PAN DIAMANTINO PARA MUCHOS OTROS AMANECERES

Su retrato de Martí

Martí es un vecino arropado de los senderos, un solitario que mira de frente y se abanica con palmas, una levita olorosa a camino, a monte, a ciervo qué busca amparo,[1] a banderón de la entrada.[2] Su mentón huidizo carece de importancia, porque vive bajo un follaje bigotudo. Es una persona intensa, olvidada de los espejos. Crece duplicándose desde la barbilla a la frente, donde redoblan faldas y palmares. El mar es un apócope[3] de su persona y él es un aféresis[4] bien pensado del mártir.[5] La suma amplitud de su patriotismo se ensancha con la magnitud del hueso frontal y algunas occipitaciones de fondo. Ojo de mirar profundo, aunque no oscuro, penetrante, aunque sin filo, perfila una sinuosa búsqueda sin sombrero sobre la tierra. Se entrega, con cariño manifiesto, manosea, acaricia de cerca, exhibe dedos irrefragables, se acoda, escucha, percibe, riposta. Y entre ambos, platicador y platicado, abulta una enredadera de tilos y cundiamores, saúcos y buganvillas, hasta que amanece y las crepitaciones se rinden incondicionales al verbo. ¡Qué mansa inmensidad, qué furiosa dulzura! Adereza palabras inefables para alabar virtudes y anatemas espantosos para azotar pecados. Aunque nunca se detuvo en ninguna mejilla con el látigo en la mano. La sátira o la ironía, raramente mordaz, se tendían como puente imperceptible o como rosa de enero. En el rostro le jugaba una sonrisa, leve, no de alegría ni por chistes o bromas (aunque sí parece que se podía constatar su eventual sentido del humor), sino por una dulcedumbre[6] tristeza de amor que se alelaba en el aire, entraba a los pulmones, planeaba como hoja de otoño, se dejaba atrapar, silbaba otro poco y luego iba a buscar nido al anochecer. Nunca nadie fue igual, tanto en días de vendimia como de vivaqueo. Fue un peregrino en movimiento, abandonado a ratos y a ratos oculto de su propio parapeto cervical. Su ternura se alimentaba de un encantado manto freático, en territorios ubicados al sur y al norte. Al viajar, alternando miradas de águila y de paloma, le crecieron nuevas ramas y raíces, como al ser destinado por los aleros para meditar en las más agudas y suaves aristas materiales. Era un coloso colosal. Aunque al estilo griego, no por la estatura sino por la figura. Su esqueleto fibroso dimensionaba dentro del traje y desbordaba la elocuencia de las diversas locaciones. Rimaba estrella con locura, mientras advertía el remanso de las expansiones y la demencia de las lejanías. No fue ciertamente hombre para vivir atribulándose hasta los 70, ni para fallecer durmiendo en un catre o hamaca, sino, paradójicamente, para atacar con un arma que no dispara y cabalgar hacia un enemigo que ama más que aborrece, que desea más redimir que derribar.

¿Cómo pudo Martí caer sobre las palabras sin despertarles sus sombras?

Imagine, estimado, por esa imagen, qué sigilosa urdimbre de persona. Procedía de su noble aturdimiento para cabalgar en sordina sobre el lenguaje, como quien intercede por el viento sin necesidad de percibir lamentos. La hojarasca no crepitaba bajo su apasionado pie. Acercarse como una sombra a otra sombra, es de utilidad sustantiva y sustancial al poeta.

     Quien maltrata el verbo y arrastra el adjetivo a su lugar de oración, es un ente ríspido y volátil o un simple chapucero de callejón. Rózame sin rozarme, saluda sin guiñar un ojo.

     Ni afasias ni afonías: un callado estruendo. Retumbaba en el ínterin, pero las diademas de sus brillos le llegaban secretamente y sin chistar. No se atragantaba con palabras verticales, antes las hacía bracear por los molinos y desechaba solo las inoportunas y atroces. Mano de maestro es eso precisamente, un ala inaudible, porque además de su magisterio cubano, el lenguaje le debe una cátedra y una multitud de misterios. Con palabras amodorradas y profundas, Martí articuló un idioma renovado que nos va perteneciendo en sus transformaciones. Ejércitos de palabras adiestró con este, su oculto método, no con la intención lívida de crear umbráculos: su propósito confeso y cotidiano fue la claridad y vivir y morir de cara al sol.[7]

¿Alguna influencia martiana en su poética, Lezama?

