UN RETRATISTA PLUTARQUIANO

La segunda estancia de José Martí en Nueva York, en agosto de 1881, coincidió[1] con el atentado contra el presidente Garfield el cual pondría fin a su vida unas semanas más tarde. Con este suceso trágico como temática principal, Martí comenzó sus contribuciones a diarios hispanoamericanos el 20 de agosto de 1881. Estuvo al tanto del prolongado sufrimiento del presidente que agonizaba y, con profunda piedad, compartió la pena nacional durante las semanas que transcurrieron desde los disparos fatales hasta su muerte. Escribió extensamente sobre el mismo. El espíritu generoso y su compasión y admiración por la fortaleza de ánimo con la cual Garfield soportó el sufrimiento, hizo que su representación fuera sumamente benévola y, quizás, demasiado idealista.[2] Escribió en un momento de dolor nacional y no dijo palabra que no sintiera.[3]

     Con el estudio de Garfield comienza su extensa serie de ensayos sobre figuras políticas norteamericanas. Tanto Ralph Waldo Emerson, como Henry W. Longfellow, mueren en 1882, a pocos meses del deceso del presidente. Por tales motivos, Martí escribió el primero de sus estudios críticos sobre escritores norteamericanos. Hasta aquel momento, las relaciones culturales entre los Estados Unidos y América Latina eran prácticamente nulas. La falta de interés y la ignorancia habían sido recíprocas. Martí asume la tarea de revelar a Latinoamérica los valores literarios del vecino del Norte. Escogió para su primer artículo sobre esta temática al pensador más original y sólido que había nacido en los Estados, y para el segundo, al más popular de sus poetas contemporáneos.

     El artículo de Martí sobre Emerson, con fecha 19 de mayo de 1882, fue el primero de una serie sobre el famoso poeta-filósofo publicado en español. Todavía se le considera como una de las síntesis más agudas escritas alguna vez sobre el sabio de Concord. Constituyó una gran revelación para sus lectores, y demostró la extraordinaria afinidad ideológica y ética entre estos dos hombres. El párrafo siguiente corrobora la fidelidad de la interpretación de Martí y la reverencia con la que consideró a Emerson:

Fue tierno para los hombres, y fiel a sí propio. Le educaron para que enseñara un credo, y entregó a los crédulos su levita de pastor, porque sintió que llevaba sobre los hombros el manto augusto de la naturaleza; ni obedeció a ningún sistema, lo que le parecía acto de ciego y de siervo; ni creó ninguno, lo que le parecía acto de mente flaca, baja y envidiosa. Se sumergió en la naturaleza, y surgió de ella radiante. Se sintió hombre, y Dios por serlo. Dijo lo que vio; y donde no pudo ver, no dijo. Reveló lo que percibió, y veneró lo que no podía percibir. Miró con ojos propios en el Universo, y habló un lenguaje propio. Fue creador, por no querer serlo. Sintió gozos divinos, y vivió en comercios deleitosos y celestiales. Conoció la dulzura inefable del éxtasis. Ni alquiló su mente, ni su lengua, ni su conciencia. De él, como de un astro surgía luz. En él fue enteramente digno el ser humano.[4]

     Sobre Henry W. Longfellow escribió dos veces, la primera antes de su muerte a principios de 1882, y luego una necrología magnífica cuando este falleciera.[5] Ambos artículos son igualmente hermosos y revelan los altos ideales del poeta y su vida impecable. Del hombre Longfellow, Martí escribió: “Y ¡qué hermoso fue en vida! Tenía aquella mística hermosura de los hombres buenos; el color sano de los castos; la arrogancia magnífica de los virtuosos; la bondad de los grandes, la tristeza de los vivos, y aquel anhelo de la muerte, que hace la vida bella”.[6]

     El más excepcional, quizás, de todos sus ensayos críticos sobre escritores norteamericanos, fue el que dedicó a Walt Whitman en 1887. Como el caso de Oscar Wilde, Emerson, Longfellow, y tantos otros grandes contemporáneos europeos y americanos, lo dio a conocer a sus lectores hispanoamericanos. Muy pocos poetas y escritores latinoamericanos conocían al autor de Hojas de hierba en los años ochenta, y ninguno había intentado interpretar su poesía. Incluso en los Estados Unidos, todavía era rechazado por la Iglesia y por la moral social. Hojas de hierba anatemizado y su circulación por correo estaba prohibida. Solo entre la élite literaria, Whitman era reconocido como un gran poeta cuando Martí escribió su estudio.

