Y a cavo de un gran rato se a encumbrado
sobre un árbol do abrió sus braços vellos
y muerto se a quedado asido dellos
el pecho del amor muy lastimado.
La crítica, desde hace siglos, ha tendido a leer «El Pastorcico» de San Juan de la Cruz como una variante más del esquema alegórico que recorre las Canciones entre el alma y el Esposo: el pastor sería el alma, la pastora sería Dios, y la ausencia amorosa sería la noche oscura que precede a la unión. Esta interpretación, aunque consagrada por la tradición, choca sin embargo con una dificultad insoslayable; el pastor del poema no busca, no espera, no suspira por un encuentro futuro; muere. Y muere, además, por el olvido de la pastora más que por una herida física infligida desde fuera.
«El Pastorcico» de San Juan de la Cruz. Voz Pablo Milanés . Música y piano José María. Disco «Canción de Otoño», 2014.
Esa estructura —un abandono que no se resuelve en presencia, un amor que no culmina en unión, una muerte que no desemboca en resurrección dentro del texto— debería bastar para advertir que estábamos ante otra cosa. Pero la costumbre hermenéutica es tenaz, y ha sido necesario esperar a una lectura más atenta para reconocer lo que el poema dice con toda claridad. Aquí el pastorcico es Cristo, la pastora son las almas, los amigos, los discípulos que le abandonan, y el árbol final es la cruz.
Una vez restituida esta clave, el poema se revela como una cristología de una audacia insólita en la poesía del siglo xvi. San Juan de la Cruz ha tomado el molde de la pastorela renacentista, el pastor que llora por su pastora ausente, y lo ha llenado con la materia más densa de la teología de la Pasión. Pero no se trata de una torsión radical, no de una simple trasposición de términos; lo que el poema pone en escena es a Cristo no en su majestad ni siquiera en su sufrimiento expiatorio, sino en su soledad relacional, en el abandono afectivo de aquellos por quienes muere.
La primera estrofa establece la condición fundamental: «Un pastorcico solo está penado / ageno de plazer y de contento». La soledad no es circunstancial ni momentánea; es la nota que define su estado. Y esa soledad se especifica como una orientación exclusiva del pensamiento hacia la pastora ausente: «y en su pastora puesto el pensamiento». Cristo, en esta presentación, no está concentrado en su misión redentora, ni en la voluntad del Padre, sino en los suyos. El poema invierte así la dirección de la mirada que la teología suele atribuir al Crucificado. Aquí lo que importa no es hacia quién dirige Cristo su mirada en la cruz, sino quién no le mira a él.
La cuarta estrofa, que el texto de 1618 marca con un exclamativo «¡Ay desdichado / de aquel que de mi amor a hecho ausencia!», pone en boca de Cristo una queja que los evangelios registran apenas veladamente. «Aquel que de mi amor a hecho ausencia» son los discípulos que huyeron, Pedro que negó, los amigos que no velaron una hora con él. Pero el poema amplifica esta ausencia hasta hacerla estructural. No es el abandono puntual en la hora de la Pasión; es el olvido que parece constitutivo de la relación entre Cristo y los hombres. El amor de Cristo, en esta lectura, encuentra su límite en la libertad humana para hacer ausencia.
San Juan introduce aquí una distinción teológica de enorme fineza. El pastor no llora «por averle amor llagado / que no le pena verse así affligido / aunque en el coraçón está herido». Es decir, el sufrimiento físico, las llagas, la aflicción corporal, la corona de espinas, no es la causa de su pena. Lo que realmente le duele es el olvido: «mas llora por pensar que está olbidado». La teología espiritual conoce esta distinción. El dolor de los sentidos es una cosa, el dolor del espíritu otra. Pero San Juan la aplica a Cristo mismo, y en esa aplicación se permite una audacia casi insoportable, pues el Hijo de Dios sufre más por el olvido de los suyos que por los tormentos de los verdugos. La herida del corazón prevalece sobre las heridas del cuerpo.
El verso que cierra cada estrofa: «el pecho del amor muy lastimado», adquiere así toda su densidad. Es la expresión de una antropología teológica. Es que el amor, cuando es amor verdadero, se constituye en herida, y la herida es aquí metáfora del abandono eclesial. El pecho lastimado es el costado abierto de Cristo, pero en este poema el costado no mana sangre y agua como fuente de los sacramentos; es, más bien, el lugar desde donde se llora por el olvido.