Cuando el Maestro anuncia la lluvia de la noche, el baño en el Contramaestre, la caricia del agua que corre, la seda del agua,[8] y redacta ansioso durante el crepúsculo estrellado del 15, mayo en el almanaque, a cuatro jornadas del 19, está anticipando varios devenires. Es el azar precursor que concurre. El poeta aprieta la noche a la humedad que circunvala, inunda el agua con una suerte de seda de manantiales y cariños. Y luego, como ignorando que acaba de tocar cielo y tierra con la punta del arpa, agrega: “…para la mujer[9] de Rosalío,[10] cebollas y ajos y papas y aceitunas para Valentín[11]”,[12] intuyendo y convencido que entre ambos mundos de cubanía universal no se oponía ningún castillo medieval, de cristal o naipes. Ve en la gran vitrina azogada cómo del pote de la harina se elevan arcoiris previos al aguacero y cómo el rocío yaciente se anticipa a las emanaciones del potaje de garbanzos. En el espejo se mira el espejo, que contiene una multitud de espejos reflejantes. Yo, por supuesto, y mi asma, mis inspiraciones atribuladas, los flujos y reflujos de tú y yo, así como los partes meteorológicos y los regresos del totí[13] al Prado, estaban contenidos en los hilos balanceados de esos suspensos. No porque se calce una naturaleza preconcebida o retrospectiva, sino porque el tiempo va abriendo páginas concurrentes, sino porque esas hojas y todo el árbol de los Diarios,[14] son iluminaciones y potencias del misterio.[15] Y toda luz, más tarde o temprano, se dirige a sus destinos. Yo bebí y bebo de aquellas lluvias, bajo idénticas noches. Y tal sigiloso azar constituye uno de los placeres de existir. ¿Por quién me dejo acariciar si no me dejo acariciar por mis aguas que corren?

¿Todo el mensaje martiano ha sido incorporado?

Doy por descontado que hay masa por amasar y pan diamantino para muchos otros amaneceres. Martí no escribía en cifrado, sino suelto y adelantándose, fácil y sin golosear en hermenéuticas o adjetivos insólitos. Fluía su verbo como agua amoratada de manantiales, porque antes pisó entre metales y legumbres. Su complejidad salía sin nudos, su sencillez era improvisada con nudos verdes de la tierra. Para que el protagonista alcance su esplendor tiene debidamente que nutrirse de misterios. A sus pies se tendía una insospechada vastedad y él tomaba añil de ese azul y lo desparramaba con su tinta, con el mismo deleite y sinceridad que la tarde derrama el agua del baño. No lo sospecho retorciendo clavos ni cerrando candados al final del párrafo. Si todo no está interiorizado, amigo, o si lo está poco y no pegado al hueso, con ausencia de tuétano y esmirriada savia, es porque el ojo que falta nos falta a nosotros.

     Es cierto que su permanencia indescifrada ocupa todavía inmensos memoriales[16] y abundantes mañanas del colibrí.[17] Pero es una generosa ventaja y no la desventaja que alguno pudiera profetizar. Tener un manantial vivo, en el patio, en la raíz, al fondo, es una delicia comparable a la de haber bebido sin saciarnos. Diversos abracadabras nos abrirán esas grutas. Alguna vez dije en alguna parte: que sus palabras, hasta las más socorridas, tomarán nueva carne en los días de desesperación y justa pobreza.[18] El reservorio no decrece: en mi cálculo, aumenta, agrega imantaciones, salta, chisporrotea, emana, fluye, se condensa. La vegetalidad alimenta la animalidad y entre ambos crecen y sacan chispa a lo maravilloso material. Un siglo o una semana después, el agua apresurada se evapora, reiniciando ciclos y abandonando su período áptero, retroalimenta nubes, y vuelve, un día, una mañana, y es esa agua que cae ahora allá afuera, concurrente y casual, y se derrama gozosa sobre territorios que siendo los mismos ya cambiaron la luz del paisaje.