     El panteísmo sano del poeta, su amor por la humanidad, su sentimiento místico de hermandad, su actitud báquica o pagana hacia la vida y la naturaleza, su gozo por la libertad y la emancipación, su exaltación casi religiosa de la democracia, su desprecio y desafío hacia todas las formas de convencionalismo y fanatismo, su estilo bíblico y único, encontraron en Martí a un intérprete admirable. Aunque muchos críticos y poetas españoles hayan escrito desde entonces sobre Whitman, el ensayo martiano todavía se considera como uno de los más dignos escritos en lengua española. Este estudio fue publicado simultáneamente en México[7] y Buenos Aires,[8] y provocó un serio interés por Whitman entre los escritores del continente, a la vez que impulsó los estudios y traducciones de sus poemas.

     Martí también introdujo por primera vez al lector hispanoamericano en el conocimiento de numerosas personalidades importantes y menores de la literatura e historiografía norteamericana. Entre ellos estaban Washington Irving, Mark Twain, William Prescott, George Bancroft, Bronson Alcott y su hija Louise May, el poeta cuáquero Whittier, Helen Hunt Jackson, de la que tradujo maravillosamente su novela Ramona al español, y muchos otros más.

     Otro aspecto de la cultura norteamericana no explorada antes por escritores y críticos hispanoamericanos fue la pintura. Por primera vez en lengua española, Martí evaluaba para Hispanoamérica, en infinidad de artículos y referencias cortas, las artes plásticas, en particular la pintura, en los Estados Unidos. Se interesó profundamente por esta forma de expresión artística y fue un conocedor de su historia y de sus manifestaciones contemporáneas, tanto en Europa como en las Américas. Al mismo tiempo que propugnaba el conocimiento del progreso artístico de este país en Hispanoamérica, contribuyó a la educación estética de los norteamericanos.[9] Durante los doce años de su colaboración con el New York Sun, mantuvo informado a los lectores de este periódico, sistemáticamente, sobre el desarrollo de las artes plásticas en Europa.

     Igual en méritos a sus ensayos sobre escritores, son sus bosquejos psicológicos de los políticos prominentes del momento. La mayor parte de estos hombres se distinguieron por su integridad y cualidades nobles, por su sentido profundo de la responsabilidad social, y por la tenacidad y el valor con que lucharon por defender sus ideales. Muchos abogaron por causas olvidadas o estigmatizadas por la sociedad. Ninguno se sometió a lo que llaman “pensamiento de grupo, “psicología de grupo” o “grupo perjudicial y fanático”. Eran hombres realmente libres y magnos que lucharon heroicamente, a veces, contra el fanatismo y la estupidez prevalecientes en su medio social. En ellos vio los ejemplos perfectos de los ciudadanos ideales para una república democrática y libre. Sus respectivas vidas y coraje inspiraron algunos de sus mejores estudios psicológicos y biográficos. Porque ninguno de estos abolicionistas venerables, defensores rebeldes de la libertad y la justicia social, ocupó cargos importantes en la política, la historia prácticamente los ha olvidado, y la juventud de hoy en los Estados Unidos apenas sabe quiénes fueron. En Hispanoamérica, por su parte, gracias a los textos martianos, la memoria de estos hombres aún permanece viva.

