CERVANTES Y EL IDIOMA ESPAÑOL EN AMÉRICA

Cervantes niño: ¿cómo fue de niño don Miguel de Cervantes y Saavedra? Cuantas veces llega esta ocasión de evocar a Cervantes como personero del idioma, se nos ocurre pensar, antes que la figura “clásica” del cuello engolillado, un Miguel vivo y popular, un Miguel que por haber vivido en medio de la calle, en el centro de la vida, recibió las palpitantes razones humanas, filosóficas, religiosas, de la vida y lengua españolas. Hay que pensar en la formación de Cervantes, en la confluencia de caminos que dieron ese centro tan seguro a su expresión. ¿Cómo se formó ese estilo, cómo le salió de entre los dedos esa maravilla de entender las cosas, de evocarlas, de definirlas? Se acepta que en Cervantes hay, ante todo, una rara facultad de iluminar, de sacar a la luz. Escritores a lo Cervantes son muy pocos, porque el gran secreto técnico de Cervantes está en la presencia de una luz clara —valga la redundancia—, de una luz sonriente, que saca y sacude al sol las cosas, que las pone en medio de una plaza soleada, como si la curiosidad de un niño bueno se cuidase de que a ellas, a ellas también, a las cosas todas del mundo, no les falte la luz y la gracia y la risa del sol. Sí, acaso Gracián es más puro escritor, más ceñido; sí, acaso en Quevedo vive un español inigualable, un español que por dentro y por fuera casa con la España de todos los siglos, acaso en esos dos escritores haya más ricas venas filológicas y estilísticas que en Cervantes. Pero es que esos dos, Gracián y Quevedo, plasman un español que desconoce la luz del sol, que se niega a la bondad de la sonrisa. Quevedo trae chistes, pero no trae sonrisa en el idioma. Diríase que este don Francisco escribía con una pluma de hueso, de hueso de muerto humano; diríase que Gracián escribía con un stillum durísimo, entre coriáceo y untado de almagro; pero de Cervantes, ¿qué se va a decir…?; diríase que Cervantes escribía con una alegre pluma, que apenas rayaba el papel. Fue acierto grandísimo el del que vio en el estilo de Quevedo una “danza de la muerte”; al pie suyo vese en el estilo de Gracián una danza de los conceptos, de las ideas morales, severamente vestidas; vese después, en el estilo de Cervantes, una danza sonriente de la luz.

     ¿Renacimiento? ¿Mediterráneo?, ¿matrimonio feliz de dos culturas? No hay para qué entrar ahora en el recinto ese, que es demasiado austero. A lo que queremos ir es a pensar en Cervantes vivo, viviente, y no momificado en el río muerto de una lengua que lo mejor que tiene es, justamente, su libertad interior, su alegría. Por dentro de las páginas de Cervantes, por el cogollo de sus páginas, allí donde ya no hay narración, ni literatura, sino un como espíritu que se queda aleteando y palpitando debajo de las letras, adviértese una radiante claridad. Cervantes es la luz. Ello no tiene nada que ver con lo que llaman “estilo claro”, que bien puede ser cosa que no conserve luz detrás del estilo. Ello tiene que ver únicamente con cierta sustancia que pone el genio de Cervantes, que genera Cervantes con su escribir. ¿De dónde proviene esa claridad? De la filosofía suya, de la religión suya, de la manera suya para contemplar y entender el mundo. Por esto, nos gusta tanto pensar en Cervantes niño, en cuando era Miguel, un muchachillo curioso, inquieto, siempre en la calle, atendiéndolo todo, curioseándolo todo y representaba preocupación para los de su casa: Miguel, de día, de noche, obraba como si lo poseyese una fiebre, una pasión; la pasión de verlo todo, y la pasión de contarlo todo. El más humilde suceso se convertía, al pasar por sus labios de niño callejero, en un chorro de luz. Una reyerta habida entre gañanes, el paso de una procesión, la disputa de mujeres en el mercado, la llegada de un forastero misterioso, lo que fuese, era contemplado por él con color, con pasión, con amor y, luego, venía a contarlo a su casa: por la noche, Miguel relataba lo que había visto. Y aunque fuese lo oscuro de la noche, el contorno se llenaba de luz como si un sol radiante estuviese en medio del cielo. ¡Cómo imaginaba vueltas y revueltas en los sucesos! ¡Las cosas extrañas, fantásticas que veía detrás de un hecho cualquiera! Contar, crear, era su felicidad. En la casa, a pesar de las quejas, sentíase el contagio de su imaginación, de su mundo de novelería, y recibían con gozo subido aquellos viajes miríficos por la luz… El niño se hizo hombre; padeció las aventuras y trastornos de su patria, fue de aquí para allá, fue, como España entonces, un cosmos en movimiento, en conmoción, en lucha: el hombre aquel tomó parte en el suceso de los sucesos, en el instante realmente creador de Lepanto, donde España puso una raya entre dos mundos, salvando a Europa. El hombre aquel participó en una empresa nacional de sacrificio por los otros, de locura incansable, de entrega perpetua: España se quemaba por defender unos ideales, guerreaba por salvarle a Cristo, puramente, sus principios en el mundo de Occidente: España daba el pecho en nombre de su fe y de su raza, a los desmanes, a las herejías, a las injusticias, a las negaciones. En medio de aquel inmenso drama de abnegación, de sacrificio por los demás, iba y venía aquel que cuando niño transfiguraba en mundo de luz cuanto suceso tocaba. Era ya un hombre serio, severo, pero de intacto corazón: bondadoso, bueno, lleno de piedad, lo contemplaba todo, lo vivía todo, lo sufría todo. Olvidan, los que momifican y hacen paralítico a Cervantes, que existe una medular comunicación, una identificación esencial entre su vida y la vida de España. ¿Sentía él, comprendía él, lo que de maravilla de amor a la humanidad había en aquel guerrear y sacrificarse de España por la cristiandad? Quizás no llegó a comprenderlo con el intelecto, quizás no reflexionó sobre ello, pero lo cierto es que cuando se recoge en lo íntimo y apartado de su rinconcito, cuando se sienta a imaginar de nuevo la maravilla del mundo que ha vivido, lo que le salta de entre los dedos es la biografía de España.

