A Nuestro Lezama
Temor de hacer este poema.
“Fina, escríbame una elegía,
con esos versos largos que usted hace a lo Claudel[1]”.
(La risa baritonal, la ironía paterna,
como un rocío grueso).
“Escríbame nuestras memorias de Orígenes.[2]
Usted es buena memorialista.[3]
Recuérdeme[4] bajo el balcón de Neptuno,[5]
con deseos de verlos, y que ustedes me mandaran a pasar”.[6]
Usted pasaba de la ironía al cariño
como el rojo al azul en las vidrieras
de nuestro criollo mediopunto.
Nos estremece, y se ríe como un mandarín.
Trae una cajita de sándalo y un espejo nublado
donde nos asomamos a la nieve de Jacksonville,
la nochebuena de los emigrados,
la noche en que parecía que Martí no iba a llegar.[7]
¿No sabe que se ha ido
con usted una parte de La Habana,
y que ya no está, en el Parque de las Estatuas,
reclinado, adolescente, junto a su Apolo altivo?
Vuelvo la cara para no encontrarlo
ausente en el café de Obispo
hablando con Fernando, el Impresor.[8]
Tropiezo con sus ojos
en “la Catedral amadísima”
de bellas torres, desiguales
como los versos de sus tercetos,
la ondulación marina de la fachada que entona
su propia inmovilidad que tiembla.
Ah, ¿es cierto
que ya usted no nos invita
en la Navidad de la cobranza,
que no viene a regalarnos una estatuilla de jade,[9]
y luego se sumerge en la casa
los días restantes, a que nadie le vea
la pobreza real de la salita húmeda,
o ese simple cenicero que acerca con majestad,
al que llama su vaso etrusco
con una carcajada?
La vieja Baldomera ha cerrado los postigos
para que no entren los soplos del Maligno.
Su padre[10] se endereza la guerrera en el retrato
y entona una orden.
El vacío del patio se extiende militarmente hasta Orión
y Eloísa[11] juega a los yakis en el patio ajedrezado.[12]
Con los ojos ahondados por todas las esperas
su madre[13] lo aguarda, lo impulsa, lo retiene,
le muestra todas las preguntas como si fueran todas las respuestas.
“El bobito, frente de sarampión, mamita linda”.
De ese cuarto cerrado, sale toda la infancia.
Se ha ido usted tan sencillamente.
Oscura pradera convidándonos[14]
fue su palabra oscura
como la raíz de la vida.
Pero su partida ha sido tan simple
como la evaporación del rocío en la hoja.
Perdóneme si no puedo aún creerlo.
Toco a su casa y me parece
que va a salir del fondo, como de un estanque,
a darme su habitual beso en la frente.
Que se sienta calmosamente en su sillón
abanicándose el pecho fatigado
en la salita pequeña de muebles enormes,
que le pide a María Luisa[15] que nos traiga
“el mejor té de la Habana Vieja”,
y ella nos trae el solo-té, el té ya sin sus palabras
rodeándolo como un humo lujoso, inacabable.
Diría que va a poder leer con nosotros
el último artículo sobre su muerte,
con ese aire de no tomar en serio
lo que en serio nos decía, y luego reír.
“Muy bien lo del nicaragüense”,
con esa voz suya que terminaba interrogando.
“Su muerte es como el descubrimiento
de una ciudad maya:
Una civilización en silencio”.
Luego me da, para que la repase, la revista,
mientras bate el pequeño ventilador el aire de la sala
y por la ventana pasan el camión bulloso,
los chiquitos del barrio y la casera cargando un melón.
Usted ha pasado de lo real a lo irreal
con la naturalidad de una música, o de una niebla,
y nadie puede forzarnos a creer en lo ineluctable
cuando solo es natural lo que no debió haber sucedido.
Recuerdo sus brindis amistosos
como una profecía que no podría menos que cumplirse.
El gusto de sus palabras, más dulce que el gusto del vino.
Usted ha pasado de lo visible a lo invisible
con la naturalidad del emperador que atraviesa
el cristal de su palacio de porcelana
en un cuento infantil.
