Hay hombres que son, en sí mismos, un siglo. José Martí es uno de ellos. Su obra, vasta y luminosa, atraviesa la segunda mitad del xix hispanoamericano como un río que fecunda cuanto toca. Poeta, periodista, revolucionario, maestro, traductor; su figura resiste cualquier clasificación estrecha. Y, sin embargo, cuando se lee su prosa y su poesía con atención, cuando se escucha el latido de sus ideas, aparece una corriente subterránea que da forma y dirección a ese torrente. Esa corriente es el krausismo.
Martí no se declaró nunca krausista de manera explícita. Pero su pensamiento, su ética, su estética, su visión política y económica, deben al krausismo una deuda que la crítica ha señalado durante décadas. Medardo Vitier, en un juicio que conserva toda su vigencia, sostuvo que no sería exacto definir el pensamiento martiano como krausista, y que si se admite algún krausismo en Martí, se trata mucho más de una apropiación del krausismo español en aquello que tenía de liberal y democrático. Esta intuición de Vitier es el punto de partida. No se trata de encasillar a Martí en una escuela filosófica, sino de reconocer la huella profunda de una filosofía que le dio herramientas para pensar la armonía, la educación, la libertad y el deber.
- Una filosofía para un mundo en transición
El krausismo nace en Alemania, en la obra de Karl Christian Friedrich Krause. Él fue un filósofo del idealismo clásico alemán, discípulo de Fichte y Schelling, y lector atento de Kant. Su proyecto intelectual consistió en construir un sistema que superara las oposiciones entre el yo y el mundo, entre el sujeto y el objeto. Llamó a su doctrina «racionalismo armónico».
La idea central era que la razón no opera por contradicción, sino por armonía. El universo, para Krause, es un todo orgánico donde cada ser encuentra su lugar en una relación viva con los demás y con Dios.
Krause fue también un educador. Su vida estuvo marcada por la docencia, por la preocupación constante por la formación de los niños y los jóvenes. Su obra más leída, El ideal de la humanidad, escrita en 1811, es un manual para la vida. Propone una ética del deber, una estética de la armonía y una política de la fraternidad universal.
El ser humano, dice Krause, es el compuesto armónico más íntimo de la Naturaleza y el Espíritu, y debe realizar históricamente esa armonía. La educación es el camino. El mal, para Krause, es ignorancia. Enseñar a los hombres a ser buenos es más fecundo que probarles que son malos.
La recepción del krausismo en España fue un fenómeno singular. El filósofo Julián Sanz del Río viajó a Alemania, estudió a Krause y tradujo su opus magnum al español en 1860. Sanz del Río no fue, sin embargo, un traductor neutral. Adaptó el texto a las necesidades de la España de su tiempo. Una nación que buscaba salir del estancamiento del Antiguo Régimen y entrar en la modernidad europea.
El krausismo español se convirtió, así, en una filosofía práctica, en una actitud ante la vida. Influyó en la universidad, en la pedagogía, en la política. La Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos en 1876, fue su fruto más duradero.
Esa filosofía llegó también a América. Los intelectuales hispanoamericanos que viajaban a la península entraban en contacto con el krausismo, y muchos lo adoptaron como marco para pensar la educación, la ética y la construcción de las nuevas naciones. Cuba, Puerto Rico, México, Argentina; en todos dejó su huella. Y en José Martí, que estudió en Madrid y Zaragoza entre 1871 y 1874, encontró un terreno fértil.
Martí leyó a Krause. Lo confirma él mismo en sus apuntes. Bajo el título «Juicios Filosofía», escribió:
Fichte estudia al hombre en sí, como sujeto de cuanto piensa, y se queda en él. Schelling ve al hombre análogo a lo que le rodea, y confunde al Sujeto y el Objeto. Hegel, el grande los pone en relación y Krause, más grande, los estudia en el Sujeto y en el Objeto, y en la manera subjetiva individual a que la relación lleva el sujeto que examina al objeto examinado.—Yo tuve gran placer cuando hallé en Krause esa filosofía intermedia, secreto de los dos extremos, que yo había pensado llamar Filosofía de la relación. (O.C. xix, 367).
- La ética del deber y la armonía en Martí
El krausismo es, en el fondo, una ética que se despliega como sistema. Krause concibió el universo como un orden armónico donde cada ser ocupa un lugar y cumple una función. El hombre, en esa arquitectura, es el ser llamado a realizar conscientemente la armonía. El ideal de la humanidad lo formula con una precisión que Sanz del Río conservó: «El hombre, siendo el compuesto armónico más íntimo de la Naturaleza y el Espíritu, debe realizar históricamente esta armonía y la de sí mismo con la humanidad, en forma de voluntad racional» (p xii).
