DON MIGUEL PEÑA

...continuación 3...

Suplica Peña de la sentencia ante el Senado, y es aquel documento vigoroso, más que súplica, defensa previa de actos posteriores.―Como su resolución está tomada, su tono es tranquilo; desdeñoso, no airado; amenazador, con amenaza sorda. No es bueno despertar a los colosos, ni moverlos imprudentemente a ira.―“A los grandes vencidos”, dice, seguro de su alteza, “se les mata o se les perdona!” “¿Qué fuera si así juzgarais a Santander o a Bolívar? Sería más digno de su grandeza caer y morir, que someterse a las observaciones que un ministro haría a un alcalde”.―“¡Un año me imponéis de suspensión: cumpliré vuestro decreto, senadores, aun más allá del tiempo señalado!”―Como que quiere hallar un freno para su rencor, y se denuncia:―“Ved que esta sentencia vuestra puede ser origen de facciones que lleguen algún día a turbar la paz pública”. Lastímale que como pena le hayan impuesto la de privación de unos dineros:―“Por fortuna me habéis impuesto una pena pecuniaria, en lo que he sido bastante disipado”. Quiere dejar en Bogotá más de lo que de ella ha recibido:―“Muchos saben que en cada año de permanencia en esta ciudad he gastado más de un doble de lo que valen mis sueldos”. “¡Reconoced que no podéis juzgarme, por mi bien y por el de la República!” Y murió Infante diciendo cosas épicas a los senadores que lo condenaban y al pueblo que le oía; con lo que quedaron manchadas de sangre las cruces de Libertador de Venezuela, y de Boyacá, que le colgaban del pecho; y rota la lanza que abrió paso por la tropa enemiga en Pantano de Vargas; y Peña, airado; sepultada la prudencia; empañada la justicia y traspasado de nueva y honda herida el pecho de la pálida Colombia.[40] Peña vuelve a Valencia. Reconocido de antemano, por platicas y cartas, y por su bravura en lo de Infante, como vehemente adversario de Colombia, y penetrado de la necesidad política de dar con ella en tierra, y en Venezuela con un gobierno independiente,―no bien llega a Valencia, que seguía sus pasos con amor, y en él tenía confianza y orgullo, encabeza las no disimuladas cóleras que, sobre los celos de Bogotá, y su dependencia de ella, encendían entre los venezolanos las disposiciones de Santander y sus amigos. Y aquí se confundieron de tal modo el hervor del rencor público y el del personal de Peña, que fuera injusto decir que movió exclusivamente su resentimiento a aquellas rebeldías, y fuera nimio desconocer que sin él no hubieran sido tan rápidas ni pujantes. Aquel público hablar; aquel caliente escribir; aquel humilde depender de un pueblo siempre tenido por menor; aquel haber de moverse conforme a la ajena voluntad y no a la propia, y aquel recibir leyes donde se las había dictado de continuo, puesto todo a bullir por el agravio potente de Miguel Peña, y su vivísimo amor al solar patrio,―no habían menester de tanto para alzarse en rebelión, como de aquellas justicia excesivas, que más parecieron voluntarias provocaciones, de la Cámara bogotana,[41]  con las que fueron, Páez, acusado de mal cumplidor de leyes, Carabaño[42]  y Pedro Díaz[43]  multados en mucho, y notados feamente Tovar[44]  y Mariño.[45] ―De Páez fueron entonces los actos visibles; pero los invisibles y determinantes fueron de Peña.[46]  Ni halla, ni quiere hallar manera de suspender el cumplimiento de la orden que separa a Páez del mando. Por él se alza Valencia, y con Valencia,[47]  Venezuela. Él flagela, con su pluma temida, a su rival y enemigo Santander. De este se sacude. A Bolívar, se ofrece. No es, no, contra aquel hombre, “en quien él, más que en su patria, ve su patria”,―contra quien alza armas, sino contra aquellas “leyes de circunstancias” de Cúcuta nacidas, y el que a su juicio las violenta y hace menos amables. Cuanto se escribe, es suyo; cuanto se mueve, por él se mueve; él estuvo de pie de abril a diciembre de aquel año. De diversos factores se compuso aquella que, por quedar en poco, fue llamada la Cosiata; mas fue de él el arte de agruparlos y hacerlos producir. Sin lo de Infante, lo habría hecho; mas lo precipitó por lo de Infante.
