UN RETRATISTA PLUTARQUIANO
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Él sentía tanto desprecio por quien acumula riquezas a expensas de otros como admiración por algunos millonarios filantrópicos que emplearon su patrimonio para mejorar la suerte de los menos afortunados. Uno de aquellos modelos raros fue Peter Cooper, gran industrial, inventor, y benefactor de la humanidad. Martí profesaba una admiración casi reverente por él. Ni aun Emerson inspiró un obituario más ardiente de su pluma que el que hizo a Peter Cooper en el momento de su muerte en 1883. Nótese la veneración filial con la que comienza el artículo: “Las banderas están a media asta,—y los corazones: Peter Cooper ha muerto.[19] Este que deja es un pueblo de hijos. Yo no he nacido en esta tierra—ni él supo jamás de mí,—y yo lo amaba como a padre. Si lo hubiera hallado en mi camino, le hubiera besado la mano”.[20]
Otro millonario que mereció la admiración de Martí fue Courlandt Palmer, uno de los miembros más excéntricos de la aristocracia de Nueva York en los años ochenta del siglo xix. Palmer era un amante apasionado y defensor de la libertad en el más amplio sentido de la palabra. Defendió no solo la libertad política, sino también la libertad de pensamiento, para creer o no —en Dios o algo más. Le llamaban “el millonario socialista” debido a sus ideales humanitarios y porque invitó a pensadores socialistas y anarquistas a disertar en la academia que él mismo había fundado. Se consideraba a sí mismo un ateo, aunque invitaba a ministros y sacerdotes de todos los credos para exponer sus respectivas filosofías. Palmer no temía a las llamadas ideas subversivas, ni le negaba la tribuna a aquellos que predicaban doctrinas revolucionarias. Para él, la cultura y la sociedad no eran organismos inamovibles o estancados, sino dinámicos, en constante evolución, siempre cambiantes; y cada vez que la cultura y la sociedad dejan de renovarse a sí mismos por un proceso de cambios o de asimilación de nuevas ideas y metas, estas decaen y mueren. Palmer, aunque muy rico, no temió al cambio. Su casa era realmente un templo sin liturgia o teología, en la cual todos los evangelios sociales, políticos, filosóficos o religiosos podían ser predicados. Creyó solo en una religión: en la hermandad de los hombres. Fue un seguidor de Augusto Comte y su escuela positivista. Aunque Martí profesaba otras ideas, sentía una admiración profunda por la sinceridad, el coraje, y la integridad moral e intelectual de Palmer y al morir este en 1888 le escribió un panegírico entrañable.[21]
No es objetivo de este breve estudio dar cuenta completa de la importancia de los artículos de José Martí que analizan a hombres públicos y al panorama político de su época. Esto constituye el aspecto más valioso de sus cuantiosos artículos sobre los Estados Unidos. Aquí daremos solo un breve resumen de sus certeros juicios sobre los líderes públicos y de su análisis realista de la vida política en los años ochenta.
Martí se sintió atraído inicialmente por las personalidades que dominaron en ambos partidos en su época. Ya hemos visto cómo comienza con una serie de artículos en los cuales relata minuciosamente la lucha del presidente Garfield por vivir, y los culmina con un estudio biográfico y psicológico del hombre y su importancia en la política de su tiempo. Martí profesaba una reverencia casi religiosa por los grandes líderes norteamericanos del pasado, en particular por Thomas Paine, George Washington, Thomas Jefferson y Abraham Lincoln. Escribió varias veces sobre Washington, y aunque no dedicó extensos artículos a los otros tres, sí podemos encontrar cientos de admirables referencias a ellos en sus textos.
Pero Martí se interesó más por la política contemporánea y los políticos que por sus héroes históricos. Estudió las complejidades y las intrigas de la vida pública en los Estados Unidos, y los mezquinos intereses económicos que, tras bambalinas, manipulaban a los políticos de su tiempo. Es asombroso descubrir el conocimiento tan profundo que tuvo sobre la corrupción y las patrañas dominantes entonces. Debemos recordar que aquellos eran los años posteriores a la administración de Grant, en los que las grandes compañías controlaban al gobierno y sobornaban a legisladores y ejecutivos para obtener concesiones ventajosas e ilegales. Nunca, en la historia de los Estados Unidos, tuvo la corrupción proporciones tan escandalosas en la vida pública como entre 1870 y 1890. Martí fue testigo de la influencia perniciosa de las grandes empresas en los asuntos públicos, y también de la saludable reacción iniciada durante la primera administración de Grover Cleveland. Registró ambos hechos en una extensa serie de artículos apasionados que constituyen hoy una excelente fuente de información sobre las costumbres políticas y los hombres de aquel período.