La ética krausista se funda, pues, en la exigencia interior de perfeccionamiento. El deber es la forma que adopta la libertad cuando se orienta hacia el bien.
Martí hizo de esa idea el eje de su vida y de su escritura. El deber, para él, es una vocación que se abraza. Dice: «Los genios se deben a la virtud y al perfeccionamiento de la humanidad» (O.C. xxi,40). La frase pertenece a un cuaderno de apuntes de su primera juventud, y sin embargo contiene ya el programa entero de su existencia. Quien ha recibido más, más debe.
Esa convicción atraviesa sus cartas, sus discursos, sus versos. «Un hombre es un deber vivo», escribe en 1875. Diez años después añade: «El deber es feliz aunque no lo parezca, y el cumplirlo puramente eleva el alma a un estado perenne de dulzura» (O.C. iii, 118). La dulzura del deber. He ahí una fórmula que Krause habría reconocido como propia. En su sistema, la virtud es la condición de la felicidad racional. El hombre virtuoso es el hombre pleno, lo cual encaja a la perfección con aquello de «ser bueno es el único modo de ser dichoso» (O.C. viii, 289).
El deber, en Martí, se ramifica en dos direcciones que el krausismo también distingue. Por un lado, el deber para consigo mismo; por otro, el deber para con la humanidad. El primero es la exigencia de integridad. El segundo es la obligación de contribuir al perfeccionamiento colectivo.
«Al venir a la tierra todo hombre tiene derecho a que se le eduque y después, en pago, el deber de contribuir a la educación de los demás» (O.C. xix, 375), escribe Martí. La fórmula tiene un eco exacto en El ideal de la humanidad: «No hay entre los hombres tendencia particular, no hay forma de actividad individual ó social que no se sujete á la ley de fin y tendencia humana» (p. 8).
La educación, para ambos, es el instrumento de esa ley. El hombre educado es el hombre libre, y el hombre libre es el que puede cumplir su deber sin coacción. La ética krausista y la ética martiana confluyen en esa convicción. Así, para ambos la libertad es la capacidad de elegir los vínculos correctos.
Esa ética tiene consecuencias prácticas que Martí no dejó de extraer. La tolerancia, virtud cardinal del racionalismo armónico, es para él una exigencia de la razón. «El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aún del ente más infeliz, es mi fanatismo: si muero, o me matan, será por eso» (O.C. iii, 166). La frase tiene la temperatura de una confesión.
En Krause, la tolerancia brota de la estructura misma del sistema, pues, si todas las esencias finitas se fundan en Dios y tienden a Él, ninguna puede ser despreciada sin despreciar el fundamento común. La armonía exige la pluralidad. Martí llevó esa idea al terreno de la convivencia política y social. Su rechazo del autoritarismo y el militarismo, su defensa de la igualdad racial, su condena de toda forma de servilismo, son consecuencias directas de una ética que no admite la degradación de ningún ser humano.
«La virtud más acendrada –dice El ideal–es de menor estima, corrijamos, que es lo derecho, la razón individual torcida, por la ley de la razón» (p. xvi). Martí traduce: «La libertad es la esencia de la vida». Y añade: «Dos cosas hay que son gloriosas: el Sol en el cielo y la libertad en la tierra» (O.C. v, 142).
La ética krausista le dio a Martí un lenguaje para pensar la dignidad humana en términos racionales que él, hijo de su tiempo y de su lucha, no podía aceptar sin reservas. Le dio también una justificación filosófica para su propio temperamento moral. Le dio la exigencia de coherencia entre el pensar y el obrar, la negativa a separar la vida privada de la vida pública, la convicción de que el hombre es uno en todas sus dimensiones. «Con todos y para el bien de todos», su más alto axioma, es la formulación política de una ética que entiende la humanidad como un tejido de relaciones donde cada nudo sostiene el conjunto.
- La estética de la armonía en el modernismo martiano
Krause dedicó a la estética una atención que sus contemporáneos no siempre supieron valorar. En El ideal de la humanidad el arte aparece como una de las esferas supremas de la actividad humana. El artista libre, o sea, aquel que crea desde su propia interioridad, sin someterse a normas externas; produce obras que son «un espejo, donde la humanidad se reconoce y se reanima á una segunda superior vida» (p. 66). La metáfora es exacta.
