En Mayo y 1947.
Sra. Fina G. Marruz de Vitier.
Víbora.
Mi gratísima amiga: Estoy en deuda de finezas con Ud.,[2] y ahora, un poco tarde, vengo a rendirme.
La creíamos en el golpe seco del soneto y nos otorga sílabas largas. Ha preferido Ud. aquello que Fray Luis llamaba la cultura de las manos.[3] Pero el aliento es anterior. La cantidad de aire aspirado —espacio— pero su devolución sólo soporta las palabras. Es decir, hasta donde uno llegue o pueda, pero ya en esa cuerda siempre alguien pide el más. Si está encarcelado, den cuenta los que lo envuelven, pero si está libre conversen Dios y él. Por eso el muchos prefiere estar un poco encarcelado, un poco estremecido, y se atiene a un poco de la dosis. Ay, pero no es así, ya que no la frustración del rescate, es la modelación; en qué forma todos estos restos caminan hacia nosotros, y entonces ya no sabremos qué prados andamos y no sabemos qué nos silencia o qué nos resurrecciona.
Su poema me ha producido el deseo de seguirlo, que siga en mí. Ya es necesario ir viendo en cada poema lo desconocido por dentro, casi el único alimento propio y fuerte que el conocimiento desea. Acontéceme cuando leo un poema, después del primer otorgamiento de la impulsión, que los momentos que me interrogan y repasan, se me tornan como preguntas de artes o ciencias, que van a existir realizadas como una sandalia o un talle de fuerte soporte. No es el poema como lección, sino como lección de un libro imposible. Dos hacen la despedida, uno termina con un bueno y el otro responde con bueno también. Qué magnífico poema. Es un poema tan bueno como si lo comenzásemos: Oh gualda bórrate, extrae el tirabuzón. En la casa de al lado, pobres, caen abiertas las latas de salmón rosado de Alaska. Alguien se acerca, pobre, a la lata, la voltea, observa como los gatos, viaja. En esas combinaciones de realidades, paralelas a las asociaciones de imágenes, va el riesgo de cada poema, su certeza par el tacto lejano. ¿Ha observado Ud. cómo son precisos los libros de magia y los manuales de agricultura? Así, el agárico hembra se siembra en una tierra con hilachas de cal, las raíces podrán ser humedecidas con lombrices de Indochina, se espera doce días de lluvias y en el creciente del plenilunio…
Mi gozo en cada poema de mi gusto consiste en llevarlo a una visibilidad exigente, devoradora para mi conocimiento. Así dispénseme la lección que yo derivo en mi metagrama[4](expresión de Unamuno) de conocimiento ideal. De su poema cobro la lección: Susurros. Cómo el círculo puede ser susurrante y también celoso.[5] Cuándo las calles pueden llegar a ser susurradas y sagaces. Cómo el susurro en círculo puede engendrar el “humo de las murmuraciones”.[6] Del humo congelado y de los métodos de las evaporaciones lentas del humo. Ejercicios de un acto propio:[7] en el espacio: “ocupar la extensión propia de su nombre”;[8] en el tiempo: transfigurarse. De la Transfiguración a la nueva figuración. Viaje de la luz hasta la transfiguración. No refracción del cuerpo frente a la luz y sus pecados.[9]
Meditar en el objeto de contemplación: la luz y el cuerpo del pensamiento.
Dispénseme Ud. esa simetría de mis caprichos.
Me doy cuenta que en un acompañamiento natural la más plausible manera de seguir tal ejercicio de desmesura se iba más allá de la figura para reintegrase a ella. ¿Cómo irse de la figura sin destruirla? ¿Recuerda la risa de los campesinos, en Brueghel el Viejo,[10] en la caída de Ícaro? Por eso, en vez de las risas campesinas, la Transfiguración nos deja absortos. Porque estamos frente a dos situaciones que igualmente me ofuscan, el hecho y su real manifestación y el después que engendra. Seguir después viendo el que vio; el que se vio en trance de escoger, demorando infinitamente el relámpago, entre el sígueme de Cristo y el quédate de la Madre.
Qué obstinación, qué alegre continuidad la de todos nosotros. Parece como si venciésemos a un enemigo que no lo precisamos, pero al que seguimos como un toro apaleado.
