JOSÉ MARTÍ: POESÍA Y REALIDAD
de versos no entiendo, para mí está en
prosa porque está escrito en la realidad.[1]
Doña Leonor Pérez
(Recibiendo Ismaelillo).
Escribir sobre Martí no será otra cosa que continuar la interminable serie de variaciones impuestas por el tema único que nos entrega su vida y su obra: el amor.[2] La primera obligación que tenemos es la de ser fieles al tema; importarán menos las regiones motívicas y armónicas en las que nos situemos con tal que este “continuo” permanezca. Tendremos entonces que esta fidelidad nos dará en pago una infinita ganancia; la comunión que se irá creando entre los que han sido tocados por esta incomparable efusión de amor, comunión que, fuera de la establecida por una fe religiosa, es la más absoluta que conozco.
Creo no hacer más que constatar una experiencia común al decir que el verdadero acercamiento a Martí comienza por afectar nuestra vida misma, ejerciendo en ella una acción modificadora; en muchos —si no en todos sentidos— nuestra vida no será igual después de haberlo conocido, después de tener la compañía de este amigo incomparable. Porque el encuentro con Martí tiene esa delicada cualidad presente en los instantes iniciales de una amistad: se verifica tanto desde un acercamiento de nosotros a él como de él a nosotros o más bien diríamos que lo explica mejor el segundo supuesto; es él quien se nos allega, puesto que debemos observar que estos primeros acercamientos suelen originarse en estancias misteriosas del ser, tocadas por cierto albor que en el momento que nos invade nos es desconocido. Recuerdo que en mis días de infancia en España se conocía y cantaba en casa, como en muchas casas españolas, el estribillo de la clave a Martí que dice: “Martí no debió de morir”.[3] Claro que yo no tenía una idea precisa de quién era el que se nombraba en esa copla, pero ahí estaba el nombre, acompañando veladamente los primeros contactos con la realidad. Quisiera señalar, a propósito, que en los puertos del norte de España (como María Zambrano testifica por su parte de los del sur) hay un recuerdo de Cuba tenaz y esplendoroso, de alguna manera más extraño aún en estos lugares del Cantábrico, donde el paisaje ayuda poco; estas regiones españolas —Asturias, Galicia, Santander— son pues regiones cubanizadas; claro que la inmensa muchedumbre de emigrantes ha propiciado esta invasión insular de la península, pues pensemos que estos hombres sencillos percibieron realidades venturosas de la isla y ciertamente las volcaron en sus humildes pueblos, puesto que la imagen de Cuba que se tenía y persiste en España se muestra desde la memoria y la esperanza, y el nombre de Martí aparece vinculado, desde luego, a esas dos esencias de lo cubano. Quiere decir esto que no nos acercamos a Martí de la manera en que lo hacemos al dirigirnos hacia una obra poética o intelectual de cualquier especie o hacia un pensamiento político; hay siempre algo matinal y primario en el umbral de su conocimiento y sentimos, como antes decíamos, que verdaderamente es él quien va acercándosenos y sus palabras comienzan a llegarnos a manera de “visitaciones”, para darle a este instante auroral el nombre de un libro[4] de alguien que lo conoce y ama como pocos: Fina García Marruz.
Una vez que esta palabra nos ha invadido, estamos ya irremediablemente ganados por ella. Entraremos entonces en algo que nos colocará de inmediato ante las zonas más absolutas de la criatura humana; allí nos aguardan Poesía y Realidad, Piedad y Revolución, Obediencia, Sacrificio, Honra, Espíritu. Esta vastedad es la que hace que —con tal que permanezcan en la fidelidad al centro en el que todas esas categorías se unen en el ser de Martí, el amor— encontremos siempre una verdad en todos los que en una forma u otra se han acercado a su vida y a su obra. Desde una fervorosa santificación hasta la mitificación, desde una tesis semántica minuciosamente expuesta a una interpretación político-económica inmediata y actual, lo estudie un católico o un marxista, todas esas versiones contendrán una verdad parcial a la que siempre debemos atender, puesto que de alguna manera rozará la plena verdad de su vida.