Su opinión sobre los Versos sencillos

Para instruirlo con un reticente recurso de sinestesia, le diré, por arribita, que nunca se hablará bastante de esos octosílabos rimados, esplendor de la sencillez elaborada con que Martí se aventuró en el tiempo. Pienso en ellos, algunas veces, como la flor primera, absoluta y total de la cubanía. Acostumbramos a hacer frases, farragosas o lúcidas, si alguien alude o contacta la palabra crisol, que se refiere casi siempre a impensadas franjas recurrentes o inesperados vados de la historia. No me opongo de ninguna manera a los sobrentendidos, porque me estaría negando, cuando soy de los que dibujan flamencos remontando el aire con solo avivar la llama de la hoguera. He ahí un ejemplo, visible e ilustre, de porcelana y guano, de ariques y terciopelo, glaciar y tórrido.

     Aunque no llevo cuentas ni estadísticas, sino sumas espirituales, he leído sobre un centenar de veces esas pompas geniales, que aletean ingrávidas sobre montes y charrascales del archipiélago sin intentar poner tonsuras a los patricios ni collar de perlas a los bajos instintos o nacionalismos. “Por donde abunda la malva y da el camino un rodeo”,[19] crece una yagruma[20] paridora de manos. Es el mismo sitio “en que le salió un retoño a la pobre rama trunca”.[21] Y yo, José de este siglo, que vive entre dos muertes, pienso “en el pobre artillero que está en la tumba, callado”.[22] Aunque también, en la noche, cuando hago la oración, en “los angelitos medrosos que me trajeron, piadosos, sus dos ramos de claveles”.[23] Para ser Maestro, Maestro en los genes, y Apóstol en diástoles y sístoles y fibras del metal, hay previamente, con modestia radiante, con serena altivez, que proclamar que se es un hombre sincero de donde crece la palma y antes de morirme quiero,[24] porque resulta un manifiesto de nación y origen, una tierna y escrupulosa predicación audible a los pobres de la tierra, aun cuando sean los ecos quienes lleven el mensaje hasta lo recóndito de las estancias. No habríamos llegado a este destino, sería otro el destino, sin aquellos papeles previos.

     La resistencia de los muros está implícita en esas cuartillas escritas con temblores. Es la forja del arte y su utilidad histórica. Quien duda del valor y del coraje de un poeta y de la poesía, que registre en lo oculto de aquel pecho bravo.[25] No pueden, ni la industria ni la economía, descubrir mejor que todo y nada, como el diamante, antes que luz es carbón.[26]

Está el Martí de los discursos

No se puede picotear en libros raros hasta conocer el Martí montañoso, que como un Midas justo y atinado convierte en oratoria todo lo que lleva dentro de ensayista y patriota. Yo me cruzo de pechos y me balanceo, asombrado. Apenas puedo imaginar la infancia de un tribuno tan grande: ¿qué decía, y cómo, a los amigos de juego, a las noviecitas de probar, con qué palabras respondía a quienes se le enfrentaron en los patios de colegios? Quisiera mirar por un huequito. Debió blasfemar, pero ¿cómo articulaba, con qué sintaxis, sus apasionadas acometidas de adolescencia? Con la miel de sus amantes derretidas se debió enlodar aquella Habana de 1800 y tantos.

     ¿Dónde y con quién dormía el verbo que le creció tan colosal? Se intuyen y conocen las lecturas afiebradas, las posibles influencias, las sobredosis y sus sobrenaturalezas, pero ese relumbre, las imágenes, el portento, ese granel que le hacía regalar diamantes, como observó Darío, hasta en la simple charla de café, ¿emanaba de dónde? No conozco conferenciante comparable. Resulta demoledor y convincente. La fuerza le bajaba de las raíces, destellaba como un demonio angelical. “Nada es la inteligencia”, decía con fruición y resecos los labios, “que se emplea, como el hurón enamorado de su agujero, en cavar, con la cabeza hacia lo oscuro de la tierra, convocando a los hombres a desconfiar de los que aman al sol”.[27] La palabra le llegaba como agua clara, del intelecto y de sus idilios permanentes con la luz: los discursos fueron su poesía de trinchera, sus alaridos para rebasar ridículas fronteras de tiempo y raquíticos límites de espacio.

¿La verdad más universal de Martí?

