Santa Teresita de Lisieux (1873-1897)

 Su nombre de nacimiento fue Marie-Françoise-Thérèse Martin. Nació el 2 de enero de 1873 en Alenzón, Francia, en el seno de una familia profundamente cristiana. Sus padres, Luis Martín y Celia Guérin, fueron canonizados por el Papa Francisco en 2015, convirtiéndose en los primeros esposos santos de la historia. Fue la menor de nueve hijos, de los cuales solo cinco niñas sobrevivieron; todas ellas abrazarían después la vida religiosa.

     Su infancia transcurrió feliz hasta los cuatro años, cuando su madre falleció a causa de un cáncer. Tras esta pérdida, su familia se trasladó a Lisieux, donde su hermana Paulina se convirtió en su “segunda madre”. En 1882, Paulina ingresó a la Orden del Carmen, lo que impulsó a la pequeña Teresa a sentir también su llamado a la vida contemplativa. Durante su niñez, fue una niña sensible y voluntariosa; estudió en el colegio de las Benedictinas, etapa que más tarde calificaría como la más triste de su vida debido a su timidez y dificultades de adaptación.

     A los catorce años, en la Nochebuena de 1886, experimentó una profunda “conversión”: superó su hipersensibilidad infantil y sintió una fortaleza espiritual que la impulsó a consagrarse totalmente a Dios. A partir de entonces, sintió con fuerza el deseo de ingresar al Carmelo, pero su edad —solo quince años— se lo impedía. En una peregrinación a Roma, se postró ante el Papa León XIII y, rompiendo el protocolo, le pidió permiso para entrar al convento. Finalmente, el 9 de abril de 1888, a los quince años, ingresó al Carmelo de Lisieux, donde ya se encontraban sus hermanas Paulina (Sor Inés de Jesús) y María (Sor María del Sagrado Corazón). Profesó como religiosa el 8 de septiembre de 1890, adoptando el nombre de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

     En el convento, vivió una vida sencilla y oculta, dedicada a la oración y al servicio. Fue asistente de la maestra de novicias, formando espiritualmente a las jóvenes aspirantes. Su espiritualidad se resume en el “caminito” o “pequeña vía”: la santidad no consiste en grandes hazañas, sino en hacer las cosas ordinarias con un amor extraordinario, con confianza filial en Dios como un niño en brazos de su padre. Escribió su autobiografía, Historia de un alma, por encargo de sus superioras, obra que se convertiría en un clásico de la literatura espiritual.

     Aquejada de tuberculosis, sus últimos dieciocho meses fueron de intenso sufrimiento, que aceptó con paciencia y ofreció por la salvación de las almas. Falleció el 30 de septiembre de 1897, a los veinticuatro años, pronunciando palabras de amor y entrega: “No me arrepiento de haberme entregado al Amor”. Prometió pasar su cielo haciendo el bien en la tierra, derramando una “lluvia de rosas” sobre los que pidieran su intercesión.

     Fue beatificada en 1923 y canonizada el 17 de mayo de 1925 por el Papa Pío xi. En 1927 fue declarada Patrona Universal de las Misiones, junto a San Francisco Javier, a pesar de no haber salido nunca de su convento. Finalmente, el 19 de octubre de 1997, el Papa San Juan Pablo ii la proclamó Doctora de la Iglesia, reconociendo la profundidad teológica de su “pequeña vía” y convirtiéndose así en la tercera mujer en recibir este título.