La quinta estrofa consuma la paradoja: «Y a cavo de un gran rato se a encumbrado / sobre un árbol do abrió sus braços vellos / y muerto se a quedado asido dellos». El verbo «encumbrarse» es inusitado. No se dice que fue elevado por otros, como en los evangelios; se dice que él mismo se encumbra. La crucifixión es presentada como un acto voluntario y activo; Cristo sube al árbol, abre sus brazos, y muere «asido» a ellos. Esta imagen subvierte la representación tradicional del Crucificado como paciente, como aquel a quien se le inflige la muerte. Aquí la muerte es el desenlace de un abrazo; abre los brazos para abrazar la cruz, y en ese abrazo se queda muerto. La pasividad del supliciado se transforma en la actividad del amante que abraza aquello que lo mata.
Y es precisamente en este punto donde el poema alcanza su mayor densidad teológica. Porque la cruz, en la tradición cristiana, es el lugar de la máxima manifestación del amor: «nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos», dice el evangelista. Pero el otro Juan, el de Ávila, invierte también este motivo. Aquí el amor no se manifiesta porque dé la vida, sino que la muerte es causada por el amor no correspondido. Cristo no muere en la cruz para demostrar su amor; muere porque el amor que siente no es correspondido, y esa falta de correspondencia le resulta mortal.
El poema también plantea una cuestión sobre la subjetividad divina que la teología dogmática ha tratado con extremada cautela. ¿Puede Dios sufrir por la indiferencia de sus criaturas? La tradición, desde la patrística, ha defendido la impasibilidad divina. Dios, en su naturaleza divina, no puede ser afectado por nada exterior. La Pasión de Cristo pertenece a la naturaleza humana asumida.
Mas San Juan, con su lenguaje poético, bordea esta frontera con una libertad que la teología especulativa no se permite. El «pecho del amor muy lastimado» es, ciertamente, el pecho humano de Cristo; pero el poema no establece distinciones entre las dos naturalezas. Presenta a Cristo como puro corazón herido por el amor, y esa herida es más afectiva que física, y en su afectividad se juega algo que la tradición ha llamado, con precaución, la «pasión de Dios».
Desde la perspectiva histórica, es ineludible recordar que San Juan de la Cruz compuso estos versos durante su encarcelamiento en Toledo, entre 1577 y 1578, por orden de sus propios hermanos carmelitas. Fue encerrado en una celda estrecha, sometido a maltratos, a ayunos, a azotes públicos. Sus compañeros de orden, aquellos con quienes había compartido la reforma descalza, eran quienes le perseguían.
Esa experiencia biográfica es el crisol donde este poema se forja. El Cristo olvidado por los suyos es también el fraile abandonado por sus hermanos. Pero la genialidad de San Juan consiste en no quedarse en la autobiografía; eleva la experiencia personal a categoría teológica, hace del abandono eclesial una revelación de la condición misma de Cristo. El perseguido se reconoce en el Perseguido, y lo hace para comprender que la persecución no es un accidente en la historia de la Iglesia sino el destino mismo de su Fundador.
Así, el poema alcanza su potencia precisamente en la contención. No hay imágenes barrocas, no hay sangre que mana, no hay corona de espinas, no hay lanzas ni clavos. El sufrimiento está desplazado del cuerpo al corazón, de lo visible a lo relacional. Los «braços vellos» son la única imagen corporal que se nos ofrece, y son brazos que se abren no para recibir los clavos sino para abrazar una ausencia. La muerte ocurre «a cavo de un gran rato», en una temporalidad indeterminada que es la del abandono prolongado, la del olvido que no tiene un término dentro del texto.
Finalmente, cabe preguntarse por el género. San Juan ha tomado el molde del pastorela, un poema de amor pastoril de raigambre renacentista, pero lo ha habitado con el contenido más denso de la teología cristológica. La pastora es el alma que abandona; el pastor es Dios que muere por ese abandono. Esta inversión de la alegoría tradicional ha sido la causa del secular malentendido que identificaba al pastor con el alma y a la pastora con Dios. Pero es también la fuente de la potencia del poema. Dios se hace pastor, y el pastor muere por la pastora que lo olvida.
En ese gesto, San Juan de la Cruz ha escrito uno de los poemas más dolorosos y más hermosos de la lengua castellana. Hermoso por la precisión con que traza los límites del amor humano y divino, y porque encuentra que en ambos el límite es el mismo: la posibilidad de morir por ser olvidado. Y en esa participación, sin consuelo aparente dentro del texto, fundó una de las cumbres de la lírica mística.

