuestos químicos que destruyen nada la naturaleza. Han querido atacar al papel porque destruye… No. El desecho químico de las computadoras es mucho más grave que el papel”.
Nos despedimos con un apretón de manos helado.
-Si alguna vez voy a Colombia voy a visitarte…
-Claro… te estaré esperando…
San Librario, Bogotá, 19 de septiembre de 2026