Fina, como siempre, mis homenajes y mis gracias, ya que Ud., esencialmente, nos obliga a responder.
Recuérdeme,[11]
Tomado de La amistad que se prueba, estudio introductorio, transcripción, notas, cronología y bibliografía de Amauri Gutiérrez Coto, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010, pp. 53-56.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Carta manuscrita a propósito del poema de Fina García Marruz: Transfiguración de Jesús en el Monte, La Habana, Ediciones Orígenes, 1947.
[2] Véase la dedicatoria de Fina García Marruz a José Lezama Lima en el libro Transfiguración de Jesús en el Monte, fechada el 22 de abril de 1947. (N. del E. del sitio web).
[3] A partir de los versos de Fina García Marruz “…he aquí que Jesús ha tomado a Pedro de la mano, a Jacobo / y a Juan, y los ha llevado al Monte” (Fina García Marruz: Antología poética, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997, p. 47), Lezama establece relaciones con Fray Luis de León, quien dice: “Y ni más ni menos, lo que en Dios son las manos, que son el poderío suyo para obrar y las obras hechas por Él…”. (Fray Luis de León: De los nombres de Cristo, Zaragoza, Editorial Ebro, 1967, pp. 67-68).
[4] Término utilizado por Miguel de Unamuno (1864-1936), escritor y filósofo español.
[5] Referencia a los versos siguientes: “Él los conduce suavemente mientras que en círculos celosos, / susurrantes preguntan…”. (Fina García Marruz: Antología poética, ob. cit., p. 47).
[6] Referencia al siguiente verso: “mientras el humo de las murmuraciones los va agrupando / en círculos ya lívidos…”. (Fina García Marruz: Antología poética, ob. cit., p. 47). En el ejemplar que la autora le regaló al poeta, este escribió en la página 6 los siguientes comentarios: “1° susurros / 2° el humo de las murmuraciones / 3° ejemplo de un acto propio / 4° ocupa la extensión propia de su nombre”. Y en la página siguiente anotó al final: “a) La luz frente a la intimidad / b) El objeto de la contemplación. El órgano: el cuerpo del pensamiento”. Véase el asiento no. 35 del epígrafe Familia Vitier, en la Biblioteca de José Lezama Lima, en el cual también se recoge la dedicatoria que le hizo la autora.
[7] Referencia al siguiente verso: “por primera vez ejercita un acto que le es totalmente propio”. Fina García Marruz, “Transfiguración de Jesús en el Monte”. (Fina García Marruz: Antología poética, ob. cit., p. 48). En el ejemplar que la autora le regaló al poeta, este escribió la frase de la carta al margen del verso que aquí colocamos en la nota al pie.
[8] Referencia al siguiente verso: “y ocupa la extensión justa de su nombre”. (Fina García Marruz: Antología poética, ob. cit., p. 48). En el ejemplar que la autora le regaló al poeta, este subrayó el verso que aquí colocamos en la nota al pie.
[9] Referencia a los versos siguientes: “como la Luz ha olvidado sus deseos y lentamente penetra / el cuerpo real de su pensamiento secreto”. (Fina García Marruz: Antología poética, ob. cit., p. 49).
[10] Bajo este apellido se conoce una de las familias más destacadas de pintores flamencos. Pieter Brueghel el Viejo (ca. 1525-1569) fue el único que firmó sus telas como Brueghel. Pero también llevan este apellido Pieter Brueghel el Joven (1564-1638), Jan Brueghel el Viejo (1568-1625) y Jan Brueghel el Joven (1601-1678).
[11] “‘Recuérdeme bajo el balcón de Neptuno,
con deseos de verlos, y que ustedes me mandaran a pasar’”.
[Fina García Marruz: “A nuestro Lezama”, Habana del centro (1997), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, p. 94].
“[…] la buena risa
baritonal, dimensionándolo todo de nuevo
hacia la lejanía, con su ‘Recuérdeme’ sin fin,
en que, todavía, crezco”.
[Fina García Marruz: “Casa de Lezama”, Habana del centro (1997), Obra poética, ob. cit., p. 101]. (N. del E. del sitio web).

