PARALELOS. LA PINTURA Y LA POESÍA EN CUBA

(SIGLOS XVIII Y XIX)

(Fragmentos)

[…]

En nuestra expresión lo mismo se pierde el rasguño de los primeros años que lo más rotundo y visible de lo inmediato. Lo mismo perdemos un anillo hecho por Darío Romano, nuestro primer platero en el siglo xvi, que se inutiliza por la humedad un baúl lleno de la letra de José Martí en el anteayer que viene sobre nosotros como una avalancha. Pero quien poseía ese baúl olvidó una primera regla de la conducta, es decir, que el poseedor de un baúl lleno de los escritos de Martí, entre las furias de un huracán o de un terremoto, está en la obligación de salvarlo antes que salvar su vida, como dice la orden del día de una de las grandes batallas contemporáneas, deberá morir en el mismo sitio antes que retroceder un paso. Casi todo lo hemos perdido, los crucifijos tallados y el cuadro de la Santísima Trinidad, de Manuel Socorro Rodríguez; las recetas médicas de Surí puestas en verso; las frutas pintadas por Rubalcava; las aporéticas joyas de Zequeira, pérdida en este caso más lamentable todavía puesto que nunca existieron; las pláticas sabatinas de Luz y Caballero; las cenizas de Heredia; la galería de retratos de capitanes generales, de Escobar; alguna mancha de Plácido en el taller de Escobar; las pulseras, he visto una de hilos de seda que era un primor, y las peinetas de carey, de Plácido; una receta de manjar cubano hecho por Manzano; no conocemos ni siquiera un sermón de Tristán de Jesús Medina, brillante y sombrío como un faisán de Indias; el recuerdo de alguna sobremesa de Martí niño con sus padres, donde tiene que estar el secreto de su cepa hispánica y de su brisa criolla, que une como una suprema sabiduría la madre y el caudal del río; sabemos que Julián del Casal hizo aprendizaje y algunos intentos de pintar, nadie ha visto una de sus telas de aficionado; en el museo no hay un solo cuadro de Juana Borrero, sus Negritos[1] son para mí la única pintura genial del siglo xix nuestro. Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano y vemos lo pasado como quien posee un diente, no de un monstruo o de un animal acariciado, sino de un fantasma para el que todavía no hemos invencionado la guadaña que le corte las piernas.

[…]

     En esa segunda mitad del siglo xix, mientras la pintura muestra rasguños y balbuceos paisajistas, la poesía logra su plenitud al acercarse a la naturaleza, al esquivarla después, y por último en José Martí, donde ya la relación poesía-naturaleza alcanza su plenitud al ascender la poesía a propia naturaleza. Donde esa relación con el paisaje ya ni siquiera intenta proponérsela, pues en Martí el paisaje, en su Diario[2] y en otros muchos momentos de su obra, es ya la cantidad hechizada por la poesía. Pero antes de llegar a esa plenitud, tenemos, oh Telémaco, que dar un rodeo donde hay muchas cosas sabrosas que contar.

     Ningún paisaje de ese momento cubano ni siquiera puede remedar una mañana nuestra presentada por El Cucalambé, o el crepúsculo vespertino entrevisto por Zenea. La neblina que decapita El Cucalambé por la mañana, se evapora azul del mar para formar los tintes vespertinos de Zenea. La energía solar en la nitidez de lo estelar o agrietando con su lanzazo lo telúrico, gana esa porción para la poesía, en un día nuestro. La mañana, la tarde están ya en la poesía en ese momento cubano, pero ni por asomo están en la pintura que se adelgaza como siempre que un virtuosismo europeo en manos de europeos, no de americanos, intenta lanzarse sobre el paisaje donde la naturaleza no es todavía cultura, es decir, donde hay que invencionar el paisaje con nuevos sentidos fabulosos, como ya vimos en aquellos dichosos cronistas de Indias, que no fueron pintores de dos dimensiones, pero que hicieron nacer una nueva expresión.

