CARTAS INÉDITAS DE JOSÉ DE LA LUZ
Los cubanos veneran y los americanos todos conocen de fama al hombre santo[1] que, domando dolores profundos del alma y el cuerpo, domando la palabra, que pedía por su excelsitud aplausos y auditorio, domando con la fruición del sacrificio todo amor a sí y a las pompas vanas de la vida, nada quiso ser para serlo todo, pues fue maestro y convirtió en una sola generación un pueblo educado para la esclavitud en un pueblo de héroes, trabajadores y hombres libres. Pudo ser abogado, con respetuosa y rica clientela, y su patria fue su única cliente. Pudo lucir en las academias sin esfuerzo su ciencia copiosa, y solo mostró lo que sabía de la verdad, cuando era indispensable defenderla. Pudo escribir en obras—para su patria al menos—inmortales, lo que, ayudando la soberanía de su entendimiento con la piedad de su corazón, aprendió en los libros y en la naturaleza, sobre la música de lo creado y el sentido del mundo, y no escribió en los libros, que recompensan, sino en las almas, que suelen olvidar. Supo cuanto se sabía en su época; pero no para enseñar que lo sabía, sino para trasmitirlo. Sembró hombres.[2]
El noble anciano[3] que poco antes de morir puso en manos de El Economista las cartas que hoy publica, no las dio como cosa común, sino como quien, al irse de la vida, lega a quien sabrá guardarlo su mejor tesoro.[4] “He vivido mucho”, decía; “de tanto esperar en vano la justicia en el mundo y la libertad para mi patria, se me ha espantado el entendimiento; pero en ningún país traté jamás a un hombre tan sabio y tan bueno. Se me deshacía a veces en lágrimas el corazón cuando lo oía hablar. Perdonar: ¡yo no sé, después de Jesús, quien haya sabido perdonar mejor! Saber: ¡oh, era un gran saber cristiano, que no se contentaba con repetir el último libro que leía, ni rechazar lo que no se avenía con su criterio, sino estudiaba más lo más hostil, y hallaba de una ojeada la verdad de todo! Cuando lo afligía la fealdad de la vida, se consolaba embelleciendo las almas, para que fuese patente la beldad universal. Yo era un pobre, yo era muy pobre y muy infeliz ante él, y me trató siempre como a un hermano y como a un monarca. Amo la vida porque me fue permitido conocerlo”.
Dicen así las cartas:[5]
El Economista Americano, Nueva York, marzo de 1888.
[OC, t. 5, pp. 249-250]
Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2018, t. 28, pp. 146-147.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] José de la Luz y Caballero.
[2] En otros textos más, encontramos referencias directas a este tema capital de la pedagogía martiana: “Cecilio Acosta”, Revista Venezolana, Caracas, 15 de julio de 1881, OCEC, t. 8, p. 93; “[Fragmentos relacionados con el discurso sobre Bolívar, el 24 de julio de 1883]”, OCEC, t. 17, pp. 300-301; “Juan J. Peoli”, Patria, Nueva York, 22 de julio de 1893, no. 71, p. 3 (OC, t. 5, p. 282); y “[Colegio de corazones]”, “En casa”, Patria, Nueva York, 14 de julio de 1894, no. 120, p. 3 (OC, t. 5, p. 431). (N. del E. del sitio web).
[3] José Podbielski.
[4] “[…] aún me parece ver el buen viejo Podbielski, que ya ha muerto, cuando me dio, todo bañado en lágrimas, y temblándole las manos montuosas, esas cartas que él llamaba su mejor tesoro. Y las acariciaba, como si se le fuese con ellas buena parte del alma”. (JM: “Carta a Vidal Morales”, [Nueva York], 8 de julio de 1882, OCEC, t. 13, p. 112). (Nota del E. del sitio web).
[5] A continuación, las cartas que Luz y Caballero enviara a José Podbielski y publicó El Economista Americano. En total son 11 cartas. Pueden consultarse en José de la Luz y Caballero: Diarios y epistolario (vol. V), presentación de Alicia Conde Rodríguez, en Obras (5 t.), ensayo introductorio, compilación y notas de Alicia Conde Rodríguez, La Habana, Imagen Contemporánea, 2001, pp. 183, 185-186, 186-187, 187-188, 188-189, 189, 189-190, 190-191, 192, 192-193 y 193-194. (Nota modificada por el E. del sitio web).
[6] En OC, sin firma.

