Orden del Carmelo. La Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, conocida como Orden del Carmelo o Carmelitas, es una de las cuatro grandes órdenes mendicantes de la Iglesia Católica, junto con los dominicos, franciscanos y agustinos. Su origen se remonta a finales del siglo xii en el Monte Carmelo, en Tierra Santa (actual Israel), donde un grupo de ermitaños, probablemente cruzados y peregrinos europeos, se estableció cerca de la tradicional “fuente de Elías” alrededor del año 1155. La Orden debe su nombre a esta ubicación, siendo el monte Carmelo una cadena montañosa en el noroeste de Israel cuyo nombre deriva del hebreo kerem (“viña” o “huerto”), en alusión a su fertilidad.

     Lo más singular de la Orden es que, a diferencia de otras familias religiosas, no remite su fundación a un carismático fundador, sino al profeta del Antiguo Testamento, Elías, a quien los carmelitas consideran su padre espiritual. Los primeros ermitaños buscaban emular la vida contemplativa y solitaria del profeta, habitando en las cuevas de la montaña que tradicionalmente se asociaban con él. La vida comunitaria se organizó en torno a una pequeña capilla dedicada a la Virgen María, lo que dio origen a una doble devoción —a Elías y a María—que caracteriza la espiritualidad carmelitana desde sus inicios.

     Entre 1206 y 1214, San Alberto, patriarca latino de Jerusalén, entregó a estos ermitaños una fórmula vitae (Regla de vida) compuesta por dieciséis artículos que prescribían obediencia al prior, vida en celdas individuales, oración constante, ayuno, silencio y trabajo manual. Esta Regla fue aprobada por el Papa Honorio iii en 1226 mediante la bula Ut vivendi normam.

     Sin embargo, la creciente inseguridad en Tierra Santa debido a las reconquistas musulmanas puso en peligro la permanencia de los ermitaños en el Monte Carmelo. A partir de 1238, los carmelitas comenzaron a migrar hacia Europa, estableciéndose en Chipre, Sicilia, Francia (1244) e Inglaterra (1240). Este cambio de contexto geográfico —de la soledad del desierto a las bulliciosas ciudades europeas— exigió una profunda transformación. Bajo el liderazgo de San Simón Stock, elegido prior general en 1245, la orden solicitó al Papa Inocencio iv la mitigación de la Regla original para adaptarla a la vida mendicante en centros urbanos, lo que fue concedido mediante la bula Quae honorem conditoris omnium del 1º de octubre de 1247. Así, los carmelitas dejaron de ser ermitaños para convertirse en frailes mendicantes, dedicados a la predicación, la enseñanza y la confesión.

     Uno de los elementos más emblemáticos de la orden es el escapulario. Según la tradición carmelitana, la Virgen María se apareció a San Simón Stock en 1251 y le entregó el escapulario, prometiendo que “quien muera con él no padecerá el fuego eterno”. Aunque la historicidad de este evento es discutida (los primeros escritos datan de 150 años después), el escapulario se convirtió en el signo distintivo de la orden y en una de las devociones marianas más extendidas en la Iglesia. La Orden fue confirmada definitivamente como Orden mendicante por el Papa Juan xxii en 1326.

     La reforma más importante del Carmelo ocurrió en el siglo xvi, cuando Santa Teresa de Jesús (Teresa de Ávila) y San Juan de la Cruz impulsaron un retorno a la observancia primitiva, caracterizada por la austeridad, la oración contemplativa y el pequeño tamaño de las comunidades. Esta rama reformada adoptó el uso de alpargatas (sandalias), en lugar de zapatos y medias, por lo que recibió el nombre de Carmelitas descalzos (O.C.D.), en contraste con la rama original o Carmelitas calzados (O.Carm.). Ambas familias existen hoy de manera independiente: los Carmelitas calzados se dedican principalmente a la predicación y la enseñanza, mientras que los Descalzos también realizan labor pastoral y misionera. La fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo se celebra el 16 de julio.