     España es un país lleno de espíritus patéticos, de espíritus cuyo patetismo les ciega e impide a veces mirar con amor la vida de España. Cervantes no es espíritu de esos, sino que está dominado, regido, por una alegría interior, por una bondad que es a manera de gran música callada, ante cuyo deslumbrar y suave sonar, olvídase hasta el paso fortísimo de la muerte. Cervantes es quizás el único español que lucha de veras contra la muerte, que se desentiende de la muerte, para vivir con alegría, para vivir con una resignada chispa de bondad en los ojos, de compasión, de caridad, en el corazón. Véase que su estilo es, ante todo, el de un hombre bueno, el de un hombre que mira las cosas por su lado de luz y de poesía, que es como mirarlas por su lado de antimuerte. Quevedo no acierta sino a descubrir bajo el bulto de la carne el bulto de la sombra, pero Cervantes se emociona, se enamora, siente humedecidos sus ojos, ante el cuerpo, ante el objeto, ante los hechos: vive en deleite de poesía, de transfiguración. ¿Cómo no ha de creársele un estilo así de claro, de luminoso, de humano? Y ¿cómo no había de entender él íntimamente lo que es el sacrificio por los otros, al servir a los otros, aun a costa del ridículo, del desprecio, de la derrota, si su bondad y la riqueza de su corazón le hacían ser uno con la existencia histórica y espiritual de España? El protagonista de la obra inmortal es España, es la propia España, encarnado en Caballero. La literatura viene después, antes, primero, está la vida que tan regiamente aprisiona Cervantes, por haber sido aquel Miguel que de niño vivió sumergido en el mundo milagroso de la calle, no porque fuera un reseco pescado, una momia puntillosa que caza un vocablo como quien caza un mitológico unicornio. Viviente, hirviente, natural, Cervantes suda, echa de sí sin sentirlo, un estilo que constituye más que un problema de gramática, un problema metafísico, un problema histórico, un problema de conciencia. ¿Por qué se escribe así, por qué se puede escribir así?

     Cuando oímos hablar de Cervantes como una venerable pieza de museo, cuando leemos de esas discusiones bizantinas en torno a la pureza del idioma español en América, pensamos, no en asuntos de literatura, de diccionarios, de gramática, sino en el papel histórico de España en esta hora. Y para nosotros, el papel histórico de España no está en la fuerza, en la riqueza, en la potencialidad de aquellos ideales, de aquella forma, de aquel modo de ser, que España pueda o no ofrecer todavía al mundo, y especialmente a la América que España hizo con ese modo de ser, con esos ideales, con esa forma. La cuestión de Cervantes, la cuestión del idioma, es una cuestión de supervivencia histórica española, del valor y pervivencia de aquellas esencias que formaron a Cervantes y cristalizaron mágicamente en un idioma. No puede inquietar a nadie la presencia de neologismos, de americanismos, de indigenismos, de lo que sea, a cambio de que la sustancia Cervantes, de que la Razón España no desaparezca. Decimos Razón España, en el sentido ese que dan a la palabra “razón” los matemáticos, que equivale a proporción, a cantidad de una especie que influye o determina la cantidad y ser de otra. Es la proporcionalidad en que se encuentren victoriosas, presentes, y patentes, o derrotadas, ausentes y olvidadas las esencias hispánicas, lo que nos da la medida de fuerza o debilidad del idioma español. Dicho en otros términos: ¿cuánto y con qué intensidad viven en nosotros aquellos ventanales, aquellos miradores, aquellas normas y modos desde los cuales Cervantes contemplaba y sentía el mundo? ¿Hasta qué punto miramos con la bondad, con la dicha, con la Poesía de Cervantes, y pensando en servir como él pensaba, la corteza mágica del mundo? Lo que hay que inquirir es la pervivencia real de España; por lo que hay que preguntarse es por la fuerza que aún a España le resta de veras para intervenir íntimamente en el mundo. Las respuestas a esas preguntas, nos darán, con toda probabilidad, la más alta lección sobre el idioma español, y la más pura y viviente presencia de Cervantes.

Creemos que ya el buen lector que nos honra leyéndonos desde hace tiempo, conoce nuestra respuesta, nuestra personal opinión. De todos modos, este apasionante tema apasionado —hay temas indiferentes y temas apasionados en sí mismos- nos llevará al espacio de nuestro próximo comentario.

Gastón Baquero

(Diario de la Marina, La Habana, 23 de abril de 1946).

Tomado de Paginario disperso, introducción de Carlos Espinosa Domínguez, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2014, pp. 103-107.

Textos sobre Miguel de Cervantes y Saavedra en este Sitio