“La lectura es un acto de amor total”

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“Eres mi librero”, con esas tres palabras me nombra y define Albalucía Ángel, una de las escritoras colombianas más potentes, irreverentes y fundadoras que he leído, conozco y he tenido el privilegio de servir, serle útil, con mi oficio: librero.

     ¿Cuándo se es un librero? ¿El hecho de trabajar en una librería, vendiendo libros, te hace serlo, te convierte en ello? Hasta cierto punto, sí. Pero, como lo creo, se es librero cuando alguien te nombra así. Es en ese momento, instante, en que te transformas en ello.

     La conocí hace casi treinta años cuando, gracias a la recomendación de Paulina Encinales, me escribió encargándome algunos ejemplares de la primera edición de Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón. La de Colcultura. En ése entonces era un libro que aparecía con alguna frecuencia. Llegó una tarde a la librería. Le tenía dos.

     Ahí empezó una conversación que no se ha terminado. Es un prodigio y un privilegio conversar con ella. Es una mujer cuya memoria permanece intacta y fresca. Cuando habla te permite ver lo que está contando, es como si tuvieras el privilegio de asistir, como espectador, a sus historias. Testiga de su tiempo, protagonista de la historia, escritora, precursora y fundadora, Albalucía Ángel es uno de los seres más entrañables y fascinantes que se puede conocer.

     Esa conversación que empezó hace rato continúa, en medio del tiempo, ramificándose y ampliándose, buscando el sol, como el palo de rosa que siempre la acompaña. Fueron tres preguntas las que le hice: ¿Cuándo empezaste a leer, qué es un libro y qué es la lectura? Improvisando (como dice ella) empezó a responder:

     “El primer libro que leí fue en el colegio, la Biblia, que se llamaba Historia Sagrada. Empecé a leer a los cuatro años porque me dio sarampión. Unas amigas de mi madre llegaron a acompañarla, a sus jugarretas de cartas, y una señora española me llevó unos conos con unas letras. Y, mientras la señora jugaba cartas, yo expandía los conos ahí a lo lejos y ella me decía: Eme, A… Cuando yo salí del sarampión sabía leer. Llegué al colegio y me negué entrar a kínder. Después de ocho días le dije a mi madre “Yo no juego con esos muñequitos”. Las franciscanas, con método Montessori, dijeron que me ponían en kínder adelantado. Yo estaba en primero de primaria a los cinco años. Así que yo salí de diecisiete. Le leía esa Biblia a mi abuela. Me daba dos centavos por la lectura. Mi misma abuela Adelfa Ramírez me regaló, a mis siete años, Las mil y una noches. La vendía un ferretero que vendía cosas que venían de la Argentina. Era una versión para adultos. Esa fue la que leí. Me acuerdo de episodios, todavía…

     Un libro para mí, es una fuente eterna del conocimiento, que llaman. O el agua primordial. Puede ser una caja de pandora. También puede ser la esencia. Y si uno lee el Dante, puede ser un infierno, el libro. Uno se mete en unas oscuridades, depende del tema del libro. Yo hablo de mi época. Puede ser un infierno muy profundo. Éramos escritores convencidos de que el libro era una materia necesaria y profunda. Hoy en día, creo, es una materia muy leve. Escribir un libro hoy es muy fácil. Necesita un poco de lo que llaman “escritura creativa”. La escritura de mi generación, hasta ahora, fue inventiva. Sagrada. Secreta. Eso nos lo dio, no un diccionario, sino todo lo que leíamos, porque época los niños leíamos cosas de una riqueza impresionante. Y, personalmente, para mí el libro fue una fuente de imaginación total, una enseñanza absoluta. No más te digo que la Biblia para mí fue una fuente maravillosa. Como Las mil y una noches. Esas historias del antiguo testamento fueron mi delicia, se parecían a Las mil y una noches. Yo arranqué ahí. Es, el libro, un objeto sagrado inmenso. Le debo todo a esa sabiduría y, como vez, mi memoria todavía se nutre de lo que leí a los cinco años.

     La lectura es un acto de amor total. Es una consagración absoluta a tu propio tiempo. Como si estuvieras en un altar orando y que nadie te pudiera interrumpir, Yo tenía que ponerme a leer debajo de las cobijas con linterna, porque mi madre decía: “¿A ver? Buenas noches, ¿qué está leyendo?” Y yo apagaba la linterna, salía de las cobijas y decía: “Ya estoy dormida”, porque me interrumpía la lectura. Es una historia de consagración, de reverencia, a este libro. Era como entrar a un atar, estar sola con esta oración. Estás con el autor, estás con estos personajes, y que nadie se atreva a interrumpirte”.

     Y yo no la interrumpí porque sus palabras, como los árboles, crecían hacia muchas partes buscando el sol o la luna…

Chapinero, Bogotá, 5 de abril de 2026