El arte no copia la realidad, la eleva. No reproduce lo que es, muestra lo que podría ser. Esa función de espejo y de taller, el arte que refleja y el arte que transforma, define también la estética martiana.
Martí encontró en esta concepción una justificación para su propia revolución literaria. Su modernismo es una búsqueda de expresión para un contenido nuevo. Él mismo lo dijo: «¿Qué es el arte, sino el modo más corto de llegar al triunfo de la verdad, y de ponerlo a la vez, de manera que perdure y centellee en las mentes y los corazones?» (O.C. viii, 255). La frase pertenece a un artículo de 1881, pero contiene ya el programa de toda su poesía.
El arte, para Martí, tiene una función: iluminar, educar, conmover. Es un arte que sirve a la vida. Y, sin embargo, esa función no rebaja el arte. Porque solo el arte verdadero, ese que nace de la libertad interior del artista, puede cumplir esa función sin convertirse en propaganda.
La estética krausista le ofreció a Martí un marco para pensar esa libertad creadora. «Las obras del artista libre son un espejo», dice El ideal. «Fácilmente olvidamos por el arte nuestro el arte total de la vida y del bello obrar», añade, «como si los más preciosos frutos del arte pudieran madurar sin el cultivo armónico e igual de todos los fines humanos» (p. 66).
La advertencia es doble. Por un lado, el artista no debe encerrarse en su torre de marfil: su obra es parte de la vida total de la humanidad. Por otro, la belleza no puede separarse de la virtud. El arte que se desentiende de la justicia, que se complace en la forma vacía, traiciona su propia misión.
Martí hizo suya esta doble exigencia. Su prosa modernista, con sus giros nuevos, sus imágenes audaces, su ritmo inconfundible; está siempre al servicio de un contenido ético y pedagógico. La lírica consonante de los Versos Sencillos, la polirritmia de los Versos Libres, la cadencia de sus ensayos o sus diálogos en las obras dramáticas; todo está atravesado por un afán de armonía y de belleza que no se separa nunca del afán de verdad.
Medardo ha señalado que Martí se apartó de los presupuestos estéticos krausistas, pero mantuvo los éticos y pedagógicos. La observación es justa en parte. Martí no fue un esteta krausista en el sentido de adherir a una doctrina cerrada sobre lo bello. Su modernismo es una invención propia, una revolución formal que responde a necesidades expresivas nuevas.
Pero esa revolución formal tiene un fundamento krausista. La idea de que el artista debe franquear los límites que las escuelas y las tradiciones oponen a la comunicación libre y fraternal. El ideal de la humanidad lo dice con claridad: «Los artistas deben […] franquear los límites que el diferente estado, ó pueblo, ó escuela opongan a su comunicación libre y fraternal» (pp. 181-182).
Martí franqueó esos límites. Rompió los moldes de la prosa castellana de su tiempo, introdujo neologismos y cubanismos, mezcló registros, creó una lengua literaria nueva. No lo hizo por capricho; lo hizo porque tenía algo nuevo que decir y necesitaba un instrumento nuevo para decirlo.
La estética krausista es también una estética de la integración. El arte, para Krause, es una de las formas supremas de la actividad humana, junto con la ciencia, la religión y la política. Todas ellas tienden al mismo fin, que no puede ser otro que la realización de la humanidad.
La literatura martiana es el reflejo de una época de crisis y de fundación, de coloniaje y de revolución, de dependencia y de independencia. Y es también el intento de crear, desde la literatura, las condiciones espirituales para esa independencia. La literatura es «expresión y forma, y reflejo en palabras de la Naturaleza que nutre y del espíritu que anima al pueblo que la crea» (O.C., viii, 336), escribió. La literatura, para él, es un instrumento de formación nacional.
- La política de la armonía
El krausismo concibe la sociedad como un organismo, no como un campo de batalla. Esta metáfora orgánica es el eje de una concepción política que se opone frontalmente a toda doctrina que haga del conflicto entre grupos sociales el motor de la historia. El ideal de la humanidad propone una visión armonicista de base orgánica como solución a los conflictos sociales, como una vía intermedia entre el liberalismo radical y la violencia de clase, fomentando la cooperación en la resolución de conflictos.
