EL JUICIO DE MARTÍ SOBRE ZENEA

En enero de 1871, cuando ya Zenea estaba en el calabozo de La Cabaña —al que lo llevaron, aherrojado, por mar, desde Nuevitas—, llegó Martí desterrado a España, con las marcas de los hierros de las canteras, cuyos horrores iba a denunciar en El presidio político en Cuba. Pocos meses después de aparecido este alegato, y solo días después de conocer el holocausto de los ocho estudiantes de Medicina, en su primer Cuaderno de Apuntes escribe el poema “Zenea”, fechado en Madrid el 7 de diciembre del año en que el poeta de Cantos de la tarde fue fusilado. Los meses transcurridos desde el fusilamiento —el 25 de agosto— eran más que suficientes para que Martí, metido de lleno en la colonia cubana en España, conociera las versiones propagadas por los dos bandos de la emigración revolucionaria en Estados Unidos; y el 18 de septiembre de 1871 leyó seguramente el artículo de Nicolás Azcárate publicado en La Constitución bajo el título “Una exigencia de honor”, en el que declaraban con entera honradez, desde el punto de vista de Azcárate y para un público español, las causas y condiciones de la misión de Zenea a Cuba, y se atribuía su muerte, más o menos veladamente, a la saña criminal de los Voluntarios. Esa misma saña, después del juicio más inicuo que conoce la historia de Cuba, sería responsable de la muerte de los estudiantes de Medicina, a la cual dedicaría Martí su memorable poema en 1872. Entre el poema a Zenea y “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre” hay parentescos evidentes. En ambos cantos los temas fundamentales son el perdón frente al odio y la gloria eterna de los mártires. En Zenea, desde el inicio hasta el final de la tercera estancia, el mártir habla en primera persona, como hacen a coro los estudiantes hacia el final del segundo poema. Zenea, famoso por su vena elegíaca, con las palabras que pone Martí en su voz, rechaza el homenaje luctuoso (“No.—No vistáis de lágrimas mi historia”),[1] y dice:

No fue bastante el mundo
Para guardar consigo eternamente
Estas nevadas canas de mi frente,
Y este poema del perdón profundo![2]

     En el poema del que este parece anuncio y alimento, también las sombras de los estudiantes asesinados claman “perdón”, y el poeta retoma la palabra para insistir:

     —Perdón! —así dijeron
Para los que en tierra abandonada
Sus restos esparcieron!—
¡Llanto para vosotros, los de Iberia
Hijos en la opresión y la venganza!—
Perdón! Perdón! esclavos de miseria!—
Mártires que murieron, bienandanza![3]

     La idea es idéntica en ambos poemas, como si uno resonara en el otro. Los mártires no necesitan ni desean lágrimas, porque están ya en el goce sumo. Dice Zenea asumido por el joven Martí:

Secad de vuestras lágrimas la fuente.—
Aquel a quien fue estrecha sepultura
La extensión limitada de la tierra,
El infinito espacio, el cielo inmenso
En su gigante corazón encierra![4]

     Y de sus “hermanos muertos el 27 de noviembre”, dice igualmente:

A esta estrecha mansión nos arrebata,
El espíritu crece,
El cielo se abre, el mundo se dilata
Y en medio de los mundos se amanece![5]

     Cuando uno lee este poema recordando el odio español y cubano que rodeó implacablemente la prisión y la muerte de Zenea, comprende hasta qué punto Martí fue, una vez más, la excepción grandiosa. Solo en su pecho y en su voz fue cabalmente recibido el poeta cuya soledad en el calabozo y frente a los fusileros españoles, no tiene paralelo en la historia cubana. No faltará, sin embargo, quien diga o piense que “por algo” no publicó nunca este poema, suerte que corrieron todos los de este Cuaderno de Apuntes (entre los que hay uno entrañable, el que sigue a “Zenea”, dedicado a su madre[6]) y otros muchísimos y poéticamente más importantes, como los Versos libres. De haberse arrepentido más tarde de este tributo juvenil, o verlo con reservas, hubiera podido tacharlo, o escribir al margen o al pie algún comentario, dado que la libreta en cuestión lo acompañó toda la vida. Hemos examinado cuidadosamente este Cuaderno, y el poema está allí como acabado de escribir, con firme y bella letra, ofreciendo su imperecedera protección al “osado peregrino”.[7]

