ILUMINACIONES 2:

CINTIO Y FINA, SOBRE MEDARDO VITIER

Centro de Estudios Martianos, 8 de junio de 2006

Junto con unos pocos amigos y familiares, fui invitada al conversatorio dedicado a Medardo Vitier. Se cumplían 120 años del natalicio del padre de Cintio y él no quería hacer de aquello otra cosa que una velada íntima, sin texto escrito previamente, sin formalidades.

     Con su aprobación, grabé el diálogo para publicar una reseña que, finalmente, salió el 13 de junio en Juventud Rebelde, con el título “Dicho en el alma, apenas unas 80 líneas de la charla de aquella tarde. Convencí a Cintio de la importancia de rescatar aquel encuentro de manera íntegra y comenzamos a trabajar juntos en la versión que publicaría Aitana Alberti en sus cuadernillos. A la charla original se le incorporaron fechas, nombres, citas y algunas acotaciones para hacer más comprensible las ideas, pero se respetó la disertación original. La edición impuso varias sesiones de trabajo inolvidables en la oficina del Centro de Estudios Martianos, que el matrimonio compartía en la Casona de Calzada y 4, en el Vedado.

Cintio Vitier: Estamos conmemorando el 120 aniversario del nacimiento de mi padre, un día como hoy, 8 de junio de 1886, en Rancho Veloz. Quiero leer unos versos que escribí el 5 de abril de 1962 —él murió en 1960—, y que se titulan “Dicho en el alma”, como evocación de mi padre.

Algunas cosas tengo que explicarlas antes. Por ejemplo: mi padre fue pesador de caña hasta los catorce años. Era campesino, hijo de un carpintero del central “Merceditas”, de Santa Clara, y que llegó a ser lo que fue, un maestro de la cultura cubana. ¿Cómo ocurrió ese milagro?

Empezó al ingresar, con mucho sacrificio de la familia, en el colegio “La Progresiva”, en Cárdenas, que fue muy importante en la época. Ingresó como estudiante y terminó como profesor, como el más joven profesor de “La Progresiva”, en Cárdenas, un colegio protestante.

Él tenía una formación protestante en su adolescencia porque su padre lo era, y muy devoto. Una tarde —que con el tiempo yo convertí en noche, porque me pareció más coherente y así está en una pintura de mi nieto José Adrián, que ha resultado un pintorazo, aunque no le gusta, desde luego, que lo nombren en público, ni en privado—, en fin, una tarde de regreso por un sendero de Las Villas, de vuelta al ingenio donde trabajaba como carpintero, sintió que el caballo se crispaba, se detenía, como suelen hacer estos animales cuando ven algo raro o sienten algo raro. Y entonces —me lo dijo varias veces con una sencillez absoluta, como algo irrefutable—, vio pasar delante de él a todos los animales de la Creación.

Pudo ser influjo de sus lecturas bíblicas, no sé, pero él lo contaba, con mucha sencillez, como una experiencia de guajiro. Ese cuadro, esa visión, la pintó mi nieto y ahí quedó un testimonio, ya no solo en estos versitos que ahora les leo, sino en el cuadro de José Adrián.

Dicho en el alma

Querido pesador de caña,
querido filósofo,
hijo del cazador de venados,
del carpintero que hizo la mesa donde escribo,
del lector de la Biblia
que una tarde, en un sendero de Las Villas,
vio todos los animales de la creación;
hijo de Luz, de Varela, de Varona,
querido niño estudioso,
querido orador,
amado anciano y maestro,
poeta, padre mío, suave estoico,
espíritu radiante,
no me abandones.[1]

     Cuando escribí este poema habían transcurrido un par de años de la muerte de mi padre. Creo que es el retrato de mi padre que yo conservo —cada una de estas líneas responde a una realidad y a una vivencia mía—, un retrato que aspiro también lo sea para ustedes.

     En otro libro posterior, no sé de qué fecha, recojo un testimonio de algunas conversaciones de temas filosóficos que me atreví a tener con él en el portal de mi casa, cuando ya vivíamos en la Víbora.

