LIBROS NUEVOS

Muestra de un Ensayo de Diccionario de Vocablos

Indígenas,[1] Por Arístides Rojas.—Caracas.

—Imprenta de La Opinión Nacional.—

Arístides Rojas agota cuanto toca. Sale ahora al encuentro del etimólogo de España, Roque Barcia, en quien las malaventuras políticas y quehaceres republicanos no merman la profunda ciencia de cosas arianas, ni la ingénita dote para hallar la causa lejana de voces y sucesos:—y vence con suave modo y fuerte razón a Roque Barcia. Tala y devasta por la mies enemiga: demuestra, con riqueza de datos fastuosa, que no son las palabras de Indias tan deslustradas como Barcia en su Diccionario etimológico[2] las presenta. Elige, como campeón leal y seguro de su fuerza, la arena enemiga para librar combate. Y vuelve de ella alzada la visera, sin herida el corcel, enastada la lanza.

     Y ¡qué ciencia le ha sido necesaria para la liza! ¡Qué saber de cosas geográficas, y físicas, y literarias, y vulgares! ¡Qué andarse, como por casa propia, entre el pic-huun, el libro de los mayas, y el quippu, el libro quechua! ¡Qué tomar la palabra en su huevo, y juguetear con ella y desfibrarla, y recorporarla, y mostrarla al que la lee absorto en toda su hermosura y poderío! Él sabe de lo suyo y de lo ajeno: explica y desmenuza el vocablo de los chaimas como el de los aztecas, y el de los tupíes como el de los muiscas, y el de los guaraníes como el de los cumanagotos. Si de cosas de México habla, manéjalas como pudieran don Francisco Pimentel, que mereció lauros de Francia, y Orozco y Berra, a quien toda loa es debida por su extremada ciencia mexicana. Y si de cosas de Cuba escribe Rojas, en nada le aventaja don Esteban Pichardo, el etnólogo insigne, que midió a palmos la tierra siboneya, y supo profundamente de bajareques y bohíos. Y de palabras y costumbres quechuas, tanto sabe como un quipucamáyae. Van en Rojas unidas, con muy rara presteza, la idea y su ejecución: ni en idear se le saca delantera, ni en ejecutar se le gana hora. No bien llega a sus manos la abultada obra de Barcia, busca con anhelo cuanto en ella hace relación a esta tierra de América, por cuya gloria, gracia ingenua y valer desconocido vive, y cuyo genio posee; duélele hallar la verdad desfigurada, y las lenguas de los buenos indios empequeñecidas;—y ganoso a un tiempo de abrir, con mano segura, vía que en silencio venía hollando,— y de pagar tributo digno de él, a quien en tan sabrosa lengua ha honrado al gran poeta de México,— compara los vocablos que Barcia trae errados con ellos mismos, tales como los recataba de publicación temprana en su Ensayo de un diccionario de vocablos indígenas, extraordinaria obra, a juzgar por la enseña,—y la pone reverentemente en manos del generoso y discreto Guerra y Orbe, que ha de darse de fijo con deleite a las lectura del gustosísimo regalo. Y he aquí, cómo Rojas, calladamente y sin ayuda, toma a pecho y alza triunfante en hombros, la tarea para la cual ha buscado, con tan desafortunado empeño, la Academia de la lengua colaboradores. A honor marcado tiene la Revista la publicación de esta muy rica muestra filológica, que, para que sea adición a su segundo número del 15 venidero, pasa de las manos de su laureado autor, a quien el caballero don Fausto Teodoro de Aldrey regala la obra impresa, a las nuestras, que estrechan las del discreto filólogo en alabanza del mérito y en reconocimiento del presente.

Venezuela Heroica.—Por Eduardo Blanco.
—Caracas.—Imprenta Sanz.

     Cuando se deja este libro de la mano, parece que se ha ganado una batalla. Se está a lo menos dispuesto a ganarla:—y a perdonar después a los vencidos. Es patriótico, sin vulgaridad; grande, sin hinchazón; correcto, sin alarde. Es un viaje al Olimpo, del que se vuelve fuerte para las lides de la tierra, templado en altos yunques, hecho a dioses. Sirve a los hombres quien así les habla. Séale loado.