Las dos figuras dominantes del Partido Republicano, en la época en que Martí comenzó a escribir sobre política contemporánea, nunca tuvieron aspiraciones presidenciales.[22] Ambos son casi desconocidos hoy, sin embargo, su hostilidad recíproca, su rivalidad implacable, así como sus intrigas mutuas, dominaron la política del partido durante años, y decidieron la suerte de numerosas personalidades menores. Ellos fueron Roscoe Conkling, senador de Nueva York, excelente abogado, orador, gran líder, quien gobernaba ampliamente en su estado de origen, y James G. Blaine, oriundo de Maine, brillante, experto, e igualmente poderoso. Eran dos contendientes gigantescos que nunca comprometieron o sucumbieron a sus ambiciones para aventajar al otro. Una de las consecuencias de esta animosidad entre Blaine y Conkling fue la nominación de James A. Garfield y Chester A. Arthur en la Convención Republicana de 1880.[23] Tanto Conkling como Blaine fueron estudiados minuciosamente por Martí, como veremos más adelante.
Martí no escribió su profundo ensayo sobre el presidente Arthur hasta 1886, cuando este había muerto. Este es uno de los mejores bosquejos biográficos y psicológicos que alguna vez escribiera. Aquí su estilo sentencioso y simbólico encuentra una expresión perfecta. Este retrato es mucho más realista que el de Garfield. Martí nunca privó a ninguno de los hombres que retratara del crédito debido. Así, en los párrafos siguientes, describe perfectamente tanto al político astuto como al hombre cosmopolita que fuera Arthur:
Toda la historia de Arthur está en la de las intrigas políticas de su partido. Nunca adelantó por sí, sino como representante de la camarilla en que servía. Cada caída o triunfo suyo, y cada acto notable de su existencia, no es un suceso de orden nacional, en que las ideas choquen y luzcan, sino de orden interno de partido, en que las personalidades rivales se arrancan el provecho y la honra diente a diente. Ya en los puestos, verdad es, se ganaba la voluntad por su moderación caballeresca, el blando modo con que suavizaba su energía, su bondad personal, que fue sincera, y aquellas gracias corteses y llaneza digna que añaden tanto al mérito, y llegan a disimular su ausencia, y a suplirlo. Pero si con sus subordinados era afectuoso, y en el manejo de los fondos públicos irreprochable, nunca dejó de servirse del influjo que con esto mismo obtenía, para ir trenzando una organización política tan fuerte y estrecha, que no había en el estado distrito donde no tuviese de agente un empleado suyo, ni convención en que no sacara triunfantes a sus candidatos, ni cábala posible sin su voluntad, ni elección segura sino por sus manos. // […] pero no quiso sacrificar a su ambición la honradez que iluminó su espíritu en la emoción de la catástrofe. Se ha muerto de deseo, celebrado por las gracias de su persona, y por haberla redimido.[24]
Entre los estudios biográficos de Martí más trascendentes, hay uno dedicado al general Ulysses S. Grant tras su muerte en 1885.[25] Su carrera militar y sus éxitos, sus defectos y limitaciones como presidente, sus incursiones desafortunadas en los negocios y los escándalos que ello provocó, las pruebas y tribulaciones finales que lo redimieron públicamente de sus errores, y las inmoralidades políticas de su administración, son descritos por Martí en esta biografía, digna de Plutarco, con simpatía y realismo.
