EL IDIOMA DE CERVANTES [1]

No podría yo, después de haber hecho ensayo tan extenso,[2] del que estoy un poco apenada, al libro de autora que tan bien sabe lo de Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, añadir ahora algo más. Sería osado pedírmelo: ya Aitana lo hizo, y miren de que modo nos cautivó el lenguaje de esa singular mujer y excelente escritora que fue María Teresa León, que por poco hago la presentación más larga que el libro. Si lo he llamado “un pequeño milagro” es porque no estamos ante una biografía más sino ante uno de esos libros que a veces nos regalan nuestros padres, en los años formativos de la primera juventud, en que, bajo la aparente modestia de una lección, nos iniciaban para siempre en el hábito de la lectura, y cuyo aroma no desaparece con los años.

     ¿Cuál es su encanto? Ella no se detiene en datos biográficos “relevantes”, se atiene a los germinales, que dieron origen e inspiración a la impar novela. Tampoco nos abruma mostrando una bibliografía sin duda consultada, sino prefiere revivir las situaciones que describirlas. Lo que sí cuida mucho es cierto lado inventivo de su realismo que lo hace más exacto, pero lo que sobre todo destaca, en su sorpresivo título, es el idioma, que no por gusto llama al español “la lengua de Cervantes”. Lo que precisa no es siquiera el nombre del escritor, sino al anónimo soldado de Lepanto, que “nos enseñó a hablar”.

     ¿No les parece a ustedes extraño que así lo precise? Y es que ningún escritor nos enseña a hablar. El idioma lo vamos aprendiendo y haciendo todos y cada uno, lo crea el pueblo, al decir de Gabriela Mistral “la mejor criatura verbal que Dios creó”. Lo que nos recuerda lo de Martí: “Se ha de escribir viviendo”.[3] Y es solo después de partir del idioma, que nos moldeó los labios desde la niñez, y con el que vivimos, y que no solo es el suyo sino el nuestro de todos los días, que va a resaltar, así de entrada y sin darnos explicaciones, una condición que es ya de su estilo, aquella que no podía sino darle el inimitable de los dones cervantinos: su transparente naturalidad.

     ¿Y por qué solo de él y no de un Calderón, de un Góngora, de un Quevedo, es que dice esto? Quizás lo aclare Lope, cuando reprocha a Góngora haber sobrevestido el idioma de tantas metáforas, no dejándole ver su superior desnudez, lo que llama “la encarnadura” del idioma, a lo que ripostó el terrible cordobés —por si lo había dicho en disimulado elogio propio— que el suyo era “vega, por lo siempre llana…”.

     Solo que la “llaneza” castellana no es simplicidad, sino el secreto de su señorío. El noble idioma español da a la palabra “señor” un sentido, no de clase sino aquel que le da a Santa Teresa cuando dice que señor lo es aquel que primero es señor de sus pasiones. Es así que se le dice “señor”, lo mismo al labriego que al duque, por suponerle esa primera dignidad, que él después puede merecer o no, de ser ante todo un hombre.

     Ese señorío distinto de la llaneza española es por lo que también dice la madraza de Ávila: “La pobreza ¡da una honraza!”, que recoge el refranero popular con lo de “pobre, pero honrado”. Pobreza (que no es la miseria, que es otra cosa, y que origina ante todo lo que llamara Vallejo “la miseria de amor”[4]), que no es solo sinónima de los bienes materiales que nos faltan, sino de aquella desnudez interior de lo poco esencial, riqueza que no puede sernos quitada, que es a la que se refieren los Evangelios con los “pobres de espíritu”. Una casa pobre española tiene esa dignidad que pueblos mercantilizados, más pagados de lo que poseen que de lo que son, suelen volver sórdida al perder lo que poseían.

     ¡Y cómo honró Cervantes, con la naturalidad de su idioma, esa alianza del labriego Sancho y el Caballero, el diálogo de la sensatez de las cosas y lo volador del espíritu, y los espejismos que levanta el polvo de los caminos por la meseta castellana! A partir de esa llaneza, todas las invenciones, y todos los prodigios. La realidad española no es el realismo novelesco europeo decimonónico. Aliada siempre al sueño, es a la vez el queso manchego de Sancho y las Siete Cabrillas, que vio en el cielo de seis colores, y hasta una “de varia pinta”, de las que se burlaron los duques, y a los que contestara, con insondable malicia, que alguna diferencia tenían que tener las cabras del cielo y las del suelo. Jamás idioma alguno recogió mejor la melancolía humana, los nidos de antaño que no son ya los de hogaño, como en su hora última recordara el más desdichado de los caballeros de la tierra. Jamás tuvo alguna tampoco la sonrisa del de Cervantes, ni esa sintaxis hilarante, en que lo que da risa no son las calamidades que cuenta sino el idioma con que, sin hiel, las burla.

     Gratitud nos merecen José Luis Fariñas por sus espléndidos dibujos entresoñados, tan en la atmósfera del libro. Gente Nueva, especialmente su editor Esteban Llorach, y el animoso cuerpo de sus colaboradores. A todos, gracias por darnos la tercera edición de este libro que contribuye a dar a María Teresa León el lugar que su obra merece y ya se le va dando en las letras españolas. La que al unir su destino con un poeta como Alberti, compartió también el de España, desde el triunfo de la República, que no fue solo un triunfo del pueblo sino de la tradición honda, popular y culta de España, enriquecida por dos generaciones poéticas de impares creadores. Y, sobre todo, gracias a ti, Aitana, que conservas tan viva la memoria de tales padres, por habernos puesto en las manos, como espero que en las de ustedes el regalo de este libro de aquel soldado “que nos enseñó a hablar”.

Fina García Marruz

Tomado de La Isla Infinita. Revista de Poesía, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2006, pp. 101-102.

Textos sobre Miguel de Cervantes y Saavedra en este Sitio


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Palabras en la presentación del libro de María Teresa León, Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, La Habana, Editorial Gente Nueva, 2005.

[2] Fina García Marruz: “La canción del camino”, Cervantes. El soldado que nos enseñó a hablar, ob. cit., pp. 179-203.

[3] “Se ha de escribir viviendo, con la expresión sincera del pensamiento libre, a renovar la forma poética vana que de España tiene América […]”. (JM: “Media noche”, Versos libres, OCEC, t. 14, p. 137).

[4] César Vallejo: “XXVIII”, Trilce (1922), Poesía completa, edición crítica y estudio introductorio de Raúl Hernández Novás, Editorial Arte y Literatura / Casa de las Américas, 1988, p. 141.