     Entre los abolicionistas, ninguno fue más admirado por Martí que Wendell Phillips. Este bostoniano era un aristócrata por su linaje y riquezas, pero aún más por su espíritu y sus actos. Era un apóstol de la abolición y las reformas sociales, que consagró su vida a estos ideales, y predicó su cruzada a favor de estas causas con gran fervor y elocuencia. Era abogado por oficio y vocación, pero nunca practicó su profesión, porque al hacerlo, habría tenido que firmar un juramento que apoyaba la Constitución. Ya que la Constitución en apariencia sancionaba la ignominia de la esclavitud, rechazó tomar el juramento constitucional y dedicó su vida a la tarea de borrar aquella mancha de la historia norteamericana. Con determinación y discursos ardientes desafió la hostilidad y animosidad de las masas, la oposición amarga de los que se beneficiaron de la esclavitud y abogaban por ella, y las amenazas de sus enemigos. Nadie, durante los treinta años previos a la Guerra Civil, fue un cruzado más ardiente, desinteresado y elocuente que Wendell Phillips. Nadie, finalizada la guerra, luchó más tenazmente y más generosamente contra la ambición y la complacencia por la desigualdad. Con extraordinario coraje denunció al final de su vida la avaricia y las injusticias de la plutocracia, y se consagró a la defensa del humilde y el desposeído. En su ira altruista, pudo haber errado o perder de vista las realidades y las posibilidades de su tiempo, pero como dice R. H. Tawney, “Cuando hablar es impopular, es menos perdonable permanecer callado que hablar demasiado”.[10] En 1884, en ocasión de la muerte de Wendell Phillips, Martí escribió tres artículos.[11] Los últimos dos, en particular, constituyen un tributo fervoroso a aquel hombre y orador tan extraordinario, cuya vida y carácter de tantos modos se parecieron a los de Martí.[12]

     Al grupo de los grandes abolicionistas también perteneció Henry Ward Beecher, el sacerdote protestante más notable entonces. Aunque menos culto y no tan buen orador como Phillips fue, sin embargo, un combatiente perseverante y dedicado a esta causa tan gloriosa. Martí tenía en poca estima a la religión organizada y a los hombres que solamente se consagraban a la iglesia independientemente de la denominación a la que pertenecieran. En Henry Ward Beecher, lo que admiró y alabó no eran sus atributos de predicador, sino sus virtudes de hombre y sus esfuerzos filantrópicos.[13]

     Martí no se hizo de una vasta fortuna. La idea de la acumulación de riquezas en el hombre a expensas de las masas de trabajadores, que carecían de lo más elemental para vivir, le era repugnante. El espectáculo de tanta miseria coexistiendo con el lujo ostentoso le parecía un crimen social. Encontramos esta denuncia una y otra vez en sus textos. En 1883, exactamente cincuenta años antes de la implementación del Nuevo Tratado,[14] Martí propuso la misma filosofía social cuando, refiriéndose a la pobreza de los distritos obreros de Nueva York, escribió: “¡Y digo que este es un crimen público, y que el deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado!”[15]

     Sin embargo, Martí no condenó la adquisición de riquezas por medios honestos. Lo que rechazó fue la idea de elevar la conquista del éxito material al rango de ideal, y la admiración prevaleciente en la sociedad norteamericana por los que la alcanzaban, independientemente del medio empleado. Él sentía desprecio, solamente, por lo que llamó “el culto a la riqueza”[16] en los Estados Unidos. Así lo estigmatizó en 1888:

el afán desmedido por las riquezas materiales, el desprecio de quien no las posee, el culto indigno a los que las logran, sea a costa de la honra, sea con el crimen, ¡brutaliza y corrompe a las repúblicas!; debiera sin duda negarse consideración social, y mirarse como a solapados enemigos del país, como a la roña y como a Yagos,[17] a los que practican o favorecen el culto a la riqueza: pues así como es gloria acumularla con un trabajo franco y brioso, así es prueba palpable de incapacidad y desvergüenza, y delito merecedor de pena escrita, el fomentarla por métodos violentos o escondidos, que deshonran al que los emplea, y corrompen la nación en que se practican. Debieran los ricos, como los caballos de raza, tener donde todo el mundo pudiese verlo, el abolengo de su fortuna”.[18]


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] El 2 de julio de ese año, Charles Jules Guiteau disparó al presidente Garfield. Martí embarca para Nueva York el 28 de julio. Garfield moriría el 19 de septiembre. (N. E.).

