MARTÍ, EL INTEGRADOR

El hecho de que, al hablar de la obra poética[1]  de Martí, tengamos que referirnos también a sus discursos,[2]  artículos,[3]  diarios[4] y cartas,[5]   da la medida de una de las primeras integraciones que realiza: la del verso y la prosa. Unamuno[6]  insinuó que Martí escribía en una especie de lengua protoplasmática, anterior (o posterior) a la escisión de verso y prosa.[7]  Esa lengua se fundaba en los elementos eternos de la expresión verbal: el ritmo y la imagen. Desde la prosa versicular de El presidio político,[8]  Martí demuestra que para el poeta íntegro solo hay un lenguaje, dominado en la raíz por los latidos del corazón que instantáneamente se transmiten al pulso de la pluma, y abierto en la copa el espacio visionario. Que esa primera integración se verifique como testimonio de la experiencia del presidio, y como alegato político-religioso de primera magnitud, y como tratado de pasión ética, nos conduce a la otra dualidad en que toda la poesía occidental se debatió hasta bien entrado nuestro siglo: la dualidad del Arte y la Vida. Para Martí esa enemistad no existió, porque en sí veía al arte surgiendo fieramente de la vida, y a la vida como el arte sumo; al arte como escala de Jacob de la tierra a la sobrevida, y a la vida llena de los símbolos que resuenan en esa escala; al arte como arma de la justicia y a la vida no como crudo hecho biológico ni como abstracción filosófica, sino como reino de los prójimos, como vía misional y política de la redención humana.

     Tocamos así la tercera gran integración que realizó, la decisiva.      Como consecuencia del impulso disociador y analítico que acomete a la cultura occidental cuando empieza a apartarse, a finales del Medioevo, de las totalidades pagana y cristiana fundidas en el catolicismo tomista;[9]  en busca de una nueva totalidad que solo ahora empezamos a vislumbrar, la referida creciente dualidad del Arte y la Vida se fue tornando en un rencor mutuo de la palabra y la acción. Ese rencor es rigurosamente moderno. No podemos siquiera concebirlo en la antigüedad homérica[10]  u horaciana,[11]  ni en los tiempos de la canción de gesta y los juglares, ni en el mundo visionario de Dante. La palabra había sido siempre receptora e impulsora de la realidad, vaso comunicante de las imágenes y los hechos. La destrucción protestante de las imágenes fue ya un síntoma de que ese templo empezaba a ser destruido. El iluminismo cientificista comenzó a relegar la palabra al museo de los placeres retóricos. El romanticismo ahondó trágicamente el abismo entre el sujeto y el objeto, entre el individuo y la sociedad. De él surgieron los otros ismos disociadores, tendientes todos a convertir la expresión —verbal, plástica o musical— en un reino autónomo, con leyes, problemas y finalidades propios. Este proceso se refleja desde luego también, y antes, en la filosofía, que a partir de Descartes y Kant (pero en realidad comenzando desde los nominalistas medievales, con Guillermo de Occam[12]  a la cabeza) se sume en una crítica implacable del conocimiento mismo, hasta llegar a los predios de la fenomenología. El resultado, como violenta reacción a tan antinaturales dicotomías, fue, de una parte, la búsqueda de la verdad en las fuerzas más inconscientes de la vida, el irracionalismo filosófico y estético que vino a parar en el surrealismo; de otra, la conversión de las energías filosóficas hacia la transformación de la realidad, a través del análisis de los hechos económicos, es decir: el marxismo. Dicho muy brevemente, el surrealismo ha querido sumergir otra vez la expresión en el limo de la vida, en el inconsciente colectivo, mientras el marxismo ha querido, y quiere, insertar la lucidez de la razón en la realidad objetiva, para cambiarla revolucionariamente.

     Situado en el cruce inicial de estas corrientes (contemporáneo de Marx y de Rimbaud),[13]  Martí aportó por su cuenta una integración original, de abierta y sincrética impulsión americana, de la imagen y la vida, incluyendo sus zonas oníricas, palpitantes en versos, crónicas, discursos y diarios; y, sobre todo, una integración militante de la palabra poética y la acción revolucionaria, fundidas en él hasta lo indiscernible, ambas trasmutadoras de la realidad.