     Ahora son unas manos en extremo delicadas, invisibles casi, su visibilidad reaparece por modo milagroso, las que logran una nueva dimensión para nuestra poesía. Es aquel nelumbio, flor con la que tiene semejanza según Martí, nadando oculto por el agua, pero también nadando y ocultado por la noche. Es el silencio vegetativo, la gota que no se oye, la doncella dormida en la base de un árbol cuyas hojas caen con la lentitud del rocío sobre el río congelado. La rapidez inapresable de la paloma sobre la oscura mazorca de maíz. No es la noche con aquellos blandos animales, que aparecen en el sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, que duermen con una piedra entre las garras, para estar más de parte de la vigilia que de la lentitud suspendida de los humores. Es la noche del adormecimiento en el bosque de Luisa Pérez de Zambrana, de la penetración en lo oscuro como regida por una melodía inaudible que logra estremecernos. Es el vino que no embriaga y la miel que no cesa, de que nos hablan las Escrituras. Silenciosamente enlaza la noche con la oscuridad de la muerte. El destino la lleva sola y errante a vagar por el bosque oscurecido. Ella no ha buscado esa soledad y rehúsa un caminar errante, pero solo le es permitido oír “un eco conocido que ha pasado en las alas del viento”. Atraviesa el bosque en la noche para buscar la huella de unos pasos, pero los astros no duermen y su silencio borra las huellas de las pisadas: ¿qué pintura cubana de su época puede seguir esa excursión casi fantasmal de Luisa Pérez de Zambrana por la ingravidez de una noche que con un sosiego feérico desciende sobre el bosque hechizado? Pienso en estos momentos en La dama perdida en el bosque, del aduanero Rousseau.[3] Igual zona de hechizos, igual absorto. Igual sobresaltado silencio para percibir las cascadas heladas, los pasos soplados para borrar las huellas, igual silencio moviendo las hojas. Ambos parecen oír con el brazo levantado a la abeja sumergida que lleva la gota de agua a la estalactita donde el río se enroscó como el sueño circular del tigre blanco en la eternidad.

     Con este milagro de nuestra poesía desaparece el paisaje en la literatura, todo paralelismo con el paisaje de la pintura se pierde. Llega para nuestra poesía una sacralidad en que el diálogo y la soledad se entrelazan, proyectan una sobrenaturaleza surgida de la imagen, creando una nueva realidad resistente como un cuarzo y configurando el instante como una flor que se rehace. La poesía se vuelve sobre sí misma para oír su propio silencio. Pero ese silencio ahonda más en la sucesión de sus poblados. Los campesinos amarran sus caballos en las estacas de jiquí, los palafreneros, encendidos sus hachones, llevan a los señores hasta el teatro o la casa donde se baila, ¿pero quiénes son los que bailan? Bailan la poesía y la novela, el rostro de una descansando en el hombro de la otra, las dos rodillas frotadas con sombría voluptuosidad. En el baile, la embriaguez y el azar se nivelan sin sobresaltos en la novela. Es el baile de la Cecilia Valdés, donde Domingo del Monte conoce a Rosita Aldama, cuya palidez parece que va a flotar como una paloma de cera en cada uno de los pliegues del vals. Desde el ingenuo baile donde Heredia gime sin esperanzas, hasta el orgulloso grabado Gran baile en el navío Isabel II, el 11 de abril de 1858, donde todavía las cubanas artizan sus abanicos para ablandar la marcialidad hispánica, entra un galán en metáfora de quinqué y se despide una dama en imagen de cuello termidoriano, la llama de la poesía y la sombra de la novela se entrecruzan y bailan también sus rigodones. Julián del Casal entrega en la guardarropía su capuchón de naipe marcado y se dirige a la casa del pintor Collazo. Se acerca con delectación a uno de los lienzos.[4] Sobre una alta silla de mimbre, dama con igual palidez que Rosita Aldama, sentada, nos parece, de espalda al paisaje. Voluptuosamente su mirada juega por la terraza, palmerales de jardinería cercanos al mar. En el centro un jarrón alza en triunfo un monstruosillo terrestre ansioso de caminar dentro del mar como el caracol: la piña con su cabellera de ondina tropical. Fuerza la mirada: ¿qué es lo que ve? Ya Casal está muerto, pero vuelve a mirar y entonces ve a Juana Borrero pocos días antes de su muerte. La ve que pinta con la misma sabiduría que cuando tenía doce años. Ahora puede precisar por qué Sanz Cartas[5] fue el primer maestro de la niña.[6] Desfilan las miniaturas de Sanz, los dos cisnes que buscan la luz y los árboles donde por el entrecruzamiento de las hojas parece que la copa está llena de hadas y de mariposas. Las hadas que no se ven porque viven en la luz y la luz forma unas embarcaciones y las barcas están llenas de hadas que van desembarcando en la copa de los árboles. Y la niña las va desmenuzando entre su pulgar y su índice. Son palabras, son colores, son los escarchados que se cruzan en aspas sobre la muerte.

