Dulce María Loynaz (1902-1997)
Poetisa, ensayista, periodista y abogada. Es reconocida como una de las más importantes escritoras cubanas de todos los tiempos. En 1988 y 1992 fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura y el Premio Miguel de Cervantes, respectivamente.
Nació el 10 de diciembre de 1902 en La Habana, en el seno de una familia acomodada y culta. Hija del general Enrique Loynaz del Castillo, héroe de la última guerra de independencia cubana frente al colonialismo español, y de María de las Mercedes Muñoz y Sañudo, aficionada al canto, la pintura y el piano. Al igual que sus hermanos Enrique, Carlos Manuel y Flor, toda su formación académica desde la enseñanza primaria hasta el bachillerato transcurrió a cuenta de maestros y profesores que visitaban el hogar de sus padres. En 1924, Dulce María se doctoró en Derecho Civil en la Universidad de La Habana, profesión que ejerció hasta 1961, siempre vinculada a asuntos familiares.
Desde muy joven mostró una vocación literaria precoz. A los diez años comenzó a escribir y a los dieciocho publicó “Diez sonetos a Cristo” en la Revista de la Asociación Femenina de Camagüey. en abril de 1921. Su obra poética, de tono intimista, sobrio y profundamente lírico, se aleja de los grandes movimientos vanguardistas de su época, cultivando una voz personal, marcada por la soledad, la naturaleza, el amor y la reflexión sobre el tiempo. En fin, una poesía de gran pureza formal, influida por el modernismo tardío y por la lírica española clásica. Su novela Jardín (1951), escrita en una prosa poética y onírica, es considerada una de las obras más singulares de la literatura cubana del siglo xx. También destacan sus libros de viajes, como Un verano en Tenerife (1958), calificado por la propia autora como lo mejor que había escrito, y Fe de vida (1993), una obra de contenido memorialista.
Desde la década del 30 hasta el fin de sus días, aunque durante la época revolucionaria nunca alcanzó el esplendor de la república burguesa, Dulce María Loynaz convirtió su casa en uno de los centros de la vida cultural habanera, como en el siglo xix lo fueron las tertulias literarias organizadas por Domingo del Monte. Allí acogió a gran parte de la intelectualidad del momento, tanto la que residía de forma permanente como la que pasaba de tránsito por la isla: Federico García Lorca,[1] Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, Alejo Carpentier, Alicia Alonso, Gastón Baquero, Fina García Marruz, Cintio Vitier, José Lezama Lima, entre otros intelectuales y artistas.
Durante varios años practicó el periodismo. En 1950 publicó crónicas semanales en El País y Excelsior. Colaboró también en Social, Grafos, Diario de la Marina, El Mundo, Revista Cubana, Revista Bimestre Cubana y Orígenes.
Dulce María Loynaz estuvo casada dos veces, pero no tuvo hijos. Primero, con su primo Enrique Quesada Loynaz, de 1937 a 1943. Después, en 1946 contrajo matrimonio con el periodista canario Pablo Álvarez de Cañas, quien se convirtió de hecho en el máximo promotor de su obra dentro y fuera de Cuba. En 1961, su esposo viajó al extranjero donde permaneció hasta 1972, cuando regresó enfermo a La Habana. Falleció en su casa del Vedado en compañía de Dulce María en 1974.
En 1959, Dulce María fue electa como miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. Desde ese momento desarrolló una fructífera labor intelectual vinculada con la institución, impartiendo conferencias y disertaciones, como la dedicada en 1963 a Julián del Casal, con motivo de su centenario y el discurso conmemorativo al cumplirse el 60 aniversario de la Academia, fundada el 19 de mayo de 1926. En 1968 es electa miembro correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española, y en 1995, atendiendo a su delicado estado de salud se despide oficialmente de la Academia Cubana de la Lengua, de la que es nombrada en ese momento Presidenta Honoraria y Perpetua. Por muchos años esta institución, carente de una sede oficial adecuada, sesionó en los salones de su casa en 19 y E, en El Vedado.
Durante décadas, Dulce María Loynaz mantuvo un perfil deliberadamente discreto, casi de retiro, lo que contribuyó a su leyenda de “poeta invisible”. Tras el triunfo de la Revolución, el 1o de enero de 1959, permaneció en Cuba, aunque su obra fue marginada por no ajustarse a los cánones de la literatura de compromiso social directo. Sin embargo, a partir de los años ochenta, su figura comenzó a ser revalorizada. En 1988 recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba y, en 1992, el Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras hispánicas, que la consagró internacionalmente de manera definitiva. Falleció en La Habana, el 27 de abril de 1997, a los 94 años, dejando una obra breve pero de gran densidad y belleza, que la sitúa como una de las voces femeninas más importantes de la poesía en lengua española.
Desde el 5 de febrero de 2005, en la en la residencia que vivió en las calles 19 y E en El Vedado capitalino, entre 1947 y 1997, funciona el Centro Cultural Dulce María Loynaz.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Véase Dulce María Loynaz: “Cuba en García Lorca”, Estudios Literarios, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1993, pp. 151-156.

