Hace unos meses, en una velada en casa de una amiga, un pianista franco-boliviano interpretó a Debussy. Durante el segundo movimiento noté algo extraño, el piano estaba ligeramente desafinado. No era un desajuste grosero; era más bien esa imperceptible tensión entre las notas que, en lugar de destruir la pieza, le confería una inquietante modernidad. Al terminar, mi amiga confesó que llevaba tiempo sin poder traer al afinador. La crisis, parece, se filtra hasta en los intervalos musicales.
«Harmonía», en la mitología griega, fue fruto del encuentro entre Afrodita y Ares. Hija de la pasión erótica y la beligerancia. Era una figura compleja, muy lejos de la diosa pacífica que su nombre parece evocar; su rol consistía en presidir los acuerdos entre fuerzas opuestas.
Su collar, aquel objeto maldito que llevó a la ruina a Tebas, era un regalo de bodas que contenía el veneno de la discordia. Los griegos sabían que la armonía era más la gestión de un conflicto que su ausencia, y que cualquier acuerdo contiene en sí mismo la semilla de su desintegración.
La teoría musical lo confirma también. Un acorde perfecto es la organización precisa de las diferencias entre las notas que lo componen. Existe una tensión irreducible, un deseo no satisfecho que busca resolución. La música occidental se sostiene sobre este deseo. Sin él, no hay movimiento, no hay desarrollo, no hay forma sonata.
Cuba enfrenta ahora una crisis que podría describirse como un colapso de la armonía. Pero este término, «armonía», ha sido malinterpretado durante décadas. Se presenta como aquiescencia, como la eliminación de toda nota disonante. Se confunde la orquesta con el unísono.
José Martí advertía que un pueblo no se compone de una clase sola de hijos, sino de derechos y opiniones de todos. La unidad, como recordaba Cintio Vitier, supone diversidad. Unidad de la unidad no existe; se une lo diverso, y esa unión requiere sacrificio, pero también reconocimiento de lo que cada voz aporta.
El gobierno, decía Martí, es el arte de encaminar realidades hacia la condición de paz. No la paz de los cementerios, no la paz del temor, no la paz de la uniformidad; la paz en que ningún derecho quede mermado. Pero ese arte exige capacidad de convencer. La persuasión implica escuchar la disonancia. Exige aceptar que la justicia es un equilibrio inestable, como el de las esferas pitagóricas.
José Antonio Saco, aquel otro cubano lúcido, señaló que resistir ciegamente, permaneciendo en la inmovilidad, es provocar una revolución. La cultura de los moradores y la injusticia que sufren hacen imperiosa la reforma. Escribió esto en el siglo XIX. Describe aun una constante. Las instituciones que no observan los progresos sociales terminan rotas por ellos.
Vuelvo al piano desafinado. La crisis cubana ha afectado hasta los instrumentos. Pero también ha revelado algo. Las notas que antes se escuchaban como errores podrían ser, en realidad, la materia prima de una nueva armonía.
Esta armonía no es la simple de los acordes perfectos. Es compleja, como su epónima mitológica, está las progresiones que se atreven a la modulación. Cintio hablaba de la alianza de metales y de la diversidad de notas que hace posible el acorde. La fortaleza está, más que en la pureza del bronce, en su aleación.
Armonía no es palabra blanda. Es hija de la guerra y el deseo. Su collar envenenó a quienes creyeron poseerla sin compartirla. Tal vez el problema cubano sea la pretensión de alcanzarla eliminando todo lo que no encaja en una partitura previa. Una orquesta suena bien solo cuando cada músico, desde su posición, sabe cuándo entrar, cuándo callar y cuándo sostener esa tensión que el oído necesita para sentir que la música avanza, cuando dejar el instrumento.
Ahora que recuerdo las teclas de la casa de la Víbora, noto que lo peor no es un piano desafinado. Lo peor es que ya casi nadie se da cuenta de esa desafinación. Tal vez la crisis más profunda sea esa. El deterioro del oído colectivo para distinguir la consonancia de la impostura. Restaurar ese oído requiere educación, requiere tiempo, requiere que alguien se atreva a decir que el emperador está desnudo, pero también que hay formas de vestirlo que no pasan por la mentira.
La historia es una serie de modulaciones. Cuba ha vivido varias. Esta podría ser una más, si se asume que la armonía es solo un proceso. Y que, como en la música, el silencio entre las notas es tan importante como las notas mismas. Ese silencio se llama respeto por lo que no se comparte.
No ofrezco soluciones. No soy afinador de pianos ni polis. Solo un oyente que, en medio de la disonancia, cree todavía que el oído humano puede aprender a escuchar de otro modo. No para eliminar el conflicto, solo para darle forma. No para cancelar la diferencia, solo para organizarla en una secuencia que tenga sentido. Como la hija de Ares y Afrodita, la armonía que necesitamos ni es pacífica ni dócil. Es tensa, es compleja, y lleva en su interior el veneno de su propia fragilidad. Pero sin ella, solo queda el ruido.