La verdad

Hablando con mi padre, en el portal nocturno, a veces parecía
que se iba a descorrer un terrible telón.
                                               Entonces las palabras alejábanse
como los contornos de un paisaje que atravesáramos en sueños,
la situación de los interlocutores también extrañamente
                                                                                              se diluía,
dejando de sí solo jirones vagos, débiles conjeturas angustiosas.

¿Me hablaba del pasaje de Platón sobre el lustroso hígado,
espejo de las profecías, que a él le recordaba los hígados de las
reses que vio abrir con hábil cuchillo en su niñez?
                                                                                   Los árboles inmóviles
soplaban suavemente un halo vaporoso hacia la luna.
                                                                                         Los cuchillos
destellaban, la resbalosa víscera vinosa espejeaba
                                                                                   entre las manos.
Todo ocurría ya en otro mundo. Las palabras,
                                                                       las ideas y los hechos
incrustábanse en una oquedad remota. Eran sólo imágenes.

                                                                                                             La tela
viva se estaba desgarrando ardientemente.
                                                           Veía el abismo de lo inmediato.
Despierto, en lo indecible.

(Dejo estos signos como lo que son: un fracaso, la huella del explorador que se ha perdido para siempre en la nieve).[2]

Cintio Vitier: Después yo quisiera que Fina también recordara algunas cosas de mi padre, que a ella le hacían mucha gracia. Él tenía un gran sentido del humor que muchos no sospechan. Con frecuencia recordaba frases sueltas de lo que en su tiempo se llamó “La Cartilla”, con la cual aprendían a leer los niños. En esa “Cartilla” había cosas tremendamente inesperadas. ¿Tú recuerdas alguna?

Fina García Marruz: ¡Cómo no!

Cintio Vitier: Por ejemplo: “¡Qué atmósfera la del Horeb!”

Fina García Marruz: Eran los ejemplos que aparecían en “La Cartilla” para que los niños empezaran a aprender a leer, completamente inconexos, de una incoherencia muy graciosa. “¡Qué atmósfera la del Horeb!” Y a continuación decía: “Huevo de caimán”, y más adelante: “No llores, bribón”.

Cintio Vitier: Recordar eso a él le causaba muchísima alegría.

Fina García Marruz: Sí, hay una incoherencia, pero siempre nosotros le buscábamos una coherencia poética. Por eso le dediqué las “Nociones elementales” a mi suegro Vitier, que me enseñó la coherencia de la incoherencia. Con la “atmósfera del Horeb” uno de pronto se imaginaba una escena y el “huevo de caimán” era Cuba donde algún niño, de esos majaderos, recibía la orden: “¡No llores, bribón!”

Cintio Vitier: Nadie sabe por qué, pero realmente eran así esas “Cartillas”.

Fina García Marruz: Empezaban: “Cristo, A, B, C…”

Cintio Vitier: A propósito de “¡Qué atmósfera la del Horeb!” escribí unos versitos que no tienen nada que ver, que son casi más incoherentes y más locos que “La Cartilla” misma, pero de todas maneras los someto, no a consideración, sino sencillamente quiero compartirlos con ustedes:

Qué atmósfera la del Horeb!

                                               (Cartilla de mi padre)

El papalotero en el tapiz de Goya
me recuerda esa luz que mi padre,
soñándose y riéndose, extraía
del Cristo A,B,C de su infancia, como chorreante
pescado misterioso.
Asombrado hijo del hechizo,
mientras la nada trepa por las piedras,
el majo bruto tiende el hilo
que lo levanta a él a peso ingrávido
en la exposición de esa nublada luz, ya tan extraña.

El que abajo fuma un pitillo nada sabe.
El brumoso embozado sabe.
¿Y yo, y tú?
¡Oh cometa, melodía,
qué atmósfera la del Horeb![3]


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Cintio Vitier: “Dicho en el alma”, Testimonios (1959-1964), Testimonios (1953-1968), Obras 9. Poesía 2, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2009, pp. 163-164.

[2] Cintio Vitier: “La verdad”, Epitalamios (1966), Testimonios (1953-1968), ob. cit., pp. 249-250.

[3] Cintio Vitier: “Qué atmósfera la del Horeb!”, Nupcias (1979-1992), Poesía 3. Obras 10, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, p. 52.