     Cuando decimos que Martí fue el primer revolucionario de América, no podemos querer decir otra cosa, sino que fue el primer poeta de América. Poeta en el sentido primigenio de la palabra: creador y vaticinador. Creador en el único sentido en que puede serlo el hombre: transmutador de la realidad. Vaticinador en cuanto visionario. Creador de una revolución inmediata, inaplazable ya para su patria, y vaticinador de una revolución universal que es la nueva totalidad de que hablábamos, la que ahora empezamos a vislumbrar. Revolución que él intuyó en sus múltiples páginas proféticas, desde aquellas en que prevé la lucha mundial de nuestro tiempo, la lucha contra el imperialismo norteamericano, hasta aquellas en que indica la vía superadora del materialismo y el espiritualismo excluyente e incluso la arribada a una religión no dogmática, ecuménica y natural, —pero téngase en cuenta que lo que Martí llama natural, por los rasgos sublimes que le atribuye y por el trascendentalismo de su propia concepción de la naturaleza, muy poco se diferencia a la postre de lo que otros llamarían sobrenatural. Sus creencias religiosas personales ya eran una prueba de ecumenismo, porque unían la fe cristiana en el valor purificativo, compensatorio y trascendente del sacrificio, con la fe hindú en la serie purgativa de las vidas.[14]  En su criterio, el cumplimiento absoluto del deber, implicador del sacrificio, compensa en el equilibrio total la culpa de los otros y es lo único que puede salvarnos de volver a la vida terrena, ganándonos el descanso, la paz y el goce de la plenitud del ser. En qué consiste esa plenitud a la que el alma aspira con sus mejores impulsos, y de la que él consideraba prueba la insuficiencia del lenguaje humano, solo pudo insinuarlo, como siempre se ha hecho, por analogías y metáforas. Lo decisivo es que ese deber integrador de lo visible y lo invisible, clave de todo su pensamiento religioso, poético y político, es un deber de amor, de amor al prójimo, a “los pobres de la tierra”[15]  en primer término, y también a lo que haya de amable en todo hombre por encima de sus deformaciones históricas o clasistas. Y que ese fiero y devorante amor fue el que lo llevó a la lucha revolucionaria, y el que explica su perenne vigencia.

Cintio Vitier

Tomado del Anuario Martiano, La Habana, Sala Martí de la Biblioteca Nacional, 1970, no. 2, pp. 190-192.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Véase Cintio Vitier: “Los Versos libres” (1953), Temas martianos. Primera serie (1969), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 193-207; “Séptima lección. El arribo a la plenitud del espíritu. La integración poética de Martí”, Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, pp. 168-207; “Trasluces de Ismaelillo” (1967), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 179-192; “Los Versos sencillos” (1968), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 209-223; “Poetas cubanos del siglo XIX. Semblanzas” (1968), Obras. Crítica 1, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, pp. 246-249; “Lava, espada, alas. (En torno a la poética de los Versos libres)” (1972), Temas martianos. Segunda serie (1982), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 35-55; “José Martí en su verso” (1985), Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1986, no. 9, pp. 319-325; “El poeta: la obra poética de José Martí”, Obras, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, t. 3, pp. 246-249; “Poesía” (capítulo IV), Vida y Obra del Apóstol José Martí, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2004, pp.107-148; y “Patria, poesía y antimperialismo en José Martí”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, no. 29, pp. 9-14. De Fina García Marruz: “José Martí” (epíg. “Los Versos sencillos”), Revista Lyceum, La Habana, mayo de 1952, El orden del homenaje, Madrid, Ediciones Huso y La Isla Infinita, 2018, pp. 225-232; “La prosa poemática en Martí” (1964), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 279-311; “Los versos de Martí” (1964), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 313-350; “Modernismo, modernidad y orbe nuevo” (1988), Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1991, no. 14, pp. 16-35; “Génesis de Ismaelillo”, Temas martianos. Tercera serie (1995), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 53-121 (aparece publicado con el título “En torno al Ismaelillo”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, no. 10, 1987, pp. 73-111); y “Los Versos sencillos”, en Tony R. Murphy: A cien años de Martí, Las Palmas de Gran Canaria, Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1997, pp. 15-50.

[2] Véase Medardo Vitier: “Lineamientos formales e ideológicos de los discursos de Martí”, Boletín de la Academia Cubana de la Lengua, La Habana, julio-diciembre de 1954; y Cintio Vitier: “Los discursos de Martí” (1964), Temas martianos. Primera serie (1969), ob. cit., pp. 83-114.

[3] Véase Fina García Marruz: “El escritor” (1964), Temas martianos. Primera serie (1969), ob. cit., pp. 251-277; y “El tiempo en la crónica norteamericana de José Martí” (1972), Temas martianos. Tercera serie (1995), ob. cit., pp. 229-253. De Cintio Vitier: “Valores perdurables en las crónicas españolas de Martí (1881-1882)” (1974) y “Cinco aspectos en las crónicas italianas de Martí (1881-1882)” (1974), Temas martianos. Segunda serie (1982), ob. cit., pp. 109-141 y 143-172, respectivamente; y “Periodismo” (capítulo VIII), Vida y Obra del Apóstol José Martí, ob. cit., pp. 199-210.

[4] Véase Fina García Marruz: “José Martí” [epíg. “Los tres diarios”], Revista Lyceum, La Habana, mayo de 1952, no. 30, pp. 21-31 (Ensayos, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2023, pp. 29-42); y Cintio Vitier: “Visión de la naturaleza y el hombre nuestro”, Lo cubano en la poesía (1958), ob. cit., pp. 196-202; y “Diarios” (capítulo X), Vida y Obra del Apóstol José Martí, ob. cit., pp. 225-240.