     En su libro Martí en España (1938), Emilio Roig de Leuchsenring apunta que la relación de Martí con Azcárate se inició en Madrid, durante su primera deportación. Cuando ambos coincidieron dos años en México, adonde llegó Azcárate expulsado por los Voluntarios de La Habana en 1875, anudaron una verdadera amistad, siempre respetuosa y siempre discrepante. Manuel de la Cruz ha contado el noble orgullo con que Azcárate presentó a Martí en  el Liceo de Guanabacoa, cuando volvieron a coincidir en La Habana en 1878,[8] y el propio Martí evoca conmovido cómo bajó de su coche, “con los brazos abiertos, a traerle a un poeta amigo, antes de la revolución, el empleo con que podía abrir casa de esposo”,[9] y el esposo era él, que tan cariñosamente se empeñó en que no faltara a su boda en México,[10] y que en su bufete habanero trabajó, como en el de Miguel Viondi, mientras con Juan Gualberto Gómez conspiraba para echar adelante la Guerra Chiquita. Íntimamente conoció Martí a Azcárate, como se advierte en el profundo retrato político y espiritual que de él hizo a raíz de su muerte, y durante esos años de estrecha amistad mucho debió aprender Martí del caso Zenea, cuya sombra no vaciló en evocar, junto a la de Heredia, en su discurso[11] sobre Alfredo Torroella, el 28 de febrero de 1879, en el Liceo de Guanabacoa. Definitivamente establecido en New York a mediados de 1881, justo cuando la viuda de Zenea iniciaba su reclamación ante el gobierno español que provocó la publicación del proceso en Washington en 1882, durante esos y los doce años siguientes le sobraron vías de información entre los emigrados cubanos, incluyendo el riquísimo archivo de su amigo Néstor Ponce de León, para conocer del caso Zenea —dada la avidez que siempre tuvo por saberlo todo de Cuba y la pasión que desde la adolescencia mostró por la figura moral del poeta—, seguramente más que ningún otro cubano, sin excluir a Enrique Piñeyro. No tiene por ello fundamento la afirmación de Sergio Chaple de que Martí “desconocía el proceso”, con lo que trata de excusar su reiterado y cariñoso interés por la viuda y la huérfana del poeta, cuando el 1ro de octubre de 1886 le escribía[12] a Juan de Dios Peza:


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] JM: “Zenea”, Madrid, 7 de diciembre de 1871, Poemas en Cuadernos de apuntes, OCEC, t. 16, p. 20.

[2] Ídem.

[3] JM: “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, [Madrid, 1872], OCEC, t. 15, p. 63.

[4] “Zenea”, ob. cit., p. 20.

[5] “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, ob. cit., p. 63.

[6] JM: “[Mi madre,—el débil resplandor te baña]”, Poemas en Cuadernos de apuntes, [Madrid] 30 de diciembre de 1871, OCEC, t. 16, pp. 25-27.

[7] “Zenea”, ob. cit., p. 21.

[8] “Y luego el Presidente —Azcárate era el Presidente por antonomasia— hizo la presentación, con regocijo mal disimulado, de un orador nuevo, al que había encomendado la oración fúnebre del poeta [Alfredo Torroella]. Pálido, pero sereno, ruborizándose a cada mirada como una colegiala, José Martí, que era el novel orador, pronunció una oración sencilla, rica en emoción profunda y en alardes de colorido, oración que ya anunciaba al imaginativo opulento, al escritor de frase extraña, relampagueante, llena de sonidos y relieves. Azcárate, que había seguido las huellas del ilustre humanista Domingo del Monte en su celo meritísimo por fomentar el cultivo de las letras y por dar alas y calor a todo el que se elevase sobre el nivel de vulgaridad, oía con delicia la dicción pura, limpia y melodiosa del joven interesante y gallardo, que gemía o lanzaba gritos magníficos de cólera, infiltrando sus emociones a un auditorio desde el primer período hechizado con la magia de aquella insinuante palabra, antes no oída. La aparición del orador, su estreno en una tribuna que representaba una tradición en la historia literaria de Cuba, fue para Azcárate una fiesta íntima, espiritual, como si allí fuese él un sacerdote de la diosa de la Gloria que iba a ungir a uno de los elegidos de la Fama”. En el mismo artículo Manuel de la Cruz da testimonio de “la simpatía y el gran afecto que le profesaba [a Azcárate] el cubano que mejor ha personificado el sentimiento y la tendencia contrarias —Ignacio Agramonte”. (“Nicolás Azcárate; páginas de historia literaria”, La Habana Elegante, 8 de julio de 1894, no. 27, pp. 4-5).

[9] JM: “Azcárate”, Patria, Nueva York, 14 de julio de 1894, no. 120, p. 2; OC, t. 4, pp. 474-475.

[10] JM: “Carta a Nicolás Azcárate”, [México, 20 de diciembre de 1877], OCEC, t. 5, p. 193.

[11] JM: “[Discurso en honor al poeta Alfredo Torroella]”, Liceo de Guanabacoa, 28 de febrero de 1879, OCEC, t. 6, pp. 18-25.

[12] JM: “Carta a Juan Dios Peza”, Nueva York, 1ro. de octubre de 1886, OCEC, t. 24, p. 349.