Y de pronto es el anciano del bastón de fresno
y la cabaña junto al río,
que ve su rayo oblicuo en el agua, mientras llegan
los cuatro ríos de la sabiduría
a su orilla inmóvil.[16]
Sonríe con malicia: “Ya no estoy, pueden visitarme”.
Metamorfosea el aire impedido en un poco de brisa.
¿Sabe que sus palabras, visiblemente, crecen?
Ahora entiendo
lo de “pagar en sangre el buen camino”.
¿Adónde irás, con tu cabeza de rey-niño,
más cargada que la noche de las constelaciones lejanas?
Navegas solo en tan estrecho recinto,
la noble cabeza majestuosa
que tuvo altivos, deslumbrantes sueños.
¿Adónde vas, ay, sin rumbo,
sin más brújula que el corazón, en lo sombrío,
a buscar la ciudad iluminada,
el árbol de la transparencia?
Cemí,[17] semilla, reobra, recupéranos lo lejano.
Hoy mientras el Padre[18] decía la misa
con su bella voz romana, de buenos llenos,
y su aliento soplaba cada palabra hasta henchirla,
pude entender que el aliento que hinchó las materias
solo pudo venir del corazón.
Oía al Padre visible y a Julián invisible
tocar en una esquina de la iglesia
el órgano herido y majestuoso.
Y todos éramos unos, los presentes y los ausentes,
los vivos y los muertos,
una leve frontera atravesando
la sonrisa de las madres y nuestra última orfandad.
¿Se nos ha ido en un coche infantil
guiado por venados de diamante?
De pronto comprendemos que nos hemos quedado todos más pobres.
Pero usted musita lo de Pascal,
con su papel cosido al pecho:
“Reconciliación total y dulce”.[19]
Siempre fueron bruscas sus despedidas.
Tomado de Habana del centro (1997), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, pp. 94-97.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Paul Claudel (1868-1955). Véase Cintio Vitier: “Contorno del teatro de Claudel” (Prometeo, La Habana, junio 1951, año III, no. 2, pp. 3-8), Obras 4. Crítica 2, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 30-35; Gastón Baquero: “En la muerte de Paul Claudel” (Diario de la Marina, La Habana, 25 de febrero de 1955, p. 4A), Paginario disperso, compilación e introducción de Carlos Espinoza Domínguez, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2014, pp. 210-213; y Amauri F. Gutiérrez Coto: “Paul Claudel”, “Clavileño: un sol que no se puso”, Clavileño. Cuaderno mensual de poesía, La Habana, 1942-1943, núm. 1-7, edición de Amauri F. Gutiérrez Coto, Junta de Andalucía/Feria del Libro del Libro de La Habana, 2010, pp. 40-48.
[2] Véase Fina García Marruz: La familia de Orígenes, La Habana, Ediciones Unión, 1997, 94 p.
[3] “Durante muchos años soñé con que usted escribiese sobre mi poesía. Ahora, al ver en qué forma se acerca a mi punto, a mi caja pequeñita, hace que yo la sueñe a usted. Una evaporación de todos nuestros sentidos, es su sueño. La felicidad de nuestro idioma, hace que la palabra reconocimiento, sea gracia y sea misterio. ¿Existen las gracias sacramentales? Eso es lo que ha quedado en mí hacía la dignidad de su persona”. (José Lezama Lima: “Carta a Fina García Marruz”, La Habana, junio de 1961, La amistad que se prueba, estudio introductorio, transcripción, notas, cronología y bibliografía de Amauri Gutiérrez Coto, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010, p. 95).
[4] “Fina, como siempre, mis homenajes y mis gracias, ya que Ud., esencialmente, nos obliga a responder. / Recuérdeme”. (José Lezama Lima: “Carta a Fina García Marruz”, La Habana, mayo de 1947, La amistad que se prueba, estudio introductorio, transcripción, notas, cronología y bibliografía de Amauri Gutiérrez Coto, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010, p. 56).
“[…] la buena risa
baritonal, dimensionándolo todo de nuevo
hacia la lejanía, con su ‘Recuérdeme’ sin fin,
en que, todavía, crezco”.
[Fina García Marruz: “Casa de Lezama”, Habana del centro (1997), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, p. 101].
[5] En Neptuno no.308 entre Águila y Galiano, en el 2do piso, vivía la familia García-Marruz Badía.