[2] En la conocida carta-testamento a Gonzalo de Quesada, con la severidad inmisericorde que le era característica, al enjuiciar su producción literaria, Martí le advierte: “De Garfield escribí la emoción del entierro, pero el hombre no se ve, ni lo conocía yo, así que la celebrada descripción no es más que un párrafo de gacetilla:—Y mucho hallará de Longfellow y Lanier, de Edison y Blaine, de poetas y políticos y artistas y generales menores. Entre en la selva y no cargue con rama que no tenga fruto”. ([Montecristi, 1ro de abril de 1895], TEC, p. 33. N. del E. del sitio web).

[3] Las referencias a Garfield son innumerables en la obra martiana. He aquí un ejemplo de la exaltación lírica del presidente en el que Martí lo dota con las mismas virtudes que él poseyó.

Vivir en estos tiempos y ser puro, ser elocuente, bravo y bello, y no haber sido mordido, torturado y triturado por pasiones; llevar la mente a la madurez que ha menester, y guardar el corazón en verdor sano; triunfar del hambre, de la vanidad propia, de la malquerencia que engendra la valía, y triunfar sin oscurecer la conciencia ni mercadear con el decoro; bracear, en suma, con el mar amargo, y dar miel de los labios generosos, y beber de aire y agua corrompidos, y quedar sano: he ahí maravillas!—Cuánta agonía callada! Cuánta batalla milagrosa! Cuánta proeza de héroe! Resistir a la tierra es ya, hoy que se vive de tierra, sobradísima hazaña. Y mayor, vencerla. (JM: “Los bárbaros ‘caminadores’”, La Opinión Nacional, Caracas, 22 de marzo de 1882, OCEC, t. 9, p. 276).

[4] JM: “Muerte de Emerson”, La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882, OCEC, t. 9, pp. 318-319.

[5] JM: “[…] Longfellow, el poeta.—Su aniversario, su casa, sus libros, su vida” y “Longfellow ha muerto”, publicadas en La Opinión Nacional, de Caracas, el 22 de marzo y el 11 de abril de 1882, OCEC, t. 9, pp. 277-280 y 291-294, respectivamente. Escribió, además, una breve nota en la “Sección constante” de ese diario, el 22 de abril de 1882, OCEC, t. 13, p. 41. (N. del E. del sitio web).

[6] “Longfellow ha muerto”, ob. cit., p. 292.

[7] JM: “El poeta Walt Whitman”, El Partido Liberal, México, 17 de mayo de 1887, OCEC, t. 25, pp. 274-289.

[8] JM: “Un poeta. Walt Whitman”, La Nación, Buenos Aires, 26 de mayo de 1887, OCEC, t. 25, pp. 290-305.

[9] Véase Adelaida de Juan: “Arte y entorno en Nueva York según Martí”, en José Martí: En los Estados Unidos. (Periodismo de 1881 a 1892), ed. crítica, Roberto Fernández Retamar y Pedro Pablo Rodríguez, coords., ALLCA XX, Colección Archivos de la UNESCO, 43, 2003, pp. 1978-1991; y Justino Fernández: “Martí como crítico de Arte”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Autónoma de México, México, 1951, no. 19, pp. 7-58. Disponible en: http://www.analesiie.unam.mx/pdf/1907-48.pdf

[10] R.H. Tawney: Religion and Rise of Capitalism, Nueva York, Harcourt, Brace and Ce, Inc., 1950, p. 235.

[11] Al morir Wendell Phillips, Martí le dedicó un artículo y una nota publicados en La América, de Nueva York, en febrero y mayo de 1884, respectivamente, y una crónica publicada en La Nación, de Buenos Aires, el 28 de marzo del mismo año.