La sociedad, para Krause, no es un agregado de individuos que compiten por intereses particulares. Es una esfera superior con una esencia propia, donde cada miembro participa de una misma realidad común y tiende a su realización. Los hombres no se asocian por desconfianza mutua, como en las teorías contractualistas; lo hacen por la necesidad de realizar una esencia compartida. Escribe en El ideal:
En el conocimiento y el amor de la humanidad puede el individuo, pueden las familias, pueden los pueblos y las naciones de los pueblos en partes mayores de la tierra, y el pueblo humano de la tierra, vivir algún día una vida entera y armónica… Esta tierra, nuestra morada, y esta humanidad en ella son una parte interior del reino de Dios, dentro del cual los hombres llegarán un día a la perfección que cabe en su naturaleza conforme al plan divino del mundo. (pp. 35-36).
De esta concepción se deriva una consecuencia política de primer orden. La sustitución de la lucha de clases por una relación armónica de los grupos y fuerzas sociales. Armonía contra conflicto. Conciliación contra enfrentamiento. La transformación social, para los krausistas, no se logra mediante la revolución violenta ni la dictadura de una clase sobre otra; solamente es posible mediante la reforma ética del hombre.
El objetivo primordial es una transformación a nivel de costumbres, una revolución pacífica cuyo campo de batalla son las aulas. La instrucción y la educación de los individuos se constituyen en el principio fundamental para la regeneración social. Lo primero que hay que hacer es reformar al hombre. Y reformarlo interiormente.
Martí asumió esta concepción con una convicción que no admite dudas. Su rechazo de la lucha de clases fue un convencimiento ético en lo mejor del hombre. En 1875, cuando escribía desde México para la Revista Universal, expresó con una claridad que no deja lugar a ambigüedades: «El derecho obrero no puede ser nunca el odio al capital: es la armonía, la conciliación, el acercamiento común de uno y de otro» (O.C. vi, 274).
La frase es una declaración de principios. El movimiento obrero, para Martí, debía definirse, más que por la confrontación con el capital, por la búsqueda de un entendimiento que elevara a ambas partes. La conciliación justa y digna entre las fuerzas productoras y trabajadoras.
Esa convicción se mantuvo intacta a lo largo de los años. En 1894, apenas un año antes de su muerte, escribió a su amigo Fermín Valdés Domínguez una carta que resume su posición ante el socialismo. Reconocía en la idea socialista, como en tantas otras, dos peligros; por un lado, el de las lecciones extranjerizas, confusas e incompletas, y, por otro, el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos que, para ir levantándose en el mundo, empiezan por finqueros, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.
La crítica es doble. Por un lado, la desconfianza hacia las doctrinas importadas que no arraigan en la realidad propia. Por otro, la sospecha hacia quienes utilizan la causa de los pobres como trampolín para su propio encumbramiento. Martí no rechazaba en absoluto la justicia social. Rechazaba, sí, la violencia como método y la demagogia como disfraz.
La alternativa que propone es coherente con su matriz krausista. La unidad es el concepto de máxima importancia del pensamiento político martiano. Se define como el logro de la confluencia de la diversidad de los componentes de la sociedad tras un objetivo común, proceso en el cual debe alcanzarse el vínculo estrecho entre los distintos sectores del pueblo.
No se trata de eliminar las diferencias, sino de armonizarlas. No se trata de que una clase se imponga sobre otra, sino de que todas confluyan en un proyecto compartido. Añadía una advertencia: «La república, en Puerto Rico como en Cuba, no será el predominio injusto de una clase de cubanos sobre las demás, sino el equilibrio abierto y sincero de todas las fuerzas reales del país, y del pensamiento y deseo libres de los cubanos todos» (O.C. ii, 255).
Esa concepción de la unidad tiene un fundamento que Martí extrae directamente de la filosofía krausista. Se trata del principio del equilibrio y la armonía en la naturaleza, y su analogía entre la igualdad social y la equidad natural. Así como en el mundo natural los elementos se complementan y se equilibran, en la sociedad los grupos humanos deben encontrar su punto de armonía.
El amor es la potencia unificadora, y la concordia la política de cimiento y abrazo. La política, para Martí, es un arte de la concordia. Incluso a nivel continental, su visión de «Nuestra América» es la contribución de los pueblos americanos a la construcción de un orden donde la justicia y la igualdad sean compatibles con la libertad de todos.
En esta postura puede, sin embargo, encontrarse una contradicción entre su rechazo de la lucha de clases y su promoción de la lucha armada contra el régimen español. La contradicción es solo aparente. Martí distingue con precisión entre el conflicto interno de una sociedad y el conflicto entre una nación y un poder autocrático y despótico que la oprime. El primero debe resolverse mediante la conciliación y la armonía. El segundo exige la ruptura.
