Elías

Es uno de los profetas más destacados del Antiguo Testamento, cuya vida y ministerio se desarrollaron en el siglo ix a.C., durante el reinado de Acab en el reino del norte de Israel. Su nombre, en hebreo Eliyyahu, significa “Mi Dios es Yahvé”, lo que ya anuncia la misión que le fue encomendada: restaurar la fe en el Dios de Israel frente al avance del culto a Baal, promovido por la reina fenicia Jezabel, esposa de Acab. Oriundo de Tisbé, en la región de Galaad, al oriente del río Jordán, la figura de Elías irrumpe en la narración bíblica sin presentación previa, con un mensaje directo y contundente. Su primer acto profético fue anunciar al rey Acab una sequía que duraría tres años y medio como castigo por la idolatría del pueblo. Durante ese tiempo, experimentó la provisión milagrosa de Dios: primero fue alimentado por cuervos junto al arroyo Querit, y luego enviado a Sarepta, donde multiplicó la harina y el aceite de una viuda pobre que compartió con él su última comida. En ese mismo lugar, realizó el primer milagro de resurrección registrado en las Escrituras, devolviendo la vida al hijo de aquella viuda. El momento culminante de su ministerio fue el desafío en el monte Carmelo. Allí, Elías se enfrentó a 450 profetas de Baal y 400 profetas de Asera, proponiendo una prueba: ambos prepararían un sacrificio, pero no encenderían fuego; el Dios verdadero sería aquel que respondiera con fuego del cielo. Tras un día entero de inútiles invocaciones de los profetas de Baal, Elías oró brevemente, y “Dios respondió enviando fuego del cielo, consumiendo el sacrificio, la madera, las piedras e incluso el agua circundante”. El pueblo, al verlo, exclamó: “¡El Señor es Dios!” Tras esta victoria, la sequía terminó con la lluvia enviada por Dios. A pesar de este triunfo, Elías huyó al desierto amenazado por Jezabel. Desanimado, pidió morir, pero Dios lo consoló y lo alimentó. En el monte Horeb, Dios se le reveló no en el viento, el terremoto o el fuego, sino en “un suave susurro”, y le encomendó ungir a Eliseo como su sucesor. Elías no murió de manera ordinaria: fue llevado al cielo en un torbellino con un carro de fuego, dejando su manto a Eliseo. La importancia de Elías trasciende el Antiguo Testamento. El libro de Malaquías profetiza su regreso “antes de la llegada del día grande y terrible del Señor”. El Nuevo Testamento identifica a Juan el Bautista como el “Elías” que vendría a preparar el camino del Mesías, y junto a Moisés, Elías aparece junto a Jesús en la escena de la Transfiguración.[1] Venerado en el judaísmo, el cristianismo y el islam, su festividad en la Iglesia católica se celebra el 20 de julio. (Generado por DeepSeek, 26 de abril de 2026. Archivo personal del autor).

Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1]  Véase Fina García Marruz: “Transfiguración de Jesús en el Monte”, Las miradas perdidas (1944-1950), La Habana, Ediciones Orígenes, 1951, pp. 172-178; Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. I, pp. 111-116.