El establo de oro

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Leo este poema y no sé si admirar a Lorca o enfadarme con él. Llevo años volviendo a «Gacela de la muerte oscura» y cada vez me parece menos un poema sobre la muerte y más una trampa tendida al lector. Una trampa en la que caigo una y otra vez. Porque el poema habla de la muerte, claro, pero la muerte que describe no es la que esperamos. No es el paredón, no es el fusilamiento, no es la madrugada del 18 de agosto de 1936. Es otra cosa. Es anterior. Es más íntima. Es más terrible.

      Federico García Lorca se adelanta a los fusileros. Se convierte en fantasma antes de tiempo. Y lo hace escribiendo, porque la escritura es el único lugar donde se puede estar muerto y vivo al mismo tiempo. El poema ejecuta ya la muerte. Ejecuta al poeta oficial, al que camina por las calles de Granada, al que los amigos reconocen, al que las balas encontrarán en Víznar. Ese hombre ya no está cuando llega el pelotón. El verdadero Lorca ya está en otra parte. Ya es espuma.

     II.

     «Quiero dormir el sueño de las manzanas».

     Cada vez que leo este verso, pienso en las manzanas del bodegón. Esas que pintó Zurbarán, que están ahí, perfectas, inmunes al paso del tiempo. No caen. No son fruta. Son imagen. Lorca quiere ser eso. Quiere ser la manzana que nunca se pudre, la forma que resiste la carcoma. «Alejarme del tumulto de los cementerios», escribe, y yo entiendo ese tumulto. Escucho el ruido de los gusanos, sí, pero también el ruido de los vivos que vienen a llorar, a recordar. El cementerio es el lugar del escándalo de la memoria. Lorca quiere escapar de la memoria.

     El poeta busca la inmortalidad de la superficie. Quiere ser piel sin interior, aroma sin fruta. Es un deseo de estatua, de forma perfecta y vacía. Y el ritmo de la gacela, ese compás árabe que siempre regresa sobre sus pasos, le niega esa paz. El ritmo es su condena. Siempre se vuelve al mismo verso, siempre se retorna al mismo anhelo.

     III.

     «Quiero dormir el sueño de aquel niño / que quería cortarse el corazón en alta mar».

     Este verso me detiene siempre. Cada vez siento que el mar está ahí, al fondo, esperando. Cortarse el corazón en alta mar no es un suicidio. Es otra cosa. Es extraerse la fuente de la emoción para ofrecérsela a un elemento indiferente. El mar disuelve la sangre en su sal, la hace parte de su inmensidad anónima. Ese niño, el duende infantil que sobrevive en el poeta adulto, busca el silencio. Que su latido, que su sentir, se diluya en el rumor perpetuo del océano. Que deje de ser un eco personal para convertirse en espuma.

     Hay una soberbia enorme en esto, una soberbia que admiro. El corazón no se entierra en tierra, que es memoria, que es raíz, que es epitafio; se siembra en el mar, que es olvido perpetuo y movimiento. Lorca no desea un epitafio. Desea una disolución. El deseo de no dejar rastro. El deseo de ser agua, de no ser nombre.

     IV.

     «No quiero que me repitan / que los muertos no pierden la sangre».

     Luego viene el «no quiero». Y aquí me detengo porque el «no quiero» es un «quiero» disfrazado, una negación que afirma con más fuerza que cualquier declaración positiva. En la España de la guerra fraticida, la sangre es un tropo barato, el sudor de los mártires, la moneda de cambio de la heroicidad. Lorca rechaza la heroicidad. No quiere la sangre cuajada de los santos y los héroes. Quiere la sangre que se va, que se derrama y se acaba, porque esa es la que certifica la auténtica muerte. El cese. El apagón. La nada.

     La boca podrida que pide agua es la boca de la cultura, de la tradición, del verso anterior que nunca calla. Es la poesía misma, que insiste en seguir pidiendo interpretación, sedienta de sentido. Y Lorca la rechaza. La rechaza con la furia de quien sabe que el poema es un organismo vivo y que los organismos vivos, cuando mueren, dejan de pedir. Dejan de tener hambre. Dejan de tener sed.

     «No quiero enterarme / de los martirios que da la hierba, / ni de la luna con boca de serpiente / que trabaja antes del amanecer». La luna, su musa predilecta, es aquí una obrera del horror, una ofidiana que gesta la pesadilla diurna. Es la luna de la fábrica, la que teje mortajas con la luz del alba. Es la naturaleza como fábrica de la angustia. Y Lorca quiere escapar de esa fábrica. De la fábrica de las palabras que tejen sentido.