La guerra de independencia, para Martí, no es una lucha contra hombres; es una guerra de liberación nacional, donde todos los cubanos, cualesquiera que sean su origen y su condición, están llamados a unirse contra el opresor común. La concordia interna es la condición de la victoria externa. Y la victoria externa es la condición para construir, sobre la base de la armonía, la república futura.
La política martiana culmina, así, en una visión de la sociedad como organismo vivo. En una sociedad donde cada parte contribuye al bien del conjunto y donde la justicia consiste en la realización armónica de todas las potencialidades humanas.
- La economía del trabajo
La dimensión económica del krausismo es la menos explorada, pero no por ello menos presente en la obra de Martí. Krause no elaboró un sistema económico propiamente dicho, pero su filosofía contiene implicaciones económicas que sus seguidores españoles desarrollaron con relativa profundidad.
La idea central es que la economía es una dimensión de la vida humana que debe subordinarse a la ética. La propiedad, el trabajo, la producción y la distribución de la riqueza son relaciones humanas, y como tales deben organizarse conforme a la justicia.
Martí hizo suyas estas ideas, aunque las tradujo a un lenguaje más concreto y más urgente. Su experiencia directa de la pobreza, de la esclavitud, de la injusticia social, le dio un conocimiento de la cuestión económica que no era meramente teórico. En sus escritos sobre Cuba y sobre América Latina, la economía aparece siempre ligada a la política y a la ética.
«La industria fabril crea y transforma, en cambio, de un modo siempre nuevo productos fijos y constantes, en los que se asienta el verdadero bienestar de una nación» (O.C. vi, 268), escribió en 1875. La frase pertenece a un artículo sobre comercio e industria, pero contiene ya el núcleo de su pensamiento económico. Para Martí, el trabajo es la fuente del bienestar, y el bienestar de una nación depende de la organización racional del trabajo.
La crítica martiana de la economía colonial es una crítica krausista en su fundamento. El sistema colonial, para Martí, es económicamente irracional. Destruye las fuerzas productivas del país, impide el desarrollo de la industria, condena a la población a la miseria. La independencia, para Martí, es, además de una cuestión de dignidad nacional, es una condición para la racionalización económica. Una nación libre puede organizar su economía conforme a sus necesidades y sus recursos. Una colonia está condenada a servir a los intereses de la metrópoli.
Martí desarrolló una crítica de la desigualdad económica que tiene ecos krausistas evidentes. «Ni tiene la libertad de todos más que una raíz, y es el trabajo de todos» (O.C. xii, 433). La libertad, para Martí, no es un privilegio de unos pocos, sino un derecho de todos. Y ese derecho se funda en el trabajo compartido.
La economía krausista, en la lectura que Martí hace de ella, es una economía también de la armonía. La propiedad privada no se abole, se subordina al bien común. Es lo que la Doctrina Social de la Iglesia denominó posteriormente como «destino universal de los bienes». «No es buen sistema económico el inexorable e inflexible», escribió, «el que olvide el mal de pocos, de los más vulnerables» (O.C. vi, 268).
La economía debe ser flexible, debe adaptarse a las circunstancias, debe tener en cuenta a los más débiles. La producción y distribución económica, para Martí, es una cuestión de justicia. Todos los seres humanos tienen derecho a una vida digna, y la organización económica de la sociedad debe garantizarlo.
La economía, para Martí, culmina en la idea de la fraternidad. Se trata claro de producir más, pero también de distribuir mejor. Se trata, más que de crecer, de desarrollarse. El desarrollo, para Martí, es un proceso integral que abarca la economía, la política, la educación, la cultura. Es la realización de la humanidad en todas sus dimensiones. Y esa realización, para Krause como para Martí, es el fin último de toda actividad humana. La economía es, por lo tanto, un medio al servicio de la armonía. Y la armonía, en última instancia, es la forma que adopta la justicia cuando se realiza en la vida concreta de los hombres.
- Una filosofía para la acción
Hay una pregunta que sobrevuela este ensayo y que conviene formular sin rodeos. ¿Por qué la crítica ha tardado tanto en reconocer la huella de Krause en Martí? La respuesta no es sencilla, pero arroja una luz nueva sobre el problema.
