Jesús o Jesucristo
Según los Evangelios, el hijo de Dios y el Mesías anunciado por los profetas. Nació en Belén de Judea,[1] en un contexto de dominio del Imperio Romano sobre Palestina. La fecha de su nacimiento se sitúa hacia el año 4 a.C., durante el reinado de Herodes el Grande. Sus padres fueron María y José, y la tradición señala que fue concebido por obra del Espíritu Santo. Poco después de su nacimiento, la familia huyó a Egipto para escapar de la persecución de Herodes, regresando más tarde a Nazaret, en Galilea, donde Jesús creció y aprendió el oficio de carpintero de José.
La Palestina del siglo i era una región compleja, marcada por la dominación romana, la diversidad cultural y un intenso fervor religioso judío. Galilea, donde Jesús pasó la mayor parte de su vida, era una zona de intenso tránsito comercial y, por tanto, pluricultural. Los galileos eran considerados por los judíos de Judea como menos observantes de la Ley, lo que explica algunos de los prejuicios que Jesús enfrentaría más tarde.
A la edad de aproximadamente treinta años, Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán, momento que marca el inicio de su ministerio público. Tras el bautismo, pasó cuarenta días en el desierto, donde fue tentado por Satanás.
Su ministerio duró cerca de tres años. Durante este tiempo, Jesús recorrió principalmente Galilea, predicando el “Reino de Dios”, enseñando en parábolas y realizando numerosos milagros: curaciones de enfermos, expulsión de demonios, multiplicación de panes y peces, y resurrección de muertos. Su mensaje central fue el amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo. Denunció la hipocresía de los líderes religiosos de su tiempo —fariseos y saduceos—, a quienes acusaba de imponer pesadas cargas al pueblo sin practicar ellos mismos lo que enseñaban.
Reunió a un grupo de doce discípulos (apóstoles), entre los que destacaban Pedro, Juan, Santiago, Mateo y Judas Iscariote. Su enseñanza innovadora incluía el perdón de los enemigos, la misericordia con los pecadores y la inclusión de los marginados sociales, como publicanos, samaritanos y mujeres.
La creciente oposición de las autoridades religiosas judías, que veían en Jesús una amenaza a su autoridad, condujo a su arresto. Fue traicionado por Judas Iscariote, juzgado ante el Sanedrín (el concilio judío) y posteriormente condenado a muerte por el prefecto romano Poncio Pilato. La mayoría de los historiadores reconocen la crucifixión de Jesús como un hecho histórico.
Jesús fue crucificado en el Gólgota, cerca de Jerusalén, entre los años 30 y 33 d.C. Según los evangelios, fue crucificado a la tercera hora (9:00 a.m.) y murió a la novena hora (3:00 p.m.).[2] Sobre la cruz se colocó un letrero que decía: “Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos”.
Tres días después de su muerte, según el relato de los evangelios y la fe cristiana, Jesús resucitó de entre los muertos, apareciéndose a sus discípulos y a numerosos testigos antes de ascender al cielo cuarenta días después. Su resurrección es el núcleo central de la predicación cristiana primitiva y el fundamento de la esperanza de salvación para los creyentes.
La existencia histórica de Jesús está atestiguada no solo por los evangelios del Nuevo Testamento, sino también por fuentes no cristianas del siglo i y ii, como el historiador judío Flavio Josefo (Antigüedades judías), el historiador romano Tácito (Anales) y el filósofo estoico Mara bar Sarapión. Estas fuentes, aunque escuetas, confirman que Jesús fue un maestro (llamado “sabio rey”) que fue ejecutado bajo Poncio Pilato y que sus seguidores continuaron difundiendo sus enseñanzas tras su muerte.
La importancia de Jesús trasciende el ámbito religioso: su figura ha influido profundamente en la moral, el arte, la filosofía y la literatura occidental a lo largo de dos milenios.
Cintio Vitier afirmaba, por ejemplo, que, “sin la voz de los profetas hebreos y sin el mensaje de Cristo, al que llamó ‘el hombre de mayor idealidad del Universo’,[3] no es posible entender cabalmente a Martí, quien situó entre sus ‘verdades esenciales’, esta: ‘Jesús no murió en Palestina, sino que está vivo en cada hombre’[4]”.[5]
Bibliografía:
– Francisco Varo: Rabí Jesús de Nazaret, Madrid, BAC (Biblioteca de Autores Cristianos), 2005.
– “La historia de Jesús (el Hijo de Dios)”, Bibliaon.com. Consultado: 25-04-2026.
– “Palestina en tiempos de Jesús” y “Crucifixión de Jesús”, Wikipedia, la enciclopedia libre 2002-2025 (actualización continua). Consultado: 25-04-20206.
– E. P. Sanders: Jesús y el judaísmo, 2da revisada, Madrid, Editorial Trotta, 2020.
– Gerd Theissen y Annette Merz: El Jesús histórico: manual, Salamanca, España, Editorial Sígueme, 2002.
– Ernst Bloch: El principio esperanza, Madrid, Editorial Trotta, 3 t., 2004-2007.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Según los relatos bíblicos y la mayoría de los estudios históricos, Jesucristo nació en Belén, una ciudad de Judea, en la actual Cisjordania, Palestina. En cuanto a la fecha de nacimiento, los evangelios no especifican un día y mes concretos. Sin embargo, la mayoría de los historiadores y biblistas lo sitúan entre los años 6 y 4 a.C. La tradición cristiana lo celebra el 25 de diciembre (o el 7 de enero en algunas iglesias ortodoxas).
Esta discrepancia con el inicio de nuestra era se debe a un error de cálculo cometido en el año 525 por el monje Dionisio el Exiguo, quien estableció el sistema de datación “Anno Domini” (“en el año del Señor”).
[2] En su carta testamento literario, José Martí sentenciaba: “En la cruz murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días”, y en su última arenga a la tropa mambisa exclamó: “Por Cuba me dejo clavar en una cruz”. (José Miró Argenter: “Recuerdos del mes de mayo”, Archivo José Martí, al cuidado de Félix Lizaso, t. V, no. 1, La Habana, enero-junio de 1950, Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirección de Cultura, Imp. P. Fernández y Cía., S. en C., no. 15, p. 122).
[3] JM: “Cuaderno de apuntes no. 14” [1886-1887], OC, t. 21, pp. 344-345.
[4] JM: “Maestros ambulantes”, La América, Nueva York, mayo de 1884, OCEC, t. 19, pp. 184 y 186, respectivamente.
[5] Cintio Vitier: La espiritualidad de José Martí, La Habana, Ediciones Vivarium, 2001; Obras 7. Temas Martianos 2, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2005, p. 231. En el prólogo al Poema del Niágara, Martí escribe: “Como en lo humano todo el progreso consiste acaso en volver al punto de que se partió, se está volviendo al Cristo, al Cristo crucificado, perdonador, cautivador, al de los pies desnudos y los brazos abiertos”. (OCEC, t. 8, p. 148). Véanse los poemas “Muerto” (Revista Universal, México, 25 de marzo de 1875, OCEC, t. 15, pp. 79-82) y “Cristo en nosotros” y “Los contrarios. (A la imagen de Cristo entre dos ladrones)” (Fina García Marruz: Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. I, pp. 338 y 366-369, respectivamente).