[5] Véase Fina García Marruz: “Las cartas de Martí” (1968), Temas martianos. Primera serie (1969), ob. cit., pp. 403-429; y Cintio Vitier: “Las cartas de Martí. (Contribución a un estudio integral de su obra literaria)”, Albur, órgano de los estudiantes del ISA, año IV, núm. especial, La Habana, mayo de 1992, pp. 3-56 [“Las cartas de Martí hasta 1881. (Contribución a un estudio integral de su obra literaria)” y “Las cartas de Martí de 1882 a 1888. (Contribución a un estudio integral de su obra literaria)”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1992 y 1994, nros. 15 y 17, pp. 198-216 y 237-259, respectivamente; y “Capítulo XI. Cartas. III. 1889-1895”, Vida y obra del Apóstol José Martí, ob. cit., pp. 280-312].

[6] Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936).

[7] “En efecto, si es como algunos enseñan que ni lo orgánico brotó de lo inorgánico ni esto es una reducción de aquello, sino ambos diferenciaciones de un estado primitivo de la materia, estado inestable y caótico, es muy fácil que ni el verso sea una sistematización de cierta prosa ritmoide, ni la prosa una reducción del verso —pues hay quienes sostienen que el verso fue anterior a la prosa, porque a falta de escritura se fiaban mejor a la memoria con el ritmo las fábulas, consejos y leyendas—sino que prosa y verso sean diferenciaciones sistematizadas de una forma primitiva de expresión protoplasmática, por decirlo así. Es la forma que representan los salmos hebraicos, la de Walt Whitman, y también los versos libres de Martí. No hay en ellos más freno que el ritmo del endecasílabo, el más suelto, el más libre, el más variado y proteico que hay en nuestra lengua. Y más que freno es una espuela ese ritmo; una espuela para un pensamiento ya de suyo desbocado”. (Miguel de Unamuno: “Sobre los Versos libres de Martí”, Heraldo de Cuba, (¿-?), Archivo José Martí 11, al cuidado de Félix Lizaso, La Habana, enero-diciembre de 1947, pp. 7-8).

[8] JM: El presidio político, Madrid, 1871, OCEC, t. 1, pp. 63-93.

[9] Referencia a Santo Tomás de Aquino.

[10] Referencia a Homero.

[11] Referencia a Horacio.

[12] Guillermo de Occam (1287-1347).

[13] Arthur Rimbaud (1854-1895). Véase Cintio Vitier: “Imagen de Rimbaud” (Revista Lyceum, La Habana, febrero de 1952), Obras 1. Poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997, pp. 47-59; y “Rimbaud” (28-09-1996), Cuaderno así (2000), Obras 10. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, pp. 249-250; Fina García Marruz: “Recepción de Rimbaud”, La familia de Orígenes, La Habana, Ediciones Unión, 1997; Ángel Rama: “José Martí en el eje de la modernización poética: Whitman, Lautréamont, Rimbaud” (1983), Martí, modernidad y latinoamericanismo, selección de Julio Ramos y María Fernanda Pampín, nota de presentación de María Fernanda Pampín, Caracas, Fundación Biblioteca Ayacucho, 2015; y Alejo Carpentier: “Centenario de Rimbaud”, El Nacional, Caracas, 10 de septiembre de 1953, Los pasos recobrados. Ensayos de teoría y crítica literaria, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2007, pp. 331-332.

[14] “Sus ideas religiosas, híbridas y dinámicas, un pilar en Oriente y otro en Occidente, apoyadas en la intuición cristiana del sacrificio y en la idea hindú de la serie purgativa de las vidas, ganosas de integrar lo sobrenatural en lo natural, ocultan la condición ecuménica de un magma espiritual en ebullición. Si no tienen un sentido profético, no tienen ya ningún sentido”. [Cintio Vitier: “Martí futuro” (1964), Temas martianos. Primera serie, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 161].

[15] “Con los pobres de la tierra / Quiero yo mi suerte echar”. (JM: “Poema III”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 303). Véase también su artículo “Los pobres de la tierra” [Patria, Nueva York, 24 de octubre de 1894, no. 134, p. 1, (OC, t. 3, pp. 303-305)]. “Entre otras muchas formulaciones de esta toma de partido, recordamos sus palabras en el discurso de homenaje a Fermín Valdés-Domínguez (24 de febrero de 1894): ‘Y juntos, probablemente, moriremos en el combate necesario para la conquista de la libertad, o en la pelea que con los justos y desdichados del mundo se ha de mantener contra los soberbios para asegurarla’”. (“Discurso en honor de Fermín Valdés-Domínguez”, Salón Jaeger’s, Nueva York, 24 de febrero de 1894, OC, t. 4, p. 325). (Nota 54 de “La irrupción americana en la obra de Martí”, en Cintio Vitier: Temas martianos. Segunda serie, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 31-32. Las cursivas son de CV).

[16] Debe entenderse que el adjetivo “fiero” como ha señalado Fina García Marruz en relación a la obra de José Martí, tanto en prosa como en verso, es usado “en el sentido de vehemente, no de feroz” y “de una fidelidad a toda prueba”. Véase FGM: “Venezuela en Martí” (1981), Temas martianos. Tercera serie (1995), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 102; y “La guerra sin odios”, El amor como energía revolucionaria (1973-1974), Albur, órgano de los estudiantes del Instituto Superior de Arte, núm. especial, La Habana, mayo de 1992, p. 145.