Y por aquel desdichadísimo negocio, que le valió nueva sentencia del Senado, que consistió en tomar de la Tesorería de Cartagena $200 000 en onzas de oro, que a Venezuela tocaban en el repartimiento del empréstito agrícola de entonces, contada cada onza por $16, y entregar $200 000 en la Tesorería de Caracas, como si cada onza valiese $18. Hallan los hombres excusa a los actos censurables en la frecuencia con que estos acontecen, y en la impunidad en que queda el delito; de tal modo que llega a causar asombro que se llame al crimen, crimen,―por el hábito de verlo cometido. Créase una especie de honradez relativa, que no satisface a los espíritus viriles, pero atenúa y excusa la falta que durante su reinado se comete. Ni vale que no parezca delito legal el que es delito moral;―que si a la justicia ajena escapamos, no a la propia. Por esto, desde entonces,―y por el necesario alejamiento en que su carácter, temido de Bolívar, y sus enérgicas gestiones en daño de las ideas más caras de este, le tenían de aquella excelsa criatura, roída por el diente interior de su grandeza y por el agudo de los hombres,―no vuelven ya a notarse en obras ni en palabras en el Dr. Peña, aquella altivez sana y áspera fiereza con que dejó asombro en el Senado bogotano, para sacarlas luego mal heridas de la Tesorería de Cartagena Contra la voluntad de sus secuaces alarmados y de sus émulos envidiosos, vuelve Bolívar a Venezuela alzada, poniendo silencio, con la extensión de su grandeza, a cuantas palabras intenten celebrársela, a pedir cuenta a la rebelde hija, de aquel sacudimiento y devaneo. Él, más fuerte que todos, fue más fuerte que las ansías de Páez y las iras de Peña. Ve en este carácter bravío, ambición defraudada, rencor que no ceja; mas gozaba su fúlgida mente, en la elevada del valenciano, desusado prestigio; y, aunque acusado Peña de émulos, y no reñido tal vez completamente―cuidando más de ser cauto político que irreprochable amigo―con sus malogrados propósitos, ni con el glorioso llanero que lo aseguraba, no parece que perdiera, a pesar de su prisión transitoria en Barquisimeto, la confianza de Bolívar, ni que él se la negara: pues sobre confesar en carta suya que tenía del Padre de Colombia misión, y la cumplía,―es el tono de sus cartas a él de servidor humildísimo y apasionado; y por venirle de Bolívar, que quería gallardamente redimirlo del cargo de las onzas, acata el nombramiento que le envía a la apartada Ocaña, como miembro de aquella Convención[48]  precipitada para acallar las impaciencias de los venezolanos, y dar nueva y más sólida base a la unión de las secciones descontentas de la Gran República. Ni Peña sabía olvidar, ni Santander. En vano, con marcado esfuerzo, que llegó hasta invocar, en excusa de la falta de su diputado, faltas iguales y mayores de otros que ya tenían asiento en los estrados de Ocaña, escribió sus llameantes frases el Libertador, en la admisión de Peña muy viva y principalmente interesado. Con todas sus artes se revuelve Santander contra su temidísimo adversario, y lo echan―rechazado de la Convención, porque no debe entrar en ella hombre acusado de comercio impuro con los dineros nacionales,―a llorar, con impotentes iras, su inesperada y pública vergüenza, al Puerto Nacional de Cartagena, donde inútilmente espera que el crédito del Libertador le vuelva el suyo, y donde, abrumado al fin, piensa en esquivar el rostro ruboroso de la patria, que lo ve humillado. Fortalece en Cartagena ánima y cuerpo, y vuelve de nuevo los ojos, que un instante tuvo fijos en Bolívar y en Ocaña, al ensayo del año 1826,[49]  y a Páez. No dice a Bolívar, a quien en agosto felicita por el término súbito de la Gran Convención,[50]  y asegura que por él y sus hazañas de paz, más difíciles que las de la guerra, vuelven a abrazarse venezolanos y granadinos,―cómo en julio, con la primera pluma que en tierra de Venezuela hubo en sus manos, escribió a Páez, en carta batalladora, que de grandes cambios era la época, por la que todos suspiraban, y de Páez la fuerza de mover aquella revolución unánime e indispensable que tenía consigo a los hombres que pensaban y a los que batallaban. Ya, con la rara fuerza de acometimiento que debía a la naturaleza, a todo acude y prepáralo todo para la cercana resistencia, porque él tenía las capacidades de ir poniendo en orden los elementos mismos