     Cinco batallas describe el libro: La Victoria, llena toda de Ribas; San Mateo, que de tumba se hizo cuna; las Queseras, que oscurecen a Troya;[3] Boyacá, por donde se entra a Colombia; Carabobo, donde muere Hernán Cortés. Con grandes palabras dice estos grandísimos hechos. Cada combate tiene sus héroes y sus formas, y, con urdimbre artística, lo menudo y humano de la lidia, como distribución de tropas y lugares, está hábilmente mezclado a lo divino. Así se desataron las legiones; así pujaron; así se deshicieron, tambalearon, rugieron y vencieron. Cada casa venezolana tiene allí sus dioses lares: los Cedeño, los Jugo,[4] los Montilla,[5] los del hermoso Anzoátegui, los Ibarra,[6] los Silva,[7] los Urdaneta:[8] toda la nobleza de la libertad tiene allí cuna: no tuvo pueblo jamás mejor nobleza!—Y los bravos ingleses son loados. Y a los españoles, luego de vencidos, no se les injuria.—Precede a cada empeño de armas notable ensayo histórico, sobre los elementos, condiciones y significación de la época en que acontecen, con variedad tan rica aderezado, y tan meduloso, y tan brioso, que en este libro la página última está al lado de la página primera. Todo palpita en Venezuela heroica, todo inflama, se desborda, se rompe en chispas, humea, relampaguea. Es como una tempestad de gloria: luego de ella, queda la tierra cubierta de polvo de oro. Es un ir y venir de caballos, un tremolar de banderas, un resplandecer de arneses, un lucir de colores, un golpear de batalla, un morir sonriendo, que ni vileza ni quejumbres caben, luego de leer el libro fulgurante. Y parece, como en los cuadros de Fortuny, un campo de batalla en que no hay sangre: ¿cómo ha hecho este historiador para ser fiel sin ser frío, y pintar el horror sin ser horrible? Y ¿no hay que admirar tanto las hazañas que inspiran, como el corazón que se enciende en ellas y las canta? Se es capaz de toda gloria que se canta bien. Se tendría en sus estribos Eduardo Blanco sobre el caballo de Bolívar.

     Propiedad más estricta cabría en alguna imagen; pie más robusto para un vibrante párrafo; forma más concisa para alguna idea profunda. Y más seguridad en el lenguaje cabe, no por cierto cuando batalla y resplandece, como arrebatado de la gloria, sino cuando, sin mermar la excelencia de su juicio ni la moderación de su energía, juzga en sus breves instantes de reposo los hombres y sucesos. Pero este libro es una llama; y su calor conforta y gusta. He ahí el libro de lectura de los colegios americanos: Venezuela heroica: he ahí el premio natural del maestro a su discípulo; del padre a su hijo. Todo hombre debe escribirlo: todo niño debe leerlo; todo corazón honrado, amarlo. De ver los tamaños de los hombres, nos entran deseos irresistibles de imitarlos.[9]

La Venezoliada.—Poema, por J. Núñez De Cáceres.
—Caracas.—Imprenta Sanz.—

     Gozo, y no fatiga de las prensas, ha venido siendo durante el último mes, este libro singular, no porque sea su asunto extravagante, ni su forma caprichosa, sino por su extensión, originalidad, abundancia y empuje.

     Esta obra es un acto de bravura. No paga su autor con ella tributo al tiempo corriente, que vive—en cosas de letras,—bien por desconfianza de sí propio, bien por falta de objetos invariables de amor hondo, bien porque las urgencias de la acción no le den espacio a los entretenimientos de la expresión, muy dado a lo pequeño. Ni para meditar, ni para escribir, ni para leer lo extenso hay tiempo. Ni ¿cómo un poema, cuando—en esta edad tumultuosa de derrumbe y renuevo—no es raro que al mediar ya la faena, hayan sufrido cambio esencial, o merma grande, las ideas que nos hicieron concebirlo? ¡De cuánto provecho para nuestros hijos, pero de cuánto tormento para nosotros, es vivir en este siglo ardiente!

     De grande dote de abstracción, que acusa universalidad de espíritu, se ha menester para sacudirse esos racimos de canes que nacen prendidos de los miembros del hombre de valía, y hacer obra de unidad extensa en una época tachada justamente de falta de unidad.