Martí habló de los pensadores de lámparas, los pusilánimes pensadores canijos. A tales sietemesinos[28] él solía llevarlos con el fuste: de ellos dijo que recalentaban razas de librería para estimular animosidades y odios. Afirmó, con palabras más que conocidas, que “no hay odios de razas, porque no hay razas”. Convencido vivió y murió, convencido como podía estar de convencido un hombre de esa dimensión, que “la identidad universal del hombre”,[29] no se detiene en colores de piel y supera cualquier onerosa expectativa.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] “Mi verso es de un verde claro
Y de un carmín encendido:
Mi verso es un ciervo herido
Que busca en el monte amparo”.
(JM: “V”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 307).

[2] “Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar”.
(JM: “X”, Versos sencillos, ob. cit., p. 314).

[3] Apócope. Es la pérdida de uno o varios sonidos al final de una palabra. Proviene del griego “apokopé”, “cortar el extremo”. Es muy común en adjetivos y adverbios cuando preceden a un sustantivo o a otro adjetivo: Gran, san, primer, cien y recién son apócopes de grande, santo, primero, ciento y reciente, respectivamente.

[4] Aféresis. Es la pérdida de uno o varios sonidos al principio de una palabra. Proviene del griego “apháiresis”, quitar de delante”. Suele darse por evolución fonética del latín al castellano o por relajación en el habla coloquial. Norabuena, tá y magín son aféresis de enhorabuena, está e imagínate, respectivamente.

[5] “La majestad de su ley y la gravedad de sus acentos, nos recuerdan que para los griegos mártir significa testigo. Testigo de su pueblo y de sus palabras, será siempre un cerrado impedimento a la intrascendencia y la banalidad. Y si solo podemos creer, según la extraña sentencia de Pascal, a los testigos muertos en la batalla, es en las decisiones de su muerte donde nuestra forma como pueblo adquirió su esplendor al unir el testimonio con su ausencia, dar una fe sustantiva para las cosas que no existen, o a la terrenal gravitación de las más oscuras imágenes”. (José Lezama Lima: “Secularidad de José Martí”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, no. 33, pp. 3-4).

[6] Goya, que dibujaba cuando niño con toda la dulcedumbre de Rafael, bajó envuelto en una capa oscura a las entrañas del ser humano y con los colores de ellas contó el viaje a su vuelta”.

[JM: “Nueva York y el arte. Nueva exhibición de los pintores impresionistas”, La Nación, Buenos Aires, 17 de agosto de 1886, OCEC, t. 24, p. 93. (Las cursivas son del E. del sitio web)].

[7] No me pongan en lo oscuro
A morir como un traidor:
¡Yo soy bueno, y como bueno
Moriré de cara al sol!
(JM: “XXIII”, Versos sencillos, ob. cit., p. 314).

[8] “La lluvia de la noche, el fango, el baño en el Contramaestre: la caricia del agua que corre: la seda del agua”. [JM: “De Cabo Haitiano a Dos Ríos” (9 de abril-17 de mayo de 1895), Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2019, p. 106].

[9] Emilia Sánchez Collé, española de nacimiento.

[10] José Rosalío Pacheco Cintras.

[11] Cocinero de origen español de la tropa de Félix Ruenes Aguirre.

[12] “[..] traen un convoy, cogido en La Ratonera. Lo vacían a la puerta: lo reparte Bellito: vienen telas, que Bellito mide al brazo: tanto a la escolta,—tanto a Pacheco, el Capitán del convoy, y la gente de Bellito,—tanto al Estado Mayor: velas, una pieza para la mujer de Rosalío, cebollas y ajos y papas y aceitunas para Valentín”. (Ídem).

[13] Totí. Ptiloxena atroviolacea. También se le conoce como zanate cubano o choncholí. Es una especie endémica de Cuba, común en bosques, campos de cultivo y jardines urbanos, aunque está ausente en la Isla de la Juventud. Mide unos 27 cm y su plumaje es completamente negro con brillos violáceos y verdosos; más intensos en el macho. Sus ojos, pico y patas son negros. Es un ave muy gregaria y vocal. Es reconocida en la cultura popular cubana por el refrán: “Todos los pájaros comen arroz, pero la culpa la paga el totí”.

[14] JM: Diarios de campaña. Edición anotada (14 de febrero-17 de mayo de 1895), investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2019.

