Notas sobre una geografía de la Odisea

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La navegación homérica, como se sabe, no es nunca mera peripecia; es cartografía del alma, ensayo de los límites que la prudencia humana puede tocar sin deshacerse. Pero hay pasajes en el poema donde el mapa se pliega sobre sí mismo y revela una geometría más inquietante.

     El callejón sin salida, la del canal estrecho donde dos amenazas simétricas se miran y se exigen mutuamente para existir. Tal es el célebre trance de Escila y Caribdis, ese par de monstruos que la épica convierte en dilema y que, por pereza o por hábito, reducimos a una lección elemental sobre la elección del mal menor. Nada más engañoso.

     El pasaje (cfr. Odisea, canto XII) presenta, en apariencia, una estructura binaria. A un lado, la roca escarpada donde habita Escila, criatura de seis cabezas hambrientas que devora a seis hombres con la precisión de un tributo; al otro, el remolino de Caribdis, succión infame que traga el navío entero y lo devuelve en astillas tres veces al día, con la puntualidad de un reloj hidráulico.

     La sabiduría convencional, encarnada en Circe, aconseja pasar cerca de Escila, pues mejor perder seis que perderlo todo. Pero lo que este consejo oculta, y lo que el poema insinúa con malicia, es que ambos monstruos son cómplices. Escila necesita que el navegante tema a Caribdis para que se acerque a su roca; Caribdis necesita que el navegante tema a Escila para que vacile en el canal. La elección es entre dos ficciones de la elección.

     Ahora bien, ¿qué es un régimen de navegación sino una política de las aguas? Y ¿qué es un estrecho sino un espacio donde la libertad de movimiento se convierte en privilegio y el tránsito, en concesión? El episodio escila-caribdiano tiene la virtud de mostrar que el verdadero enemigo del viajero es la estructura que hace inevitable la devoración. Porque, nótese, ambos prodigios son inmunes a la súplica, sordos al sacrificio, ciegos a la negociación. No se les puede ofrendar ni engañar ni esquivar; solo se les puede padecer en la proporción que ellos mismos fijan.

     Son, en este sentido, fuerzas de la naturaleza politizada. Castigan la falta y administran el destino. Su lógica es la de la fatalidad, la de la sanción, la de la intransigencia, la de la represión.

     Pero el poema, como todo texto que se respeta, introduce un matiz. Ulises no elige a Escila porque sea menos dañina, la escoge porque es visible. Caribdis es un vórtice, una ausencia en la superficie, un agujero que no se ve hasta que se está dentro. Escila, en cambio, tiene rostros y cada rostro tiene una boca que articula un nombre, un deseo, una deuda.

     La opción por Escila es, si se me permite, una opción por la burocracia del daño contra la teología del abismo. Preferimos que nos devoren unos dientes reconocibles a que nos disuelva un hambre sin forma. Esa es la gran concesión del navegante, acepta la tiranía del rostro para no enfrentarse al espanto de las fauces ocultas.

     Y aquí el ensayo se permite una digresión que no lo es. Toda geografía del miedo construye sus monstruos en pareja. No hay Escila sin Caribdis, como no hay sanción sin ineficiencia, como no hay cerco sin hundimiento interior. Son dos caras de una misma moneda acuñada en la ceca del inmovilismo.

     Porque, observémoslo bien, el estrecho es un lugar temporal más que geográfico. Es el tiempo detenido de quien no puede avanzar ni retroceder, el presente perpetuo de quien ha perdido el horizonte. Y en ese presente, los monstruos se alimentan el uno del otro. La roca justifica el remolino, el remolino justifica la roca, y el navegante, en medio, se convierte en testigo de su propia irrelevancia.

     Los dioses, que miran desde el Olimpo, no intervienen; el espectáculo les resulta pedagógico. Quieren que Ulises aprenda que hay situaciones donde la elección es una ceremonia vacía, un rito que legitima la violencia al darle la máscara de la decisión.

     Y sin embargo, hay algo en la textura del relato, en su insistencia en la astucia de Ulises, en su recuperación de la palabra poética como salvación. Sugiere así que el canal puede ser atravesado de otro modo. No mediante la fuerza ni la súplica ni el cálculo, sino mediante la narración. Recordemos que Ulises no trata de vencer a los monstruos; los sortea, los sufre, los cuenta. Y al contarlos, los transforma de amenazas en experiencias, de objetos en relatos. La narración no es un arma, pero es un escudo. No evita el daño, pero le da forma. Y un daño con forma es un daño que se puede recordar, y un daño que se puede recordar es un daño que se puede, acaso, transmitir a otros para que no lo padezcan en la misma desolación.

     El estrecho de Escila y Caribdis es, pues, un lugar desde el que se habla, aunque al hacerlo se pierda la voz en el intento. Y hablar desde ahí, con la lucidez de quien sabe que no hay salida limpia, es el primer gesto de una opción que no sea ni rendición ni asfixia. Es la opción del que dice: «Sé que voy a perder algo, pero no todo; sé que voy a ser devorado, pero no en silencio». Y esa voz, la del navegante que nombra sus monstruos, es quizá la única victoria que el poema nos permite.

     Porque al final, cuando Ulises abandona el estrecho y sigue su ruta, no deja atrás a Escila y Caribdis; las lleva consigo en la memoria, como todo viajero lleva sus heridas. Y esa memoria, articulada en hexámetros, es lo que convierte la derrota en saber y el saber en herencia. Los monstruos, al fin y al cabo, viven en el miedo que el mar inspira. Y el miedo, cuando se dice, pierde su imperio.