[6] “En los años a que me refería, del 39 al 43, no tuvimos contacto personal con Lezama. Las versiones que nos llegaban de su círculo de amigos, con excepción del padre Gaztelu, nos daban la impresión de continuas susceptibilidades, intrigas y polémicas. Lezama, a su vez, por un tiempo creyó que le éramos hostiles. Después nos confesó que pasaba frente al balcón de la casa de Fina y Bella, donde nos reuníamos todas las noches, mirando a los altos con curiosidad y deseos de subir”. (Cintio Vitier y Fina García Marruz: “La amistad tranquila y alegre, en eco de mucho júbilo”, en Carlos Espinosa: Cercanía de Lezama Lima, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1986, pp. 52-53).
[7] José Lezama Lima: “[Le oí relatar a un emigrado]”, “Las imágenes posibles”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, verano de 1948, año V, no. 18, pp. 28-29.
[8] Fernando García Mora (¿-?).
[9] “Nunca faltaba a nuestro aniversario de bodas, para el cual siempre nos traía algún regalo. Los platos y tazas más finos que poseemos fueron regalo suyo, no obstante ser su sueldo tan modesto. Recuerdo cuando nos trajo esa estatuilla de jade, que acompañó con un bellísimo poema, y que me dio tanta pena aceptarle, pues parecía disfrutarla mucho más que yo misma. En aquellas ocasiones de aniversario sus visitas adquirían un carácter ceremonioso, serio: se engalanaba lo mejor posible, llegaba puntual”. (“La amistad tranquila y alegre, en eco de mucho júbilo”, ob. cit., p. 62).
[10] José María Lezama y Rodda.
[11] Eloísa Lezama Lima (1919-2010).
[12] Véase José Lezama Lima: Paradiso (1966), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 300-303.
[13] Rosa Lima Rosado.
[14] José Lezama Lima: “Una oscura pradera me convida”, Diez poetas cubanos. 1937-1947, antología, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Ediciones Orígenes, Casa Úcar, García, s.a., 1948, p. 24.
[15] María Luisa Bautista (1918-1981). Contrajo matrimonio con Lezama Lima el 5 de diciembre de 1964 en la Iglesia del Espíritu Santo e impartió el sacramento el presbítero y poeta origenista Ángel Gaztelu. Fue secretaria del poeta y compañera de estudios de su hermana Eloísa Lezama Lima, quien cuenta lo siguiente: “Se enamoró secretamente de mi hermano, cuando tenían cuarenta y pico de años los dos. Entonces una vez que me voy de viaje, a Nueva York creo, entonces me dice: ‘Te tengo que decir algo muy grave. No puedo esperar a que vuelvas. Yo siempre he estado enamorada de tu hermano’. Yo me quedé atónita y le dije: ‘Yo creo que debes estar contenta porque el amor redime, pero no sé lo que él pensará’. Yo me fui de viaje y cuando volví se lo dije. Entonces mi hermano me contestó: ‘¡Qué cosa más comprometida!’ Ella era de familia como mormona o protestante. Yo me fui de Cuba y ella se quedó íntima de mi madre. La sacaba a pasear, la llevaba al teatro”. (La amistad que se prueba, ob. cit., p. 100).
[16] “Dichoso Mariano que ha podido ver los cuatro grandes ríos: el Ganges, el Sena, el Amazonas y el Almendares. […] Si se reúnen en la imagen los cuatro grandes ríos, se logra la extemporalidad, la isla de la dormición germinativa que busca la casa del árbol”. [José Lezama Lima: “Mariano llega a la India” (1962), Lezama disperso, prólogo, compilación y notas de Ciro Bianchi Ross, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2009, p. 192].
[17] José Cemí es el protagonista de la novela Paradiso y deviene en una suerte de alter ego del propio autor. A través de este personaje literario, Lezama explora su infancia, juventud y el desarrollo de su compleja conciencia poética.
[18] Presbítero Ángel Gaztelu Gorriti (1914-2003).
[19] José Lezama Lima: “Goethe noticioso” (1957), Tratados en La Habana (1958), La Habana, Letras Cubanas, 2014, p. 266.