Hubo otros generales famosos que despertaron el interés de Martí y a quienes representó con perspicacia e imaginación. Todos eran héroes de la Guerra Civil y, con los años, se convirtieron en figuras más o menos prominentes en la vida política de su país. Cuando murieron, Martí dedicó un estudio biográfico conciso a cada uno. Los más importantes son los siguientes: Thomas Andrews Hendricks, vicepresidente en el gobierno de Cleveland, un político mediocre, más ambicioso que capaz, en estimación de Martí;[26] Winfield Scott Hancock, inexperto en el juego político, derrotado como candidato por los demócratas en 1880, pero prominente por su aspecto marcial, y dotado de excelentes cualidades morales;[27] Philip Henry Sheridan, de cuyas hazañas militares Martí escribió una síntesis vigorosa;[28] George Brinton McClellan, candidato contrario a Lincoln, culturalmente superior a la mayoría de sus correligionarios, e igual a cualquiera de ellos debido a su carácter sincero;[29] John Alexander Logan, un orador pintoresco, candidato a la vicepresidencia de James G. Blaine en 1884 por el voto republicano;[30] y Benjamín Harrison, candidato republicano a la presidencia electo en l888.[31]
Otras figuras políticas retratadas por Martí con gran agudeza y justicia son Samuel Jones Tilden, candidato demócrata en 1876, sobre quien escribió varias veces con profunda simpatía. La actitud patriótica y llena de abnegación, con la cual Tilden aceptó la injusta solución dada por el Congreso y el Tribunal Supremo a las elecciones indecisas de aquel año, ganaron la admiración y el cariño de Martí hacia él.[32] Por esta razón, su apreciación sobre este contendiente político es, quizás, más generosa que la de algunos historiadores norteamericanos.[33]
Martí no vivió lo suficiente para ver el final de la segunda administración de Grover Cleveland. Además, en el año 1892, cuando Cleveland fue elegido para su segundo mandato, Martí dejó de escribir para la prensa hispanoamericana y se dedicó por entero a la tarea de organizar el Partido Revolucionario Cubano y preparar la Guerra por la Independencia. Si él hubiera podido estudiar el fin del segundo mandato de Cleveland como hizo con el primero, y hubiera escrito sus apreciaciones de seguro tendríamos un juicio muy diferente al que nos legó. En su segunda administración, Cleveland se volvió mucho más reaccionario e imperialista a diferencia de como se había comportado durante su primer mandato en la Casa Blanca. Las consideraciones de Martí son, por lo tanto, mucho más elogiosas que la de algunos analistas.
¿Quién, aparte de los eruditos, recuerda hoy a Judah P. Benjamín, senador de Luisiana y, más tarde, Ministro de Justicia y Secretario de Estado de la Confederación? Sin embargo, Benjamín fue una de las mentes más brillantes y cultas de su tiempo. Después de la Guerra Civil viajó a Inglaterra y comenzó una nueva vida en Londres cuando tenía poco más de sesenta años. Pronto se vinculó a la prensa y llegó a ser un pilar de la jurisprudencia británica. Cuando murió en 1884, Martí publicó un análisis sutil y conciso de su vida.[34]
Roscoe Conkling ya ha sido mencionado. A él, como a otros muchos oradores famosos, podrían ser aplicadas las siguientes palabras escritas por Martí a propósito de Wendell Phillips: “Un orador brilla por lo que habla; pero definitivamente queda por lo que hace. Si no sustenta con sus actos sus frases, aún antes de morir viene a tierra, porque ha estado de pie sobre columnas de humo”.[35]
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[19] Peter Cooper falleció el 4 de abril de 1883.
[20] JM: “Peter Cooper”, La Nación, Buenos Aires, 3 de junio de 1883, OCEC, t. 17, p. 76.
[21] JM: “La muerte de un librepensador”, El Partido Liberal, México, 9 de agosto de 1888, OCEC, t. 29, pp. 101-109.