[15] “[…] la escritura dibujada de su Diario, […] es para mí el más grande poema escrito por un cubano, donde las vivencias de su sabiduría se vuelcan en una dimensión colosal. […] // En Cuba solamente ha sido alcanzada la sabiduría por el taita, el negro esclavo al llegar a su ancianidad, y en la poesía de la sacralidad que culmina en José Martí. […] // La sabiduría del taita es la que ya Martí atesora en su Diario […]. Su lenguaje no es nunca aprendido, sino pintado como un garabato para ser reconocido por la siguiente caravana”. [José Lezama Lima: “Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (Siglos XVIII y XIX)”, La cantidad hechizada (1970), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014 (edic. digital), pp. 225-229].

“Las palabras finales de su Diario, uno de los más misteriosos sonidos de palabras que están en nuestro idioma, bastan para llenar la casa y sus extrañas interrupciones frente al tiempo”. (José Lezama Lima: “Secularidad de José Martí”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1953, año X, no. 33, p. 3).

[16] “Su permanencia indescifrada continúa en sus inmensos memoriales […]”. (Ídem).

[17] “En la soberanía de su estilo se percibe la mañana del colibrí, la sombría majestad de la pitahaya, y los arteriales nudos del cedrón”. (Ídem).

[18] Et caro nova fiet in die irae. Tomará nueva carne cuando llegue el día de la desesperación y de la justa pobreza”. (Ídem).

“en sus cartas de relación nos describe para su primera secularidad una tierra
     intocada,
–et caro nova fiet in die irae–,
tomará nueva carne cuando lleguen la desesperación y el temblor
     y la justa pobreza”.
(José Lezama Lima: “La casa del alibi [1953], Obras 4. Crítica 2, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, p. 443).

[19] “Por donde abunda la malva
Y da el camino un rodeo,
Iba un ángel de paseo
Con una cabeza calva”.
(JM: “XIII”, Versos sencillos, ob. cit., p. 318).

[20] Yagruma o yagrumo. Cecropia peltata L.

[21] “Yo no puedo olvidar nunca
La mañanita de otoño
En que le salió un retoño
A la pobre rama trunca”.
(JM: “XIV”, Versos sencillos, ob. cit., p. 319).

[22] “Pensé en el pobre artillero
Que está en la tumba, callado:
Pensé en mi padre, el soldado:
Pensé en mi padre, el obrero”.
(JM: “XLI”, Versos sencillos, ob. cit., p. 346).

[23] “Pinta mi amigo el pintor
Sus angelones dorados,
En nubes arrodillados,
Con soles alrededor.

Pínteme con sus pinceles
Los angelitos medrosos
Que me trajeron, piadosos,
Sus dos ramos de claveles”.
(JM: “XL”, Versos sencillos, ob. cit., p. 345).

[24] “Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma”.
(JM: “I”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 299).

[25] “Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla, y muere”.
(Ibíd., p. 301).

[26] “Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón”.
(Ídem).

[27] “Nada es la inteligencia que se emplea, como el hurón enamorado de su agujero, en cavar, con la cabeza hacia lo oscuro de la tierra, convocando a los hombres a desconfiar de los que aman el sol. Nada es la inteligencia, que, por la insinuación artera, o la mentira voluntaria, o la hostilidad sorda, o los mil modos deshonrosos y eficaces que aconseja y pone en uso la soberbia descontenta y disimulada, mina la tierra que el patriotismo necesita mantener henchida de corazones empalmados como las vigas de una trinchera. Me quemaría en el casco la inteligencia si ma hubiese servido, en un solo acto de mi vida, para fomentar en mi provecho mi autoridad personal, o para atraerme amigos por la complicidad o el halago, o para negarle amigos a la virtud ajena, porque no es virtud mía, o para obligar al patriotismo puro a pasar por las horcas de mi poder, o para imperar sobre los hombres divididos”. (JM: “Fragmento de un discurso”, OC, t. 4, p. 337).

[28] “A los sietemesinos solo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra, son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre”. [JM: “Nuestra América” (La Revista Ilustrada de Nueva York y El Partido Liberal, de México, 1ro y 30 de enero de 1891, respectivamente), Nuestra América. Edición crítica, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2006, pp. 36-37; OC, t. 6, p. 16].

[29] “No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la naturaleza, donde resalta, en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre”. (Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 49; OC, t. 6, p. 22].