CARTAS DE MARTÍ
...continuación 4...
Se vio que, envalentonado con su predominio, no atendía el Partido Republicano a calmar el desasosiego que la exuberancia de productos invendibles y el exceso de población desocupada comenzaban a causar con sobrada justicia. Se vio que para poder continuar repartiendo entre sus favorecidos el sobrante recaudado innecesariamente por derechos de importación, se resistía a rebajar estos, so pretexto de proteger las industrias nacionales, que de esta protección están muriendo; como que en verdad no se hacía más que encarecer el costo de vida de una población ya afligida por la falta de empleo, originada forzosamente en la producción excesiva de artículos que por su abundancia y precio subido no hallan compradores en la Nación abastecida y alarmada, ni fuera de ella pueden competir con artículos mejores fabricados a menos precio en tierras más baratas. Se vio que con el apoyo desvergonzado de legisladores venales, tendían las leyes a concentrar, así como el poder, la riqueza, con pérdida creciente de la independencia de los Estados, y la de los ciudadanos, y con merma de las posibilidades de emprender, que los monopolios absorben, y sin cuya esperanza se descontentan y rebelan los trabajadores útiles. Se vio que con la liga entre los empleados y el gobierno, y la aplicación de los caudales de la República a los gastos privados de uno de sus bandos políticos, se iba a hacer a la larga imposible arrancar la autoridad a un partido cuyos abusos y arrogancia provocaban la condenación de sus prohombres, y cuyos errores económicos, continuados en favor de notorios intereses, han traído al país, favoreciendo engañosamente el mantenimiento de industrias artificiales, a una crisis latente y angustiosa, que todo lo paraliza y alarma, y de la que solo podrá reponerse la Nación por su producción agrícola, ayudada del abaratamiento de la vida en virtud de una tarifa más racional y llevadera, y de la reducción de la producción industrial a la de aquellos artefactos que sin ficción arancelaria pueden fabricar los Estados Unidos con posibilidad de vencer en la competencia a sus rivales extranjeros.—Tierra, cuanta haya debe cultivarse: y con varios cultivos,—jamás con uno solo.[9] Industrias, nada más que las naturales y directas.[10]
No bien comenzó la Nación a sufrir por la depresión de su comercio, investigó sus causas, y las halló en gran parte en el parcial y desenfadado manejo de los negocios públicos. La Nación era un festín, y los republicanos, gordos y lucidos, estaban perpetuamente sentados a la mesa. Las heridas políticas, como las del cuerpo, de sí mismas se curan, sin más que cuidar de no envenenarlas o reabrirlas; y así como la carne crece, y acerca con un tejido nuevo los bordes abiertos, así de los males excesivos brota, como su fruto natural, el remedio. Las leyes de la política son idénticas a las leyes de la naturaleza. Igual es el Universo moral al Universo material. Lo que es ley en el curso de un astro por el espacio, es ley en el desenvolvimiento de una idea por el cerebro. Todo es idéntico. —Cuando parecía, por el apetito de riqueza fuera del gobierno, y la inmoralidad dentro de él, podrida en la médula, y como sin cura posible, la nación; cuando en su aplicación veíanse corrompidas como en los países viejos, las instituciones políticas, y la naturaleza humana; cuando a vuelta de un siglo, toda era polvo la peluca de Washington, y polilla la chupa de Franklin y lepra todo Jefferson; cuando eran de ver, en el espíritu del gobierno, la usurpación y el desenfado, y el ímpetu de arremeter, so manto de Libertad, contra la esencia de ella en el país y fuera de él,—y en el país eran de ver la misma empleomanía, preocupaciones e imprevisión que desfiguran a pueblos de cima menos afortunada y grandiosa,—surgió, como por magia, en cada lengua un remedio, se levantó, como contra la esclavitud, en cada púlpito un apóstol; se ensañaron con brío juvenil, los honrados ancianos; relucieron aquellas mismas lanzas de la cruzada abolicionista; salieron de su silencio los pensadores vigilantes, que son, como la médula del cuerpo humano, la esencia escondida de los pueblos; y la República se mostró superior a su peligro.