que airaba y encrespaba, la cual es dote grandísima en tiempos de revoluciones; ya, con fulmíneo arranque, pide a Bolívar que extermine a los malvados que a su vida atentan; ya, como para impedir a Bolívar que mancille su gloria, o para obligar a Páez a que se la respete, o para volver a ser él grande, halla en aquel suceso memorable, y en aquel amor de compañero que a tanto hermoso guía, y su ardiente sentimiento americano, el alto tono histórico que realza el manifiesto que suscribe Páez en 7 de febrero,[51]  en encomio de las glorias del Libertador, que enumera y agrupa:―manifiesto que brilla y que batalla! No quería él, como tantos otros, celosos de glorias ajenas, o atormentados de no poseer el valor necesario para lograrlas, fundar, con exclusión de su sublime hijo, la independencia de la patria. Estremece y conmueve aquella página vibrante en que, por entre las pasiones de vulgar orden que empujaban la mente del diestro valenciano, asoma aquel elemento grandioso que le dio brío en la Sociedad Patriótica, y que se fue en mala hora mermando, con la común merma de los hombres y los tiempos. Que los que se conservaron a su natural altura, como los hombres no perdonan nunca a los que les son reconocidamente superiores, perecieron.―Ni en Temístocles, ni en Pisístrato, ni en César, ni en el astuto Napoleón, ni en el honrado Washington, halla alguno a Bolívar semejante.[52]  En su paseo por la Historia, ha recogido los elementos útiles. Con su ojo penetrante reduce lo grandioso pasado a sus proporciones naturales; y como con igual seguridad ve lo que fue que lo que va siendo, compárales sin miedo, y unge grande al más grande. ¡Qué modo de decir aquel para acabar un admirable párrafo:―“Ha tenido que lidiar con los cielos y con la tierra; con los hombres y con las fieras; lo diré de una vez: con españoles y con anarquistas”!

     Poblábanse por entonces los círculos políticos, grandemente animados a la separación de Venezuela, de los recién venidos a la vida pública o de los que no habían ganado en ella gran prestigio, los cuales andaban temerosos de la importancia de los que habían sobre sus hombros alzado la Patria. Érales fácil achacar a deslealtad el natural vaivén de los ilustres de Colombia, que, como Peña a veces, entreveían, enardecidos por la palabra fervorosa de Bolívar, mejora pública sin sacudimiento y sin artes de guerra. Es más fácil apoderarse de los ánimos moviendo sus pasiones, que enfrenándolas. No a celos parricidas enderezaba el ánimo de Páez nuestro abogado; ni sacó nunca criminal partido de aquellas amarguras del Padre de Colombia, ciego ya de dolor, que, con convulsivos movimientos, quería aún retener entre sus brazos a su rebelde y cara hija. Es fama que antes de la batalla queden los alrededores libres de curiosos; y luego del peligro y del triunfo, aparecen de súbito acrecidos los ejércitos con gran número de combatientes ignorados, que temerosos de no gozar la fama que de fijo no merecen, la decantan y pregonan con altísimas voces, en tanto que los vencedores verdaderos, contentos de sí mismos, se sientan en los bordes del camino a enjugarse la frente y las heridas.

     Fue en 1829 de los voceros el triunfo, y de la deslealtad se hizo atributo, y la mayor ingratitud fue el mayor mérito. A defender el nombre de Bolívar guía Peña la mano de Páez, aun en aquellos días de juntas, y actas, y clamores, y desconocimiento tempestuoso de la unión de Colombia, y de su magnánimo jefe; no lo guía a atacarlo. A declarar le lleva que mueve guerra al pensamiento político que en Nueva Granada tiene asiento, no a Nueva Granada: y al tender a sus adversarios despedazada la gloriosa acta de Cúcuta, tiéndele aún en blanco el acta generosa de la paz. Páez, astuto, déjase empujar por los voceros que lo exaltan; mas, bien seguro de la previsión extremada y eficacísimos recursos de aquel hombre incansable, que a su culpa de haber contribuido al desmembramiento de Colombia, reúne el mérito alto de haber preparado a Venezuela para su establecimiento, y enfrenado las cóleras primeras de sus hijos,―asesórase de Peña. Que Peña, en tanto, por lo que estima su influjo, no cede en el propósito de ejercerlo: y por lo que ama a la patria y al humano derecho, no consiente que el jefe ande sin brida. ¡Leal fue a la libertad el que ya no lo era a Colombia, ni a su magnánimo jefe!