     De estos libros se lamenta la escasez, y es fuerza celebrarlos cuando vienen. Esa es buena manera de servir a la patria: grabar lo que se desvanece: dar molde nuevo al recuerdo viejo: reconstruirla. Y eso es La Venezoliada: una pintura exuberante, rebosante, fresca, risueña, húmeda, de aquellos días de paz menguada, en que eran los cuerpos, regocijados aposentos de espíritus en cuna: los días de la colonia. Van los cuadros, vistos de tal manera que parece que el poeta ha suprimido con ojo avaricioso la distancia, rodando mansamente y sin violencia, de silva en silva amena, que recuerdan por cierto, aquellas agraciadas en que escribió Vicente Salias su Médicomaquia burladora. Aparejadas van en el poema la portentosa riqueza del intento, y la inagotable, audaz y sorprendente de la rima. A las veces, aguijado del excesivo pensamiento, aglomera asonantes, y salta por un verso que no le ocurre pronto y acaba flojamente, o con un giro oscuro, para admirar al punto con una estrofa seductora y nítida, que pone, por lo donairosa, regocijo, y por lo revuelta y atrevida, asombro. Él, como los cristales del histólogo, ha encontrado palacios en el átomo. Nadie como él conoce la fibración y composición de lo pequeño; ni nadie halla colores más enérgicos para pintar naturaleza grande. Ha limpiado de sombras el espacio. Ve, con hondos ojeos de miniador, en el magnífico paisaje, el cielo ricamente enfaldado, que lo corona; y el monte que le da fondo macizo, y la maraña selvosa que lo viste, y el báratro que suele interrumpirla, y el insecto volante que lo cruza, y el polvillo de iris que coloca las alas revoltosas del insecto. Así, luego de caprichoso y melancólico principio, empapado a menudo de invisibles lágrimas, nos lleva, asiéndonos con su impaciente mano, a aquellos llanos plácidos que a la falda del Ávila se tienden, y a la sombra de los javillos en la llanura, y a la de los granados en el patio de las casas, y a la sala de estas, y a todas sus habitaciones interiores, y a los hábitos y curiosidades de sus dueños, ya mantuanos[10] lujosos, que se sientan en butacones de cordobán claveteados, ya personas humildes, que viven en su casa de encomienda, esmaltada de imágenes de santos, que dan lance al poeta para lucir su magistral dominio del detalle. Y a las octavas, con sus fiestas locas; y a los toros, cerrados en las calles, y vistos de balcones; y a la Semana Mayor,[11] ocasión de fausto y competencia, antaño como hogaño; y al bautizo, al matrimonio, a la famosa ceremonia, con bailes celebrada, y con sangrías, chorote y bizcochuelo, de quitar por primera vez la barba al primogénito; y a oír, y a ver, rodeados de llaneros,—que nos cuentan de sus caneyes y chinchorros, y de la que les borda sus camisas y adereza sus uñas de pavo,[12]—el zambe[13] revueltísimo, el alegre joropo,[14] y la llora[15] monótona, y la extraordinaria bamba-buena.[16] En un canto celebra al afamado García, al lamentado Solano, a Aveledo virtuoso, a D. Elías Rodríguez.[17] En otro ¡oh cosa extrema! Analiza con imaginaciones estupendas, los componentes varios y revueltos que han originado nuestras razas. Tiene allá y acá, cual cosa colosal, irregularidades de coloso. Y encarnizamientos de imaginación. Y excesos de desembarazo:—nunca desmayo, nunca vulgaridad, nunca pobreza.—Entraña de mar parece el libro.

 Revista Venezolana, Caracas, 1ro de julio de 1881.

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2009, t. 8, pp. 77-82.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Ensayo de un diccionario de vocablos indígenas.

[2] Diccionario etimológico de la lengua castellana.

[3] Ciudad de la antigüedad en el Asia Menor, actualmente en Turquía, cuyo sitio por los griegos fue inmortalizado en la Ilíada, de Homero.

[4] Diego Jugo del Pulgar y Diego José Jugo Gárate y Loaiza.

[5] Mariano y Tomás Montilla.

[61] Probablemente se trate de los hermanos Francisco, Fernando y Juan José Rodríguez del Toro Ibarra.

[7] José Laurencio Silva.

[8] Rafael Urdaneta. Aunque sus primos Francisco y Luis fueron destacados militares patriotas no desarrollaron sus actividades en Venezuela.

[9] En “Un viaje a Venezuela” [agosto de 1881-febrero de 1882], Martí escribía: —“Y ¡qué héroes ha producido esta tierra!—Al observar el vigor con el que acaba de recordar su valentía, un joven dotado de gran talento y noble orgullo, Eduardo Blanco, en un libro que brilla como una lámina de oro: Venezuela heroica, se diría que ya que se comprende todavía a los héroes, se podría aun serlo”. (OCEC, t. 13, p. 147).

[10] Así eran llamados los aristócratas criollos venezolanos durante los tiempos coloniales.

[11] Semana Santa. En el año litúrgico cristiano, semana que conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

[12] Conjunto de puntas o picos del guarrasí, pantalón típico del llanero, ajustado a las piernas y abierto por los costados desde las rodillas hasta los tobillos, para terminar en dos puntas.

[13] Baile parecido al zapateo. La palabra designa también la música que acompaña a este baile.

[14] Danza de pareja que constituye el baile nacional de Venezuela.

[15] Baile ejecutado el día de los diputados con la intervención de maracas, cuatro, y tambor.

[16] Danza en parejas que, cada vez que cesa la música, se dirigen, entre sí cuartetas en contrapunteo galante y satírico.

[17] Elías Rodríguez López. Médico venezolano.