¡Así sea para los males de orden mayor que se están comiendo el espíritu nacional, nacidos todos ellos, como las ramas de una semilla, del culto exclusivo a la riqueza! Se llenó el país de reformadores. Y la campaña que empezó en las elecciones de ciudad por despojar a los traficantes de votos del poder, poco antes omnímodo, de elegir a su sabor los municipios, creció, más aprisa que la nieve que rueda, y en tres años ha venido a parar en arrancar a los traficantes, organizados de modo formidable, el absoluto y descarado dominio con que venían imponiendo su voluntad en las mismas elecciones presidenciales sobre la unánime de la Nación y sus necesidades más urgentes.
A las raíces del mal se está yendo, se ha visto de donde el mal proviene. En las raíces se le está atacando. Así, de tiempo en tiempo, precisa purgar el campo de gusanos y yerbas.
Tímido primero, y luego más enérgico de verse desairado, empezó a alzarse entre los republicanos un clamor de reforma,—en la manera de nombrar los empleados, en los trabajos electorales y la recaudación de fondos para ellos, en la distribución fraudulenta del sobrante del Tesoro, en los derechos de importación que, con ser más que lo que el gobierno requiere para sus expensas, mantenían en apetito activo a las traíllas de logreros congregados en Washington para distribuirse el exceso, estimulaban la producción de artículos imperfectos, invendibles en el interior e inexportables, y hacían cada día más escaso el trabajo, más cara la existencia, y más sombrío el problema público. Enfrente de los demócratas al principio, cerca de ellos más tarde, y a su lado al fin, se unieron los republicanos honrados a la demanda de reforma, cuando no la originaron y consiguieron con más energía que los demócratas mismos, como en la ley que establece la elección de empleados menores en certamen público, y su promoción por mérito. Y como trocar el sistema de empleos, era descabezar la organización republicana, ahí culminó y por ahí se convirtió en guerra mortal, el desacuerdo referido, entre los republicanos que mantenían la urgencia de reformar la tarifa, purificar la administración, y estorbar con un buen sistema de empleos la complicidad del Gobierno y los funcionarios públicos en la preservación violenta e indebida del poder, y aquellos otros republicanos más influyentes en el partido y numerosos que, ayudados de los capitalistas cuyas empresas favorecen, originan su influjo y bienestar, y los mantienen en el ejercicio de su privilegio de distribuir empleos entre sus amigos y auxiliares.
¿De quién había de ser el triunfo en la convención de los delegados del partido, escogidos entre los que subsisten de su favor por los que lo comparten o lo esperan, sino de los que reparten los beneficios? De esta, secundado por los capitalistas, era Blaine el capitán; Blaine, que llama a la gente familiar por su nombre de pila, y a los Josés “Pepotes”, y a los Migueles “Miquis”, y “Tomasetes” y “Juanillos” a los Tomases y a los Juanes, lo que deja a estas gentes gansescas muy llenas de halago; Blaine, que con el rufián habla en su jerga, y con el irlandés contra Inglaterra, y con el inglés contra Irlanda, y fue el que quiso sujetar en hipoteca al Perú, bajo la garantía y poder americanos al pago del reclamo de un aventurero con quien andaba en tomares y decires y por cuyos intereses velaba con tal celo que convirtió al Ministro de los Estados Unidos, muerto después del bochorno, en agente privado del reclamo, que abusaba del gran nombre de su pueblo para que los beligerantes reconociesen la impura obligación, Blaine, móvil e indómito, perspicacísimo y temible, nunca grande; Blaine, acusado con pruebas y con su propia confesión escrita, de haber empleado espontánea e intencionalmente, en anticipo de una recompensa en acciones, su autoridad como Presidente de la Casa de Representantes para que se votara una ley que favorecía indebidamente los intereses de un ferrocarril en que ya tenía, por servicio no menos, una buena parte;[11]—Blaine, que no hablaba de poner orden en su casa, sino, de entrarse por las ajenas, a buscar, so pretexto de tratados de comercio y paz, los caudales de que los errores económicos del Partido Republicano han comenzado a privar a la nación;—Blaine, mercadeable, que a semejanza de sí propio,—en el mercado de hombres compra y vende. Tal Convención eligió a tal candidato. Blaine fue el electo. Por debajo de las banderas alquiladas, y de entre los delegados vendidos que habían ayudado al triunfo, salieron, llenos de rubor y de ira, los que con una generosa esperanza habían acudido a la Convención para ver de nombrar a un hombre honrado.
