Guardia nocturna
Frente al monumento a Martí
Yo estoy aquí de paso, cuidando un edificio,
pero el que está de guardia permanente eres tú.
Un parpadeante cielo de estrellitas azules
te rodea en la plaza silenciosa. ¡Oh mármol:
todo lo que se mueve en torno tuyo, gira
por dentro de las venas de la Revolución!
Escudo que no puede tocar el enemigo,
proyectándonos, padre, como debemos ser,
estás sentando al centro de la noche infinita:
Gran Semí,[1] jeroglífico de un invisible Sol.
29 de diciembre de 1974
Tomado de La fecha al pie (1968-1975), Obras 9. Poesía 2, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2009, pp. 310-311.
Otros poemas relacionados:
- Fina García Marruz: “El retrato”, Las miradas perdidas(1951), Obra poética, 2 t., La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, t. 1, pp. 72-73.
- Cintio Vitier: “La tumba de Martí”, La fecha al pie(1968-1975), Obras 9. Poesía 2, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2009, pp. 299-300.
- Cintio Vitier: “Sí, Don Mariano”, La fecha al pie(1968-1975), ob. cit., pp. 309-310.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] En su artículo “Maestros ambulantes” (La América, Nueva York, mayo de 1884) había escrito Martí: “Urge abrir escuelas normales de maestros prácticos, para regarlos luego por valles, montes y rincones; como cuentan los indios del Amazonas que para crear a los hombres y a las mujeres, regó por toda la tierra las semillas de la palma moriche el Padre Amalivaca!” (OCEC, t. 19, p. 188). La imagen del Gran Semí (o Grande Espíritu) procede sin duda de la figuración mítica del Padre Amalivaca, propia de los indios tamanacos, sobre el cual da preciosas informaciones, seguramente conocidas por Martí, su amigo venezolano Arístides Rojas en Estudios indígenas (1878). Allí leemos —en relato a su vez extractado por Rojas del Saggio di storia americana (Roma, 1780-1784) del abate Filippo Salvatore Gilii— que, una vez aplacado el diluvio que destruyó la primera raza humana, los dos únicos sobrevivientes, Amalivaca y su mujer, “comenzaron a arrojar, por sobre sus cabezas y hacia atrás, los frutos de la palma moriche, y que de las semillas de estas salieron los hombres y mujeres que actualmente pueblan la tierra”. Otro aspecto del mito que debió impresionar a Martí es que Amalivaca les fracturó las piernas a sus hijas “para imposibilitarlas en sus deseos de viajar y poder de esta manera poblar la tierra de los tamanacos”, señalando así a los indígenas el camino de la fidelidad a lo propio, de la autoctonía, que es para Martí el camino fundamental de América. Por otra parte —y esto nos remite de nuevo a la polémica tácita con Sarmiento— Humboldt consideró al Gran Semí evocador de Amalivaca como “el personaje mitológico de la América bárbara”. (Véase Cintio Vitier: “Una fuente venezolana de José Martí” (1973), Temas martianos. Segunda serie (1982), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 81-108). Todo el texto de Nuestra América puede leerse a la luz del criterio profundamente descolonizador según el cual, para Martí, en la praxis histórica, barbarie “es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea”, según se lee en “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos” (La América, Nueva York, junio de 1884, OCEC, t. 19, p. 227). [Tomado de Nuestra América. Edición crítica, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2006, nota 48, pp. 68-69). (N. del E. del sitio web)].

