La primera vez que vi un libro de Álvaro Castillo fue en la librería del Abuelo, en el Temel, cuando todavía no se llamaba “El Dinosaurio” y era un local pequeñito con el número 133, atiborrado de libros en un caos difícilmente comprensible. Hace más de veinticinco años. A él lo conocía desde los tiempos heroicos de las casetas de la calle 19.
Una mañana un libro delgado, de carátula verde y lomo azul, llamó mi atención, no por el título (Nunca hasta París) sino por el nombre del autor: Álvaro Castillo.
Se lo mostré y le pregunté rotundamente:
-¿Me lo regala?
-¿Usted es el autor?, añadió con esa sonrisa pícara que lo acompaña.
-No… Ni idea quién es…
Se fue conmigo. Nunca lo leí. Nunca me interesó. A pesar de existir un motivo “homonimístico”. Habitó mi biblioteca largos años, en una segunda fila, detrás de los libros de Mario Benedetti, junto a Emir Rodríguez Monegal, Armonía Sommers, Hiber Contreris y otros autores uruguayos que me acompañan. Porque Álvaro Castillo era un autor uruguayo. Pensaba que era español, tal vez por la editorial del libro, Plaza y Janés (Colección Rotativa, 1980). Lo descubrí cuando en unas revistas Cuadernos Hispanoamericanos que le compré a Darío Marín, mi amigo librero y corbatero, encontré artículos y reseñas suyas. Tampoco las leí.
-¿Para qué iba a leer algo de Álvaro Castillo? Qué mamera…
“Pasó el tiempo y un águila por el mar”, navegando por mis manos infinitudes de libros y rara vez, por no decir nunca, uno de ese autor. Mi ejemplar de Nunca hasta París fue de los primeros en salir de mi biblioteca cuando decidí empezar a entregársela al Instituto Caro y Cuervo. A mi país.
Regresé a Montevideo después de veinte años. El país que conocí ahora es el más caro de América Latina. Recorrí la Avenida 18 de julio buscando mis pasos y las librerías donde me había detenido y que recordaba no tan vagamente. El Hotel Aramaya, donde siempre me hospedé, y el Cine Plaza, al que siempre iba, ya no eran los míos.
Álvaro Castillo se me apareció dos veces. La primera, en la librería “Papacito” (en otra columna contaré la historia de este nombre tan poco cercano al de una librería) y en “Diomedes”, el extraordinario y apabullante caos libresco de Jorge Artola.
Lo fatal y Todo tiempo pasado, eran los títulos. El segundo de ellos prologado por Juan Carlos Onetti. El texto de la contracarátula decía: “Desgraciadamente no puedo decir que todos los personajes de mi historia son ficticios y que cualquier semejanza con la realidad es ilusoria o casual. Al contrario, todos los personajes de mi historia son reales y cualquier semejanza con la imaginación es un puro juego de palabras”. Quedé helado. ¿Acaso esta no podría ser una posible “estética” mía? ¿Una manera de ver el mundo y explicar lo que pretendo escribir? Dejé los libros en la estantería y seguí buceando en ese mar infinito y abisal que es “Diomedes”.
No he leído a Álvaro Castillo. Tampoco creo que él leería a Álvaro Castillo Granada. Podría ser que alguna de nuestras escrituras sea continuación o anticipo de la otra. Mejor no saberlo. Porque, de pronto, lo fatal y todo tiempo pasado nunca hasta París tendrían necesidad de estar.
Chapinero, Bogotá, 15 de septiembre de 2026