     La más disciplinada voluptuosidad inteligente debe detenerse en los Negritos, de Juana Borrero. Se dice que este cuadro fue pintado en el sur americano, así lleva desde su raíz esa lejanía que necesita el cubano para acercar. Pero percibimos que lo mismo esos negritos podrían ser los hijos del palafrenero del doctor Borrero, o reírse de los que pasan, en una calle por donde pasan muy pocas gentes, podrían ser también los hijos del farero del Cabo de las Tortugas. Pero no importa. La primera fascinación que evaporan es el mantener tanto tiempo su sonrisa frente al pincel. Han logrado una especie de continuo de la sonrisa. Para lograrlo, tienen que haberse tomado sus precauciones. La boca se ha endurecido con innegable socarronería infantil, ofreciendo como una resguardada bahía a la sonrisa maliciosa y reservada a la vez. Vemos como una sonrisa que descansa en el rabillo del lince. Al centro se le acerca alguien que no sabemos si es un amigo emparentado con los niños o el mismísimo demonio que viene a tentar divirtiéndose. Parece traer una noticia de sorpresiva importancia o un simple aviso de retirada para un menester menor. Nos sobresaltamos un tanto, pues ese tentador o sencillo avisador, con la gorra cruzada, que parece que ha llegado corriendo y se ha detenido de pronto sin cansancio visible, nos recuerda al gran Meaulnes que llega sin avisar a la fiesta donde se le espera sin que él lo sepa. Pero su llegada que brota de una causalidad misteriosa, logra una adecuación de prodigio con la sonrisita que no se extingue, como una rima perfecta entre la gorra con la visera corrida hacia un lado de la cara y las piernas cruzadas de los garzones. Las vivencias profundas que produce la contemplación de los Negritos, son semejantes a las que produce La Gioconda. No creáis que deliro. Lo que en un sitio cualquiera puede intentarse con el enigma de una dama renacentista aislada en un coro de rocas, puede intentarse también en otro con enigmáticos negritos sonrientes, donde el coro de rocas está reemplazado por la indescifrable arribada de otro negrito con la gorra cruzada. Yo no hablo de la falsa categoría de lo cualitativo alcanzado en un arte, sino de las vivencias profundas que produce en el espectador el reto de las instantáneas aglomeraciones de lo que es verdaderamente configurador en el hombre. Leonardo creó esa familia de la sonrisa que no se extingue, tan resistente como las rocas cubiertas por el incesante devenir del oleaje, pero esa familia tampoco se extingue y sigue innumerables rutas como el Arca de la Alianza que encalla en cualquier arenera. Y en esa familia está la sonrisa de nuestros negritos, conservada genialmente por Juana Borrero en el espejo del cuenco de su mano.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Pilluelos, Cayo Hueso, 1896, óleo sobre tela, 76,5 x 52,5 cm. Colección del Museo Nacional de Bellas Artes.

[2] JM: Diarios de campaña. Edición anotada (14 de febrero-17 de mayo de 1895), investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2019.

[3] Henri Rousseau (1844-1910).

[4] La siesta, óleo sobre lienzo. Colección Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.

[5] Valentín Sanz Carta (1849-1898).

[6] “La familia quiso encauzar el talento y consiguió que aún con carácter informal, Dolores Desvernine, pintora nacida de 1856 y acreditada por estudios realizados en Nueva York, impartiera las primeras lecciones de dibujo y pintura a Juana”. (Elizabeth Mirabal Llorens: “Juana Borrero en el país de las sombras”, Los pintores escriben, prólogo de Mario Coyula, La Habana, Ediciones Boloña y Fundación Alejo Carpentier, 2012, p. 183).