TRES MADRES
En busca de sus hijos, ausentes de la patria donde medra el extraño y perece el natural del país, vino al Norte, rudo para los ancianos, la madre política de nuestro hermano en el trabajo y en el cariño, de Sotero Figueroa. Por las tierras ajenas tiene que ir jadeando nuestro corazón, porque en las nuestras se acaba el pan para quien insiste en vivir con honra:—Y el pan ha de ser puro desde la simiente de la espiga: si no, el que come pan es cómplice: hay que orear nuestras tierras.—La cariñosa anciana, la señora Alejandrina Santaella de Martínez, ha muerto al menos en la tristeza de New York, con el consuelo de ver a sus hijos libres, en el trabajo decoroso, de aquella vida de cédulas y humillaciones, hipócrita, insegura, amenguadora, agria. ¡Pero no veía al morir las colinas, todavía sonrientes en la esclavitud, ni los cercados de rosas!
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De la altivez del padre y su genio sobrio y fino, y de la cubana que vivió siempre enamorada de su patria y de su hija, siempre fiel al cadáver ensangrentado del esposo, nació, como gracia y honra de su tierra la que hoy, en tierra de España, se queda en el mundo sin más compañía que la de su talento y su virtud: ha muerto en Málaga, la tierra amiga del poeta que escribió El diario de un mártir,[1] la madre de Piedad Zenea. A todo corazón movía a respeto aquel viaje triunfante por la vida, a menudo fatal al mérito y a la belleza, de las dos mujeres inseparables,—la madre y la hija. Los peligros mismos de la cultura, que en verdad los tiene para toda alma briosa y superior, y la lucha ardua por el trabajo independiente, las hallaban siempre con las manos unidas, sonriendo, y fuertes contra todo. La buena madre ha muerto. No está sola, sino rodeada de respeto, la buena hija.[2]
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Oradores tiene Cuba, y hombres de período robusto y natural, vibrantes, como la piedra del desierto, cuando, a modo de sol, esplende ante ellos la justicia, y cautos y lentos a su hora, como quien edifica. Así es Enrique Messonier. ¡Cuántas veces, en su hogar de altos pensamientos y de cortinas blancas, le lucía a ese hombre generoso el corazón como solo luce el de los hijos que tienen, contra la ingratitud y bajeza del mundo, aquella majestad que pone en la vida el amor delicado y continuo de la madre! Y hoy la anciana, con las manos plegadas al pecho, se ha ido de la vida. Con el hijo estarán en su dolor todos los que le conocen el alma ardiente y grande.
Patria, Nueva York, 11 de mayo de 1894, no. 111, p. 3; OC, t. 5, pp. 28-29.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Diario de un mártir, publicado póstumamente por Enrique Piñeyro en 1871.
[2] Véanse la nota periodística publicada en Patria titulada “Piedad Zenea y Emilio Bobadilla” (“En casa”, Patria, Nueva York, 8 de diciembre de 1894, no. 140, p. 3; OC, t. 5, p. 456) y la carta de recomendación de José Martí a Juan de Dios Peza, a favor de su “distinguida amiga”, “la Srita. Piedad Zenea”, “una de las más cumplidas criaturas que hablan lengua española”. (OCEC, t. 24, p. 349-350).