Claro que ante todas esas ya considerables exégesis tendremos preferencias y nos sentiremos en deuda con aquellos que más iluminaron nuestro propio acercamiento. Sobre esto diré que, durante años de conversaciones inolvidables con Lezama Lima, Cintio Vitier y Fina García Marruz me fueron otorgados tesoros y contraje, desde luego, una deuda inacabable (sin olvidar una lectura que Eliseo Diego me hizo un día de “David, de las islas Turcas”; en su voz, la memorable prosa iba a juntarse con los “Claros Varones de Castilla” y el Infante Juan Manuel,[5] venerables abuelos de los Divertimentos).[6]
Pero fuera de estas experiencias personales, todo intento de aproximación a Martí tendrá que contar con las tremendas páginas de Lezama,[7] en las que la figura de Martí va a unirse con la Imago y el Potens, con los reyes etruscos, con el monarca-metáfora o la sabiduría del “taita”;[8] quedando como el convocador justiciero del destino y la fundación. Y ya en la cohesión de la obra dedicada no creo que nadie pueda escribir de Martí más en Martí que como lo hacen Cintio Vitier y Fina García Marruz en la serie de trabajos reunidos en los Temas martianos publicados por la Biblioteca Nacional de Cuba.[9] “Martí futuro”, “Los discursos de Martí”, “Los hombres en Martí”, etc., trabajos de Cintio, como los trabajos de Fina —“Las cartas de Martí”, “El escritor”, “La prosa poemática en Martí”—, son textos sin la lectura de los cuales no me parece posible una aproximación a la vida y obra martianas. Sería inútil citar aciertos absolutos en estas páginas, pues son muchos, pero imposible entender la naturaleza sacrificial de Martí sin lo que sobre ella queda escrito en “Martí futuro”, o su rol mediador e integrador, o la futuridad de la palabra martiana, sustentada por la esencia misma de esta palabra. Conmovidos leeremos siempre el ensayo sobre las “Cartas”, de Fina García Marruz, en el que al comentarlas ella parece que seguimos leyéndolas. Lo que pueda haber de algún valor en las páginas que siguen será simple reflejo de esas claridades; y ya penumbra.[10]
Después de la lectura de estos trabajos de Fina García Marruz y Cintio Vitier no parece que pueda decirse algo más; sin embargo, cada vez que volvemos a Martí entramos en “la mina inacabable”[11] que dijo Gabriela Mistral y vemos que cada una de las sustancias que le son propias van adquiriendo una infinita prolongación, así el sacrificio, la piedad, la poesía, se muestran como realidades nunca vistas y ya vamos, entonces, a descubrirles más sentidos. Y es que la palabra martiana nos llega desde muchos sitios, diríamos que llamando a distintas moradas del alma, y no es una sola la voz que nos convoca, son muchas; pero a cada una le percibimos el timbre propio y así escucharemos a veces al revolucionario, otras al poeta, alguna voz llegará desde la contemplación, otra partirá del núcleo mismo de la acción; todo, sin embargo, parece ser indivisible en esta inmensa polifonía; revolución y piedad van juntas, igual que acción y poesía o vitalidad y sacrificio. Todo parece venir de una visión nueva del hombre y de las cosas; entonces ¿qué visión es esta?, ¿por dónde empezar a explicárnosla?
Comenzaríamos por situar la naturaleza moral de esta visión.
Pocas cosas más arduas puede haber que ir siguiendo el desarrollo de las ideas sobre la moral que los filósofos han ido exponiendo y reexponiendo en su afán de establecer unas conclusiones válidas para nuestra conducta. Puede que se nos invite a meditarlas con ese ademán deportivo que Ortega, en su habitual gusto por los gestos gallardos, sorprende en la imagen del arquero con que se inicia la “Ética a Nicómaco”; pero al aceptar la invitación y penetrar en ese Stadium nos esperan allí, como atletas descomunales, una serie de términos abrumadores, que por lo tanto nos aplastan con su enorme poder especulativo. En la ansiedad por “saber a qué atenernos” repasamos esos términos y tratamos de sacar de ellos, según nuestro mejor entender, algo que fije en alguna forma nuestra manera de actuar y de pensar. Damos vueltas y revueltas entonces alrededor de conceptos como Sustancia, Modo, Categorías, Imperativos, etc. Por poco que penetremos su sentido veremos que se trata de darnos una serie de razones que nos ayuden a comprender otros términos ya más familiares, como el Bien, la Justicia, el Deber. Viéndolos sustentados por tan formidable maquinaria nos sentiremos al menos confortados y tendremos esa cierta seguridad que buscábamos. Así, sabemos con tranquila certeza qué es, por ejemplo, el deber. Veremos entonces que, si un campesino lleva dos corderillos para venderlos en el mercado, no hace otra cosa que cumplir con su deber de hombre honrado, ganando así el sustento propio y el de su casa. Pero he aquí que otro hombre se le acerca y le pregunta qué puede pasarle a esos corderillos en el mercado; el buen campesino le dice que sin duda los matarán para vender su carne. ¡No lo permita Dios!, dice el segundo hombre, y entregándole al campesino una rica capa que le había sido obsequiada ese día, le compra de esa manera los corderillos y solo vuelve a entregárselos a condición de que cuide de ellos, asegurándose que nada les ha de suceder. No habrá que decir que así cuenta Tomás de Celano este episodio de la vida de San Francisco en su biografía del “poverello”.