[22] Aunque respetamos las ideas del autor en la traducción, Blaine sí tuvo aspiraciones presidenciales. Participó en la campaña presidencial de 1884 en la que resultó electo el demócrata Stephen Grover Cleveland. Veamos algunas consideraciones de Martí al respecto:
es Blaine el acometedor, Blaine ambicioso, brillante y turbulento […]. Luto sería, para este país y para la justicia, luto para algunas tierras de nuestra América que tienen las rodillas flojas, luto para la misma libertad humana que viniese a la presidencia de los Estados Unidos, este hombre intrépido, agudo y desembarazado, que de las grandezas de su patria solo tiene las grandes preocupaciones. Halaga odios; y no busca la manera de ennoblecer a los hombres, sino de lisonjearlos para que le sigan de buena voluntad. Piensa en sí más que en su pueblo; y no vacila, con pretextos hipócritas o confesados, en llevarlo al ataque y a la aventura. Pero es persona móvil y parlera; llama a todos por su nombre de pila; da palmadas en el hombro a la gente menor, que queda oronda; flagela a los chinos con lo que halaga a los inmigrantes naturalizados; y arremete contra el librecambio, con lo que tiene de su parte a los trabajadores ignorantes y a los manufactureros. (JM: “Un domingo de junio”, La Nación, Buenos Aires, 16 de julio de 1884, OCEC, t. 17, p. 234).
Campaña ninguna presidencial fue tan enmarañada, trascendental y significativa como la que dio el triunfo a Grover Cleveland. De lejos, no se distingue tal vez más que el hecho de bulto: la victoria del Partido Demócrata; y se supone, con error, que implica un cambio decisivo en la opinión y tendencias del país. […] De cerca, se ve que el cambio no ha sido esencial y durable, sino ocasional y como de prueba: y se ve lo que puede, con una sacudida de hombros, un puñado de gente honrada.
Nada más, nada más que esto, un puñado de gente honrada ha dado el triunfo a Cleveland. Mil votos menos, entre diez millones de votantes, y el Presidente hubiera sido un hombre impuro y funesto, un sofista brillante, hubiera sido Blaine. (JM: “Historia de la caída del Partido Republicano en los Estados Unidos y del ascenso al poder del Partido Demócrata”, La Nación, Buenos Aires, 9 y 10 de mayo de 1885, OCEC, t. 22, p. 56).
[23] En las elecciones de ese año, Garfield resultó presidente y Arthur vicepresidente. Tras la muerte del mandatario, el 19 de septiembre de 1881, Arthur ocupó la presidencia. (N. E.).
[24] JM: “La muerte del expresidente Arthur. Estudio político”, El Partido Liberal, México, 19 de diciembre de 1886, OCEC, t. 25, pp. 45-46 y 52, respectivamente.
[25] Véase JM: “El general Grant”, La Nación, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1885, OCEC, t. 22, pp. 156-190.
[26] Véase JM: “Muerte repentina de Hendricks”, La Nación, Buenos Aires, 9 de enero de 1886, OCEC, t. 23, pp. 50-56.
[27] Véase JM: “El general Hancock”, La Nación, Buenos Aires, 26 de marzo de 1886, OCEC, t. 23, pp. 75-78.
[28] Véase JM: “Muerte del general Sheridan”, El Partido Liberal, México, 26 de agosto de 1888, OCEC, t. 29, pp. 142- 53.
[29] Véase JM: “Muerte del general McClellan”, La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1885, OCEC, t. 23, pp. 53-55.
[30] Véase JM: “Muerte del general Logan.—Su carácter y significación en la política”, El Partido Liberal, México, 19 de enero 1887, OCEC, t. 25, pp. 111-114.
[31] Véase JM: “La inauguración de Harrison”, El Partido Liberal, México, 28, 29 y 30 de marzo de 1889, OCEC, t. 31, pp. 145-161.
[32] En las elecciones presidenciales de 1876, consideradas como una de las más disputadas en la historia de los Estados Unidos, Tilden recibió la mayoría del voto popular —4,282,546 contra 4,034,311—. Así, Tilden recibiría 184 votos electorales contra 165 del candidato republicano Rutherford B. Hayes, pero 20 votos provenientes de los estados de Florida, Luisiana y Carolina del Sur no fueron contados, en lo que se considera un proceso fraudulento. Finalmente, Hayes ocupó la presidencia el 4 de marzo de 1877. (N. E.).
[33] Véase JM: “[…] Muerte de Samuel Tilden”, El Partido Liberal, México, 8 de septiembre de 1886, OCEC, t. 24, pp. 188-189 y 193-196.
[34] JM: “Judah P. Benjamin”, La América, Nueva York, mayo de 1884, OCEC, t. 19, pp. 172-175.
[35] JM: “Wendell Phillips”, La América, Nueva York, mayo de 1884, OCEC, t. 19, p. 213.