     V.

     «Quiero dormir un rato, / un rato, un minuto, un siglo».

     La gradación es un vértigo. Del instante a la eternidad en un suspiro. Pero este es un sueño de reputación. «Pero que todos sepan que no he muerto; / que hay un establo de oro en mis labios».

     El establo de oro. Es tan extraña, tan hermosa, tan inclasificable esta imagen. El establo es el lugar del nacimiento, de la pobreza y la paja; el oro es el metal de la inmortalidad y la joya. La boca, el órgano del habla, la palabra poética, se convierte en ese lugar sagrado y bestial donde se gesta un dios. Un dios que es otro Cristo. Es el Verbo hecho paja. Es la palabra que no se pudre, que no se corrompe, que no pide agua. Y si hay un establo, hay un animal que lo habita. Es el duende, el caballo desbocado del ritmo.

     «Que soy el pequeño amigo del viento Oeste». El Poniente, el viento de la muerte en la cultura andalusí, el que trae la humedad del mar y la noche. No es su señor. Es su amigo. Un amigo pequeño. Lorca se empequeñece para hacerse más veloz, para colarse en las rendijas de lo real, para no ser un mito sino un cómplice.

     «Que soy la sombra inmensa de mis lágrimas». La sombra es la proyección. Las lágrimas son su reflejo. Se convierte en la ficción de sí mismo, en el personaje que habita el poema, que es más real que el hombre de carne y hueso que lo escribe.

     VI.

     «Cúbreme por la aurora con un velo, / porque me arrojará puñados de hormigas».

     La segunda estrofa es un conjuro. Las palabras tienen peso físico, que alteran el aire de la habitación. La aurora, la luz, la claridad racional, le arroja hormigas. Los pensamientos, la lógica, el trabajo incesante de la conciencia que despieza el sueño. Pide un velo. Una opacidad. Una protección contra la evidencia. La luz no siempre ilumina, a veces, quema.

     «Y moja con agua dura mis zapatos / para que resbale la pinza de su alacrán». El agua dura es el tiempo solidificado, el cristal líquido que no moja sino que pule. El alacrán, la muerte, resbala. No puede agarrarse a quien no tiene raíces, a quien ha endurecido sus pasos hasta volverlos resbaladizos. Es el baile, pienso. La única táctica para esquivar al escorpión es no pisar el suelo, es moverse sin apoyarse, es el duende como técnica de evasión.

     VII.

     «Porque quiero dormir el sueño de las manzanas / para aprender un llanto que me limpie de tierra».

     Aquí la paradoja final. Aprender un llanto. El llanto no es innato, me digo. Es una disciplina, un oficio. Y ese llanto es para limpiarse de tierra. La tierra es el epitafio, el peso de la tradición, la biografía, el barro de Granada. Lorca quiere ser lavado por su propia ausencia, por un dolor que es del universo más que suyo. Un dolor aprendido en la escuela del mar y de la fruta inmóvil. Tal vez el llanto verdadero, el que limpia, es el que no tiene dueño. El que no es de nadie.

     VIII.

      «Porque quiero vivir con aquel niño oscuro / que quería cortarse el corazón en alta mar».

     El niño ya no es «aquel» niño. El niño es «aquel niño oscuro». La oscuridad se ha posado sobre él como un manto de dignidad. Vivir con él es co-habitar la herida. Es la decisión final de no reconciliarse con la vida ni con la muerte, solo con el instante anterior al corte. Con la mano que empuña el cuchillo antes de que el mar reciba el ofrecimiento.

      Lorca desactiva su asesinato aquí. Al escribir este poema, se convierte en un fantasma antes de tiempo, dejando al hombre de carne que los fusileros encontrarían en Víznar como un simple recipiente vacío, un cascarón. La verdadera ejecución ocurre en el papel. La muerte de la retórica, el asesinato del poeta oficial para dar paso al niño oscuro, al amigo del poniente, al que habita en el establo de oro de sus propios labios.

     Él ya no estaba allí cuando llegaron las balas. Él ya había zarpado. El poema es su barco. Él, en cambio, era el mar. Y el mar, como las manzanas del bodegón, no se pudre. El mar se mueve. El mar se va. El mar vuelve. Y cada vez que vuelve, trae de regreso la espuma.