De la misma manera, ya sabemos bien lo que es la justicia; nada más justo que un grupo de pillos, ladrones y gentes de mal vivir vayan encadenados a servir a Su Majestad en galeras por el tiempo que merezcan sus crímenes; pero también aquí se acerca un hombre y pide, en comedidas razones, conocer la causa por la que cada uno de ellos se encamina a su lugar de castigo de tan desastrada manera. Después que todo le fue explicado, nuestro hombre deduce que “parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y Naturaleza hizo libres” y ruega a los guardianes de tan desdichados pecadores, otra vez con el mismo comedimiento, pues es hidalgo cortés y apacible, que los dejen ir en paz a usar de su natural libertad. Al negarse, en justicia, los guardianes a cumplir semejante petición, el buen hidalgo se enfurece y liberta a los penados.
De estos dos casos uno es real, el otro procede de la imaginación, pero apenas escribimos la palabra ya está ahí el don Miguel de este siglo para advertirnos que si la escribimos es por tontos y por no saber que esa es historia real, con lo que no hace más que recordarnos algo que creímos todos siempre, pues nunca dudamos que Don Quijote existió real y verdaderamente y solo al ir haciéndonos viejos y por malas obras de encantadores y gentes de igual mezquina ralea llegó a vacilar nuestra creencia.
Por medio de estos ejemplos sacaremos en claro que si antes deber y justicia afianzaban nuestra idea del Bien ahora tendremos no ya la idea, sino la realidad del bien mucho más cierta en nosotros; a la razón se habrá unido algo indescriptible que nos hará sobrepasar, en un acto invadido de una cualidad nueva, nuestra anterior seguridad, y más que a tranquilizarnos, esta revelación va a conmover toda nuestra vida y entraremos en un reino auroral, dentro del cual amaremos esas acciones y trataremos de imitarlas, en nuestra medida, lanzados a ello por un impulso irresistible. Tendrá este nuevo conocimiento la ventaja de que nos vendrá desde la realidad; en esa realidad, dice Bergson, “las fórmulas se llenan de materia, la materia se anima, resulta una vida nueva que se anuncia y comprendemos, sentimos que sobreviene otra moral”.
Quisiéramos destacar sobre todo en nuestros ejemplos dos cosas: el sobrepasamiento y la encarnación. Si no contamos con estas dos condiciones seguiremos decidiendo entre conceptos que podrán ser expresados y vueltos a expresar, podrán ser llevados al máximo de su función, como reducidos al mínimo de ella sin que advenga ese impulso conmovedor.
Tomemos, como simple ejemplo, el desarrollo de una moral, la rigorista, sintetizando la narración que de ese proceso hace Ortega. Comienza a decirnos que: “La perenne tradición clásica encuentra, entre las cosas que son, algunas tan perfectas que les reconoce esa dignidad y como segunda potencia del ser que consiste en deber ser”; nos explica luego, magistralmente, como a través de la reforma kantiana “la razón verdadera solo puede recibir la ley de su propio fondo, autonómicamente”, y en lugar de atender a la “realidad irracional, necesita fabricar por sí un ser conforme a la razón” y como una vez esto establecido “el pensamiento es ya legislador de la naturaleza”. Al final de ese proceso queda liberada —igual que en la ciencia del átomo— una fuerza enorme: la Voluntad, y en alguna manera culminan ideas que estaban en germen en los reformadores del XVI.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] “De tu Ismaelillo, algo que te dije creo que fue en la carta que se extravió; qué quieres que te diga si esta es la cuerda más dolorosa de la guitarra del alma: de versos no entiendo, para mí está en prosa porque está escrito en la realidad”. (Leonor Pérez Cabrera: “Carta a su hijo”, [La Habana] 21 de julio [de 1882], Destinatario José Martí, compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual, preámbulo de Eusebio Leal Spengler, La Habana, Ediciones Abril, 2005, p. 131).