[12] En la historia de los Estados Unidos, Wendell Phillips simboliza, mejor quizás que cualquier otro reformador, la conciencia moral de la nueva Inglaterra puritana. Phillips es realmente una de esas grandes fuerzas humanas, cuya estatura espiritual aún no ha sido reconocida debidamente. En el momento que fue condenado y vilipendiado por los abogados y los beneficiarios del sistema, José Martí lo calificó lo calificó como de los hombres nobles que había nacido en Estados Unidos.

[13] Martí escribió de Beecher:

Nada es un hombre en sí, y lo que es, lo pone en él su pueblo. En vano concede la naturaleza a algunos de sus hijos cualidades privilegiadas, porque serán polvo y azote si no se hacen carne de su pueblo, mientras que si van con él, y le sirven de brazo y de voz, por él se verán encumbrados, como las flores que lleva en su cima una montaña. Los hombres son productos, expresiones, reflejos: viven en lo que coinciden con su época, o en lo que se diferencian marcadamente de ella; lo que flota les empuja y pervade: no es aire solo lo que les pesa sobre los hombros, sino pensamiento: esas son las grandes bodas del hombre; ¡sus bodas con la patria!

¿Cómo, sin el fragor de los combates de su pueblo, sin sus antecedentes e instituciones, hubiera llegado a su singular eminencia Henry Ward Beecher, pensador inseguro, orador llano, teólogo flojo y voluble, pastor hombruno y olvidadizo, palabra helada en la iglesia? Nada importa que su secta fuera más liberal que sus rivales; porque los hombres, subidos ya a la libertad entera, no necesitan de una de sus gradas.

Pero Beecher, criado en la hermosura y albedrío del campo por padres en quienes se acumularon por herencia los caracteres de su nación, creció, palpitó, culminó como esta, y en su naturaleza robusta, nodriza de su palabra pujante y desordenada, se condensaron las cualidades de su pueblo, clamó su crimen, suplicó su miedo, retemblaron sus batallas y sus victorias. (JM: “Henry Ward Beecher. Bosquejo de la vida del famoso orador”, La Nación, Buenos Aires, 26 de mayo de 1887, OCEC, t. 25, pp. 208-209).

[14] En inglés New Deal. Nombre que recibió la política económica y social aplicada por el presidente Franklin Delano Roosevelt a partir de 1933 y, concretamente, las medidas innovadoras adoptadas desde ese año hasta 1938 para contrarrestar los efectos de la Gran Depresión (N. E)

[15] Acá ofrecemos una descripción completa donde la indignación y la ternura son mezcladas con la compasión por las víctimas inocentes y el reproche para un sistema social y económico que toleró tal la miseria entre tanto lujo llamativo:

allá en las calles húmedas donde hombres y mujeres se amasan y revuelven, sin aire y sin espacio […]; allá en los edificios tortuosos y lóbregos donde la gente de hez o de penuria vive en hediondas celdas, cargadas de aire pardo y pantanoso; allí, como los maizales jóvenes al paso de la langosta, mueren los niños pobres en centenas al paso del verano. Como los ogros a los niños de los cuentos, así el cholera infantum les chupa la vida: una boa no los dejará como el verano de New York deja a los niños pobres, como roídos, como mondados, como vaciados y enjutos. Sus ojitos parecen cavernas; sus cráneos, cabezas calvas de hombres viejos; sus manos, manojos de yerbas secas. Se arrastran como los gusanos: se exhalan en quejidos. ¡Yo digo que este es un crimen público, y que el deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado! (JM: “Estados Unidos de América. Crucifixiones.—Demencia religiosa”, La Nación, Buenos Aires, 21 de octubre de 1883, OCEC, t. 17, pp. 135-136).

[16] Véase “adoración de la riqueza”.

[17] Personaje de la tragedia Otelo, el Moro de Venecia (ca. 1604), de William Shakespeare. Se trata de un individuo mediocre, resentido y hábil para la insidia.

[18] JM: “La religión en los Estados Unidos”, La Nación, Buenos Aires, 17 de mayo de 1888, OCEC, t. 28, p. 151.