Durante décadas, los estudiosos buscaron en Martí al discípulo declarado, al seguidor explícito, al hombre que hubiera proclamado su filiación filosófica con la misma claridad con que proclamaba sus convicciones políticas. No la encontraron, y concluyeron que la influencia era difusa, secundaria, acaso imaginaria. El error, tal vez, estaba en la pregunta.
La huella de Krause en Martí no se busca en las declaraciones o en las construcciones conceptuales. Se encuentra en la arquitectura misma de su pensamiento. Más que en lo que dijo de Krause, en lo que pensó con Krause. Y eso, que es más difícil de rastrear, es también más profundo y más decisivo.
Martí fue krausista en un sentido que trasciende la adhesión doctrinal. Fue krausista en la estructura de su inteligencia, en la forma de plantear los problemas, en el modo de resolverlos. La armonía fue para él el principio organizador de toda su visión del mundo. Allí donde otros veían contradicciones irreconciliables (v.gr. individuo y sociedad, libertad y orden, materia y espíritu, tradición y modernidad), Martí buscó la relación, el punto de encuentro, la síntesis.
Esa operación intelectual es el resultado de una formación filosófica precisa, de una disciplina del pensamiento que tiene un nombre y una genealogía. Ese nombre es el racionalismo armónico. Esa genealogía conduce de Krause a Sanz del Río y de Sanz del Río a los claustros españoles donde un joven cubano, deportado por sus ideas, aprendió a pensar el mundo en términos de concordia.
La audacia de Martí consiste en haber llevado esa filosofía más lejos que sus propios maestros. Los krausistas españoles la aplicaron a la pedagogía, a la reforma universitaria, a la ética profesional. Martí la aplicó a la revolución. Hizo de la armonía un programa político, de la concordia una estrategia de liberación, de la educación una forma de insurrección.
Su originalidad radica en haber puesto los principios filosóficos al servicio de una causa que parecía contradecirlos: la independencia de Cuba, la dignidad de América Latina, la construcción de naciones libres en un mundo hostil. Martí demostró que se puede luchar sin odiar, que se puede revolucionar sin destruir, que se puede vencer sin humillar. Esa es su lección más radical. Y es una lección krausista.
El siglo que Martí no vio, el siglo xx, con sus guerras totales, sus revoluciones sangrientas, sus dictaduras de uno y otro signo; pareció dar la razón a quienes desconfiaban de la armonía. La historia del siglo pasado es la historia de los conflictos que Martí quiso evitar. La lucha de clases, el enfrentamiento entre bloques, la violencia como método de transformación; todo eso ocurrió, y ocurrió a escala planetaria.
El siglo xxi, quizás, ha empezado a mirar a Martí con otros ojos. La crisis ecológica, la desigualdad global, la fragmentación social, los fundamentalismos de todo tipo, son problemas de nuestro tiempo que exigen más que nunca una inteligencia de la armonía. Exigen pensar en términos de relación, de equilibrio, de cooperación. Exigen, en suma, una filosofía como la que Martí practicó.
Reconocer que el pensamiento martiano conserva una potencia que no han agotado ni el desprestigio de las utopías ni el cansancio de las ideologías es una cuestión fundamental. Su krausismo es una veta abierta, una promesa incumplida, una tarea pendiente.
Martí no fundó una escuela porque no quiso ser maestro de discípulos, sino despertador de conciencias. Su obra es una invitación. Una invitación a pensar el mundo desde la concordia, a construir la justicia desde la libertad, a buscar la unidad en la diversidad. Una invitación, en fin, a ser mejores de lo que somos. Esa invitación sigue en pie. Y quienes la escuchan, aunque no lo sepan, están siguiendo una huella que conduce a Krause y a Martí, a la filosofía y a la revolución, al pensamiento y a la vida.
La armonía, para Martí, era una práctica. Un modo de estar en el mundo, de tratar a los hombres, de enfrentar los conflictos, de imaginar el futuro. Era, en el fondo, una forma de amor. El amor que no se resigna a la injusticia, pero que tampoco se venga de ella. El amor que reconoce al otro sin renunciar a sí mismo. El amor que construye sin destruir. Ese amor, para Martí, era la sustancia de la política, el fundamento de la ética, la fuente de la belleza, la medida de la justicia.
Ese amor lo llevó consigo a los campos de Cuba, a las tabaquerías de Tampa, a las calles de Nueva York. Lo llevó a la muerte. Y lo dejó, como una semilla, en las páginas y palabras de toda su producción intelectual y literaria.