[2] Véase Fina García Marruz: El amor como energía revolucionaria en José Martí (1973-1974), Albur, órgano de los estudiantes del Instituto Superior de Arte, núm. especial, La Habana, mayo de 1992; en especial, el capítulo “Amor y fundación”, pp. 130-138.
[3] “Martí no debió de morir,
¡Ay, de morir!
Sí Martí viviera todavía
la patria se salvaría
y Cuba sería feliz”.
(Citada por Manuel Pedro González: “Radiografía espiritual de José Martí”, Anuario Martiano, Sala Martí de la Biblioteca Nacional, La Habana, 1970, no. 2, p. 490).
[4] Fina García Marruz: Visitaciones, La Habana, Ediciones Unión, 1970. (En el número 35 de Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1954, pp. 15-20, Fina publicó un poema homónimo, que aparece incluido en este libro, pp. 254-259).
[5] Infante Juan Manuel (1282-1348).
[6] Eliseo Diego: Divertimentos, dibujos de Roberto Diago Querol, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946. Véase Cintio Vitier: “Divertimentos, de Eliseo Diego” (Revista Cubana, La Habana, enero-diciembre, de 1946, pp. 156-159), Obras 4. Crítica 2, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 158-160; y José Lezama Lima: “Sobre Divertimentos de Eliseo Diego”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, a. III, no. 10, La Habana, verano de 1946, pp. 45-46.
[7] Véase Martí en Lezama, compilación y presentación de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2001.
[8] “[…] la escritura dibujada de su Diario, […] es para mí el más grande poema escrito por un cubano, donde las vivencias de su sabiduría se vuelcan en una dimensión colosal. […] // En Cuba solamente ha sido alcanzada la sabiduría por el taita, el negro esclavo al llegar a su ancianidad, y en la poesía de la sacralidad que culmina en José Martí. […] // La sabiduría del taita es la que ya Martí atesora en su Diario […]. Su lenguaje no es nunca aprendido, sino pintado como un garabato para ser reconocido por la siguiente caravana”. [José Lezama Lima: “Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (Siglos XVIII y XIX)” (1966), La cantidad hechizada (1970), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), pp. 225-229].
[9] Cintio Vitier y Fina García Marruz: Temas martianos. Primera serie, La Habana, Biblioteca Nacional José Martí, Departamento Colección Cubana, 1969, 347 p. Contiene: De Cintio Vitier: “Martí: Cuba”; “Etapas en la acción política de Martí”; “Los discursos de Martí”; “Los hombres en Martí”; “Martí futuro”; “Trasluces de Ismaelillo”; “Los Versos libres”; “Los Versos sencillos”; “Martí como crítico”. De Fina García Marruz: “El escritor”, “La prosa poemática en Martí”, “Los versos de Martí”, “Martí y el teatro”, “Amistad funesta”, “La Edad de Oro”, “Las cartas de Martí”, “Martí y los críticos de Heredia del XIX. (En torno a un ejemplar de Heredia anotado por Martí)”.
[10] Concretamente diría que este trabajo no es otra cosa que examen y meditación sobre tres hechos esenciales en la vida y obra de Martí que Cintio Vitier expone con penetración y lucidez plenas: el encuentro entre poesía y realidad (tal como aparece en el trabajo sobre Ismaelillo, de donde tomo las palabras de Doña Leonor Pérez que me sirven de epígrafe); la naturaleza del sacrificio y la mediación (ya en un orden sagrado) y la función integradora que va estableciendo diferentes síntesis —Arte y Vida, Espíritu y Naturaleza— (según se van revelando en varios trabajos tanto de Cintio Vitier como de Fina García Marruz). Claro que se trata de mi apreciación de estas cuestiones y las conclusiones a que llegue serán, ciertas o no, ya personales.
[11] “¡Ah, mina sin acabamiento esta de la persona de Martí en la obra de Martí! Vienen ustedes escribiendo y divulgando desde hace cuarenta años estudios y artículos sobre su varón fundamental, y Martí continúa siendo todavía la mina a medio volcar, el metal que está a la vez a flor de tierra y metido en vericuetos oscuros del espíritu y el idioma […]”. [Gabriela Mistral: “Los Versos sencillos de José Martí” (Conferencia en la Institución Hispanoamericana de Cultura, La Habana, 30 de octubre de 1938), La palabra viva de José Martí, selección, prólogo y notas de Carmen Suárez León, La Habana, Editorial Pablo de la Torriente, 2007, p. 45].