Había venido entretanto, criándose para la victoria, a la que son buenos pechos los desastres, el Partido Demócrata. Coincidiendo, en apariencia en toda cuestión grave, y aún en sus mismas divisiones interiores, con el Partido Republicano, no puede, sin embargo, desconocerse que lleva en sí poderosísima esencia y algo como la médula de la República el partido que quedó en pie después de haber abierto el camino a los rebeldes, dándoles eminentes defensores, y continuando luego la guerra con el voto cerrado de los enemigos de la Unión.
Mas los federalistas, que eran como los republicanos de ahora, se habían diseminado: los republicanos triunfantes no traían cuerpo esencial de doctrina, sino la misión accidental y temporal de mantener sujeta la Unión para cuya defensa habían nacido; y el Partido Demócrata quedó vivo, como partido de oposición, que con serlo tiene ya condiciones legítimas y útiles de existencia, como el último símbolo, y la semilla de derecho, de la doctrina de los estados rebeldes que por medio de él únicamente se manifestaban,—y, enfrente de un partido transitorio e infantil, como la urna de madera noble, hollada por los fusiles, roída por los gusanos, quemada por la pólvora, que guarda el aroma de aquellas colosales flores de justicia, radiosos pensamientos, con que este pueblo apareció a la vida. Aquella gran familia de estados, que tuvo, como toda casa joven, sus desconocimientos y turbulencias, mas que se asentó luego con el respeto y puntillosa cortesía de los hogares puritanos; aquella sustanciosa y fundamental elocuencia, novedad absoluta y reflorecimiento de la mente humana, cuyos radiantes párrafos parecen pabellones de victoria, y a la que se asoma el espíritu reconocido como a la mano de un padre, o como a un nuevo mar; aquella generosa épica, que en su día aparecerá, cuando la lejanía permita verla proporcionalmente, no abatiendo hombres, sino tallándolos; no tinta en sangre por una moza liviana, como la épica de los peluquines clásicos, sino de las ruinas del hombre, que salió mal hecho la primera vez, recomponiendo a la criatura humana, y quitándole las bridas, y coronándolo de luz; aquel espíritu, aquella letra, aquella revelación del tiempo heroico del pueblo americano, perpetúanse, como tradiciones de familia que han solido ser abandonadas en el canoso Partido Demócrata, favorecido con el sutil prestigio de la leyenda y de la buena casa. Imponen, esas acumulaciones de virtud. Los hombres, que apedrean la virtud, saben que necesitan de ella para salvarse.
Ve la gente, en la posteridad de los personajes ilustres, como la sombra de los grandes hombres. Y los pueblos, así como los hijos, aman más a sus padres después de muertos. Luego que cesó la guerra, y empezaron a brillar los mercenarios que ella sacó a flote, con la insolencia y ruidos propios de la gente advenediza, los ojos se volvían como a un descanso, a aquel viejo partido, arrinconado y expulsado, que purgaba en la pobreza su fausto y sus yerros; pero en el cual, más que en los atrevidos soldados triunfantes, vivía, con su traje de terciopelo negro y sus zapatos de hebilla de plata, el espíritu de la República.
Demócrata había sido el Sur antes de la guerra; y vencido en su tentativa de crear nación propia, mantúvose afiliado al partido que a sus contemplaciones con el Sur, tanto como a una corrupción administrativa, no menor que la de los republicanos de hoy, debió su salida del poder, punto menos que ignominiosa.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[9] Véase Educación agrícola.
[10] Hasta aquí el texto publicado en La Nación, el 9 de mayo de 1885. Al texto que sigue, publicado en La Nación, el 10 de mayo, le precede: “(Conclusión. Véase el número anterior)”.
[11] Referencia a la actuación de Blaine como agente de negocios de los bonos en la bancarrota de la compañía ferrocarrilera Little Rock & Forth Smith, aprovechando su puesto de Presidente de la Cámara de Representantes. En dicha transacción obtuvo alrededor de 100 000 dólares. La carta incriminatoria se publicó antes de las elecciones de 1884, y concluía, firmada de puño y letra del propio Blaine, con la frase: “Queme esta carta”, lo cual no cumplió el destinatario, Warren Fisher, contratista de la Compañía Little Rock.

